Archive | junio 2006

IGRIEGA… UNA HISTORIA INCONCLUSA
En 1999 comencé a escribir una novela que nunca terminé. Se llamaba Y -la idea era que se leyera IGRIEGA- y fue narrada y ambientada en la época de la revolucion punto com, cuando pensábamos que todo sería diferente. Hace poco busque en mi disco duro, cuentos e ideas viejas y me reencontré con las 110 páginas de esta historia sin final. Este es (o era) el primer capítulo. Es un poco largo, pero bueno, no todo es instantaneo en la viña del señor.

LLEVABAN DIAS diciéndolo en la tele, que los incendios habían crecido tanto que pronto iba a nevar cenizas sobre la ciudad. Y así fue. Por la mañana todos los techos de mi cuadra (y los de todas las otras cuadras) despertaron cubiertos de una resbalosa capa de arenilla con olor a pasto quemado. Marzo, el noveno viernes del año. El día en que me encargaron buscar a Igriega, una prostituta que veinticuatro horas después de su muerte había resucitado en la forma de un mensaje de correo electrónico. El mismo día en que comenzamos a tener pruebas concretas de la existencia de vida inteligente en otro lugar del universo, si eso no fue sincronía, ni idea que pueda serlo.
El timbre sonó a las ocho de la mañana con un minuto, media hora después de que mamá agarrara la camioneta y se largara a su oficina, segundos antes de que yo terminara de tragar mi desayuno y pasara al baño a fregarme los dientes. Con el desayuno a medias corrí a la puerta y la abrí sin mirar por el ojo de ésta. A esa hora debía ser cualquier persona, menos alguien tan improbable como mi jefe. Pero lo era. Ahí, parado exactamente bajo el umbral de la puerta de la casa de mi madre, estaba el gerente general de Enrednet S.A.
-Buenos días-, me saludó sin quitarme los ojos de encima. Nombró a su secretaria y agregó que ella le había dado mi dirección, -aunque la tiene equivocada-, corrigió. -Un número que no existe, tuve que preguntar en un par de casas antes de encontrarte. Dile que lo corrija.
Un bolo de pan, jamón y queso remojado con un trago de Coca Cola light se arrastró por mi garganta.
-Menos mal que conocía el barrio, cuando era chico vivía por acá cerca, en la calle que sigue… creo… pero esto está muy cambiado. Hace tiempo que no venía-, añadió como si la situación fuera la más natural del mundo. Detrás de la escena un camión de aseo municipal remojaba la calle y barría las cenizas nocturnas con sendas paletas circulares llenas de pelos blancos y largos. Zumbaba como un montón de moscardones gordos. La comida me llegó al fondo del estómago y el malestar nervioso comenzó a propagarse como una entidad inteligente por mi interior. Deberían inventar algo para borrar ese tipo de molestias corporales. El polvillo gris que caía por el techo de la casa de enfrente reflejó el sol de la mañana como si fueran cientos de flashes de alguna rara especie de microbios fotógrafos.
-Adelante-, fue lo primero que atiné a pronunciar. Apenas entró, cerré la puerta. –Tome asiento-, le ofrecí, mostrándole con la mirada uno de los viejos sillones del living, recuerdos de otra época y de otra familia (nunca mejor dicho). –Voy al baño y vuelvo-, disculpé de puro nervioso.
Me enjuagué con fuerza la boca, pensando en que cresta hacía el temuquense más influyente del año pasado, según una elección del Diario Austral, en la casa de mi madre. No era su estilo relacionarse de una forma tan cercana con sus empleados y hasta donde yo sabía (o entendía) no le había dado motivos para: despedirme, caerle especialmente bien, enamorarse de mi (aunque uno nunca sabe), todas las anteriores o ninguna de ellas. Ni siquiera sabía que supiera mi nombre,
Apreté el tubo de pasta de dientes y por tercera vez dibujé una línea sobre la punta de las cuerdas del cepillo. Abrí bien la boca y me limpié la superficie de la lengua, reemplazando esos granos blancos y hediondos de la mañana por otros, también blancos, hechos de pasta con sabor y olor a menta fresca. Arregla el aliento, al menos por unos minutos, pero funciona.
Agité otro trago de agua en mi garganta y tras jugar con la espuma por un momento la escupí fuerte sobre el lavado. Un delgado hilo de sangre se me coló entre la saliva, debo ser más cuidadoso con lo que me venden. Vi mis ojos en el espejo y juntando agua sobre la palma de mis manos me mojé el rostro. No podía seguir escondido en el baño.
-¿Quiere algo? ¿Un café?-, le pregunté al regresar al living.
-Nada, gracias…-, respondió mientras examinaba cada centímetro de las paredes.
-…
-¿Hay alguien más en casa?-, preguntó.
-No-, le dije y mientras lo hacía pensé que debería haberle dicho otra cosa, haber inventado algo, uno nunca sabe. Tal vez mi jefe era en secreto un asesino serial y en cosa de minutos yo podría terminar abierto de cuajo, destripado, como esas doce pendejas de Curicó.
-¿Te preguntarás que hago aquí?
-Entre otras cosas.
Se rió, yo también, fue un gesto amable, cómodo.
-¿Vives solo?-, sumó, con un tono de voz más bajo, casi tranquilo. Le conté que no, que vivía con mi madre. Soltó un soplido largo, como un murmullo de aire y continuó examinando cada rincón del lugar, esta vez como si buscara a mamá, supuestamente escondida tras las cortinas o de espaldas al gomero junto a las ventanas.
-No está, ya le dije que estamos solos-, aclaré. –Ella sale temprano, es secretaria en línea y usted sabe… hay que estar a la hora, por lo del satélite.
Ambos miramos al techo, como si a través de este pudiéramos ver la red de objetos que giraban alrededor de nuestro planeta.
-Necesito tu ayuda-, dijo mirándome de costado y rascándose el cuello.
-Ya no hago esa clase de trabajos-, contesté, sabiendo muy bien a qué se refería. La información estaba en mis antecedentes, no sé si manchándolos o decorándolos. Además fue gracias a esos conocimientos especiales que llegué a trabajar para él y sus socios. Mal que mal se supone que soy un genio. Tarde o temprano me iban a pedir “horas extraordinarias”, eso siempre lo tuve más que claro.
-No voy a pedirte que rompas nada, ni que programes un gusano. El trabajo es simple, mucho más de lo que imaginas…
-…
-Además eres el único que conozco que me puede ayudar, creo.
-…
-Te pagaría bien, un sueldo extra. El doble de lo que ganas por unos…-, vaciló, -cuatro o cinco meses. Aunque, tu sabes, podría alargarse un poco más si haces bien las cosas.
-…
-Necesito que encuentres a alguien-, continuó sin esperar mi respuesta.
-Stalker-, murmuré.
-Algo así-, pensé que no me había escuchado. -Pero óyeme bien, lo más importante es que nadie puede saberlo. Nadie de nadie. Nunca-, recalcó. -Por ningún motivo se te ocurra comentarlo con alguien de tu familia o tus amigos y mucho menos en la oficina. Si lo haces pierdes todo y es en serio. Te quedas en la calle, sin un peso. Y no creo que te sea fácil encontrar otro trabajo, ya sabes…
No recordaba la última vez que me habían amenazado, de hecho creía que las amenazas estaban pasadas de moda.
-El negocio es sólo entre tu y yo.
-…
-¿Si o no?-, preguntó levantando su ceja izquierdo. De ser él, habría usado una terminología más ad-hok, más intimidante, un “estás adentro o fuera”, que se yo. Miré buscando las cámaras y la siguiente orden del director pero sólo encontré los ojos grandes y nerviosos de mi jefe. Hijo de puta, como si hubiera otra respuesta posible:
-¿Quién es?
-Una mujer, se llama Igriega, tal vez hayas oído hablar de ella…
Tenía razón, había oído de ella. No mucho, pero si lo más importante.
-Ella está muerta-, le dije.
-Eso dicen-, respondió mi jefe. Torció su boca y me preguntó si seguía en pié la oferta del café.
Me acordé de un comentario que había escuchado anoche en televisión. Sobre que este verano había sido el peor de los últimos cincuenta años. El sol, el calor, las llamas, el cielo rojo, el sudor y las heridas invadieron cada centímetro de Temuco. En verdad estábamos quemándonos.

“LOS MUERTOS no envían correos electrónicos”, fue la reacción automática de mi novia cuando le conté lo que había sucedido en la mañana.
-Ni siquiera saben escribir, menos usar internet-, agregó, como si estuviera muy segura de lo que estaba diciendo. –Pero te va a pagar bien, así que yo me quedaría cómodamente en silencio y haría lo que me pidieran-, agregó con su mejor cara de perra oportunista.
Dio un tercer trago a su jugo de frambuesa y me pidió que le sacara un cigarrillo del bolso que colgaba tras el respaldo de mi silla. Metí la mano y a tientas busqué la cajetilla entre sus cuadernos y tonteras. Sin mirar cogí uno y se lo pasé, lo encendió con cuidado y lo apretó con fuerza entre sus labios.
-Mmm…-, pronunció en la primera aspirada. Un fósforo quemado humeaba en el centro de un cenicero de plástico pintado con la union jack, al lado de una caja con el dibujo de una flor en el dorso. Me acordé de que como a los ocho o diez años intenté comenzar una colección de cajitas de fósforos y estampillas, aunque no estuve mucho tiempo en eso. Dos o tres meses a lo más. Ni siquiera alcancé a juntar un número respetable, pero me conseguí algunas bastante bonitas de Dinamarca y Hungría, de la década de 1930. Algo valían , no sé cuanto, tampoco que fue de ellas.
Me quedé mirando el brazo izquierdo de mi novia, que le caía desnudo del tirante del jumper. La curación seguía allí: grande y blanca, dos vendas dobladas alrededor y por encima de una pelota de algodón. Le cubría desde el hombro hasta poco más arriba del codo.
-¿Todavía te duele?
-Más que la cresta, pero menos que antes.
-Ojalá valga la pena.
-Valdrá, tu también deberías hacerte una. En serio, las cicatrices rules.
-Como los tatuajes, el piercing y toda esa porquería.
-Los tatuajes son para maricas, además que si un día estás de malas vas y te lo borras, it´s so easy. Esto es eterno, como la vida misma. Te duele y te queda-. Se tocó con cuidado la herida y no pudo disimular el dolor. Se la hizo la semana pasada y estuvo dos días llorando sin mover el brazo. Entre sollozos y lágrimas me contó que cuando estuviera seca iba a tener la forma de un infinito, “esa especie de ocho, pero con un espiral de caracol en cada extremo”.
–Tal vez tenga problemas en el colegio-, añadió pasando un dedo por encima de la curación, sin tocarla, -pero me da lo mismo, no sería la primera vez, además me salvan las notas. Me saque un seis cinco, hoy, en geometría. Ven, dame un beso.
Doblé mi cuerpo por encima de la mesa y le metí la lengua hasta la garganta. Ella me mordió los labios y yo giré la palma de mi mano derecha hacia arriba, como si fuera una gran araña moribunda. Mi novia levantó un poco su cuerpo y se las ingenió para poner una de sus tetas sobre la copa de mi mano. No llevaba sostén y el pezón se sentía duro y grande. Debería llevarla al baño y hacérselo aquí mismo. Comencé a mojarme.
-¿Pero tu jefe no fue el único que recibió el mail, verdad?-, me dijo, apartando sus formas de mi lado.
-Supongo…-, murmuré más que caliente. –Lo enviaron a un destinatario múltiple. A la lista de clientes escogidos, los que pagaban mejor, qué se yo…
-¿Quién más estará en esa lista?
Levanté los hombros y noté lo vacío que estaba el lugar. Miré la hora, ya debería estar de regreso en la oficina.
-Apuesto a que hay varios famosos, políticos, curas…-, prosiguió ella, torciendo la boca en su gesto más infantil y encantador.
-Supongo-, repetí-, él no me habló del resto, sólo de su caso… Sabes-, dudé, -no debería haberte contado nada, tal vez me maten por hacerlo-, exageré.
-No seas paranoico.
-No lo soy, pero uno nunca sabe.
-Ya, no te hagas el idiota y cuéntame más. Quiero saber toda la historia…
La miré, ya era demasiado tarde para arrancarme del lugar. Acercó su rostro, un brillo malicioso danzaba en sus pupilas cada vez más grandes.
-Dale-, insistió.
-Era uno de sus clientes más fieles-, comencé. Enseguida (y a mi modo) interpreté mucho de lo que mi jefe me había confesado en la mañana, cuando me trajo de Victoria a Temuco en su BMW plateado, nunca me había subido a uno. Fue rara la sensación de correr a casi ciento cincuenta kilómetros por hora en un auto más caro que la vida misma, por una carretera vigilada por milicos y pacos más preocupados de las quemas y asaltos mapuches que de los excesos de velocidad.
-Dicen que se tragaba todo-, explotó mi novia casi al final del cuento.
-Tu también.
-Pero yo no soy ni puta ni famosa. Además sólo te lo hago a ti y no te cobro. Eso no tiene glamour.
-Pensé que yo era glamoroso.
-Algo.
-Se acostó como diez veces con ella-, en realidad no tenía idea-. Además era cliente diario de los cortos pornográficos que tenía en su sitio. Me contó que le había dedicado algunos.
-En serio
-Si…-, vacilé, -o sea, eso me contó él. El huevón se gastó lo que no voy a ganar en años en esa perra.
-No le digas así.
-Bueno, en la señorita-, exageré. –En fin, el asunto es que según mi jefe, hubo algo más entre ellos, una especie de lazo emocional. Parece que Igriega le contó hartas cosas de su vida.
-¿Qué cosas?
-Ni idea, no me las dijo.
-Para mí, que el viejo se enamoró de ella y punto…
-No estoy tan seguro.
-…
-¿Qué?
-Nada.
-…
-Nada… ¿que cuando nos vamos a tomar un boos?
-No empecemos de nuevo.
-Latero.

CERRÉ LA PUERTA y me bajé los pantalones. Lo hice sólo por costumbre porque no tenía ganas de cagar ni de nada parecido. Afuera, en el baño, un par de compañeros de oficina hablaban de unas perritas que habían conocido anoche. Una tenía un nombre raro, como alemán, y follaba rico.
Me acomodé sobre la taza y desdoblé la hoja que llevaba guardada en el bolsillo trasero de mi pantalón, aún estaba tibia.

To: one@enrednet.cl
From: desarrollo4@enrednet.cl
Subject: Re: No hablaré del final
———–ORIGINAL MESSAGE———–
To: Y
From: List
Subject: No hablaré del final
¿Seremos capaces de ordenar, designar y abarcar el destino? Me gustaría comenzar a contarles historias. Historias lejanas, historias amarillas de polen, historias rojas y dudosas. Historias en que soy una virgen vestida de pétalos a la que le besan los pies. De la que no escapan los unicornios del bosque oscuro. Quiero que conozcan esos besos negros, llenos de vientos calurosos y húmedos que me han dado forma. Me gustaría estar aferrada a ustedes, entrelazada con sus brazos, protegiéndonos de un mal que no existe y que es tan lleno, tan grande y tan delicioso, más que el bien. Siempre ha sido así, pero ustedes eso ya lo saben. Silencio. Se han dado cuenta de que un silencio calmo nos invade. Y eso es bueno, después de todo las palabras no significan nada y se olvidan. Además que todo lo que eventualmente podría decirles ya se ha dicho. Por hoy, por esta mañana que ya se hace día, es todo. Los quiero mucho. Descansen hermosos, donde quiera que estén. Y.

Me puse de pié, arrugué el papel y lo tire dentro de la taza. Se fue empapando lentamente hasta que se hundió poco más de la mitad, como si fuera un pequeño iceberg. Pensé en las palabras de Igriega y lo único que pude concluir era que no entendía nada. El mail era como un mal poema en prosa, una sucesión de lugares comunes y frases cursis redactadas por un fanático de Tolkien. Me bajé el cierre del pantalón y meé sobre lo que aún flotaba del papel hasta hundirlo, luego tiré la cadena. Es muy cierto eso de que la vida tiene más vueltas que una oreja.

“DAKELTUNG KONA PEÑI, hagamos oír al winca el ruido sangrante del nuevo kultrung”, estaba garabateado con enormes letras rojas en el techo del bodegón de Motorola, frente de las oficinas de Enrednet S.A. Y el tamaño del rayado era suficientemente grande como para que cualquiera que pasara por dentro o fuera del Silicon Valley temuquense pudiera verlo. Estoy seguro de que entre las punto com y empresas de este barrio satélite hay más simpatizantes con la causa de lo que uno cree, por algo los incendios no nos han alcanzado. No por nada dicen que el corazón de las revoluciones está donde menos se piensa. Había visto esa frase antes, varias veces, es la que está de moda desde hace un par de semanas. la que reemplazó a una que por casi tres meses estuvo garabateada por casi todo Temuco: “Fuck! winca girl…” exclamaba y era mucho más directa e insolente que la actual. La nueva tiene un sentido de la poética más elaborado pero es demasiado sutil, no le doy más de quince días.
Regresé a mi puesto de trabajo, un cubículo enano ubicado entre Dos, una pelirroja gorda recién casada, y Cinco, un gringo que se vino a Chile a los quince años y que tras pasar unos meses en Santiago terminó anclado en la capital de la Araucanía. Hoy tiene 27, una novia llena de espinillas, habla perfectamente el chileno y confiesa ser feliz. A veces almorzamos juntos, la última vez me contó que sus padres lo habían llamado desde Ohio (¿o Iowa?) y le habían ofrecido un pasaje para que volviera a casa, además de una lista con todas las facilidades que uno pudiera imaginarse. Les contestó que no, que estaba demasiado acostumbrado a hablar en español. Mentira, tuvo miedo de confesarles que simplemente estaba contento en Temuco. El día en que yo me crea feliz en Temuco me pego un tiro, lo juro.
Dos me saludó con la cabeza y me alcanzó un frasco lleno de bolitas de chocolate, agarré una y me la metí a la boca. Cinco alargó su cuello de saurópodo jurásico y me preguntó donde había ido a almorzar. Le conté que me había juntado con mi novia y que comimos papas fritas con cualquier cosa en un local cerca de su colegio. En forma gratuita añadió un pésimo chiste, pero bastante amable en su naturaleza. Agregó que uno de estos días deberíamos salir los cuatro, él con su chica y yo con la mía, a embriagarnos por ahí. Me descolocan sus desesperadas ganas de querer ser mi amigo, pero mal no me cae y sé que en el fondo es un buen tipo. Le contesté que tal vez, repitió el tal vez, luego sonrió, se conectó a sus audífonos y regresó a las bases de datos. Estaba escuchando música dance, nadie puede escuchar dance con este calor. Saqué otro montón de bolitas de chocolate del frasco de la gorda y me los metí a la boca, noté que estaba más ocupada en messenger que en revisar los números del sistema.
“Mejorar lo del envío de attachment con sobrepeso”, decía mi letra en un papel verde que pegué sobre el monitor del PC antes de salir a almorzar. Quité el garabato y lo puse en la cubierta de un cuaderno. Miré la hora, esta semana ya no había hecho nada.
Toqué con un dedo la pantalla y el screensaver con la playmate del año pasado, una rubia de nombre compuesto y grandes tetas, desapareció dejando en su lugar a la ventana del Outlook. Aproveché de borrar el mensaje de mi jefe, no sin antes guardar entre los contactos la dirección del list de Igriega. Minimicé el inbox y aproveché el impulso para detener un par de motores de búsqueda en los que estaba rastreando nada de mucha importancia. Lo único que quedó abierto fue el cuadro de una webcam a la que estoy subscrito y que está escondida en un rincón de una oficina del parlamento inglés. Cuando me la ofrecieron aseguraron que iba a descubrir toda clase de secretos del gobierno británico, cosas por el estilo del por qué al bloqueo comercial a Sudáfrica, como si se necesitara de un video online para saberlo. Hasta ahora lo mejor que he visto es a un mequetrefe tirándose a una secretaria encima del escritorio de la oficina.
En el PC de mi casa recibo imágenes de otras catorce webcams escondidas en puntos neurálgicos del mundo. En ninguna he encontrado algo especialmente decidor, pero supongo que es cosa de esperar. Esa es la regla número uno del juego y cuando pegas se aseguran que la tengas muy clara.
Sonó el teléfono, lo levanté sin despegar la vista de las lentas imágenes transmitidas desde el otro lado del mundo.
-¿Cómo vas con las aplicaciones?-, me preguntó la voz de Uno, el gerente de desarrollo, un mono con cara de idiota que tiene sólo un par de años más que yo y la doble ventaja de haber terminado la universidad con buenas notas. No sabe mucho, es más bien ingenuo y nunca se ha descuadrado de su rol de buen alumno, pero funciona en su cargo.
-Más o menos, lo que compraron no sirve-, mentí, -te lo dije, era gastar plata de más-, continué mintiendo. –Estuve entrando en otros sitios, viendo agentes de dominios chinos y japos que son los más inteligentes para ver si podemos sacar ideas. En ninguna parte usan ese sistema-, argumenté sabiendo que le encantan las palabras agente y dominio.
En la ventana de la cámara se abrió otro enlace, un aviso del webmaster, un gordo pelirrojo que vive en un suburbio de Chicago y que jura que alguna vez piloteó un F-18 para la marina norteamericana. “En el portaaviones Truman”, asegura. Claro, antes de volverse loco. La grabación saludó a todos los conectados y de inmediato comenzó a ofrecer la suscripción a una webcam que “alguien” había conseguido esconder en el salón oval de la Casa Blanca.
-Ni cagando antes de la otra semana-, le respondí a Uno, cuando comenzó con lo de los plazos de entrega.
Reconocí el nombre del “alguien” que ofrecía la suscripción a la Casa Blanca, hace un año hizo la misma oferta y pagué bastante por el servicio. Me vieron la cara de imbécil porque por seis meses estuve conectado a una microscópica dentro de una maqueta a escala de la Casa Blanca y a una serie de montajes manipulados con photoephx bastante convincentes. Pulsé la pantalla del monitor e hice desaparecer el cuadro del ex piloto paranoico.
-Ok, pero dime un día-, insistió. -El lunes hay reunión de directorio y me van a preguntar. ¿Martes?
-Miércoles o jueves-, alargué.
-Jueves, para estar seguros, pero el lunes entrégame algo mostrar que estamos avanzando-, acotó.
-No problema-, gesticulé con mi mejor voz robótica.
-Excelente, genial-, exclamó. Antes de cortar me invitó a una fiesta que iban a tener los del departamento comercial, a la que obviamente no pensaba ir.
-Mándame la dirección por mail-, un gesto amable no está de más.
Estuve a punto de enviarle un mensaje de advertencia a los usuarios de la webcam, pero preferí dar la espalda a esa opción, quiero leer los futuros mensajes en el newsgroup. En la oficina del parlamento británico seguía pasando nada.
Alcancé mi Microsoft Nokia e ingresé al campo de mensajes de texto. Escribí: “Salió un buen trabajo. Es harto freak, pero pagan bien. Llámame”. Pulsé el nombre del destinatario y lo envié. La respuesta de mi socia y mejor amiga no demoró en aparecer sobre el cristal líquido del teléfono: “Vale, hablemos a la noche. Besos”
Bloqueé el celular y lo deje a un lado del teclado del computador. Miré la hora, luego hacia afuera y en seguida a mi espalda. Envié un mail rápido a mi jefe. Corto y directo. Le dije que si pasaba algo el fin de semana hiciera forward a mi casilla privada, la cual indiqué al final del cuerpo del mensaje. No demoró en escribirme de vuelta: “ok”. Borré el correo y me paré a buscar una Coca light. Le dije a Cinco si quería una, me respondió que si y me pasó cuatro monedas. A lo lejos, tras los ventanales, podía verse una columna de vapor blanco hacia Nueva Imperial. Imaginé a los bomberos y a lo inútil de su esfuerzo, pero al menos el paisaje se veía bonito. Una extraña foto perfecta. Horror, un amigo dice que los temuquences nos hemos terminado acostumbrando a esa palabra.

BUENAS GRANDES IDEAS
A veces uno se tropiezas con esas ideas tan grandes que no cabe más que sentir envidia. Envidia del por qué no se nos ocurrio antes. Pasa. A mi al menos me pasa harto. Esto me encontre en una nota acerca del estado del nuevo cuento americano en el blog del gran Edmundo Paz Soldan. Y sorry, tuve que plagiarlo.
El crepúsculo de los Superhéroes
… En escritores como Deborah Eisenberg se pueden reconocer los temas y los registros más conocidos de la “ficción doméstica”, pero a condición de que entienda que aquí lo doméstico no es sinónimo de dócil, de familiar, de pequeño. Un cuento de su última colección, The Twilight of the Superheroes (Farrar, Straus & Giroux), nos hace ver esto con claridad. En el cuento, que lleva el mismo título del libro, un grupo de cuatro jóvenes con un futuro incierto se queda a cuidar, gracias a contactos, el piso lujoso de un coleccionista de arte en Nueva York. Este piso, con un patio ideal para asados, se encuentra frente a las Torres Gemelas. Ya lo sabemos: el 11 de septiembre partirá la vida de estos jovenes en un antes y un después. El barrio entero de los jóvenes se llena de “una patina pegajosa de ceniza de crematorio, inclus dentro de los pisos con ventanas cerradas”. Es, de verdad, el crepúsculo de los superhéroes, aquel que nos muestra que todo el poder y despreocupación de una sociedad ante lo que ocurre en el mundo se revela como una fachada lamentable. Todo en el cuento parece ocurrir en ese patio lleno de ceniza, pero éste se nos revela como un microcosmos que contiene multitudes. Se han escrito muchas novelas sobre el 11 de septiembre, pero ninguna con el poder emocional del relato de Eisenberg.

AUTOPISTAS DEL SUR
El filósofo y antropólogo José Bengoa lleva años teorizando acerca de los mapuches y como estos conformaban una cultura fluvial. Sus reflexiones echan por tierra décadas de conceptos errados respecto de nuestro pueblo autóctono. Hace un año lo entreviste para la revista CA y esto fue lo que me dijo.
Publicado en CA, mayo 2005

En los ríos de la frontera

Según Bengoa, Chile, como nación se fundó a partir de una sociedad ribereña. Más que un pueblo de la tierra, los Mapuches se conformaron como una etnia fluvial, que creció y vivió según el curso de los ríos. Donde los puentes, junto con progreso, detonaron una fuerte dualidad entre integración y diversidad.

Sostiene José Bengoa, que los mapuches crecieron bajo una visión cosmológica estructurada en torno a la relación entre el agua y la tierra. Los ríos, el mar, la lluvia, los bosques y campos conformaron los límites de su universo y su panteón divino. “Cada invierno, se podría decir, los habitantes del sur observaban la lucha mítica entre las culebras Cai Cai y Tren Tren. El cielo se llenaba de aguas que caía implacable sobre la tierra. Las vegas o tierras bajas se inundaban y sólo quedaba al aire, las copas de los árboles y las puntas de los palos de los cercos. Los ríos se transformaban en torrentes y nadie osaba cruzarlos. Cada año Cai Cai trataba de apropiarse del territorio mientras Tren Tren, lograba que esto no ocurriera” (Historia de los Antiguos Mapuches del Sur, Catalonia, 2003. Pp, 43). El párrafo anterior ilustra el choque de estas fuerzas en la mitológica figura de dos serpientes ancestrales, las que en su eterna lucha mantenían el equilibrio universal. En esta perspectiva la colisión de Cai Cai-Agua contra Tren Tren-Tierra no era una precisamente una batalla, sino el lazo que unía el cielo-paraíso con la tierra, conformada ésta por el barro esencial de donde surgió el hombre.
Los mitos, la cosmogonía, se entiende como la transfiguración de los elementos que rodean una sociedad humana a través de figuras arquetípicas. Esta visión del orden primordial mapuche nos refiere una cultura profundamente marcada por el ciclo vital de la naturaleza que la rodeaba. Los mapuches crearon su espacio delimitado por ríos, del Bío Bío al Toltén. Estos torrentes marcaron su frontera y también su supervivencia. Según Bengoa, esto nos hace entender la cultura mapuche como una sociedad ribereña, fluvial. “Los ríos organizaron el territorio mapuche, lo trazaron, lo dividieron y también lo llenaron de vida y movimiento. Por los ríos surgieron las comunicaciones, su modo de contacto con sus semejantes. En este hábitat, los habitantes ancestrales del sur aprendieron a ser pescadores mucho antes agricultores”.
-Fenómeno que se entiende por la morfología de la zona al sur del Bío Bío
“Exacto. Pero para comprenderlo mejor hay que hacer un esfuerzo de reconstrucción. Lo que hoy son débiles arroyos, fueron, hasta hace un par de siglos, ríos caudalosos. La Araucanía, al sur del Bío Bío, era un entramado intrincado de esteros, ríos y lagunas. A sus orillas se asentaron viviendas, comunidades organizadas. Los ríos de la frontera delinearon la geografía humana, la geografía ribereña. Puede sonar grandilocuente en la idea teórica, pero lo que yo sostengo en mi libro es una cuestión bien sencilla, al menos desde una perspectiva superficial. Básicamente me puse a pensar en como funcionaba una sociedad antes de que hubiesen caballos, cosa no fácil de visualizar porque uno piensa que estos existieron siempre. Entonces comencé a estudiar los ríos del sur, que si te fijas son bien distintos de los del norte y los de la zona central. Piensa en el Toltén y compáralo con el Aconcagua, trata de hacer el ejercicio. Mientras los ríos del norte son tormentosos, formados por los deshielos, dispuestos a arrasar todo en las crecidas, llenos de piedras y lodo; sus homólogos de la Frontera resultan caudalosos, calmos, vastos, navegables. Son ríos que cuando llegan al valle tienen esa idea de reposar, acoger, descansar”.
-Y con ello convertirse en hábitat para los habitantes de las riberas
“Ahí precisamente iba. Teniendo en cuenta la morfología de los ríos al sur del Bío Bío, comencé a relacionarlo con el estudio de las canoas mapuches. Con hechos como que las urnas funerarias de los indígenas de la Frontera tuvieran forma de bote. Nada es casual en el estudio antropológico. Vas sumando elementos. La idea de estas canoas féretros me parecido fascinante, es la concreción de la figura mitológica y arquetípica del río como paso entre la vida y la muerte. El panteón mitológico mapuche, siempre ha estado fuertemente enredado con el concepto ribereño, con el dominio primordial del lafquen (lagos y mares). Hay leyendas que nos narran de grandes ríos en la tierra y el cielo. Tren Tren y Cai Cai, el ying y el yang mapuche, son culebras y las culebras si lo piensas tienen forma de río. Esta unión de elementos acuáticos revela que los pueblos del sur, más que recolectores y agricultores fueron fluviales. Los mapuches eran una sociedad que navegaba a través de estos grandes ríos, los usaba para conectar su cultura, vivir, crecer y alimentarse. Los ríos fueron para los mapuches un concepto de fe, de supervivencia y crecimiento”.
-El río como lugar de encuentro
“Que en arquitectura podríamos definir como el espacio público precolombino”.
-Esta idea, la de los mapuches como sociedad ribereña, echa abajo muchos conceptos que uno tiene preconcebidos respecto del pueblo mapuche. Partiendo por su nombre, que como sabemos significa pueblo de la tierra.
“Cambia, más que echar abajo. Yo no soy tan intransigente, y lo veo como un complemento, como una pincelada que nos ayuda a entender más sobre nuestros pueblos ancestrales del sur. La idea de los mapuches como Pueblo de la Tierra, debe entenderse por la tierra como idea genérica, una idea que incluye a los ríos, lagos, la lluvia. La tierra mapuche es su cosmos y como ya hemos visto, este cosmos se encuentra marcado y delimitado por el agua. El pueblo mapuche era una cultura de la pesca, del río, del mundo acuático y permanente. Piensa en el poncho como vestimenta básica indígena. Es ropa de agua, ropa para sortear la lluvia y vadear ríos. Y sobre todo piensa en la geografía al sur del Bío Bío. Los mapuches estuvieron asentados en una región cruzada continuamente por ríos, poblada de lagos y cascadas. La historia de la humanidad está hecha, constituida por el modo en que las distintas sociedades se adaptaron y adaptaron –valga la redundancia- el medio que los rodeaba. En esta perspectiva resulta lúcida la imagen de una canoa mapuche saliendo de lo que hoy es Puerto Saavedra, subiendo a través del Río Imperial, metiéndose por Quepe, para coger luego el Cautín y llegar así hasta la zona andina de Curacautín. Los ríos constituyeron una ruta, un medio de comunicación y conexión para una cultura que, como ya anticipamos, no sabía del uso del caballo”.
En la que ríos y afluentes conformaron una especie de autopista natural
“Claro, en un metáfora moderna. Piensa en lo que ocurrió a la llegada de Pedro de Valdivia a la zona de Concepción. Las tribus de la zona se alertaron ante la presencia de estos extraños y se replegaron como una gran fuerza para evitar el avance español. La sociedad mapuche no estaba estructurada en grandes ciudades, sino en pequeños grupos desparramados a lo largo de la selva de la Frontera. ¿Cómo fue entonces que consiguieron comunicarse? ¿Cómo se juntaron tan rápidamente? Caminando es imposible. Puede sonar ridículo, pero la única explicación es que los mapuches bajaron en patota a bordo de grandes canoas. Sólo así consiguieron adelantarse al paso de los caballos y conformar una barrera eficiente a la invasión. De hecho hay relatos del mismo Pedro de Valdivia sobre grandes botes mapuches cruzando el entonces caudaloso río Imperial”.
-Resulta difícil imaginarse grandes canoas mapuches. Uno como que tiene la idea de botes pequeños, con no más de un remero…
“Todo lo contrario. Piensa en las canoas fúnebres. Estamos hablando de un bote de más de dos metros de largo, construido con un fin particular. En la época de la llamada pacificación de la Araucanía, a fines del siglo XIX, hay relatos de canoas mapuches en las que subían hasta tres vacas. El propio Vicente Pérez Rosales describe un bote mapuche impulsado por más de 30 remeros, tamaño similar al de un drakar vikingo. Si uno se pone en una perspectiva evolucionista, pensando que estas personas eran muy primitivas, poco creadoras, medias “tontonas”, no se puede imaginar este tipo de vida. Pero lo cierto es que estamos hablando de una cultura bastante avanzada en lo referente a uso del recurso fluvial como elemento básico en su desarrollo cultural. Hace pocos años, fue recuperada del fondo del lago Lanalhue, en la zona de Arauco, una canoa ceremonial mapuche que denota una elaborada técnica de construcción. Reliquia que en estos momentos esta siendo recuperada y restaurada en Cañete. Y esto no deja de ser menor, ya que su sólo existencia nos revela que la sociedad ribereña mapuche estuvo lejos de ser un fenómeno improvisado. Los ríos de la frontera unieron a los mapuches, fueron su medio natural de comunicación y comercio. Estructuraron el flujo sociocultural entre la cordillera de los Andes y el océano, facilitaron ritos ceremoniales y festivos. Se hablaba de grandes fiestas, con gentes moviéndose en estas canoas para llegar a determinados puntos de celebración. Hasta antes de 1880, los ríos de la Frontera movían a más de un millón de personas. Y a propósito de estas fiestas que recién mencionaba. En la zona de Angol se han encontrado unas vasijas enormes, de casi un metro de alto, en la cual los mapuches transportaban alimentos y bebidas desde el área precordillerana de Curacautín. El único modo de llevar estos artilugios a través de casi 90 kilómetros era en balsa. Las usaron hasta que los españoles y chilenos impusieron el caballo en la zona, ahí fueron reemplazadas por sacos de piel, mucho más cómodos para colgarse de la grupa de una bestia”.
-¿Murió con el caballo la sociedad ribereña mapuche?
“No. La sociedad ribereña fue desapareciendo cuando los ríos dejaron de ser lugares de encuentro y se transformaron en fronteras”.
-Pero esto es tan ancestral como el concepto de la sociedad ribereña. Recordemos que desde tiempos previos a la conquista, se hace referencia de que el país mapuche estaba delimitado por las fronteras naturales del Bío Bío al norte y el Toltén al sur.
“Si, es verdad. La frontera ribereña viene prácticamente del origen del pueblo Mapuche. Sólo que con la llegada de los españoles y hasta la llamada pacificación de la Araucanía, esta idea de frontera física se convirtió en una separación sociopolítica. El río se transformó en una frontera que separaba un lugar rico de otro pobre. Pensemos en el Bío Bío: al norte la floreciente Concepción, al sur, el estado salvaje. Los ríos establecían fronteras muy duras. El Bío Bío va a ser, no por casualidad, por tres siglos la frontera casi natural de nuestro país”.
-Puede decirse que tras la llegada de los españoles, el río se convierte en un factor de discontinuidad territorial.
“Lo que sería un problema fundamental para nuestro país, desde la conquista hasta nuestros días. Déjame retroceder un poco en esta idea. Lo primero que se me viene a la cabeza es el tema de las distancias. El sur de Chile fue, a lo largo de la historia un lugar extremadamente lejano. Esa es la primera constatación, la primera certeza. Y esta lejanía estaba dada por la distancia, por los kilómetros, millas, leguas y la existencia de un sin número de ríos que dificultaban enormemente el paso hacia el sur. Hay que recordar que Pedro de Valdivia se demoraba tres meses en cubrir desde la zona central hasta el sur. No es casual que esta situación de discontinuidad territorial, originada por los ríos se transformara en una obsesión chilena…”
-Y ahí aparece la idea del puente
“Que es el concepto de progreso que ha imperado hasta nuestros días. Velo desde esta mirada, se pretende conmemorar el bicentenario con un puente sobre el canal de Chacao. Que muestra más patente de la obsesión ideológica de integración nacional versus la diversidad territorial. Y acá no deja de ser interesante la comparación con la sociedad ribereña mapuche. Mientras nuestros pueblos ancestrales se movieron al ritmo, de acorde a los ríos, nuestro avance como cultura occidental optó por salvarlos, convertirlos en obstáculos, destinados a ser superados por puentes. Pero lo más curioso de este fenómeno es que a pasar de estar en las antípodas de la relación mapuche con los ríos, las llamadas ciudades de la Frontera fueron estructurándose también en torno a éstos. Los mismos ríos que constituyeron el flujo comunicacional de los mapuches, se hicieron fundacionales para los pueblos surgidos a partir de los fuertes de la época de la llamada pacificación de la Araucanía en 1880. Ciudades como Nacimiento, Traiguén, Victoria, Curacautín y Temuco nacieron a partir de asentamientos militares levantados siguiendo las líneas de ríos como el Cautín, el Laja y el Chol Chol”.
-Una extensión del concepto de sociedad ribereña.
“Podríamos decir que sí. De hecho la mayoría de los pueblos de la frontera se armaron en torno a la idea de una costanera. Es más, todo el plan Bicentenario del Ministerio de Obras Públicas se sustenta en hacer costaneras por todas partes. En torno a qué ríos, ni idea…”

Arauco domado, integración v/s diversidad

Según José Bengoa, para entender el proceso que llevó a la llamada pacificación de la Araucanía, hay que visualizar el estado de la nación chilena desde la época de la conquista hasta la segunda mitad del siglo XIX. “Apenas quedaba una franja entre el Malleco y el Toltén, donde el Estado no tenia acceso ni jurisdicción. Una región en la que vivían los Mapuches en forma libre. Estamos hablando de la década de 1870, una era en que se da en Chile un hecho común a lo que sucedía en otros lados del mundo, como el avance hacia el oeste norteamericano, el llamado far west, la conquista del territorio virgen del Canadá y Australia, las políticas argentina para con la Patagonia”.
“Producto de las transformaciones de la economía mundial, del auge del trigo, se transita por un momento de expansión de las fronteras. Y por supuesto los indígenas, que vivían en el lugar, eran vistos como salvajes improductivos. Estábamos en el peak del evolucionismo. Los indígenas eran vistos como primitivos y salvajes. Entre 1850 y 1930, la intelectualidad progresista no tenía puntos de encuentro con los nativos. Eran vistos como un estorbo a los afanes expansionistas, que fue la visión que se tenía de los mapuches al sur del Malleco. Claro, también hubo gente muy querendona, muy pro-indígena, como los capuchinos, pero incluso ellos pensaban que había que integrarlos lo más rápido posible, evangelizarlos y educarlos. La idea de la diversidad no tenía cabida. De hecho aun no la tiene. Y esto, a fines del siglo XIX, ocasionó un desastre cultural del cual aún no nos reponemos: la llamada pacificación de la Araucanía”.
-¿Un genocidio?
“No sé si me atrevería a unirme a esa hipótesis, que tiene bastantes adeptos. Por razones bastante obvias, por lo demás. En lo concreto momentos claves en la ocupación de la Araucanía. El más duro, de mayor violencia, se dio con la aparición de tres elementos técnicos claves: el fusil de repetición (Winchester), el tren y el telégrafo. Antes de eso, el ejército no tenía una superioridad militar clara frente a los indígenas. Había un equilibrio que se mantuvo hasta 1880. Hasta entonces, y desde la conquista, la guerra era muy violenta. A la antigua. Se le quemaban los campos a los mapuches, las sementeras, las casas. Fue una guerra de arrasamiento. En mis archivos tengo informes de la época: las cifras de caballos, vacas, ovejas robadas a los indígenas, miles y miles de animales que les quitaron sólo para matarlos de hambre. Después vino el 81, que es cuando aparecen Gregorio Urrutia y Manuel Recabarren. Con ellos cambian las políticas “pacificadoras” y por primera vez entra un ejército regular a la zona, con zapadores que hacen caminos y una moral distinta a las de antes. Mientras las antiguas avanzadas entraban y salían, estas se instalaron y prepararon el terreno para la llegada de los colonos que en ese instante venían viajando desde Europa. ¿Qué pasa con los mapuches entonces? Que ya no eran la raza principal de la zona, tal “honor” lo tenía ahora el ejército. Y como tal, el ejército empezó a imponer políticas de repartición de tierras, que fue bastante atarantado, ya que la orden emitida desde Santiago era ordenar lo más rápidamente posible a los indígenas de la zona. Es ahí cuando surge la idea de reducirlos y erradicarlos en pequeños lugares y ahí empieza el desorden, las contradicciones, el robo y la situación conflictiva que dura hasta el día de hoy. Este es el origen del mayor desastre ocurrido en el sur, la manera de erradicar a los indígenas establecerlos en una situación de conflicto que no tiene fácil arreglo”.
-Y volviendo a la idea de la sociedad ribereña. ¿Qué pasa con los ríos en esa época?
“Pasa que llega el ferrocarril y con él, gente como Verniory. Ingenieros de una edad industrial que al verlos como obstáculos al progreso van armando una red de puentes que superan los cursos de agua y enlazan la entonces salvaje Frontera, el territorio de la sociedad ribereña, con el centro del país. La inauguración del viaducto del Malleco constituye un hecho fundacional de lo que ocurriría con los ríos del sur. La sociedad industrial del siglo XIX poseía la ciencia y los recursos para vencer los ríos, cruzarlos por encima…”
-Suena dura esa visión sobre los puentes…
“Que no se malentienda. No soy contrario a la construcción de esta línea de puentes entre el Malleco y el Toltén. Los puentes son algo bueno, una figura de progreso que une dos puntos apartados. Lo que me parece complicado son las políticas con las cuales se ordenó la construcción de estas obras. Y que creo son las mismas que imperan hasta hoy en día. Lo que más me evocan los puentes son esa obsesión por la unidad, que ha sido un detalle permanente para el estado chileno. Hay una idea imperante de conquista de la naturaleza, de poder. Obviamente los territorios se organizan en función de ciertas ideas de poder, ideas políticas que no son neutrales. Al pensar sobre los puentes, uno no sólo puede pensar sobre la necesidad de construirlos para salvar obstáculos. Hacerlo es una mirada ingenua y neutral. Uno tiene que pensar en cual es la idea de poder político, de unidad territorial, que está tras del hecho de decidir dónde y como levantar un puente. ¿Cual es la idea que está allí? Me temo que simplemente control territorial”.
-Que nos lleva a la dualidad de integración versus diversidad, que mencionamos antes…
“No hay consideración de que un territorio nacional puede ser diverso, como no la hay tampoco con la cultura. La integración es la expresión de la homogeneidad chilena, del centralismo estatal. La no diversidad se expresa también en términos territoriales, en la costilla que organiza el país, que lo ha estructurado desde siempre. Se podría pensar de otra manera el territorio, por ejemplo lo que sucede hoy con el proyecto del Puente en Chiloé. En vez de levantar un proyecto tan megalómano, la real preocupación bicentenaria debiera centrarse en dotar a las islas del archipiélago chilote de buenos hospitales, universidades y aeropuertos. El puente, como figura política, es resultante de una idea que está en la cabeza de los que tratan de resolver el país. Si esté país se hubiera resuelto, valga la redundancia, como un país federalista, te aseguro que los puentes hubiesen sido hecho en otro lugares, con otra moral. Quizás continuado con la ética de la sociedad ribereña. Con federalismo, con grandes focos regionales, el sistema de comunicación sería distinto y en esta lectura los puentes no estarían en los mismos lugares que hoy. Tendrían una real función comunicadora, ajena al ideal integracionista de atar todo a un gran cordón central. En esa perspectiva, que puede extrapolarse a lo ocurrido con la línea de puentes de la Frontera, la idea del viaducto se hace fácil, simple. Apenas un construcción, un trámite”.