Archive | noviembre 2006

DELETED SCENE: ATENTADO EN EL PARQUE ARAUCO

Esta era la versión original del capítulo de la bomba en el Parque Arauco. Fue cambiado por sugerencia de los lectores de la editorial, que opinaron que era demasiado largo y había un abuso de personajes que después no volvieron a aparecer. Acá se los dejo, como acto de curiosidad.
00:58:12
JUAN PABLO CADIZ buscó la mejor mesa, la más amplia y la que quedara más cerca de las cajas para evitar demoras, griteríos y desorden. Sus hijos se veían contentos y llenos de ganas. Pasaron todo el trayecto desde la casa al centro comercial hablando de cual combinación de combo iban a pedir. Coincidían en casi todo, menos en los postres. Los más chicos querían helado de vainilla, los mayores milk shake y de esos con salsas de chocolate, manjar o frambuesa que Juan Pablo Cádiz no tenía idea porque alguien había bautizado como sundays. Cada vez nos parecemos más a Miami, pensó, y los postres tienen mucha de esa culpa. Pero los chicos amaban el McDonald y eso era lo importante, sobre todo cuando tras la comida se viera frente al momento, lugar y la hora largamente demorada en que debía comunicarles que ese domingo iba a ser el último domingo de papá en casa. Que era lo mejor para todos, que siempre los iba a querer, pero que a veces así eran las cosas entre la gente grande. Rogaba porque lo entendieran, porque no lloraran, porque no pasaran de la alegría y los chistes al enojo. De saber la historia completa, los detalles que no era necesario recalcar, lo odiarían. Juan Pablo Cádiz, en el lugar de sus hijos, sobre todo en el de Rodrigo, el mayor, se odiaría.

00:37:01
DESTESTABA ser el único de la familia en hablar bien inglés. Papá siempre le pedía favores como éste. “Muéstrales Santiago a los hermanos americanos, sírvele de interprete a tu madre, hazlo todo en nombre de Dios”. Tener diecisiete años y ser hijo del pastor rector del Instituto Teológico de la Iglesia Bautista de Chile era un peso que a Cristián Greenhill cada día le molestaba más. Hiciera lo que hiciera siempre iba a ser diferente del resto de sus amigos. No era una cuestión de diferencias de fe y religión, sino de un deber moral que no le correspondía. Los gringos llevaban una semana alojando en el Instituto. Vinieron a ofrecer cursos a pastores y a reunirse con unos curas católicos y líderes religiosos judíos. Una situación inusual de la que ni siquiera su padre entendía mucho. Largas sesiones que se extendían pasada la medianoche, mucha puerta cerrada, demasiado secreto de pasillo. Desde que tenía memoria se recordaba rodeado de pastores y reverendos de todas las congregaciones de la hermandad evangélica, pero nunca antes había visto que se les unieran sacerdotes católicos y miembros de la comunidad hebrea. Pasaba algo importante, de eso no había duda. Algo que hiciera lo que hiciera, preguntara como preguntara, su padre no iba a contarle. No porque no quisiera, sino porque, estaba seguro, tampoco él sabía mucho. De alguna forma la familia Greenhill Avendaño se había limitado a prestar las instalaciones y ser invisibles anfitriones: no más, no menos. Era obvio, pensaba el chico, y además inteligente. Si importantes miembros de grupos religiosos cristianos y judíos se citaban en una reunión secreta, lo mejor era pasar desapercibidos. Y que mejor que las humildes instalaciones de una academia formadora de pastores en el corazón de Providencia. Los gringos querían conocer Santiago. Aprovechar su último domingo en la ciudad para hacer compras y recorrer algunos sitios claves de la capital. Su madre los había invitado. Rubén, el ayudante de la cátedra de teología de su padre, les aconsejó empezar el tour almorzando y comprando en el Parque Arauco, “es como estar en Miami”, les dijo, “se van a sentir como en casa”.

00:30:54
CUANDO PAULINA llegó con el par de sandwichs y los jugos de frambuesa, su mejor amiga seguía revisando las bolsas con las compras. Todavía no la convencía el chaleco naranja, a pesar del notorio descuento por la liquidación fuera de temporada.
-Córtala con eso-, le dijo Paulina.
-Todavía no sé, parece que la cagué al comprarlo.
-Estaba barato.
-Y que importa si no voy a usarlo.
-Regálaselo a tu hermana, gansa.
-Y qué me ha regalado ella.
Ambas tenían 20 años, se conocían del colegio y estudiaban juntas en una universidad del barrio alto. El martes tenían el examen final del ramo más difícil del segundo año de la carrera.
-¿Has estudiado?-, le preguntó Paulina.
-Nada, además para qué. Tendría que sacarme un ocho para salvar el ramo, ya lo di por perdido. Prefiero estudiar para lo del viernes.
-Tan mal te fue en la última prueba
-La vieja culeada me puso un uno, puedes creerlo un uno…
-¿Le dijiste a tus viejos?
-Estás enferma, quiero irme a México con el Matías el verano. Está rico el jugo.
-Son súper buenos los de ese local, es de lo poco que no engorda que puedes comprar acá.
-¿Por qué comimos aquí?
-Tu lo propusiste.
-Como que la cagamos, debimos ir para la casa, la Erma nos habría preparado algo rico.
-¿Y al final qué vas a hacer con el chaleco?-, preguntó Paulina.
-No sé, de repente se lo regalo a mi hermana,

00:29:34
“DISCULPE”, DIJO el sujeto alto y de ojos azules, tocándole el hombro a alguien de la mesa continua-, puede cuidarme la mochila mientras…
-Sorry-, le respondió el otro con timidez, -i don´t speak spanish…
-Ok…-, se excusó él.
-¿Señor?-, interrumpió la mujer que estaba junto al señor que no hablaba español. –el caballero es extranjero, tal vez yo pueda ayudarle.
El hombre alto y de ojos azules miró a la señora, a la niña que estaba junto a ella y al par de tipos, con evidente cara de gringos que observaban la situación.
-No es nada-, le dijo, -si puede cuidarme la mochila mientras yo voy a buscar algo que comer.
-Claro-, le respondió la mujer. –No se preocupe, nosotros le echamos una mirada. Déjela ahí.

00:12:30
“¿QUÉ COMEMOS?”, le preguntó Alejandro.
-No sé cualquier cosa, hamburguesas con papás, lo típico-, respondió David..
-Si, ¿pero McDonald o Burger?
-Da lo mismo.
-No da lo mismo, las preparan distinto. Las papas del McDonald son mejores, pero en hamburguesas el Burger gana.
-Compra una y uno entonces.
-¿Cómo voy a comprar una y una. No se puede?
-No seai huevón. Compra un combo en el McDonald y otro en el Burger, a mi me da lo mismo. Te comes las papas de uno y la hamburguesa del otro. No hay drama.
-Entonces compra tu en el Burger y yo en el McDonald, para que sea rápido. Estoy cagado de hambre.
-Enseguida, es que estoy leyendo algo interesante-, dijo David, doblando el diario sobre una de las mesitas.
Alejandro y David eran compañeros de universidad. Estudiaban derecho en la Universidad Católica y todos los domingos jugaban fútbol en una liga de Vitacura. El ritual era sagrado. Fútbol, diario, hamburguesas en el Parque Arauco y dar una vuelta. Comprar algo en la Feria del Disco tal vez. En el auto, Alejandro insistió en que acababa de salir el último de REM. David estaba seguro de que apenas terminaran de comer lo iba a obligar a ir a ver si era cierto. El prefería acabar la tarde dominical en el cine, ojalá hubiese algo bueno. Nada para pensar mucho, sólo acción.
-Apura-, insistió Alejandro-. Me recago de hambre.
-Espera huevón, no seai cabrochico. Mira, escucha, puede interesarte, -y leyó del diario: -Encuentran restos del mayor dirigible alemán de la Segunda Guerra Mundial, el hallazgo se hizo en la Antártica , al sur de Nueva Zelanda.
-Sigue.
-El rompehielos nuclear ruso Ural, descubrió el jueves pasado los restos del Fallersleben sepultados en un glacial antártico en la tierra del Wilkes, en el mar de Ross, al sur de Nueva Zelanda. La expedición científica del navío de la ex Unión Soviética se encontró frente al inesperado hallazgo mientras instalaban medidores climáticos en la zona. Con 265 metros de largo, el LZ-133 Fallersleben fue el último y mayor de los dirigibles rígidos construidos por Alemania en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial. El descubrimiento confirmaría la teoría de que la nave se perdió en una expedición antártica en 1943. Peritos e investigadores de las marinas inglesas y norteamericanas se encargaran de la recuperación de los restos-, terminó de leer. –¿Sabías algo de esto?
-Nada…
-¿Qué no te gustan estas huevadas?
-Si, pero no tenía idea. Igual los nazis tenían cualquier cantidad de máquinas voladoras extrañas y a Hitler le obsesionaba la Antártica. Pásame el diario.
-Toma. -Putah, no hay fotos.
-Solo la del buque ruso.

00:02:05
CARMEN DOMINABA cada parte del diálogo a la perfección. Jamás cambiaba una sola palabra. Llevaba haciéndolo cuatro años y aunque en un principio juró que el trabajo iba a ser temporal, terminó acostumbrándose y encontrando que no tenía nada de malo. Es verdad, el olor de la fritura era difícil de quitar, pero era un costo razonable. Además no se trataba de una labor especialmente agotadora y el sueldo, aunque bajo, le permitía vivir más o menos tranquila. Y si con eso no bastaba, la empresa le tenía cariño, tanto que había sido nombrada empleada del mes en cinco ocasiones, dos de ellas seguidas. Más que ninguno de sus compañeros. Lo único que Carmen odiaba era los turnos dominicales. El mall estaba repleto, abundaban los niños insoportables, la gente indecisa y todo terminaba tarde. Al menos, pensó, tenía el lunes completo para descasar y recuperar fuerzas.
-Buenas tardes, que desea-, le sonrió al cliente. Un tipo gordo y calvo con una horrorosa camiseta de equipo de fútbol europeo.
-¿Qué trae el combo dos?
-Hamburguesa doble con queso, papas y bebida-, respondió ella, preguntándose porque había gente que nunca veía las fotos de las promociones, ordenadas con cuidado sobre las cajas.
-¿Las papas y las bebidas son grandes?
-No, pero se pueden agrandar.
-Deme eso, combo 2 agrandado. ¿Tiene aritos de cebolla?
-Si, chico, mediano o grande.
-Mediano. ¿Cuánto es?
-Dos mil cuatrocientos noventa y nueve
-Tome.
Carmen se pagó y marcó el pedido en la caja.
-¿Puedo deberle el peso?
-Claro-, dijo el hombre y se corrió hacia el mesón a esperar su pedido.
-¿Qué va a querer?-, le preguntó Carmen a la señora que acababa de ubicarse tras la caja.

00:00:30
CRISTIAN GREENHILL regreso con la última bandeja del almuerzo. Su madre iba en la mitad de su ensalada, su hermana ya había terminado las papas y ahora quería un helado. Se fijó en que los pastores gringos apenas habían tocado sus pizzas. Quiso preguntarles si estaban malas, pero se arrepintió. Como decía su abuelo, a veces había que dejar las cosas paradas en el más sano de los equilibrios.
-Uff-, dijo mirando a la mesa continua, -tremenda mochila. A alguien se le quedó el ropero entero.
-No-, le respondió su madre-, es de un caballero que nos la encargó mientras iba a comprar su almuerzo. Pero como que se ha demorado-. Dio una rápida mirada a los locales. –Que raro no lo veo por ninguna parte.

00:00:11
“¿QUÉ FUE ESO?”, dijo Rodrigo Cádiz, el hijo mayor de Juan Pablo Cádiz mientras terminaba de comer su cuarto de libra con queso.
-¿Qué fue qué?-, le preguntó su padre limpiándole la boca al menor de sus hijos.
-Nada, escuché un pito.
-No debió ser nada-, respondió Juan Pablo, pensando en la conversación que debían tener todos después del almuerzo.

00:00:01
HACIA RATO QUE CARRASCO, uno de los guardias de seguridad del mall, se había percatado de la mochila abandonada. En un principio pensó que era de alguien de una mesa cercana, pero ahora estaba seguro que la habían dejado. Era el octavo objeto perdido en lo que iba del día, también el más grande. Fue hasta la mesa y preguntó a los cercanos si era de alguno de ellos, todos negaron.
-Un caballero la dejó mientras iba a comprar almuerzo-, le dijo un muchacho sentado al lado.
-Pero parece que se olvidó de volver a buscarla-, completó la señora junto a él.
Carrasco agradeció la información con una sonrisa.
-Si aparece díganle que la tengo yo, aquí se la pueden robar. Voy a estar allí-, indicó una de las esquinas del lugar, cerca de un local de comida vegetariana.
-Claro.
Pero Carrasco no alcanzó a levantarla…

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CORË, EL LIBRO MAS BELLO DEL AÑO


Coré es uno de nuestros titanes de la ilustración, un poeta pintor lo definieron por ahí. Juan Domingo Marinello es fotégrafo y un Corefago que se enmbarcó en la preciosa tarea de recopilar parte de la obra de este artista, fallecido en 1950. El resultado, Core (Ediciones B), por mucho, el libro más bello del año. Esta entrevista fue publicada en Muy Interesante. Noviembre, 2006.

Marinello y Coré

HECHICEROS DE TINTA MAGICA

Juan Domingo Marinello es fotógrafo, Mario Silva “Coré” Ossa fue quizás el mayor ilustrador que ha legado la industria editorial chilena. Marinello es coleccionista de Coré y su inspiración para el libro que acaba de editar. Esta es la historia de una pasión y también de una edad de oro, donde dibujar era en Chile un arte más que respetado.

Marinello dice que el propósito de su libro es rescatar el legado de un artista que merecía un homenaje y un tributo. “La gráfica nacional es tremendamente rica y un terreno desconocido, abierto para explorar y degustar. Me gusta pensar en Core –su libro- como el principio de una serie de rendiciones a artistas que por prejuicios baratos han sido relegados a la categoría de arte menor. Espero que alguien se atreva con libros de arte sobre gente como Mario Igor o Máximo Carvajal, recientemente fallecido, sólo por nombrar a algunos”
Mucho de eso está en la opción que usted escogió de limpiar de textos, salvo el prólogo, a su libro.
“Exacto. No se necesitaba escribir o hablar. Los dibujos de Coré cuentan historias por si solos. Esa fue también la razón de porque que evité poner mi nombre en el volumen. El libro es de Coré, yo no soy su autor, sólo recopilé su trabajo. Y lo anterior no es por humildad, sino por respeto”, acota Juan Domingo, fotógrafo y periodista, profesor de la Escuela de Comunicaciones de la Universidad Católica y un obseso recopilador de la memoria y el patrimonio gráfico nacional.
“Lo que me consuela”, continúa, “es saber que no estoy sólo en esta cruzada. Como ya te adelante, hay mucha gente, joven especialmente, empeñada en rescatar este trozo de nuestra historia. Tenemos una continuidad visual tremendamente rica y pecaría de injusto si dijera que no se ha hecho nada al respecto. Deben destacarse las políticas de recopilación de nuestros archivos cinematográficos, fotográficos e incluso televisivos. Y ahí está al punto, porque en este conjunto se aparece la ilustración, la historieta y el humor gráfico como el gran huérfano…”
Sin embargo, en el último tiempo, se han hecho cosas más que destacables en este plano, como el tomo recopilatorio de la obra de Hervy…
“Es que hay muchos cabros interesados en continuar en esta misión. Rodrigo Salinas, por ejemplo, que esta haciendo grandes cosas. Los chiquillos de APLAPLAC o de colectivos como Ergocomics. Lo que falta es un apoyo más concreto, que una editorial grande se interese en rescatar la obra de artistas que están en el inconsciente colectivo y que esta misma nueva generación puede ayudar a recolectar. Eduardo Armstrong, Themo Lobos, que se yo. Me gusta pensar en Coré, como el primer volumen de una colección de libros de arte donde tengan espacio estos y otros nombres que te estoy mencionado.”

El ángel caído

Coré nació como Mario Silva Ossa en 1913 y murió atropellado por un tranvía en 1950, el mito dice que distraído mientras dibujaba. Cuentan que estaba tratando de retratar un tranvía en movimiento y no se dio cuenta de que otro venía en contra por la vía donde él transitaba. Tomó su identidad artística del nombre de un ángel caído mencionado en libros apócrifos de la Biblia y como tal, hizo carrera en publicaciones de la editorial Zig Zag, fundamentalmente en las portadas de la revista El Peneca y adaptaciones juveniles de grandes clásicos de la literatura universal. Considerado por muchos como el mejor ilustrador chileno de todos los tiempos y uno de los más destacados a nivel hispanoamericano, se sabe que por años Constancio Vigil, fundador de la poderosa editorial argentina Atlántida lo tentó para que se integrara a su staff de dibujantes. “Era una época en que se pagaba muy bien por este trabajo”, cuenta Marinello. “Coré era autodidacta y lo que ganaba por trabajar para Zig Zag le alcanzaba para llevar una vida sin excesos, pero bastante acomodada”.
En el prólogo de su libro, usted también nombra a Walt Disney.
“Disney quería incorporarlo a su equipo, de forma estable. Varias veces lo contactó, pero Coré siempre se negaba. Por nada quiso tranzar la tranquilidad que le daba trabajar en Chile”.
Único hijo varón de una familia dominada por mujeres, Coré creció como un muchacho sobreprotegido que desde temprana edad se sintió atraída por la lectura de libros como La Isla del Tesoro, Veinte mil leguas de viaje submarino y Sandokan entre una larga lista de títulos en los que se repetían apellidos como Wilde, Dickens, Salgari, Wells y Verne. Tempranamente fue desarrollando su pasión por el dibujo, quizás como un modo de aislarse de la realidad viajando a parajes sobrenaturales, poblados por rincones de fantasía, hadas, brujos, dragones y ogros. En una tradición narrativa ausente de géneros como la épica fantástica y la ciencia ficción, el nombre de Coré aparece como uno de los pocos exponente. El que haya utilizado colores y trazos en lugar de relato escrito es -al final- sólo una cuestión formal.
Con estudios incompletos de arquitectura, antes de los veinte años, Coré ingresó a trabajar a la editorial Zig Zag, donde fue contratado por su tía Elvira “Roxana” Santa Cruz, quien dirigía la revista infantil El Peneca, donde por dos décadas se encargó de darle vida y forma a las portadas, creando lo que Marinello define como una galaxia de imaginación. Cosmos donde piratas, hadas y mundos salvajes de la desconocida África convivían con la naturalidad que sólo otorga la fantasía.
¿Cómo dio con Coré?
“Por casualidad, sin saber quien era. Gracias al Silabario Hispanoamericano de Adrian Duuflocq que me regaló un tío en los años 50. De forma intuitiva fui dándome cuenta de que los dibujos del volumen se correspondían estilísticamente con los de colecciones de novelas juveniles que habían en mi casa”.
Fue el germen que terminaría dándole forma a Coré.
“Y la venganza”
¿Cómo así?
“(Se ríe) Es una forma de decir. Mi familia era de clase media, nunca faltó nada, pero tampoco se gastaba más de lo necesario. Por lo mismo, mis padres no podían darme lujos como tener colecciones completas de El Peneca. Por eso, cuando empecé a trabajar, mucho de mi sueldo empezó a irse a mercados persas donde rastreaba revistas viejas y juguetes de antaño. De a poco comencé a formar una colección y ahí fue cuando Coré reapareció en mi vida”
Estamos hablando de…
“Mediados de los setenta. Yo estaba en Valparaíso buscando antigüedades, cuando di con una maleta vieja que en su interior tenía 189 pruebas de imprenta de portadas de El Peneca, todas de Coré. Ahí estallo la bomba, me obsesioné con el legado del artista, fui contactándome con otros coleccionista y así llegué a recopilar una cantidad suficiente como para pensar en antologarlo en un libro”.
Usted es fotógrafó, como se relaciona la fotografía con la ilustración.
“Ambas son artes de la imagen. Ahora, en lo concreto, a mi la fotografía me ayudó mucho al rastreo de la obra de Coré. Hay muchos coleccionistas de este artista y la mayoría son muy celosos a la hora de prestar sus “joyitas”, así que yo me valí de la cámara para reproducir las pinturas. También se dio el hecho de que en Chile, hasta la década de los setenta del siglo pasado era nula la idea de guardar el patrimonio, así que mucha de la carrera de Coré se perdió por lo frágil del soporte. Los originales eran originales industriales, no eran considerados como arte, sino como material de imprenta, por lo mismo nunca se buscó conservarlos. Mucha de lo hecho por Coré se perdió con el paso del tiempo, otros están en tan mal estado que al manipularlos es fácil destruirlos. Ahí aparece la fotografía como herramienta. Como una forma de rescatar lo que aparece perdido.”
¿A cuanto alcanza lo recopilado?
“Mucho más de lo que aparece en Coré, el libro. Junto a la Facultad de Comunicaciones y a la profesora Soledad Puente hemos logrado reunir cerca de 5 mil piezas, de las cuales unas 2 mil quinientas están clasificadas por etapas y estilos”
Pensando en una exposición o en otro volumen quizás.
“O en los historiadores del futuro. En el legado de artistas como Coré no sólo hay una muestra de arte gráfico, sino una parte fundamental de la historia de nuestro país. De una edad de oro donde el dibujo, la ilustración, era una actividad al nivel de lo que hoy puede ser dirigir y producir un programa de televisión”

COSAS ETERNAUTICAS

Acabo de terminar mi ritual anual de la necesaria relectura de El Eternauta, esa puta obra maestra de la “literatura” latinoámericana. Y recalco literatura, porque el hecho de que esté dibujada es en este caso un mero detalle, un soporte como diría un profesor de teoría de la comunicación.

Y sobre El Eternauta, algunas pequeñas cosas.

  1. Esto escribí en El Mercurio, en enero de este año a propósito de Las Mejores Novelas Gráficas de todos los tiempos.

    El Eternauta, de Héctor G. Oesterheld (1957): Piedra angular de la narrativa gráfica latinoamericana. El Cien Años de Soledad dibujado. Relato de una invasión extraterrestre a Buenos Aires que funciona como lectura política del pensamiento socialista de su autor, desaparecido durante la dictadura militar trasandina. A la altura de Borges y Cortázar, debería ser de lectura obligatoria en los colegios.

  2. El gran Last Citizen se mandó esta joyita de noticia falsa en Ucronía Chile.

    (Reuters) 1 de octubre 1973. Siguiendo los pasos de San Martín, el creador de El Eternauta y militante de la guerrilla Montoneros, H.G. Oesterheld, cruzó la cordillera el jueves pasado liderando un ejército de eternautas armados —con sus antifaces acuáticos y tanques de oxígeno— para unirse a sus hermanos de la resistencia chilena. Ni bien supo de la invasión de los mecanoides militares (el pasado 11 de septiembre), juntó su ejército y avanzó hacia Santiago para luchar contra los androides.Esta mañana la resistencia comunicó que el héroe guerrillero fue capturado por los mecanoides. Sus seguidores guardan silencio. Entienden que no volverá.El genio ha desaparecido en la eternidad. La lucha sigue.

  3. A través de Sobras, en la respuesta de un post. Me acabó de enterar a través de este completísimo grupo de conversación, de que esta en proyecto una película de El Eternauta. Ya era hora.
  4. Mariano Chinelli, parte del grupo de conversación de El Eternauta, se manda este notable ensayo acerca de la precuela de la obra maestra de Osterheld en Portal Comic, la cual me tomé la libertad de publicar un extracto. Es sin permiso, pero ojalá no lo tomen a mal, hermandad Eternautica mediante.

    “Casi ignorada por los lectores existe una historia de Oesterheld, la que a diferencia de muchas otras que han sufrido la misma suerte, tiene la peculiaridad de narrar un suceso previo a la invasión de “El Eternauta”. Este cuento se titula “Una Muerte” y aunque no la protagoniza Juan Salvo, de cierta manera forma parte también de su fascinante aventura. De forma poética y ambigua, este relato nos sugiere la presencia de extraterrestres “Manos” en nuestro planeta, pero lo más sorprendente de todo esto, es que parecería ocurrir días o incluso tal vez años antes de que cayera la nevada mortal. Pero mejor hagamos un poco de historia: Corría el año 1965 y la historia del eternauta permanecía fresca en la memoria de la gente. Solo habían pasado seis años de su publicación en la revista Hora Cero Semanal, y la popularidad de la historieta se había afianzado con una exitosa reimpresión que se editó en 1961. Asimismo, inmediatamente después se publicaron en…” Lee el resto aquí.

  5. Mejor aún, y del mismo Chinelli es este otro ensayo: El Eternauta: Metáfora de la Resistencia, del cual también invito a leer un extracto:

    “Una de las cosas mas sorprendentes de El Eternauta es que a través de sus 350 páginas se sugiere que el relato es verídico. Tras su extraña aparición, perfectamente justificada por su condición de viajero del tiempo, el protagonista le cuenta su historia a un escritor que luego la convertirá en historieta para publicar en una revista.La historia que relata Juan Salvo (El Eternauta) cuenta su propia desventura, la de un hombre promedio que junto a su familia y un grupo de amigos enfrenta una situación extrema. Todo comienza una noche, la noche en que la apacible vida en su chalecito de Vicente López se vio alterada para siempre. Una terrible catástrofe (la caída de una nevada mortífera) los deja aislados dentro de su casa y a merced de otros sobrevivientes. Apoyada por las lógicas implicancias de un desastre meteorológico (causado en apariencia por pruebas atómicas en el Pacífico), la aventura parece orientada al obvio relato de supervivencia y lucha urbana por los recursos disponibles; pero repentinamente, cuando se descubre la verdadera naturaleza del desastre, la trama sufre un vuelco inesperado:Mientras aún caen copos mortales, del cielo nocturno comienzan a descender misteriosas luces. Una invasión extraterrestre estaba teniendo lugar en Buenos Aires y quizás también en el planeta entero…” Lee el resto aquí.

¿OTRO BOX SET DE YES?


Estos tipos ya no encuentran como sacarle más plata a los prog holes. Un box set al año es como mucho, están como Queen que ha sacado más discos tras la muerte de Freddie Mercury. En fin, vamos con Yes. Primero la básica In a Word: Yes, una joyita para besar el cielo, luego In a word: live que dejó a muchos -me incluyo- con gusto a poco (no por la calidad del material inédito, sino por lo poco)- y ahora; Essentially Yes. Bueno, para ser honestos, no se trata de un box set, box set, sino de recopilación en “formato lujo” de los últimos 4 discos de estudio de la banda -a excepción de los Keys to Ascention– más una quinta placa con una selección con las mejores partes de una presentación de la banda en Montreux en 2003 y que es el gancho para atraer compradores compulsivos de todo lo que tenga apellido Squire, Anderson o Wakeman.

Yes
Essentially Yes

  • Disco 1
    Open Your Eyes (1997): Jon Anderson, Chris Squire, Steve Howe, Alan White, Billy Sherwood.
  • Disco 2
    The Ladder (1999): Jon Anderson, Chris Squire, Steve Howe, Alan White, Igor Khoroshev.
  • Disco 3
    Magnification (2001): Jon Anderson, Chris Squire, Steve Howe, Alan White.
  • Disco 4
    Talk (1994): Jon Anderson, Chris Squire, Trevor Rabin, Alan White, Tony Kaye.
  • Disco 5
    Live in Montreux (2003): Jon Anderson, Chris Squire, Steve Howe, Alan White, Rick Wakeman.
    1. Siberian Khatru
    2. Magnification
    3. Don’t Kill the Whale
    4. In the Presence of…
    5. We Have Heaven
    6. South Side of the Sky
    7. And you and I
    8. Awaken
    9. I`ve Seen All Good People

¿SKORPONOK?

El gran Alejandro Lecaros de Desenfocados, consiguió este fotograma escapado de la posproducción de la película de los Transformers. El bicho arácnido que persigue a los yankies es Skorponok, el Desepticon que se transformaba en escorpión. ¿Escorpión? Por Dios, a quien chucha le importan los escorpiones, ni a los escorpiones. En fin. Supongo que igual mi ñoñismo me tendrá en primera fila cuando se estrene esta esperada porquería.

ESPERANDO A WATERS 2007

Cierre de “Confortably Numb” en Verona, en Agosto pasado. Algo así veremos en marzo

HOY EN UCRONIA CHILE

EXPEDIENTE TRAUCO

Entiéndame, son muchos los cabos sueltos y podrían escribirse centenares de páginas al respecto. Ya sabemos qué fue lo que ocurrió y de donde surgió el mito, tenemos las pruebas y a un híbrido capturado. Mire, se lo voy a explicar de la forma más sencilla posible. El incidente debió haber ocurrido alrededor del año 1400 o 1420 de nuestra era, poco antes de la llegada de los conquistadores a la zona. Al principio de las investigaciones pensamos que la nave se había estrellado cerca de la costa de Chiloé, pero con lo que desenterramos hace quince años, nos queda claro que el vehículo cayó en el corazón de la Isla Grande. No sabemos cuantos sobrevivieron, pero sí que debió ser un número considerable, dado el tamaño de la nave. El impacto del artilugio debió destruir los sistemas de comunicaciones de los Extraños, como pasaremos a llamarlos de aquí en adelante, sólo así se explica lo que vino después, el horror y el canibalismo que se convirtió en mito. La especie es similar a nuestros conocidos Grises, de hecho es probable que vengan del mismo sistema estelar: Zeta Reticuli o Epsilon Eridani. Forma humanoide, de baja estatura, piel oscura y grandes cabezas, la idea del duende patagónico por excelencia. Nuestra atmósfera no les es extraña así que no demoraron en adaptarse al hábitat chilote, construyendo una serie de refugios bajo tierra con las partes de la nave. No les fue difícil hacerlo, la isla está llena de cavernas y túneles que comunican con otros lugares del archipiélago. Y así, en el bajo mundo, sobrevivieron esperando que alguien viniera por ellos. Calculamos que las provisiones y la comida deben habérseles acabado a los cinco años. Ahí empezó la pesadilla. Su sistema digestivo es muy complicado y para sobrevivir requieren alimentarse y beber sólo de sustancias provenientes de su mundo natal. El agua, los vegetales o la carne animal terrestres son prácticamente un veneno para ellos. Y empezaron a morir de hambre y de… Lee el resto en Ucronia-Chile

LA COMUNIDAD DEL ANILLO


El fin de semana me acordé de la primera película de la saga. De como me voló el rostro el día que la vi, en una función privada un sábado de diciembre del 2001. Y entre la cagada de New Line Cinema, Peter Jackson y el Hobbit hace bien recordar viejos buenos tiempos, como aquellos en que todos eramos un poco más inocentes. Esto publiqué entonces, en la siempre eterna Sobras.com

El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo

Sobras. 23 Diciembre, 2001

Con todos sus defectos (que son hartos) y ripios, lo cierto es que Peter Jackson demostró en tres horas de metraje ser dueño del “one ring” a la hora de poner el mundo a sus pies. Y no precisamente por méritos estrictamente fílmicos. El gordo (especie de híbrido entre Alex de la Iglesia, López y quien escribe) tal vez no firmó la obra maestra, o la última esperanza blanca del cine, como algunos han exagerado, pero manufacturó un film tremendo, como no se veía en años (al menos en el cine comercial), que suda grandeza por cada uno de sus poros. El gran mérito de “El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo” es que recupera una épica cinematográfica adulta que parecía perdida desde los western de John Ford y las sagas iniciáticas de Kurosawa y la deconstruye en las claves del siglo XXI. Con la notoria salvedad de “La Princesa Mononoke”, creo que hace mucho tiempo no estábamos -como espectadores- frente a una historia de capa y espada tan majestuosa en su realización… y no salan con que “Gladiador”, “Braveheart” y la cacha de la espada, que no tienen nada que ver con lo que estamos hablandoJackson ha demostrado con hechos bien concretos que una mitología contemporánea y adulta no tiene porque limitarse a los postulados creados y traicionados por el señor George Lucas. Porque seamos honestos, mucho nos gustará “La Guerra de las Galaxias” (soy un fan incondicional, de los que aun le que tienen fe al Ep.II) pero a nivel de narrativa cinematográfica, de madurez conceptual y de artesanía fílmica, “El Señor de los Anillos” está muy por encima de cualquier entrega de la tetralogía galáctica, incluso de “El Imperio Contraataca”… y conste que como cultor Jedi, me duele aceptarlo…
Hace dos semanas vi ESDLA en un pase para prensa y hace 12 años leí el libro por primera vez. Fue mi regalo de cumpleaños número 16, pero eso no creo que a muchos le importe. El volumen era una de las primeras ediciones de la trilogía, colección Minotauro, tapas verdes con dibujos del ilustrador argentino Chichoni (piedra angular de la desaparecida revista “Fierro”) y mucho olor a libro viejo. Encuadernado en rústica, tan mal que hoy no se puede leer porque se desarma. Las hojas se desprendieron, se rasgaron y son ahora recuerdos de viejos tiempos amarrados con doble elástico. Tres libros, casi 2 mil páginas que me leí en quince días, antes de que Tolkien se pusiera de moda y pasaran otras cosas. En fin… Una confesión: nunca he sido un fan dogmático de Tolkien, ni siquiera he vuelto a leer la trilogía del Anillo, “El Hobbit” me lateó y de “El Silmarillion” ni siquiera pasé las primeras cincuenta páginas, pero respeto a Tolkien, siempre lo he hecho y voy a continuar haciéndolo…creo… Su grandiosidad conceptual y creativa me seduce pero también me aparta. Por lo mismo la empresa de filmar esta nave nodriza siempre me pareció casi suicida, sobre todo si se pretendía hacer de una forma verosímil y madura. El temor no iba por la potencia imaginativa del libro sino por todo lo que este acarrea y que va más allá de la literatura. ESDLA es una Biblia para demasiada gente, ha inspirado canciones (Led Zeppelin, Pink Floyd, Rush, Blind Guardian, Styx, Rick Wakeman, Marillion, Iluvatar, The Allman Brothers, etc), películas (”Star Wars”, “Willow”), libros (”El Nombre de la Rosa”, “Harry Potter”, “60 Kilómetros (con perdón)”) y toda clase de productos que van desde juegos de rol y drogas lisérgicas a ensayos teológicos (Tolkien y su trilogía son piedra angular de la literatura cristiana y el libro esta lleno de simbología bíblica que o puede dejarse de lado). O Peter Jackson creaba un clásico o se cavaba su tumba, no había termino medio… No se podía hacer otra “Guerra de las Galaxias”, tampoco una versión cristiana de “Conan”… Había que crear un personal año cero y el autor de “Braindead” lo hizo.
“El Señor de los Anillos”, no es un filme perfecto, de hecho creo que dista bastante de serlo, pero es una tremenda película, que suple con cariño hacia lo que se está haciendo -y honestidad en su moral como filme- todos sus defectos. Tampoco es una obra fácil y esta facilidad es tanto para críticos (aun no sé cuantas estrellas le pondría) como para espectadores (no creo que bata records de taquilla y su duración atentará contra los menos fanáticos). Pero Peter Jackson vomita amor por el cine y en ELSDA eso se nota. Y se nota mucho. A tal punto que este sentir es quizás el mayor mérito implícito de la película. El director de “Bad Taste” narra de la puta madre, sabe como contar un cuento y tiene claro que lo que esta construyendo no es un hit de taquilla para pendejos consumidores de merchadising, sino una lectura compleja de un libro de cabecera para tres generaciones de lectores. Y eso es complicado, mucho más que llenar un cuadro de criaturas CGI peleando y exhibiendo sus poderes. Jackson sabe crear grandeza desde la pequeñez y es en su visión mitopoética de Nueva Zelandia donde esto queda más claro. Si en Chile (nuestra geografía es simil a la neozelandesa) hubiera un lente capaz de aprovechar nuestra imagen como paisaje ultraterreno tal vez otro gallo cantaría en nuestra industria cinematográfica, Sobras debería filmar “El Hobbit”, en fin. A través de cada secuencia de ESDLA, Peter Jackson navega en sinceridad autoral y entre homenajes (a Ray Harryhausen en la escena del Troll y el Balrog de Moria, incluso a George Lucas en la secuencia precréditos), aciertos (la dirección de arte merece mil premios Oscar, McKellan y Blanchet están de pelos) y errores (tiempos muertos y ciertos diálogos exactos al “naif/1930/ingenuote/católico” de Tolkien que no terminan por encajar -en el concilio de Elrond por ejemplo- y chocan contra la estética más moderna del concepto en general), pega un gol de tiro libre… Y con clase que es acaso lo más valioso.
No sé si es la mejor película del año, pero sí es la más grandiosa, y desde esta lectura se ubica ya en mi Top 5 del 2001, junto a “Almost Famous”, “A.I.”, “Apocalipse Now Redux” e “Y tu mamá también”… ¿En qué lugar?… Hoy -que la tengo reciente- en el número 1, mañana yo creo que en el dos o el tres, después de “A.I.”, mi personal joya incomprendida.

DELETE SCENE: INSIDE ESSEX

“¡DIMITRI GUREVICH corrió a través de los estrechos pasillos del casco del USS Essex, siguiendo como podía el trote de los oficiales de la Policia Militar. Tras ellos, un par de curas y otros agentes de seguridad se agolpaban. Bajaron por una estrecha escalera hasta al hospital del buque, que ocupaban un ala completa de una de las cubiertas de la superestructura del puente. Un médico los detuvo en la entrada. Era calvo y usaba un mostacho recortado como soldado francés de la 1º Guerra Mundial..
-¿Cuando la encontraron?-, preguntó el agente ruso.
-¿Quién está a cargo?-, respondió el doctor con una pregunta.
Tras la pérdida de Case y debido a su experiencia, Gurevich se había convertido en la máxima autoridad civil de la operación. Sheldrake no podía ir hasta allá, además su presencia era más que nada simbólica.
-Yo-, respondió Dimitri, mirando a sus compañeros. Nadie se opuso.
-Venga conmigo.
.También me gustaría pasar-, dijo uno de los curas. Un Claretiano que respondía al nombre de Arismendi.
-Si el doctor autoriza-, añadió Gurevich.
-Pero sólo usted-, respondió el profesional y los hizo pasar a la sala de urgencias. El dúo de Policias Militares fue tras ellos. En las antípodas del resto de la nave, esta cubierta aparecía pintada con colores claros, priorizando los blancos y amarillos en tonalidades suaves.
-Acá está-, indicó el doctor. –Por orden del Capitán, hemos tratado de no alterar el estado como fue encontrada.
Los fuertes estabilizadores horizontales del barco, conseguían que el gran buque apenas se moviera sobre el agitado mar de los canales sureños. Dimitri y el Padre Arismendi ingresaron a la morgue del hospital del USS Essex, una habitación casi desnuda, en la que lo único que resaltaba era la camilla ubicada en mitad del cuadro. Sola y con un cuerpo cubierto por una sábana blanca.
El doctor esperó a que el ruso y el religioso se acercaran. Los miró a los ojos, como si se tratara de una escena previamente ensayada, y luego dejó al descubierto el pálido rostro de la hermana Giovanna Torrini, uno de los cinco embarcados en Valparaíso. Tenía los ojos negros, reventados, las venas de la cara hinchadas y dos hilos de sangre seca manchándole la mejilla izquierda. El primero le había brotado de la nariz, el otro de la boca. Dimitri pensó que en que se parecía a esos espectros vampíricos en los cuales quedaban convertidas las víctimas de Drácula en las películas más clásicas del género. Se acordó especialmente de una: Las cicatrices de Drácula, sobre todo en la sombría voz del doblaje al ruso, ciertamente más aterradora que el hondo acento de Christopher Lee. El padre Arismendi se persigno y murmuró una oración. Gurevich, estuvo a punto de decirle que no lo hiciera, que Dios no estaba para esas cosas.
-Ignoramos que veneno usó, pero la destruyó por dentro.
Dimitri no respondió.
-Ahora quiero que mire esto.
El médico miró al religioso y por mera formalidad le pidió permiso. El Claretiano asintió. Desvistieron por completo el cadáver de la monja. En el vientre, bajo sus pequeños pechos, estaba marcada una frase en italiano. La dibujaron con un cuchillo muy afilado.
-La Familia no será detenida. El secreto será liberado-, tradujo el padre Arismendi-, Dios mío.
-Ya le dijo, Dios no tiene nada que ver en esto-, habló Dimitri.
-Ella misma se auto infirió las heridas antes de ingerir el veneno o lo que haya tomado.
-Doctor-, dijo Dimitri. –Hágame un favor. Inyéctele agua con sal y una medida de bicarbonato en la vena aorta.
-¿Qué está pidiéndome?
-Sólo hágalo. Y sin preguntas, por favor.

“NO FUE VENENO”, le indicó Dimitri Gurevich al Capitán Harriman y a su primer oficial. Robert L. Sheldrake escuchaba en silencio desde el otro lado de la mesa, igual que tres civiles invitados a la operación.
-Giovanna Torrini traía un hemoware en su sangre. Es una nueva tecnología-, explicó ante la atónita mirada del comandante de la nave. -Lo más parecido a un cyborg que se ha inventado. En palabras simples nanomaquinas que se inyectan al sistema circulatorio y usan la sangre como medio de transporte. Un hemoware puede llevar mucha información, entre ellas virus biomecánicos.
-Me está tomando…
-No señor. IBM y otras empresas llevan casi veinte años investigando en el área. Los hemoware son actualmente el método de intercambio y transmisión de información más seguro del planeta. También una de las armas biológicas más letales. Virus de computador que pueden hacerse biológicos, altamente tóxicos. Ya no se trata de organismos vivientes, sino derechamente de inteligencia artificial.
-¿Quién y cémo tiene acceso a esta clase de tecnología?-, interrogó en esta ocasión, el primer oficial del Essex.
-La Familia es una de las más avanzadas en esta área. Tienen por lo menos cuatro empresas de desarrollo trabajando como fachadas para el desarrollo de hemowares cada vez más avanzados.
-Y supongo-, habló el Capitán-, que el secreto de esta abominación, también tiene que ver con lo que sucede allá, debajo de ese maldito volcán.
-La tecnología de los hemowares, es uno de los puntos más interesantes descritos en los Números Ibn Al Da´ub.
-A veces todo es tan obvio, señor Gurevich.
-Se equivoca, Capitán-, habló Sheldrake, -en este caso las cosas no son tan obvias.
-Discúlpeme, Sheldrake, con todo el respeto que como ex oficial de la marina le debo, pero fueron ustedes, estos civiles-, indicó a Gurevich-, quienes subieron a bordo un agente de quien se supone son nuestros adversarios.
-Sus papeles y antecedentes venían abalados por el Vaticano-, completó otro de los civiles presentes.
-El Vaticano, por favor, no me hagan reír-, continuó el Capitán. –Todo esto, todo este maldito engaño, desde la recolección del dirigible alemán por su gente Gurevich, a estas prácticas falsas con la infantería chilena no son más que un enorme teatro de títeres planeado por el Vaticano y otras congregaciones religiosas muertas de miedo por lo que puede salir a través de ese volcán y otros agujeros. Nos han estado utilizando a todos.
-¿Y que quiere Capitán?-, le preguntó Gurevich.
-Para empezar, sacar a todos estos curas, monjas, pastores y rabinos de mi buque.
-Eso es imposible…
-Para seguir enviarlo a usted y a sus colegas civiles, también lejos del Essex.
-Eso es aún más imposible.
-Y me dicen que las cosas no son obvias.
-Le recuerdo Capitán-, pronunció Sheldrake-, que tanto usted como la tripulación y arsenal del Essex y sus naves escolta están al servicio de la operación High Jump II.
-Perfecto. ¿Señor Cosby?-, llamó a su primer oficial. –Me facilita las nuevas órdenes.
El segundo hombre al mando le pasó un sobre alargado, que hasta ese momento había llevado oculto en un bolsillo. Sheldrake miró a Gurevich quien ni siquiera se inmutó.
-Señor Sheldrake, hágame el favor de leer.
Sacó una hoja de papel doblada y la deslizó sobre la mesa, hasta las manos del viejo inválido. Este la tomó y leyó rápido.
-No puede ser.
-Algunos sucesos pueden cambiar el sentido de las cosas-, le respondió el Capitán. –A nadie le gusta perder material militar costoso, ustedes saben.

LA ULTIMA HISTORIA DE LOS VENGADORES


Un cuento largo, para un fin de semana corto

Lo que todos queremos es llegar a ese punto
en el que el pasado ya no nos diga nada acerca
de nosotros mismos y podamos seguir adelante.
Richard Ford
“El Periodista Deportivo”

“Hola”, me dijo al sentarse a mi lado, en las bancas del fondo de la iglesia. Las más próximas a la puerta. A la salida. Al escape si se hacía necesario. Esas que suelen usar los menos cercanos y -al mismo tiempo- quienes más sienten lo que ocurre delante.
-Hola-, le respondí viéndola de reojo, regalándole la misma sonrisa que me mostró al llegar. Luego silencio y el olor dulce de su perfume, el mismo de hace casi diez años. Una ventana abierta a una calle que hace rato fue reemplazada por una avenida.
Dicen que el inicio es el tiempo más importante, por eso cuando no se tiene uno realmente detonante como un nacimiento o una boda, lo mejor es igualarlo a un final. Y no hay final más definitivo que la muerte, ni más preciso que el velorio de un amigo. Los extremos tienen esa virtud, la de convertirse en puntos ciegos: lugares invisibles de encuentro para vidas cada vez más apartadas. Gustavo había muerto hacía un par de días. Su moto adolescente y costosa, un reflejo rebelde, una luz roja y el radiador de un camión gigante apareciendo de la nada. La línea se cortó. Prematuramente, cierto. Pero él siempre estuvo seguro de que iba a ser el primero en irse. Y tenía razón. Tuvo razón. En la última carrera, nos llevó la ventaja desde la largada.
Volví a mirarla, ella me regaló un fantasma transparente en sus ojos. Sabía que me la iba a encontrar en lo de Gustavo. Sino era en la iglesia en el cementerio, si no era hoy sería mañana.
-Cuídame la cartera-, fue la tercera línea del diálogo. Una línea tan suya, tan familiar, como si hubieran pasado cinco minutos desde el día en que me hicieron la despedida, cuando le di un beso en la mejilla y le prometí que al regresar la iba a llamar para ponernos al día y tratar de que finalmente se diera cuenta de que estaba enamorada de mi. Un poco en serio, un poco en broma, más en serio que en broma. Ambos preferimos creer lo contrario. No cumplí la promesa, ella tampoco. Se enamoró de otro hombre, yo de otra mujer. Nos cambiamos de país, de ciudad y cuando regresé las cosas estaban demasiado armadas como para siquiera intentar darles un nuevo orden. Además funcionaban bien. Era otro planeta claro, distinto de aquel, mejor que éste.
Dejó la cartera a mi lado y caminó por el pasillo hacia el púlpito. El cabello desordenado, la ropa negra, la nariz grande, un par de arrugas. Seguía delgada, hay cosas que no cambian, benditas sean esas cosas. Fue despacio hasta el féretro y saludó a los padres del muerto, también a una pareja que nunca había visto. Miró el ataúd unos segundos y pareció sonreír. Se besó la punta de un dedo de la mano izquierda y lo deslizó sobre el rostro del muerto. Entonces me sonrió, desde allá, desde el altar, desde el féretro. Luego regresó a mi lado.
-Ayer no viniste-, me dijo tomando de vuelta su cartera y sacando un pañuelo desechable para limpiar la única lágrima que consiguió escapársele. –Lo siento-, se disculpó, -me da pena verlo ahí. No haber tenido tiempo para despedirme, tu sabes, las tonteras que uno piensa cuando se muere una de esas personas que están tan…-, le fue imposible encontrar la palabra justa. –tan como él.
-Vine temprano-, le respondí. –Antes de almuerzo. No había mucha gente salvo la familia. Estaban deshechos, hoy se ven mejor.
Ella respiró hondo, guardo un segundo de silencio y luego pronunció:
-¿Viniste con tu señora?
-No. Gustavo nunca le cayó bien-, le dije mientras la mitad de mi cabeza razonaba en lo directa de su pregunta.
-Era su gran problema, nunca aprendió a caer bien
-Nunca quiso caer bien.
-Es verdad.
-…
-Siempre supimos que iba a ser el primero en morirse, una vez me lo dijiste, ¿te acuerdas?
-Si. Y una vez el mismo me lo dijo a mí.
Un compañero de universidad nos saludó desde la fila de enfrente. Le respondí con la cabeza, ella abriendo y cerrando una mano. No sé si le sonrió, no la vi hacerlo.
-¿Seguían viéndose?-, me preguntó.
-Comíamos o almorzábamos, por lo menos una vez al mes. A veces dos.
-¿Y seguías pagándole la cuenta…?-No, las cosas cambian.
-Algunas no…
Y sonrió, con esa deliciosa y pequeña mueca suya. Con esa boca que me traía tantos recuerdos. Imágenes pesadas, buenas y malas. Sabores diferentes, gustos familiares.
-Vámonos de aquí-, me dijo mirando al frente, con un tono sorpresivo, seco y distante.
-Tengo que ir a buscar a mi hija-, me excusé como un tonto.
-No te estoy invitando a un motel, leso, te estoy proponiendo que salgamos de la iglesia juntos. Odio escaparme sola de un velorio. Acompáñame a mi auto, yo puedo acercarte por ahí…
-Gracias, ando en el mío-, corté, sintiéndome como un idiota de 25 años.
-Así que al fin aprendiste a manejar.
-Y me gusta…
-Te lo dije.

“TENGO EL AUTO por este lado”, le indiqué, intentando esconder los nervios más obvios del mundo, esos que me han ruborizado la piel del cuello desde que le dije hola por primera vez a una niña que no fuera mi hermana. Esos mismos que mi mujer, (hace mucho tiempo y en una galaxia cada vez más lejana), definió como el más encantador de mis rasgos.
-El mío está por esa esquina-, me apuntó, mirando la cuadra siguiente con su nariz grande y emocional, -pero te acompaño al tuyo-, agregó. –Me muero por saber qué auto tienes. Además nos sirve para ponernos al día. ¿Así que aprendiste a manejar?-, me preguntó por segunda vez.
-Mmhh, después de los treinta. No fue tan fácil, no como tu me decías.
-Nunca te dije que fuera fácil. Lo que te dije era que te iba a gustar.
– …
-¿Y?
-¿Y qué?
-¿Te gustó?
-Más de lo confesable. Tenías razón, nací para manejar, sólo que lo descubrí muy tarde. En mi vida paralela quizás fui piloto de Fórmula 1.
-Nadie puede hablar así-, comentó cómplice.
-Nadie excepto yo…-, comenté tan cómplice como ella.
-Nadie excepto tu…
-…
Al mediodía de un sábado, Santiago de Chile puede ser muy distinto al resto de la semana. Una ciudad más acogedora, más lenta, más humana. Una fotografía en movimientos cuadriculados, una imagen en cámara lenta. Alguna vez mi mujer me dijo que había un modo paternal en el orden sabatino de los árboles, las casas, los edificios y las torres. Las torres eran los padres, los edificios las madres, las casas los hijos y los árboles las mascotas.
Caminamos. Seguimos hablando. Datos, información, monosílabos. Ventilar lo suficiente, no mucho. Formas de autodefensa en activo. Confesiones bailando en la punta de la lengua. Una mentira, dos mentiras, tres mentiras. Mejor así, palabras blindadas. Guardar bien profundo lo complicado y dejar salir sólo lo cómodo, lo que nos hace y nos hará sentir bien.
En la esquina, unos cincuenta metros más adelante, apareció mi auto. Se lo mostré, me dijo que era un auto muy mío. Que era un auto de buena persona, que ella quiso comprarse uno similar pero de otro color. Le contesté que era económico y que no necesitaba algo más grande.
-¿Y cómo está tu hija?-, me preguntó mientras dábamos un paso tras otro, uno cada vez más lento que el anterior.
-Inmensa, grande, el próximo mes cumple cuatro años.
-¿Cómo se llama?
-Elisa.
-Me gusta ese nombre, es como antiguo, de señora.
-De señora chica
-Cierto. ¿Y ya va al colegio?
-Al jardín.
-¿Tienes una foto de ella?
-No, que raro-, me excusé mintiendo, -que tonto.
-Mucho, debiste pensar en que te ibas a encontrar conmigo.
Se rió. Me reí. Nos reímos. Y recordé. Anoche, antes de acostarme, guardé cada foto de Elisa, cada foto de mi mujer, cada foto de mi mujer y yo, cada foto de Elisa y yo, cada foto de mi mujer, Elisa y yo, cada foto de los tres juntos en una caja. Una caja de zapatillas, forrada con una hoja de diario y una fecha encima, tachada con un plumón rojo en letras bien grandes. Sólo dos palabras: sus nombres. Una caja del tiempo. Tal vez la abra mañana, tal vez en un tiempo más. La puse adentro, bien dentro y bien alto del único armario del departamento al cual acabo de mudarme. El anillo es lo único que sigo llevando conmigo, no me atrevo a quitarlo de mi dedo. Tal vez cuando me cruce en una esquina con mi ahora ex mujer y su nuevo amor. Ahí si, en lo concreto, lo directo, lo que se ve, cuando el misil aire-aire encuentre finalmente el rango de su blanco, pensaré en buscarle una caja a la argolla. Cierro los ojos y veo a Elisa, mi hija de cada día, ahora mi hija de fines de semana. Así estaba escrito, venía en el contrato de arriendo, detallado en esas letras chicas de abajo. Esas que uno nunca lee.
-¿Se parece a ti?-, quiso saber
-No mucho, es casi calcada a su madre, menos mal. Aunque tiene mis ojos, la forma y el color.
-¿La quieres mucho?
-Mucho.
-Se te nota cuando hablas de ella.
No sé si me preguntó por Elisa o por mi ex mujer. Al final daba lo mismo. Ahora eran parte de la misma caja. Y sin querer se me resbaló una verdad:
-A ti también te quise mucho.
-Lo sé, siempre lo he sabido-. Le costó mirarme, la entendí, en su lugar también lo habría evitado. –De todos los regalos que alguna vez me hiciste, ese era mi favorito-. Y guardó un segundo entre puntos suspensivos. –Me hubiera gustado devolverte el mismo tipo de amor pero no pude, no me atreví.
-Mi cariño y el tuyo-, dije, pensando en que cariño solía ser un sinónimo muy cómodo, -al final eran iguales. Diferentes formas para una misma sustancia, un mismo sentimiento, lo equivalente. Me quisiste más de lo que te diste cuenta, de lo que yo mismo me di cuenta. Y en su forma resultó. No podría quejarme.
-Yo tampoco.
-…
-…
-¿Y tú, para cuando?-, busqué un nuevo tema para alargar los minutos.
-¿Para cuando, qué?-, me devolvió ella.
-Hijos, estábamos hablando de eso.
Volvió a reír, volví a reír, diez años después seguíamos siendo buenos para cambiar de tema como si nada pasara. Es verdad, hay negocios que no cierran.
-No sé-, contestó, -en algún tiempo más-. Agregó el nombre de su esposo y me contó que él aún no se sentía listo para ser padre. Que querían disfrutar un poco más de la vida en pareja sin hijos, egoísmo de a dos, egoísmo del sano. –Sólo llevamos cinco años casados, no hay para qué acelerar las cosas.
-A los 27 te morías por ser mamá.
-A los 27 uno se muere por muchas cosas.
Tenía razón.
-Y resucita a los diez minutos-, le dije.
-A los cinco, diría yo. No sé si eso será bueno o malo. Pero ese es el cuento. Aún no me he puesto en campaña. Ganas no me faltan, pero tu mejor que nadie sabe que el plan tiene que ser de a dos sino no vale. Además que, y esto que quede entre nosotros-, volvió a decir el nombre de su esposo, -no le ha ido tan bien como esperaba. Como esperábamos. Así que todo lo lindo de vivir en Valparaíso cerca del mar, lejos del smog tal vez quede en nada y tengamos que regresar a Santiago.
-Uno siempre regresa a Santiago.
-Uno siempre termina regresando a Santiago-, alteró ella, con un tono pausado, como si estuviera citando una canción.
-Llegamos, gracias por acompañarme-, le dije acercándome a la puerta del auto y desactivando la alarma.
-Llegamos-, repitió ella, respirando hondo.
-Bueno….
-¿Bueno qué? ¿Ya me vas a abandonar de nuevo?
-Nunca te abandoné. Las cosas se dieron así.
-Si lo sé tonto, era una broma. En el parabrisas trasero de mi auto colgaba un gato de peluche con un banderín que decía “te quiero papá”. Ella lo apuntó con la mano izquierda y sonrió, dijo que era lindo, tierno.
Guardé las llaves en mi bolsillo y me senté en la cuneta, delante del parachoques delantero. Ella fue hasta mi lado.
-Y al final no me abandonas de nuevo-, me dijo.
-Cuidado, está sucio-, le advertí.
-Da lo mismo, hace rato que ando sucia por la vida. No me malentiendas, es una forma de decir.
Igual dio una limpiada rápida al lugar antes de sentarse. Me dijo que era para no marcar sus pantalones. Le creí.
-¿Y cuando se volverían a Santiago?-, le pregunté.
-No sé. Ni siquiera sé si volvamos a Santiago-, se detuvo un momento y de inmediato completó: -los dos.
No fue complicado adivinar que las cosas tampoco andaban bien por su lado. A menos de un metro de confesarle que yo también estaba solo, que tal vez ahora, que tal vez al fin… preferí escucharla. Era su historia, la mía no importaba. En ese momento al menos no.
-¿Quieres?-, le ofrecí, sacando una caja de Kent light del bolsillo de mi chaqueta.
-No. Dejé de fumar.
-¿Cuando?
-Hace tiempo. Lo que no puedo creer es que tú estés fumando. Manejas, fumas, que otras sorpresas me estás ocultando…
-Los vicios se aprenden rápido.
-Es como si hubiéramos hecho intercambio psíquico a la distancia y sin vernos.
-Supongo.
-Supongo. Siempre me acuerdo de ti con esa palabra. Eras tan supongo. Fuimos tan supongo…
-Fuimos un par de muy buenos amigos…-, completé.
-Con algunos privilegios incluidos-, agregó.
Sonreímos.
-Por cada beso una bala en el rostro-, murmuró, echando su cabeza hacia abajo, mientras el cabello, desordenado y casual, se le deslizaba al lado revelando un cuello pálido y largo. Su cuello de hoy, el mismo de ayer.
-¿Qué?-, le pregunté, sabiendo muy bien lo que me había dicho.
-Por cada beso, una bala en el rostro, tu frase de antes. Esa que me dijiste una vez cerca de tu casa y que me repetías cada vez que nos besábamos…
-Por cada beso, una bala en el rostro. Por cada acción, una reacción. Por cada hecho, otro potencialmente distinto-, recité.
-Exactamente…
-No te gustaba.
-Te decía que no me gustaba, que es distinto. Últimamente le he encontrado todo el sentido del mundo. Fuiste profético, sabes. Ahora es uno de mis dichos favoritos, casi un fetiche. Te la robé.
Una corriente de aire silbó entre el auto y nosotros. Di una aspirada honda al cigarrillo y lo quemé hasta la mitad. Luego lo apreté contra el pavimento.
-Todavía no me lo creo-, me dijo.
-¿…?
-Que estés fumando.
-No es tan raro, más de una vez me viste fumar-, alargué.
-Borracho y en una fiesta, pero no es lo mismo. Eso es fumar de mentiras, esto es de verdad. Mirarte fumar es como observar una foto de cómo pueden cambiar las cosas. De cómo ha pasado el tiempo.
Un auto rojo pasó frente a nosotros, reconocimos al conductor. Un amigo de otro tiempo y lugar, otro cercano al muerto. La melodía de los velorios. Nos hicimos los tontos para no saludar. No nos vio, mejor así.
-Me separé-, me confesó con la voz firme, evitando en cada letra cortarse. –Hace casi un mes. No sé, cosas, pesos, peros. Ya no lo quiero ver más. Fuimos los mayores expertos del mundo en matar cosas que pudieron ser buenas. De repente nunca me enamoré en verdad de él, tal vez nunca me he enamorado en verdad de alguien. ¿Quién puede saberlo? Nunca aprendí a ser honesta conmigo misma, una vez me lo dijiste, recuerdas.
Jugueteó con su mano derecha, abriendo cada dedo como si fueran las patas de una araña. Una vez le dije tantas otras cosas.
-Desde el lunes pasado-, continuó, -que estoy viviendo en el departamento de mi mamá por acá cerca, te cuerdas. Nunca deshizo la pieza, sabes…
-…-, claro que me acordaba.
-La próxima semana comienzo a trabajar en-, nombró una agencia de relaciones públicas-, llamé a un amigo y todo bien. Ya sabes, uno termina conociendo a la gente adecuada y esa gente termina llegando en los momentos adecuados. También me ofrecieron hacer clases en una universidad. He pensado en aceptar, en una de esas descubro que enseñar era lo mío.
Volvió a descansar, esta vez para morderse el dedo meñique.
-Me separé y me siento bien, esa es la verdad. Eres la primera persona, fuera de mi familia, que lo sabe. ¿Es curioso, no? Que seas precisamente tú.
Un niño pasó por la vereda de enfrente. Montaba una bicicleta con aros de plástico color naranjo en las ruedas. Se parecía a una que tuve cuando chico. Los modelos de las bicicletas tienden a repetirse, la moda es cíclica, igual que las bicicletas. Metros más atrás venía el padre, montado en una bicicleta mayor. “¡Papá!, demos vuelta en la esquina antes de volver a la casa”, le gritó el pequeño. “Ya”, le devolvió el padre. “Y echemos una carrera en la avenida”, respondió el chico. “Siempre que no vengan autos,”, añadió el papá. El nombre del niño era Arturo Elisa pidió una bicicleta para la navidad. Queda tan poco, debería empezar a ponerme de acuerdo con mi ex. Arturo, recordé, si Elisa era hombre le íbamos a poner así.
-¿Vamos a estar bien, verdad?-, me dijo ella, abriendo la palma de su mano izquierda sobre mi rodilla derecha, trayéndome de regreso a la calle. No le contesté, ella lo hizo, por los dos.
-Tu y yo siempre vamos a estar bien, ¿verdad?
-Siempre-, le respondí. Ella sonrió, respiró profundo y se puso de pie. Miró su reloj, luego la calle y añadió que tenía que irse. Que su mamá la estaba esperando para almorzar. “Ya sabes como es”. Claro que lo sabía, siempre lo he sabido.
-También tengo que hacer-, mentí, total ella igual lo estaba haciendo.
-¿Vas a venir al funeral mañana?-, me preguntó.
-No lo creo, quedé de llevar a Elisa al zoológico. Le gustan las jirafas.
Me levanté de la acera.
-Deberían gustarle los elefantes.
-¿Tu vas a volver?
-No sé, tal vez si, tal vez no. Igual ya siento que saldé mi deuda con Gustavo. Pero tal vez lo haga, para encontrarme con más viejos conocidos.
-Como yo.
-No, como tu no
-…
-…
-La utilidad de los velorios.
Y el beso que siguió fue rápido, sin nervios y con mucho cariño. Demasiado, tal vez. Muchos recuerdos y cantidad de amistad. Se le di en la mejilla, justo debajo de sus ojos. Como que quisimos abrazarnos pero no resultó, mejor. Sonrió, sonreí, nos despedimos.
Laura agarró su pelo con una mano y me miró ladeando la cabeza, como si estuviera a punto de largarse a reír o a llorar, que en este caso eran casi lo mismo. Estiró su mano y la abrió y cerró como el “chao” de un niño muy chico. Luego me dio la espalda y empezó a caminar hacia el fin de la cuadra, hacia el lado de su vida.
-Laura-, le grité antes que siguiera avanzando-. Ella giró entera. -La última historia de los Vengadores-, le dije corriendo hacia ella.
-¿Qué?
Caminó hacia mí, nos juntamos en un punto medio entre su auto y el mío.
-La última historia de los Vengadores-, insistí entrecortado.
-¿…?
-Esa frase-, le conté. –Nuestra frase. Por cada beso, una bala en el rostro-, repetí sin completar, -no es mía, nunca lo fue. También la robé. Es de un cómic Marvel, La Ultima Historia de los Vengadores.
Movió la cabeza de un lado para otro en un gesto cómplice y cercano. Mordió su pequeño labio inferior, diciéndome sin hablar que de algún modo le gustaba que ciertas cosas siguieran como antes. O muy parecidas a antes.
-¿De qué se trata?-, quiso saber.
-Es la historia final de los Vengadores, el grupo de superhéroes del Capitán América y Iron Man. Dos villanos, Kang y Ultron, viajan desde el futuro y empiezan a matar a un campeón tras otro. Mueren Hulk, Giant Man, Hawkeye y otros. En la batalla final destruyen casi todo Manhattan.
-¿Y no queda nadie vivo?
-Si, el Capitán América. Nadie lo sabe, todos creen que fue asesinado, pero en realidad está congelado. Al final se descubre que es él quien relata la historia y que ahora está todo listo para su regreso.
-Es una historia triste.
-Casi todas lo son.
-Es bueno eso.
-¿Qué sean triste?
-No tonto, que alguien haya sobrevivido. Eso es lo bueno de esas historias, se acaba el mundo pero siempre queda alguien para reconstruir las cosas.
-…
-Bueno-, pareció dudar, -tengo que… ya sabes. Nos estamos viendo-, dijo.
No quise responderle, ella me guiñó un ojo y volteó de regreso hacia su auto. Esperé a que desapareciera en la esquina y volví al mío. La última historia de los Vengadores pensé al encender el motor, mientras creía ver al Capitán América allá arriba, muy arriba volando entre las nubes. Tomé mi celular y llamé a mi hija, le dije que la quería mucho.