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LA 4ª CARABELA Y iPAD: SER PROFETICO

LA 4º CARABELA es una novela que llevo como 3 años escribiendo y que está parada por otros proyecto. Igual sigo investigando acerca del tema (Logia Lautaro/Colón/Francisco de Miranda/Virgen del Carmen/Cruce de los Andes) esperando retomarla algún día. Pero eso no es lo importante. En el 2º capítulo de la historia (en verdad 2º prólogo) muere el escritor de best seller más importante de la década -esto ocurre el 2012, aunque no se dice año- un tal Dan Darrow (la consonacia es obvia). ¿Y que es lo importante? Bueno, hoy se lanzó el iPad y yo hace año y medio escribí esto, claro lo llamé iTab, pero igual. Lo siguiente ocurre en una fiesta en Londres.
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EXTRACTO SEGUNDO CAPITULO
Sólo bastó una llamada para tener los salones y las mejores habitaciones del Dorchester en Londres reservada para el viernes 2 de diciembre a las 20 horas. Algunas más para confirmar a los invitados. Y a pesar del clima, una onda polar tenía a la capital inglesa prácticamente bajo la nieve, todo había salido perfecto. Una suma de alabanzas exageradas para alimentar el ego de alguien que ya lo tenía suficientemente alimentado. Periodistas, celebridades, escritores, todos vestidos perfectamente, levantando copas de Cristal ante cada indicación de los anfitriones. Se habló de Dan Darrow como si se tratara de Hemingway, que su nombre había llegado para salvar a la industria editorial, que a pesar de las críticas no debía de desconocerse el aporte del autor a que la gente volviera a leer, algo invaluable en una época absolutamente audiovisual. Que el record en Amazon demostraba que la teoría del fin de la industria editorial sólo era un mal augurio de los paranoicos de siempre. Desde San Francisco, se conectó en videoconferencia Tim Cook para dar la primicia que La esposa sagrada iba a incluirse gratis en las 10 mil primeras unidades del nuevo iTab, un iPod tamaño libro de bolsillo donde además de navegar, escuchar música y ver películas se podían guardar más de 10 mil libros en el nuevo formato iBook de iTunes, una maravilla tecnológica producto de la asociación estratégica entre Barnes&Noble y Apple para desbancar el monopolio Amazon/Kindle. Según el nuevo CEO de la compañía de la manzana, su empresa y la librería virtual acababan de concretar un trato para comerciar textos directamente en digital, sin pasar por la previa impresa, pacto en el cual Simon & Schuster tendría la más activa de las participaciones editoriales, sólo superada por DC Comics y Marvel. Y para cerrar los enlaces de video, una nueva conexión vino desde Maine. Stephen King se unía a los elogios y en un acto de logrado sentido del humor le entregó, virtualmente, la corona del rey del best seller a Dan. Desde Londres, Darrow aceptó el legado y prometió a “Steve” cuidar bien del trono y la corona.

LAS CUATRO CARABELAS DE COLON

–O del inicio de este –concluí, antes de despedirme, mientras la figura rotaba y el triángulo apuntaba hacia arriba, convirtiendo al símbolo y a América del Sur en una punta de flecha–: muchas gracias por venir.
Y los aplausos fueron largos. Suficientes como para tomar un largo trago de agua y pensar en que necesitaba pasar el resto de la tarde sin hacer nada, sentado frente al mar, mirando las gaviotas o bajando pornografía rusa de internet.
–Muchas gracias –repetí–. Si alguien tiene una pregunta, este es el momento.
Al principio nadie reaccionó.
–Señor Jackard.
Era la chica pelirroja, la de las pecas, anteojos y acento británico. La que respondió América, cuando pregunté por Avalón, mi nueva alumna predilecta.
–Dime –me esforcé por no coquetearle.
–Nada, sólo que me extraña que en todo este panorama que nos construyo, no haya hecho una sola mención al mito de la cuarta carabela de Cristóbal Colón.
Fue como si el alma Javier Salvo-Otazo hubiese venido a penarme, un gol de media cancha.
–El supuesto primer viaje de Colón a América en 1485, el llamado “protodescubrimiento” siete años antes del oficial, –dije, exageradamente calmo, recordando lo que había leído en los apuntes de Javier– hasta hace un par de años sólo un mito, ahora un “posible” –acentué –que cada vez tiene más partidarios.
Miré hacia la audiencia, la mayoría, sobre todo los hombres, se habían vuelto hacia mi improvisada interlocutora.
–Eso ya lo sé –respondió la muchacha–. Y podría apostar que el resto de los presentes también. Mi pregunta iba por donde debíamos meter esta historia dentro de la mitoconspiranoia latinoamericana que usted tanto pontifica.
Me gustó eso de mitoconspiranoia latinoamericana.
–Obvié a propósito lo de la cuarta carabela –improvisé en el acto– porque me parece que es una historia que sólo roza lo que he estado exponiendo, ubicándose mejor dentro de lo que he bautizado como ciclo de la conquista mágica española –mentí –relacionada de forma más directa con Europa que con mi continente –subrayé aquello de “mi continente”–. Es un tema que me interesa explorar en próximas exposiciones o tal vez en uno o dos libros, tiene que ver –fui armando –con algo que vimos al principio, no sé si lo recuerda –ataqué, ella hizo caso a mi ofensiva bajando la mirada –la idea de un Hernán Cortez confundido con una serpiente voladora, un dragón europeo. También con la línea de ciudades perdidas que van desde Florida y Cuba hasta la Tierra del Fuego: desde la Cíbola de la fuente de la juventud en el Caribe, a El Dorado y la Ciudad de los Césares en la Patagonia. Mi problema, y esto es personal, tiene que ver con el hecho de que aún visualizo eso que llaman la cuarta carabela desde la esfera anecdótica. O como usted lo enunció en su pregunta, un mito–. Bebí un sordo de agua, tosí dos veces y me sequé la frente con una toalla de papel, todo parte de una cuidada ecuación. Luego dije–: O si lo prefiere, como un detalle curioso dentro del amplio marco del descubrimiento. Por lo mismo, la hipótesis que más comparto acerca de este misterio no es la del protoviaje, sino aquella que hace referencia a que en el viaje oficial del descubridor, el del 12 de octubre de 1492, no sólo hubo una cuarta, sino también una quinta, una sexta y tal vez hasta una décima carabela.
Hice un alto premeditado.
–Veamos –fingí dudar–. Colón salió de Puerto de Palos con rango de almirante, la idea de tres carabelas es una obvia analogía a la trinidad cristiana, a los tres reyes magos, a una construcción mítica y Romana de esta búsqueda, pero no a lo titánico de la misión de hallar una ruta hacia las Indias, esfuerzo que al menos requería de una docena de naves similares. No es casual la cantidad de documentos quemados en la época, todos para ocultar la verdad de que Colón cruzó el Atlántico con una flota completa, tampoco que se pase por alto el hecho de que la nave insignia: la Santa María, no era una carabela sino un nao, por lo tanto siempre ha habido una cuarta carabela o un cuarto barco si así lo prefiere, desde niño que inconcientemente lo hemos sabido aunque no nos hayamos dado cuenta.
–Desde su lectura –respondió en voz baja.
–Que es una de muchas. Y usted, señorita, ¿cual de estas lecturas –repetí su propia palabra –prefiere?
Me quedó mirando, luego al resto de los presentes, sabía que tenía a todos los presentes encima. Yo simplemente le había pasado la pelota. Quería ser la mala de la cita, pero la bala había rebotado.
–Creo que la cuarta carabela –comenzó con timidez, luego fue ganando confianza –es el símbolo de algo más. De cómo usted acaba de decir, el hecho de que en el viaje de 1492 participaron más de tres barcos y también de que Colón pudo realmente venir a América antes de las fechas aceptadas por todos.
–Entonces no es una sino dos cuartas carabelas.
–En sus palabras, señor Jackard, tal vez sean diez o quince carabelas…
Y lo que siguió fue puro silencio.
–Aplausos, para la dama –improvisé rápido –creo que tras su intervención queda claro que no estoy solo en mis locuras.
Provoqué risas, no muchas, pero si las suficientes como para cortar la situación.
–Aplausos –repetí –si nos permite su nombre –la miré.
–Valiant –pronunció ella –Victoria Valiant.
Miré a Dwight Sánchez, desde que trabaja conmigo sabe que nunca he creído en las casualidades. ¿Qué hacía la asistente personal y ghost writer de Dan Darrow aguándome la fiesta?

ENTRE KALFUKURA Y LA CUARTA CARABELA: SUDAMERICA

Algunas historias dialogan, son hermanas o tal vez simplemente forman parte de un mismo cuento, una revelación anclada en nuestro tercer ojo, un vómito de la herencia que arrastramos sin darnos cuenta. Baradit escribe Kalfukura, yo La 4ª Carabela. En mi novela, un grupo de escritores redactan, sin saberlo, el mismo libro, en nuestro plano es increíble como la premisa de Baradit es casi una precuela de la mia. Hagan el ejercicio, lean primero lo de Jorge y luego lo que sigue.

Estados Unidos de Sudamérica, la Nueva Atlántida

La joya estaba en el sur, la joya era el sur. Ellos siempre lo supieron, por eso Colón buscó más naves para su empresa, por eso inventó lo de las Indias y fingió que el de 1492 era su primer viaje. América del Sur, el triangulo invertido, la pirámide iluminada por el ojo único del Amazonas, el Udjat marcado en la misma geografía del planeta. Un cíclope adormecido… Sudamérica Atlántida lo llaman.
La Atlántida nunca se hundió, ha estado siempre a la vista de todos. Vivimos en la Atlántida, el fin de mundo es la Atlántida, somos Atlantes, somos el futuro, nuestras ciudades de oro y cristal están dentro de Los Andes. Y ellos lo sabían, por eso trazaron el plan, buscar lo que Colón y los primeros nautas escondieron en el sur: una joya, una máquina, un manuscrito, un cadáver. Se revelaron contra los reyes oscuros y sus conquistadores mágicos, buscando instaurar el nuevo orden: Novas Order Seciorum. Todos jóvenes, todos idealistas, todos mestizos, todos guachos. Una Logia para unirlos a todos, para atarlos y para cumplir con el designio del gran maestro. Miranda/Maestro, ¿era ese su verdadero nombre? Masones e Ilumanitis solo fueron una fachada, lo importante fue lo que surgió en Cádiz, los Racionales, los marcados por el ojo de Lautaro. Independencia para crear dependencia, Independencia para levantar un imperio y resucitar la gloria perdida de la Atlántida. Y vinieron lod ritos: liberar desde el mar fue uno de ellos, cruzar los Andes otro, bendecir las espadas con piedras negras y engañar a todos instaurando el culto a Venus/Lucifer, la señora guerrera, la Wunulfe de los mapuches, nuestra falsa Vírgen del Carmen. ¿O pensaron que O´Higgins y San Martin, el mestizo y el huacho, le regalaron estas tierras a la madre de un carpintero muerto 2 mil años antes? La espada se clavó, la señora nos rige, nos ilumina con su único ojo, su retrato de la Atlántida grabado en un corazón púrpura…
Pero algo salió mal… Algo los destruyó por dentro y echó abajo los cimientos del templo. Una traición, un enemigo interno y el Imperio jamás floreció. El sueño de Miranda se fue apagando junto a su vida, mientras entendía que sus propios hermanos habían levantado contrarituales para mantener hundida a la Atlántida. El gran reino, los Estados Unidos de Sudamerica, la nueva Atlantida murió antes de nacer… Los otros se encargaron de que un reverso despertara en el norte y asumiera un lugar que nos pertenecía por herencia: Los Estados Unidos de Norteamérica, la Antia-Atlántida, el verdadero principado de las tinieblas… Nos arrebataron todo, nuestro poder y nuestros símbolos, nuestro derecho a instaurar el Nuevo Orden… Pero ya saben lo que dicen, la Atlántida no esta destruida, sólo duerme y tiene muchas ganas de despertar.
Magallanes… Magallanes…

1978 (EXT. LA CUARTA CARABELA)

EL SUEÑO ES CASI SIEMPRE el mismo, sólo varía el final. Es 1978, tengo cinco años y vivo en mi pueblo natal, una pequeña ciudad de 30 mil habitantes en el sur de Chile. Son las once de la mañana, estoy en el parvulario y mi mamá va a buscarme junto a las mamás de todos mis otros compañeros. He estado viendo en televisión y escuchado en la radio que estamos a punto de irnos a guerra con Argentina. Mi madre, que es enfermera ha pasado las últimas semanas en simulaciones de campaña. Mi padre, que es pastor evangélico, ha debido tragarse su fe y acudir todos los sábados al regimiento de la ciudad a entrenarse en tiro y supervivencia en caso de guerrilla. Porque eso dicen, después de los primeros bombardeos, vendrán los comandos argentinos y los combates serán cuerpo a cuerpo. Mi mamá y todas las otras mamás de mis compañeros nos llevan por las calles. El cielo es cruzado por las estelas de vapor de los aviones que vuelan hacia el sur. Llegamos a un cruce de la línea de ferrocarril, nos detenemos para que pase un tren. Es un convoy largo, los carros son bajos y transportan encima tanques que van cubiertos por tiendas de campaña. Y sé que son carros blindados, porque se alcanzan a ver los cañones y las orugas. Junto a ellos van muchos soldados, todos jóvenes, algunos casi adolescentes. Los niños los saludamos pero sólo algunos responden, están todos demasiado muertos de miedo como para ser amables. Un amigo me dice que ayer en la tarde pasaron por la carretera camiones llevando más tanques, que eran más grandes que los que estábamos viendo. El tren se aleja y continuamos el camino, ahora hay muchos helicópteros en el cielo, escucho que una mamá le dice a la mía que los argentinos van a atacar pasado mañana, que es domingo y que esos desgraciados no respetan ni siquiera el día del señor. Nos llevan al hospital, en cuyo techo acaban de terminar de pintar unas enormes cruces para evitar los bombardeos. Mamá dice que es el edificio más seguro del pueblo, que cuando empiece la guerra, allí nos vamos a esconder. Y nos muestran el refugio, son los subterráneos del hospital, tan grandes como un estadio techado. Ordenan camillas, catres de campaña y quitan unas calderas viejas para hacer espacio. Una mamá pregunta que va a pasar si el hospital es destruido y sus ruinas se desploman sobre el subterráneo, nadie le responde, la hacen callar, le dicen que está asustando a los niños. A todos, menos a mi, que sé que en unos días más, después de que en un canal del sur los buques chilenos y argentinos estén a punto de empezar el conflicto, una marejada alejará a las naves y se firmará la paz. La guerra que debía venir, nunca llegará. Me tocan la espalda, me doy vueltas, es mi padre, pero está joven, mucho más que mamá y viste como soldado, también lleva su biblia. Pienso que no debe tener más de 16 años y me pregunto como puede estar casado con mi madre. Se inclina hasta mi altura y me da un beso corto en la frente, me dice que tenga cuidado, que hay cosas de las cuales no debo escribir, que se puede desatar una guerra. Añade que tiene que irse, le digo que no lo haga, que no me deje solo. “Elías, tu naciste solo, necesitas estar solo”. Y luego desaparece en un rincón del subterráneo del hospital.

LA 4ª CARABELA (UN EXTRACTO)

“ENTONCES INSISTE en la tesis de que el general Augusto Pinochet aceptó liderar el golpe de estado de 1973 por orden de una sociedad secreta”
–Lo insisto –contesté en automático, con la cabeza en Marte, mientras abría una nota en el menú del teléfono para luego tipear: “título definitivo: La cuarta carabela”. Así, en cursivas, como siempre hago cuando tengo algo seguro.
–¿La logia Lautarina?
–Te lo acabo de responder –regresé a la entrevista–. Los procesos políticos más importantes en la historia de Hispanoamérica han sido guiados por los hilos de esta logia. Desde la independencia de nuestros países y el sueño bolivariano, pasando por los golpes de estado del siglo pasado, la revolución cubana, la misma Unidad Popular chilena y terminando en la reciente crisis venezolana, el Chernobyl brasileño y el alzamiento de las minorías indígenas de la Patagonia. Todo obedece a un plan cuidadosamente orquestado por un grupo cerrado del cual yo no he inventado nada, salvo investigar sus acciones.
–¿Y cual sería la gran finalidad de esta organización?
–Existen muchas –fui evasivo, tenía demasiadas cosas en la cabeza, volví a irme. Miré lo que acababa de escribir, cada segundo me gustaba más, estaba seguro que a Caeti, mi agente en español, un gallego gay anclado en una oficina decorada con afiches de Audrey Hepburn en Breakfast in Tiffany, Sabrina y Arianne, en el quinto piso de un exagerado edificio en Barcelona, la más exagerada de las ciudades del planeta, también lo compraría. Agregué una línea más a la nota: Colón, templarios, jesuita, Logia Lautarina, no necesitaba más, yo me entendía.
–Pero cual es la suya –siguió el interrogatorio.
¿La cuarta carabela o La 4ª carabela?, escribí en el teléfono. El concepto era el mismo, visualmente lo segundo funcionaba mejor en una portada: La 4ª…, me respondí. Ahora podía aterrizar.
–Adhiero a la idea de concretar el sueño de Bolívar y de Miranda –contesté– convertir Sudamérica en un gran estado conjunto, un país continente confederado.
–Como Estados Unidos.
–De hecho Francisco de Miranda hablaba de los Estados Unidos de Sudamérica.
El muchacho me quedó mirando y fue incapaz de obviar la sonrisa. Era la respuesta que esperaba desde que apareció en la pantalla de mi celular, llamando con insistencia desde Santiago de Chile. “En media hora más”, lo tramité, “voy a estar esperándote”.
Necesitaba una exclusiva de mi próximo libro, El signo de O´Higgins (no pensaba decirle que acababa de cambiar el nombre de la novela), y saber como me estaba yendo en Shanghai, en el rodaje de La catedral Antártica.
Lo último era lo más importante.
Es el precio de haberme convertido –con un solo libro, La catedral Antártica (el primero no cuenta y el segundo, El número Kaifman, mejor ni mencionarlo)– en el escritor latinoamericano más exitoso de la década, en el apellido más odiado por la comunidad literaria regional y en millonario a punta de inventar historias tan fáciles de leer como comer una hamburguesa del McDonald. Si, soy pedante, pero no porque quiera serlo, sino porque así lo planeó el delicado manual de instrucciones redactado por Caeti y confirmado por mis editores en Nueva York y Madrid,
Desde que mi libro se convirtió en éxito internacional y Robert Zemeckis decidió llevarla al cine con Orlando Bloom en el rol protagónico y Steven Spielberg liderando a los productores, soy más noticioso que mis propias obras.
Mentiría si dijera que no me gusta. La 4ª carabela seguía mirándome con sus 15 caracteres con espacio desde la superficie amarilla de la nota virtual.
–Señor Buchman– me habló el periodista, sin mirarme a los ojos.
–Francisco– lo corregí, acercándome a propósito a la cámara oculta tras la superficie de cristal líquido del celular– llámame Francisco, somos compatriotas, algo de cercanía tenemos.
–Aunque hace más de seis años que no vive en Chile.
–El origen no se pierde.
–Ni haya vuelto a pisar suelo chileno.
–Nunca me gustó moverme, ni siquiera cuando vivía allá. Ahora casi no salgo de Los Angeles. Lo de Shanghai es una situación extraordinaria.
–Algunos dicen que esa ausencia tiene que ver con el poco éxito y el posterior escándalo de El número Kaifman.
–De eso ya ha pasado mucho tiempo.
Se quedó callado, en la ventana de su cámara lo percibí incómodo, como buscando en sus notas la pregunta justa para continuar la entrevista.
–Si prefieres tutéame –le propuse.
–Prefiero el usted, mantiene distancia con el entrevistado.
Y es tan obvio que hace menos de dos años que salió de la universidad. Ese límite de alumno estrella es tan típico de los recién egresados, apostaría a que es de la Católica.
–¿En qué universidad estudiaste? –le pregunté.
–En la Católica –contestó, sin dejar de verificar sus apuntes. Cristalino, como el agua.
–Yo también –le respondí.
–Lo sé –pronunció muy seguro de si mismo, luego respiró profundo, volvió a mirar su móvil e insistió con el tema: –¿Cuál es su último recuerdo de Santiago?
–Un recital de REM a inicios de noviembre del año en que me mudé a Los Angeles.
–¿Un buen show?
–Ni tan bueno, pero lo recuerdo porque afuera me robaron el auto.
–Leí que usted no manejaba.
–No manejo. El auto era de mi mujer.
–Ex mujer.
–Ella siempre será mi mujer.
Volvió a quedarse callado, nuevamente a perder el orden de sus apuntes.
–Entonces puedo llamarlo Francisco– improvisó, mientras mentalmente continuaba su búsqueda. A su edad yo también hacía lo mismo.
–Claro, además Buchman a secas me recuerda mis tiempos de colegio.
Le tiré un anzuelo y él lo tomó. Como adoro a mi agente.
–¿Lo pasó muy mal en el colegio?
Y le doy la respuesta que necesita. Que requiere para extenderse acerca de mi vida. Mi inusual carrera, mis supuestos amores y el dato sabroso de ser hijo de una ex monja y un pastor evangélico de origen judío, la mezcla genética más deliciosa y precisa para engendrar a un tipo que ha hecho fortuna a través de escribir de conspiraciones religiosas y santos que no existen.
–La comunidad literaria chilena lo odia.
–No sé si es odio, tampoco si hay lo que llamas comundidad. Además Isabel Allende me adora.
–¿Se lleva bien con ella?
–No sé si a nivel de amigos, pero hay respeto, camaradería y admiración.
–¿Mutua? –fue tal como pensé, dejé admiración en cursiva para ver si nuevamente picaba. Lo hizo y lo repito, el muchacho hace bien sus tareas.
–Mutua
Un mensaje pendiente apareció en la bandeja de entrada. El remitente era la oficina de Caeti y el asunto, una respuesta al correo que le había enviado hace dos días: “Primer capítulo”. Lo abrí y mientras respondía, como muerto en vida las siguientes preguntas de la entrevista, seguí las escuetas líneas del catalán que estaba haciéndose millonario con mi nombre y apellido. “Deberías dejar de hablar de un libro del que no tienes ni cincuenta páginas escritas. Y del cual, yo, como tu agente, aun tengo dudas. Whatever… Revisé lo que me mandaste, en Chile te van a odiar por tratar a un puto padre de la patria de pedófilo y maricón, pero los maricones venden. Y harto. No lo sabré yo. Te concedo ese beneficio. Pero necesitamos hablar del resto. ¿Perú? ¿Por qué coño debe empezar en Perú? A nadie le interesa Perú, ni a los peruanos, hasta Vargas Llosa dejó de escribir de Perú. Voy a llamarte en unas tres horas. Una cosa más, odio el título, olvídate de O´Higgins, en Europa y EE UU no lo conoce nadie. Entiende esto, en el resto del mundo tu país de mierda sólo es conocido por Pinochet y Allende, usa uno de esos nombres, no otro. El signo Pinochet, hasta suena bien. Caeti”.
Cerré la ventana del correo, volví a mirar La 4ª carabela y sonreí, podría apostar mi casa en Malibu a que Caeti iba a amar el título.
–¿Conoció a Dan Darrow? –prosiguió mi entrevistador, mientras yo expandía su ventana a formato pantalla completa.
–Estuvimos juntos un par de veces en Los Angeles. Compartíamos el mismo agente de derechos cinematográficos.
–A usted lo llaman el Dan Darrow latinoamericano.
–Y a Javier Salvo-Otazo, el Dan Darrow español. El mundo está lleno de Dan Darrows…
–No eran amigos.
–No, pero la relación era buena. Dan era un sujeto agradable, además le gustó mucho La catedral Antártica. De hecho fue él quien, en una entrevista, impulsó a que el libro fuera comprado por Dreamworks.
–Entonces es cierta esa historia.
–Nunca he dicho que no lo sea. Tengo claro que fue gracias a Dan Darrow que mi novela se convirtió en éxito de ventas y luego en una superproducción hollywoodense. Se lo agradecí en la oportunidad y se lo sigo agradeciendo, siempre lo voy a hacer.

LA CUARTA CARABELA

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LONDRES, REINO UNIDO 172 AÑOS DESPUÉS

MIENTRAS CAIA desde el séptimo piso del Hotel Dorchester sobre Park Lane Avenue, Dan Darrow entendía que no era cierto aquello de que en los últimos segundos toda la vida se pasaba frente a los ojos. El tiempo era tan poco que a lo más alcanzaba para un par de horas. Y las últimas de Dan Darrow estaban entre las mejores de toda su existencia.
Simon & Schuster había organizado una fiesta exclusiva par celebrar los 100 millones de ejemplares vendidos de La reina Juan, su tercer novela. Según el comunicado de prensa, enviado una semana antes a los periódicos, desde su publicación hace tres años y medio, el libro se había convertido en el mayor éxito editorial de la década. Y la suma estaba llena de datos: traducciones a 44 idiomas más una exitosa película dirigida por Christopher Nolan con Christian Bale en el rol del Dr. Bernard, el teólogo y ex jesuita que descubría, para horror del Vaticano, que el apostol San Juan nunca había existido, sino que se trataba de un alias para proteger la identidad de María Magdalena, quien no sólo habría sido la amante y esposa de Cristo, sino el personaje más importante del Nuevo Testamento, autora del evangelio de Juan, madre de la cristiandad y visionaria de las revelaciones del Apocalipsis: la verdadera primer Papa. Pero Darrow sabía que la mitad de lo que decía el panfleto, impreso en papel lacado y encuadernado en pretenciosas tapas duras que imitaban cuerina, no eran ciertas. La reina Juan había pasado un par de años dando vueltas de agente en agente, coleccionando rechazos editoriales de todo calibre. Desde cortos mensajes tipo, de esos a los que sólo se les cambia la identidad del receptor, hasta extensas misivas de editores que en verdad se habían molestado en leer el manuscrito de mil 500 páginas y que en el más solemne de los modos le comunicaban que su tipo de literatura no se ajustaba a la calidad y los temas que ellos buscaban. Más de uno le había sugerido no volver a escribir. Otros, menos categóricos, le aconsejaban tomar clases de escritura creativa. Sin embargo Dan Darrow (que no era su verdadero nombre) siempre había sido un tipo insistente. Con estudios incompletos de leyes, previo a la fama, trabajaba para el despacho de su padre, un rico abogado de Atlanta, dedicando sus noches a escribir en secreto las aventuras de Gabriel “Bones” Bernard, un doctor en teología y ex sacerdote jesuita, que había dejado la orden después de un confuso incidente, nunca aclarado. Tema constante en sus eternas sesiones de terapia con Jennifer Walton, una atractiva sicóloga de 35 años, incondicional de Bernard y con la cual mantiene una extraña relación donde la clave es una evidente tensión sexual, la que podría quebrarse si ella no estuviera felizmente casada y él no insistiera en sus votos de castidad.
Con el seudónimo de Dan Darrow, inspirado en un aviador de tiras cómicas inglesas, identidad que a la larga terminaría desplazando a la real, autoeditó dos novelas del Dr. Bernard. La primera, Los ritos del vampiro logró una buena acogida en las librerías locales de Georgia e incluso consiguió buenas ventas en Amazon, detalle que se repitió con El laberinto de Barcelona, con la cual consiguió incluso traducciones al francés y al español, acarreando de rebote críticas y burlas por la peculiar descripción de la capital catalana (copada de mezquitas abandonadas y castillos medievales rodeados de rascacielos de vidrio) que hacía alguien que evidentemente nunca había estado en esa ciudad, ni se había tomado el tiempo de investigar en Google. Entremedio tiró a la basura dos premisas para una tercera parte, hasta que dio con la trama que lo convertiría en el escritor norteamericano más rentable del nuevo siglo.
Y en comidilla de todos los enemigos de la literatura de supermercado.
Cómo fue que Simon & Schuster se interesó en La reina Juan era un misterio todavía más profundo que el que se resuelve en las 150 páginas finales del libro. La historia oficial apunta a que Evan MayNicholls, uno de los editores recibió el manuscrito de un agente literario de Atlanta, junto a una breve bibliografía del autor. Leyó la primera página, luego la segunda y decidió llevárselo a sus vacaciones en Bahamas donde devoró lo que en su informe de lectura definió como “una bomba atómica que seducirá a millones de lectores con su audaz y profana reinterpretación en clave thriller del Nuevo Testamento”. Lo único cierto de esa historia era el nombre de Evan MayNicholls y lo de las vacaciones en Bahamas, donde en un bar había conocido a un atractivo hombre de 44 años y pelo cano que escribía con el seudónimo de Dan Darrow. Fue simplemente estar en el lugar adecuado en el momento adecuado, aceptar una copa, luego otra y así. Ni siquiera hubo informe de lectura, Evan publicó el libro como una declaración de amor. Una relación que perduró hasta que la novela empezó a elevarse en los ranking de más vendidos, Darrow a frecuentar a gente cada más famosa e influyente y MayNicholls, un anónimo editor de Nueva York, se convirtió en una molestia que los abogados del propio escritor (y de la editorial) no tardaron en extirpar.

NOVELA (AHORA CON NOMBRE. VERSION 2.0) V PARTE

Entregas previas

El muchacho también llamado Lorencito Carpio no supo que contestar, como reaccionar.
–Pero debes estar tranquilo –prosiguió la mujer –tu señor me advirtió que no te gustaba El Callao. Pronto volverás a La Ciudad de los Reyes con mi gente, pero antes debes completar una tarea para mí.
–Usted dirá –obedeció nervioso.
–Así me gusta Magallanes. Dime muchacho, ¿qué te contó O´Higgins de la Logia?
–Sólo que eran un grupo de amigos con un causa en común.
–¿Y cual sería esa causa, mi estimado?
–El decía que la libertad de América, misiá.
–Por supuesto, la libertad de América, hasta hermoso se oye. ¿Y tú qué crees?
–¿De qué tengo que creer, mi señora?
–De este propósito del cual me hablas, Magallanes.
–Yo no sé mucho, mi señora.
–Oh, claro, por supuesto, que no sabes mucho. Pero don Bernardo te inició en los ritos. No puedes mentirme, él mismo me lo confesó.
Magallanes bajó la cabeza.
–Dime, muchacho, ¿amabas a tu señor?
Magallanes no respondió
–Pero claro que lo amabas, como sólo un hombre puede amar a otro hombre. Como sólo los unidos bajo un propósito mayor pueden amarse. ¿Cuántos años tenías cuando se hizo uno contigo?
Magallanes no respondió.
–Haz de haber sido muy joven. ¿Y la última vez que compartieron lecho? Confiésame Magallanes, ¿fue la noche en que te entregó mi encargo? ¿Tuvo fuerzas para olvidar la enfermedad y estar una vez más con su chiquillo?
Magallanes no respondió.
–Está bien, mi pequeño, entiendo que mis palabras te avergüencen, pero pronto aprenderás que todo es parte de una buena máquina. Y que tu señor también te amaba, lo suficiente como para regalarte un pasaje al porvenir. Discúlpame nuevamente, Magallanes, no fue mi intensión ser grosera. Ahora, ¿te parece que veamos el otro obsequió que tu patrón envió contigo?
Magallanes levantó la mirada pero no emitió palabra. La señora tomó un cuchillo usado para abrir cartas y con el mango quebró el timbre de cera. Hizo un comentario acerca de la bandera que O´Higgins había dibujado sobre el sello, después revanó el papel con el filo de la navaja y sacó las dos cartas que venían en el interior. Miró uno de los mensajes y sonrió, luego desplegó el otro y le dijo al muchacho:
–La orden de tu propiedad, mi niño.
Magallanes no respondió.
La señora volvió a tomar el cuchillo y cortó las ataduras y papeles que forraban el paquete mayor. Luego desenrrolló sobre la mesa un objeto alargado y terminado en punta que venía protegido con ropas y trapos viejos. A medida que la mujer fue deshaciendo las telas, el objeto adquirió forma. Una vaina con un sable que Magallanes conocía muy bien, la empuñadura dorada y el león estilizado alrededor del nacimiento de la hoja.
–¿Qué sucede Magallanes? –le preguntó la señora.
–Es el sable de don Bernardo –dijo el muchacho –pero no puede ser, yo mismo se lo llevé hasta el lecho de muerte.
–Me temo mi niño, que aquel no era su sable, Al menos no su verdadero sable. Tu patrón mandó a hacer una réplica para que lo acompañara en su muerte. El verdadero, éste que tengo en mi poder, debía de pasar a la Logia cuando el barquero viniera a buscarlo.
–¿El barquero?
–El huacho nunca te contó esa historia. Es bueno que no te lo haya hecho, así el resto de nosotros puede enseñártela.
–¿Tiene que ver con la muerte, mi señora?
–En verdad eres inteligente, joven Magallanes. El huacho hizo bien en escogerte.
El criado torció la mirada. Siempre lo hacía cuando escuchaba la palabra huacho, no le gustaba que nombraran así a su patrón.
–No te gusta que lo llame así, verdad. Piensas que es una falta de respeto hacia su persona, pero no tienes de qué preocuparte, mi joven Magallanes. Don Bernardo estaba acostumbrado a que lo nombraran así. Era una licencia que le daba a sus amigos y enemigos, en especial a sus amigos. ¿Sabes por qué lo llamaban de ese modo?
–Todos lo saben, mi señora. Su padre, el virrey, no lo quiso reconocer.
–No es tan así, mi querido Magallanes. Lo llamaban huacho porque no tuvo padre, porque tu patrón nació sin padre de por medio.
Magallanes no respondió.
–Oh, por supuesto, claro que no entiendes mis palabras. ¿Quieres ver lo que me escribió en la otra carta? Toma, leela por favor, sé que sabes hacerlo.
Magallanes se puso de pie y caminó hasta el lado de la señora. Con la luz de las antorchas golpeandola de lado, el rostro de la dama parecía perder su juventud convirtiéndose en cada movimiento de las llamas en el retrato anciano de una mujer de edad cada vez más avanzada.
–Léela –le insistió.
Magallanes agarró el papel, lo desplegó y siguió la única línea que estaba escrita en él. Miró a la mujer, ella le sonrió y al hacerlo pareció recuperar su juventud.
–En voz alta, si te parece –le pidió.
Y Magallanes obedeció.
–Ustedes nunca sabran quienes somos –leyó, sin comprender ninguna de las cinco palabras que acaba de pronunciar.
–Oh, si, por supuesto –respondió la mujer –ahora tenemos mucho que enseñarte. Pero antes necesito que me hagas un favor.
–Usted dígame.
La dama volvió a sonreír y puso sobre la mesa una daga curva, larga y plateada, en cuyo mango se repetía el talle de la estrella, el círculo y el triángulo.
–Mañana regresarás a Lima, ni niño. Lleva esta daga y saca con ella los ojos del cadáver de tu patrón. Luego mandaré a buscarte. A ti y a los ojos del huacho.

NOVELA (SIN NOMBRE. VERSION 2.0) IV PARTE…

Entrega previa

–La señora Rosa pensaba que don Bernardo se nos iba a ir anoche, así que pidió que preparáramos todo para su partida. Como a las doce me mandaron a buscar a un señor cura para que lo despidiera. Fue segunda vez que le dieron la extremaunción.
–Idea de doña Rosa, puedo imaginarlo –lo interrumpió –pero sigue por favor, mis oídos están atentos a tu historia. Infiero por tus palabras que entonces don Bernardo no murió anoche.
–Todas las mujeres de la casa lloraron, uno de los esclavos dice incluso que escuchó aullar a los perros, pero yo, misia, puedo jurarle que no escuché nada.
–Hace tiempo que los perros ya no despiden a los muertos –murmuró la dama.
–¿Dijo algo mi señora?
–No he dicho nada, joven Magallanes. Si eres tan gentil.
–Como le estaba relatando, anoche don Bernardo no murió. Los dolores lo hicieron desfallecer y sus quejidos fueron más intensos que noches anteriores, pero la parca no vino a buscarlo. Por la mañana despertó temprano e incluso se levantó a recibir un mensaje que le trajeron desde Chile. Ignoro el contenido de la carta, pero le mejoró bastante el ánimo, incluso lo escuché reir y doña Rosa contó que había estado hablando de un pronto regreso a sus tierras. Sucedió, poco antes del mediodía, pidió que lo llevaran nuevamente a su cama. Se acostó, cerró los ojos y se quedó largo rato en silencio, rodeado de su hermana y otras mujeres de la casa. Misia Rosa mandó incluso a traer unas monedas que el cura había santificado, para cubrirle los ojos. Pero de pronto el patrón despertó y pronunció mi nombre. Fueron a buscarme, avisando que don Bernardo me llamaba. Me acerqué a su lecho y esperé su ordenanza. Tomó mi mano derecha con fuerza y me pidió que le trajera su sable y un hábito de monje franciscano que tenía guardado en un ropero.
–De monje franciscano, guardado en un ropero –repitió la mujer–. El huacho nunca paró de sorprenderme.
Magallanes se quedó en silencio, mirándola. Ella parecía perdida, con la mirada fija en algún punto alto de la bóveda. Con los ojos más acostumbrados a la oscuridad y a la tenue luz de las antorchas, el muchacho descubrió que el curvado techo de la estancia estaba decorado con estrellas y constelaciones del zodiaco. En mitad del todo, destacaba enorme, la forma de Orion, el arquero. La misma que de niño le habían enseñado a identificar como las tres Marías y sus hermanas. Pero don Bernardo le reveló, tiempo después, que las tres estrellas hermanas eran en realidad el cinturón del cazador. Volvió a mirar a su anfitriona y se encontró con sus ojos celestes y grandes, clavados en los suyos. Eran intensos y profundos, atemorizantes como la mirada de yeso de la estatua de un santo. La dama alargó su mano derecha y trazando unos círculos en el aire le indicó que prosiguiera.
–Le traje al patrón lo que me había pedido, luego él le indicó a su hermana que lo vistiera con el traje del monje. Dijo que era el uniforme de Dios…
–Y después.
–Después doña Rosa me expulsó de la habitación, dijo que era lugar sólo para la familia. Ignoro lo que habrá sucedido entonces, sólo que a la hora más o menos, supimos que el señor había muerto.
–El huacho está muerto –reiteró la mujer.
–Perdón, mi señora.
–Que el huacho está muerto. A estas alturas ya casi toda Lima y parte de Santiago deben haberse enterado. Las noticias, en especial cuando son malas, vuelan como almas en el viento.
Magallanes no respondió y se quedó mirando la imagen pintada en medio de la mesa redonda, nuevamente la estrella y sus geométricos acompañantes. La mujer notó donde estaba puesta su atención y le dijo:
–¿Sabes lo que es, verdad?
–Mi señor me lo enseñó.
–¿Y que fue lo que te enseñó tu señor?
–Que la estrella era el hombre, el círculo la razón y el triángulo invertido la idea.
–Debo decir que aprendiste bien, hermoso pupilo. Otra pregunta, ¿sabes porque tu señor te llamaba Magallanes?
–Decía que le recordaba un amigo del sur, que le resultaba más fácil que Lorencito.
–Astuto tu patrón, pero no fue así mi pequeño, él te nombró Magallanes, porque yo le indiqué que lo hiciera. Magallanes, la patagonia, sabes niño que allá en el sur duerme el futuro de todo lo que podemos ver y sentir. Claro, aún es pronto, pero hay tiempo para prepararte. Debes saber que viajarás a Magallanes llevando un tesoro.
El joven mozo no pudo evitar sentirse y verse perturbado.
–Pero claro, para eso falta un tiempo. ¿Sabes lo que hay en este sobre? –le mostró la carta que él mismo había traído desde Lima–. Dos mensajes, uno de ellos son los derechos sobre tu persona. Sí, como escuchas, Don Bernardo te traspasó a mi propiedad cuando supo que sus días estaban contados.

NOVELA (SIN NOMBRE. VERSION 2.0) III PARTE


Entrega previa

4
LA HABITACIÓN ERA GRANDE y cómoda, mucho más que la suya propia en la casona de Lima. Un desproporcionado catre de bronce, con colchón de lana de oveja, ocupaba la mitad del lugar. Dejó el encargo junto a la mesa de noche y se recostó sobre las sábanas. La luz de una vela dibujaba sombras fantasmagóricas sobre las altas paredes, golpeadas de vez en cuando por las andanadas luminosas de los relámpagos del exterior. El muchacho trató de no cerrar los ojos, sabía bien que con las emociones del día el cansancio no tardaría en dominarlo. Pensó en la señora a la que se había referido el esclavo, una querida del viejo, seguro.

Un trueno hizo retumbar las paredes de madera.
Dieron tres golpes a la puerta y preguntaron si podían entrar. El muchacho respondió que por supuesto, que estaban en su casa.
–La señora ya esta lista para recibirlo. Coja lo que le pidieron traer y sígame.
Se ató los cordones de los zapatos y obedeció a su servidor. El negro lo condujo a través de los pasadizos de la casa, hacia el fondo de ésta, más atrás de la cocina y la pieza de despenza. Se detuvieron ante una puerta gruesa y vieja, con bordes metálicos y pesados pestigos en forma de aro.
Vino otro trueno.
–Yo no puedo continuar –le dijo el esclavo –usted sólo camine, está iluminado, al fondo lo aguardan.
Y abrió la puerta, que rechinó anciana contra los muros que la rodeaban.
El mozo apretó el encargo de su patrón e ingresó al pasillo. Las manos le temblaban, mientras sentía como la punta de sus dedos se iba humedeciendo. Afuera hacía frío, pero eso no impidió que el sudor comenzara a ganar terreno bajo su frente y encima de sus hombros. El túnel parecía haber sido escavado en la roca misma, abierto a tajo abierto contra las piedras desnudas. Una fila de antorchas, ordenadas en la pared derecha, iluminaba un camino que anunciaba extenderse hasta el mismo centro de la tierra. Un descanzo, pocos metros adelante, abrió una escalera en espiral que conducía aún más abajo. Sujetó una de las teas y trató de revelar el fondo, pero sólo vio oscuridad. Tragó saliva y nuevamente escuchó en su cabeza las palabras del patrón. No hacer preguntas y seguir las instrucciones, si le pedían entrar al infierno debía de hacerlo, se lo debía al viejo.
El descenso en espiral enfrentó una puerta de madera, embutida a la fuerza dentro de un arco de piedra. En el vértice superior habían esculpido un triángulo invertido bajo círculo y una estrella de cinco puntas. No era primera vez que el muchacho lo veía Y conocía su significado, tan bien como las ancianas de Lima memorizaban los milagros de la virgen María.
El salón era grande, formado por arcadas y columnas similares a la nave de una catedral. Tapices con imágenes de gatos colgaban de las paredes, iluminadas tenuamente por más antorchas. Destacaba una mesa redonda, al centro de todo, con once lugares vacíos. En el doce, dispuesto casi al medio, lo miraba una dama vestida de blanco, con cabellos negros y la piel muy pálida. Lucía los labios coloreados de un rojo exagerado e intenso y sus ojos, azules y profundos le recordaron mucho a los del patrón. Era difícil calcular su edad. Cuando su rostro era tocado por la luz parecía joven, casi adolescente; en cambio, al cubrirse de sombras, sus años se acercaban a los de su difunto amo. Era hermosa, de eso no cabía duda, pero no como las niñas que solía ver de reojo en la ciudad, su belleza era distinta, pesada, perteneciente tal vez a un sitio muy lejano.
–Puedes sentarte –invitó ella, mirándolo a los ojos y extendiendo su mano hacia el puesto inmediatamente frente al suyo.
–Aquí, mi señora –respondió el mozo, corriendo una de las sillas.
–Ahí esta bien.
El muchacho vio que cada silla llevaba el talle del triángulo, el círculo y la estrella.
–Así que tú eres Lorencito Carpio –pronunció la mujer, sumando cada sílaba del nombre del muchacho.
–Puede llamarme Magallanes, así me decía el patrón.
–Lo sé, tu señor me habló muchas cosas de ti. De cómo te encontró, lo que te fue enseñando, lo que te hizo y como te lo hizo –su sonrisa se hizo torcida, casi malévola.
Lorencito, también conocido como Magallanes, no podía apartar la visión del rostro de su anfitriona.
–Así que el huacho está muerto. Fue antes de lo previsto, pero así suceden las cosas. Veo que me trajiste el encargo.
–Si, mi señora –tartamudeó Magallanes.
Ella le indicó que deslizara el paquete sobre la mesa.
–¿Tuvo un buen viaje desde Lima?
–Muy bueno, mi señora.
–Lástima que largara a llover, pero así es la costa. Ordené que prepararan una habitación. Dime, mi niño, ¿estás a gusto?
–Estoy a gusto mi señora.
Ella tomó el paquete y lo desató. Puso el sobre enfrente suyo y dejó lo más grande a un costado.
–Cuéntame Magallanes, cómo sucedió la muerte del huacho. ¿No te molesta que llame asi a tu patrón, verdad?
–No señora, usted puede llamarlo como quiera.
–Eres servicial, Magallanes. El irlandés ya me lo había advertido. Pero por favor, habla, dime como fue su muerte.
El niño tragó un poco de saliva, luego comenzó su relato:

NOVELA (SIN NOMBRE. VERSION 2.0) II PARTE


Primera entrega

3

LAS PALABRAS DEL PATRÓN se cumplieron sílaba tras sílaba. Justo cuando el sol comenzó su descenso, un carro negro surgió tras la esquina del mercado y se detuvo junto a la plaza. El muchacho miró al cochero y pensó que tenía cara de muerto: pálido y con los cabellos grises. Sus ojos azules y pobladas cejas delataban un origen que no estaba en estas tierras.
–¿Quién viaja? –preguntó el conductor.
–Cumplo con la voluntad de la logia Lautarina –repitió el mozo, recordando cada una de las palabras que le había indicado el patrón.
El extraño lo invitó a subir, le dijo que cerrara la puerta por dentro y que se acomodara. Que el viaje era largo.
La noche estaba cubierta y las luces del puerto no tardaron en reflejarse sobre la bahía. Al mozo nunca le había gustado El Callao. El olor fétido del mar, los hombres extraños que caminaban por sus calles, la maldad que reptaba en cada esquina. Hace años le habían dado una paliza cerca de los muelles, lo dejaron tirado y casi muerto. Su hermano tuvo peor suerte. Tenía doce años y ahí fue cuando el viejo lo encontró. Desde entonces trataba de evitar volver al puerto, le tenía miedo. Prefería mil veces Lima, la tranquilidad y grandeza de sus casas, la belleza de sus habitantes, los colores y olores de su cielo. Se fijó en tres grandes veleros que estaban anclados, uno de ellos llevaba bandera chilena. Un perro ladró a la distancia, luego otro, cada vez más cerca. Se asomó a la ventana de la calesa. Una pequeña jauría de vagos perseguían al carro, intentando morder las patas del caballo.
El carruaje enfiló hacia la parte alta del puerto y luego se dirigió a la salida sur del Callao, una ruta empedrada que llevaba a las antiguas haciendas y caserones que sólo algunos años antes ocupaban los dignatarios de la corona española. Un trueno retumbó en el cielo, acompañando a un relámpago que iluminó el horizonte perdido tras las colinas. La negra se equivocó, pensó el muchacho, se avecinaba una tormenta.
La lluvia empezó a caer despacio, sonando como una melodía sin ritmo sobre el techo metálico de la calesa. Magallanes se preguntó cuanto faltaba para llegar y donde podría pasar la noche. El Callao no estaba tan lejos de Lima, pero la noche era peligrosa y los caminos guardaban secretos que era mejor dejar tranquilos. Era cierto, los tiempos eran calmos, pero como rezaba su difunto señor, eso no era igual que decir que fueran buenos tiempos.
Desviaron hacia la entrada de una propiedad rodeada de viejos molles. El mozo trató de enfocar su vista en la oscuridad y descubrió como estos, junto a un pesado empedrado, formaban un muro alredor de los terrenos. El camino se iba haciendo más angosto, serpenteando entre los árboles que se mecían bajo un viento que sabía aullar bajo las nubes. La lluvia ya era un bombardeo de gordos goterones.
El caserón recordaba un castillo del viejo mundo. El muchacho los conocía de libros de grabados que el patrón le mostraba cuando le hablaba de Inglaterra e Irlanda, sus otras patrias. La puerta estaba cerrada y no se veía luz en el interior. El mozo calculó que debía de ser cerca de la medianoche, aunque con lo cerrado de las nubes y lo oscuro de la tormenta resultaba complicado precisarlo. El cochero lo hizo bajar y le indicó que esperara junto a la puerta, que pronto vendrían a recibirlo. Subrayó que no olvidara el encargo. El muchacho respondió moviendo la cabeza y saltó del carruaje. La tierra mojada por la lluvia había formado ese barro espeso y pegajoso, tan típico de la costa peruana.
Después de un rayo, que iluminó la copa de los árboles cercanos, descubrió que había luz en el interior de la casa. Sintió luego que unos pasos fuertes se acercaban a la puerta. Desde dentro rechinaron postigos y cadenas, luego una de las hojas del portalón se abrió y bajo el dintel apareció un mestizo joven, casi de su misma edad, pero vestido con ropas de paje elegante; similares, pero más finas, a las que él mismo había tenido que lucir en un par de reuniones privadas en la que debió servir al señor y sus invitados.
–Entre rápido, que se ve a mojar –le dijo el niño de la casa–. Venga conmigo, tenemos una habitación preparada para que pase la noche. Quizás quiera descanzar un momento, la señora pronto requerirá de su presencia.

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