Archive | marzo 2007

DA VACACIONES Y LUNA DE MIEL… BLOG CERRADO HASTA EL 16 DE ABRIL

Start spreading the news, Im leaving today
I want to be a part of it – new york, new york
These vagabond shoes, are longing to stray
Right through the very heart of it – new york, new york

I wanna wake up in a city, that doesnt sleep
And find Im king of the hill – top of the heap

These little town blues, are melting away
Ill make a brand new start of it – in old new york
If I can make it there, Ill make it anywhere
Its up to you – new york, new york

New york, new york
I want to wake up in a city, that never sleeps
And find Im a number one top of the list, king of the hill
A number one

These little town blues, are melting away
Im gonna make a brand new start of it – in old new york
And if I can make it there, Im gonna make it anywhere

It up to you – new york new york

New york

¿DRAGONES?


Según el maravilloso sitio CRYPTOMUNDO.

The London Telegraph reports on an amazing fossil find out of China.

Gliding lizard fossil (Xianglong zhaoi ). The skeleton was found in northeastern China, with its most striking feature the elongated ribs that helped to spread a wing-like membrane for gliding
Ancient lizard used ribs to fly.

Most animals with the ability to glide, such as “flying” frogs and squirrels, remain airborne with the help of a membrane spread between their toes, or between body and legs. Not so in the case of this “flying dragon”, however, which lived more than 130 million years ago, around the time of the dinosaurs.

A Chinese team reports today in the Proceedings of the National Academy of Sciences that this creature had a wing-like membrane spread between eight elongated ribs to the left and right of the lizard’s body, an unusual arrangement only seen today in the dragon lizards of southeast Asia.

The fossil specimen described by Xing Xu of the Institute of Vertebrate Palaeontology and Palaeonanthropology, Chinese Academy of Sciences, Beijing, and colleagues shows the complete skeleton, including the splayed ribs, and imprints from the skin of a lizard that lived in the Early Cretaceous period.

The six inch long skeleton of the insect eater was found in the Liaoning Province of northeastern China, and the species of lizard was named Xianglong zhaoi, after the Chinese for flying dragon and Zhao Dayu, one of the founders of the Liaoning Palaeontological Museum.

The team suggests that the rib-supported gliding membranes of the various lizard species arose by convergent evolution, the process by which different species come up with the same solution to the same problem, in this case how to glide.

¿EL KRAKEN?

El calamar gigante capturado en aguas antárticas en febrero pasado pesa 495 kilogramos, unos 150 kilos más que el descubierto en 2003 y que poseía el récord mundial, informó hoy la edición digital del diario australiano The Age.

El científico Steve O’Shea, del Museo Te Papa Tongarewa de Wellington, donde se conserva congelado ese cefalópodo gigante, declaró que es aún mayor de lo que habían calculado, pero algo más corto, pues mide diez metros de largo en vez de los doce estimados al principio.

El problema que afrontan ahora los investigadores es determinar el mejor medio de descongelarlo para acometer estudios más avanzados.

O’Shea aseguró que el ejemplar, cuyos ojos son tan grandes como los neumáticos de un coche, no tiene precio para los científicos.
Se sabe poco de los animales de esta especie, que viven en las profundidades del mar y se cree que pueden llegar a medir hasta catorce metros de largo, aunque nadie lo sabe a ciencia cierta, ni su longevidad.

MUNDO TARADO 1: EL SER CHILENO


Pensemos en esta canción tradicional chilena

SI VAS PARA CHILE
(letra y música: Chito Faró)

Si vas para Chile,
te ruego que pases
por donde vive mi amada;
es una casita
muy linda y chiquita
que está en la falda
de un cerro enclavada.
La adornan las parras,
la cruza un estero,
y al frente hay un sauce
que llora y que llora
porque yo la quiero.

Si vas para Chile,
te ruego, viajero,
le digas a ella
que de amor me muero.

El pueblito se llama Las Condes,
y está junto a los cerros y al cielo,
y si miras de lo alto hacia el valle
lo verás que lo baña un estero.
Campesinos y gentes del pueblo
te saldrán al encuentro, viajero,
y verás cómo quieren en Chile
al amigo cuando es forastero.

¿QUÉ NOS DICE ESTA CANCION?

Léanla bien y medítenla. Es básicamente el relato de un chileno pelotudo, perdido en algún lugar “equis” del mundo, que toma a un fulano y le da todas las instrucciones para venirse a Chile a agarrarse a su mina. Le da incluso la dirección exacta (El pueblito se llama las Condes…), le describe la casita, con la huevaita del Sauce y el esterito, y para rematar le aclara que la va a pasar muy bien en Chile con su mina (y verás como quieren en Chile, al amigo cuando es forastero). Más claro echarle agua, cosas de Chile no más…

ANÁLISIS VERSO POR VERSO

Si vas para Chile,
te ruego que pases
por donde vive mi amada;
PASA A VER A MI MINA

es una casita
muy linda y chiquita
OJO, TIENE CASA PROPIA

que está en la falda
de un cerro enclavada.
ENCLAVADA PUEDE SER LEIDA METAFORICAMENTE

La adornan las parras,
la cruza un estero,
ES BIEN BONITO DONDE VIVE

y al frente hay un sauce
que llora y que llora
porque yo la quiero.
O SEA, LA MINA ESTA MUYYY NECESITADA DE CARIÑO

Si vas para Chile,
te ruego, viajero,
le digas a ella
que de amor me muero.
SIN COMENTARIOS

El pueblito se llama Las Condes,
y está junto a los cerros y al cielo,
y si miras de lo alto hacia el valle
lo verás que lo baña un estero.
LA CHICA VIVE EN UNA COMUNA PUDIENTE

Campesinos y gentes del pueblo
te saldrán al encuentro, viajero,
SUS VECINOS SON GENTE DE BIEN

y verás cómo quieren en Chile
al amigo cuando es forastero.
Y VERAS COMO LA PEUCA TE VA A DAR LO QUE TU QUIERAS.
POCAS VECES EN NUESTRA TRADICION MUSICAL LA DIGNIDAD FEMENINA HA SIDO MAS TRAPEADA QUE EN ESTE VALS.

MIS AVIONES FAVORITOS

Tomado de mi nerdismo infantil. Estos son mis 10 aviones favoritos de todos los tiempos. ¿A quien pueden gustarle los aviones? A mi

  1. Lockheed Constellation
  2. Boeing B-47 (en la foto)
  3. Northrop YB-35/49
  4. Messerchmitt ME-109
  5. Heinkell He-111
  6. Boeing B-29
  7. Vought F4U Corsair
  8. Lockheed F-104
  9. Boeing B-52
  10. Convair B-36

…. Y VOLAMOS HASTA EL LADO OSCURO DE LA LUNA

… y como dijo un flaco a la salida del estadio: “el prisma de Waters dejó mudos a todos los que babearon con la pirámide de Daft Punk. Esta pirámide no sólo fue de verdad, sino que nos elevó a todos”. Me carga comparar, pero en verdad no entiendo como tantos alucinaron con lo de Daft Punk el año pasado, yo fui y todo bien, pero tampoco fue para tanto. Lo de anoche en cambio… uf… lo de anoche en cambio fue una misa intergaláctica, de esas que agradecen de por vida. La foto esta robada de pinkfloyd.cl. Sitio que hoy rebosa de emoción.

SANTIAGO DE CHILE


Un cuento largo.. o una novela corta… Esto es sólo el inicio

“Éramos Robinsons que, en lugar de quedar atrapados en una isla,
estábamos en nuestra propia casa.
No nos rodeaba el océano, pero si la muerte”

H.G.Oesterheld

SI EL COMIENZO es el tiempo más importante, esto debería comenzar por la discusión que tuve con mi mujer, minutos antes de que cayera la primera nevada. No había sido un buen día, así que regresé temprano a casa y aproveché que ésta estaba vacía para tirarme en la cama, mirar tele y tomarme un par de cervezas sin tener que dar mayores explicaciones. Verano y recortes de presupuesto nunca habían sido una buena combinación, tampoco olvidar los encargos de tu mujer.

–Te acordaste de la plata para la nana–, me dijo Leticia, apenas apareció en la puerta del dormitorio. Había pasado todo el día con los niños, en el cumpleaños de los mellizos de su hermana, y su estado de ánimo no era el más alegre de todos. Es muy falso eso de que los niños son sinónimo de alegría, te hacen feliz es cierto, pero pasar con ellos un día completo de enero, con treinta y tres grados a la sombra, en Santiago de Chile, podía ser equivalente a una pesadilla.
–Se me olvidó, disculpa.
–Putah, Alberto. Es lo único que te pedí y se te olvida.

Le dije que no tenía para qué gritar, que a media cuadra había una estación de servicio con cajero automático, que me demoraba diez minutos en ir y volver.

–Ese no es el problema–, continuó chillando ella–, el que haya o no haya un cajero automático es un detalle, lo importante es que siempre se te olvidan los detalles. Si te pido, como favor– subrayó –que traigas la plata de la nana, lo mínimo es que lo hagas, no que llegues y te eches junto al control remoto. Además sabes que me carga que tomes cerveza en el dormitorio.

–Sorry–, traté de calmarla–, voy a dejar las cervezas al refrigerador. Antes de que me levantara de la cama, ella había agarrado el tarro.

–Yo lo llevo–, bramó. –Eres tan inútil–, continuó el discurso.

Como sabía que esto no había terminado, me puse de pie y busqué los zapatos para ir lo antes posible al cajero automático. Miré la hora, las nueve y media de la noche, al menos la temperatura ya estaba más soportable.

Leticia regresó cuando estaba terminando de atarme los cordones del zapato izquierdo. Volvió a plantarse bajo el umbral de la puerta y a reiniciar su rezo.

–Tuve un mal día– me anticipé.

–No sólo tú. Putah que eres egoísta, huevón…

–No soy egoísta, no te estoy diciendo nada.

Carola, nuestra hija mayor, apareció tímida en la habitación. Pasó a un lado de su madre y la abrazó por la cintura.

–No peleen–, nos pidió, mirando al suelo.

–No estamos peleando mi amor–, la tranquilizó Leticia.

–A veces el papá y la mamá tienen diferencias y deben discutirlas. Ven dame un beso–, le pedí yo.

Martita vino, se acercó y apretó su boca contra mi mejilla por un largo rato. Le dije que era rico. Ella que mi barba le picaba. Le pedí que fuera con su hermano.

–Ves lo que consigues, que los niños sufran–, continuó mi mujer, apenas la niña salió de la zona de guerra.

–Leticia, por favor, yo no he empezado nada. Sólo me olvidé de algo que tiene la más simple solución del mundo.

–Es que para ti todo tiene la solución más simple del mundo.

–Bueno ya–, no tenía muchas ganas de discutir, menos con ella.

–Me carga cuando te pones tan simple, tan básico.

Leticia no siempre había sido tan insoportable, todo lo contrario, de hecho una de las razones por las que me enamoré de ella fue que era la persona más dulce del planeta. Pero bueno, todo el mundo tiene derecho a tener sus días y a mi mujer se le habían juntado muchos de esos días con el calor del verano. Hacía un mes, el colegio donde llevaba cinco años como profesora de literatura decidió no renovarle el contrato. Al principio lo tomó con bastante tranquilidad, la indemnización era buena y la idea de no tener que pasarse un año entero tratando de dominar a un montón de adolescentes del barrio alto le parecía más que atractiva. Dijo que iba a estar mejor así, que aprovecharía de criar a Matías, nuestro hijo menor y que tras darse un año sabático iba a tratar de buscar horas de clases en colegios chicos, preuniversitarios o universidades quizás. Juró y re juró (a mi, a la familia y a sus amigas) que nunca más quería un contrato de ocho horas diarias. Pero pasó diciembre y su ánimo empezó a cambiar. Las eternas preguntas: que por qué la había echado a ella y no a otros profesores, que se había equivocado de carrera, que era una inútil, que no estaba para estar todo el día en la casa. Y así las piezas empezaron a sumarse, una tras otra. El verano más caluroso de la última década, dos hijos en edad de demasiado atención, temores de la edad, que se yo. Leticia no pasaba por sus mejores días. Yo tampoco.

Llevamos diez años de casados y tenemos dos hijos, Martita de 7 y Matías de 3. Hace poco nos aprobaron un crédito hipotecario y cambiamos nuestro departamento de Miguel Claro con Eleodoro Yañez, por una casa ley Pereira en una calle paralela a Tobalaba, a pasos de Pocuro, cerca de un supermercado Jumbo, del metro, de un par de buenos colegios: el mundo perfecto para una joven familia de clase media alta de Santiago de Chile. La conocí en la universidad. Campus Oriente de la Universidad Católica. Ella estudiaba Historia y yo Periodismo. Ella terminó la carrera, yo no. Después de hacer la práctica en una productora audiovisual, decidí que eso era lo mío y con un par de amigos fundamos una, se llama Región Metropolitana y funciona en el piso tres de un edificio de paredes transparentes en la Ciudad Empresarial. Nos hemos especializado en producir comerciales, asociándonos con agencias de modelos, jóvenes directores, gente del ambiente. Poco antes de casarnos, terminamos por un par de meses, periodo en el cual tuve una aventura con una modelo de la agencia asociada, una tal Loreto. Hasta el día de hoy, cuando la vemos en algún comercial, Leticia me pide que cambie el canal y que saque a esa perra de pantalla. Nos casamos un día frío de mayo en la Iglesia de los Ángeles Custodios de Providencia. Ella escogió el templo, yo prefería una capilla chica que queda en Lastarria, pero me insistió con que los Ángeles Custodios era más central y más cómoda. Los dos primeros años los vivimos como una pareja joven y moderna. Aprovechamos de viajar, de comprarnos un auto más grande y de llenar el departamento con lo último en tecnología. Leticia perdió nuestro primer hijo a los cinco meses de embarazo, pero la depresión le duró poco porque menos de un año después nació Martita. Le pusimos así en recuerdo de mi abuela materna, fallecida poco antes del nacimiento de mi primogénita. Desde entonces nuestra vida ha sido más que normal. Hoy sólo había sido un mal día. El miedo de la cesantía se le juntó a Leticia con un enero y un cumpleaños repleto de demasiados gritos y niños. A mi con una mala inversión de uno de mis socios, nada muy grave, pero íbamos a tener que apretarnos el bolsillo durante el año. Aún no le he dicho nada a Leticia y creo que lo mejor es esperar un par de días antes de hacerlo, después de las vacaciones quizás.

–Ya, voy al cajero automático–, le dije y abrí el closet para buscar una chaqueta.

Mi mujer no dijo nada, cuando se da cuenta que está enrabiada prefiere guardar silencio. Antes se descargaba sin medir las consecuencias. Ofendía, pero luego se arrepentía y me pedía perdón. Eso terminó después de que nació Martita, ser madre le calmó el mal genio. O se lo hizo interno que es casi lo mismo.

–Voy y vuelvo–, continué mientras llamaba a Martita para que me acompañara. –Ponte algo más grueso, vamos al cajero automático– le dije cuando apareció en el dormitorio con cara de pregunta.

–Ya papá–, dijo y salió corriendo hacia su pieza.

Y en ese instante vino el corte.

Primero fue un parpadeo y luego todo quedó a oscuras.

Desde su pieza, Matías gritó.

–Tranquilos–, habló Leticia. –Alberto, anda a buscar la linterna, por favor. Y no hagas mucho escándalo que los niños se asustan–, murmuró.

A tientas fui hasta la cocina. Antes de abrir el aparador, donde estaba la linterna aproveché de mirar hacia la calle, el apagón había sido general, toda la ciudad, todo Santiago de Chile aparecía sumido en la más plácida de las oscuridades. Tomé la linterna e intenté encenderla, pero no pasó nada. No necesitaba otro ataque de furia de mi mujer, ya me la veía echándoseme encima reclamando porque era un pésimo dueño de casa, que lo mínimo era que los aparatos de emergencia estuviesen con pilas y baterías. Di un golpe ligero y volví a intentarlo. La luz de la batería regresó con el resto. Había sido un apagón ligero. Volví a mirar hacia la calle y ví como la ciudad iba recobrando la normalidad. Escuché que Leticia le decía a Matías y a Martita que no había sido nada, que no tuviera miedo.

–Ya, vaya con el papá–, empujó luego a nuestra hija por el pasillo.

MARTITA FUE QUIEN se dio cuenta que no habían autos en la calle. Y aunque era extraño que eso sucediera en una intersección tan concurrida como Tobalaba con Pocuro, pensé que se debía a algún percance en los semáforos por culpa del corte. Para evitar tener que inventar explicaciones técnicas de algo que no sabía, le dije que era por el calor. Que la gente aún estaba metida en sus piscinas. Ella, por supuesto, recordó mi promesa de construir una en el patio trasero de la casa. Se la hice antes de mudarnos, cuando la traje a verla. “No tiene piscina”, me dijo, con la mirada perdida, recordando que el condominio donde antes arrendábamos si tenía.

–El próximo año– le prometí. –Antes hay que cambiar la cocina.

–Bueno– respondió ella con su pequeña vocesita.

No había mucha gente en la estación de servicio. Los dos encargados de la caja. Un tipo terminando una bebida. Otro dependiente luchando con el control remoto para encontrar algo en la tele; al parecer el apagón había desconectado el cable, y un caballero de unos cincuenta años sacando plata del cajero automático.

–Papá–, me dijo Martita, –puedo comprarme algo.

–Toma–, le respondí pasándole un billete de mil pesos.

–Gracias papá–, me agradeció y se fue directo a los anaqueles de golosinas y caramelos.

–Mejor quiero un helado–, me gritó.

–Bueno ya– le respondí.

–Está mala la máquina– nos gritó uno de los dependientes. –Algo le pasó después del corte, ni siquiera puede abrirse la tapa.

Mi hija y yo levantamos los hombros resignados.

El señor que estaba delate de mí, en el cajero automático, reclamaba en voz baja. Lo ví intentar dos veces sacar dinero, antes de darse por vencido. En forma gratuita antes de retirarse me explicó que estaba aburrido de su banco, que no era primera vez que le pasaba, que las tarjetas eran una pura tontera, que mejor iba a volver a usar cheques.

–Sólo con sencillo, por favor– escuché que el cajero le pidió a mi hija, cuando ella trató de pagarle un Super 8 con mil pesos. –Es que algo pasó con el corte de luz y no puedo dar cambio, ni boleta– me explicó luego, mirándome de reojo.

–Espérame un ratito–, le indiqué a Martita, antes de meter la tarjeta al cajero. Digité el número secreto, pulse la alternativa de cuenta corriente e indiqué un giro de $50.000. La máquina me respondió que la cantidad pedida superaba el disponible en mi cuenta. No hice mucho caso y lo intenté de nuevo, la respuesta fue similar. Regresé al menú y le pedí que me imprimiera el saldo. El papel demoró unos segundos en aparecer por la ranura, lo tomé y revise. Saldo diario: $ 0. Disponible en la línea de crédito: $ 0. Mierda.

Un sujeto a mi espalda me preguntó si había terminado, le dije que pasara, advirtiéndole antes que la máquina estaba mala. Fui hasta donde Martita, busqué un par de monedas y le pagué el Súper 8.

–Toma– me respondió, regresándome el billete.

–Es para ti, te lo regalo– le dije, mientras la veía masticar su galleta bañada en chocolate. –Vamos a buscar el auto, que este banco está malo– le indique.

–Bueno–, me respondió ella con la boca entera manchada de chocolate.

El tipo que estaba usando el cajero automático, pateo el suelo y reclamó que la porquería no funcionaba.

–Saldo cero– pronunció en voz alta, mirándome a los ojos, –no puede ser, por eso este país está como está, se corta la luz y todo se echa a perder. El Redbank de la farmacia la misma huevada.

–Con esto pasa lo mismo– indicó el dependiente, tras la caja.

–La tele igual– agregó su compañero que continuaba intentado encontrar algo con el control remoto.

Martita me dijo que mejor nos fueramos, pero algo me detuvo. Le dije que esperara un momento y regresé al cajero. Abrí mi billetera, busqué una tarjeta de crédito y repetí cada paso de lo hecho con la primera. Saldo igual a cero.

–¿Lo mismo?–, me preguntó el tipo que había usado la máquina antes que yo, cambiando su expresión de maña a preocupación.

–Lo mismo–, le contesté.

Martita me preguntó que pasaba, le dije que nada. El hombre me pidió que tratara con mis otras tarjetas. Todo igual: Diners: cero, Master: cero. Toda mis formas de dinero circulante se habían igualado a cero.

–A ver yo, permiso– me indicó, tomando mi lugar tras la máquina. Fue ahí cuando mi hija regresó gritando.

–Papá, papá, ven a ver esto… chilló.

Todos los presentes dentro de la estación de servicio giramos hacia la voz de Martita.

Y todos también la seguimos.

Por Tobalaba, desde ambos sentidos, y por Pocuro hacia el oriente se movía una fila eterna de autos empujados por sus conductores. Era como si cada una de las máquinas se hubiese muerto, o agotado su combustible, como la fotografía inversa de un raro tipo de tracción animal. Un tipo rubio y musculoso, junto a una chica rubia y de grandes tetas empujaban a un Mercedes descapotable. Tras ellos, una familia entera se esforzaba por mover un Jeep Commander. Taxis montados sobre Hyundai Accent y Chevrolet Cavalier eran tirados por conductores y pasajeros. Uno de los bomberos de la estación se acercó al primer auto que avanzaba por Pocuro, un Peugeot 305, arrastrado por dos muchachos de apenas veinte años. Les preguntó que qué había pasado. Tomé a Martita y me acerqué para escuchar la conversación.

–No sabemos–, respondió uno de los muchachos. –De repente se apagó el motor y no funcionó más. Estoy con el estanque lleno, pero no quiere partir.

Entonces, a medida que la caravana se acercaba a la intersección de las avenidas, empezó a caer la nieve. Porque esa noche, después de un día de enero con 34 grados a la sombra, nevó sobre Santiago de Chile.

–Nieve, papá–, gritó Martita ante la mirada atónita de todos los presentes, que no podían creer lo que estaba sucediendo.

–Hagamos un mono–, continuó entusiasmada mi hija.

–Después, mi amor. Ahora…–, me apresuré, tomándole la mano. –Ahora volvamos a casa.

LETICIA Y MATIAS estaban en el antejardín sintiendo la nieve caer. La fotografía era idéntica a la vista en todos los antejardines, de todas las casas por las que pasamos camino de la estación de servicios. Mi hijo carcajeaba mientras las plumitas de hielo le cubrían sus hombros y cabeza, era primera vez que veía y sentía nevar.

–Ni siquiera hace frío–, me dijo Leticia apenas nos vio abrir la reja que daba a la calle, con una sonrisa de oreja a oreja, como si la nieve se hubiese llevado toda la discusión que habíamos tenido antes.

Martita corrió donde su hermano y empezó a perseguirlo con bolas de nieve.

–Ni siquiera está nublado–, le dije a mi mujer, indicándole que mirara hacia el cielo. –Esta nieve no viene de ninguna parte.

–¿Cómo no va a venir de ninguna parte?

–Mira tu misma.

Así lo hizo. La noche estaba despejada y a lo más un par de jirones de nube, tapaban las estrellas. Leticia volteó hacia mí, como si yo pudiera explicarle lo que estaba sucediendo.

–Esto es muy raro–, me dijo.

–Más de lo que te imaginas. ¿Han dicho algo en la tele o la radio?

–La tele no volvió después del corte, radio no he escuchado.

Una pelota de nieve golpeó en la espalda a Matías. Leticia reaccionó diciéndole a Martita que no abusara de su hermano menor. Me acerqué hasta mi mujer y le pedí que llevara los niños dentro y que regresara con la llave del auto. Me preguntó de cual, le respondí que de ambos, que la esperaba afuera.

Leticia dejó la puerta entreabierta y regresó con los dos juegos de llaves colgando de su mano derecha. Con un gesto le dije que fuéramos al garaje y que se subiera a su auto. Le pedí mis llaves e hice lo propio con el mío.

–Enciende el motor, prueba las luces, los limpiaparabrisas, que se yo…

–¿Qué sucede?

–Nada, linda, sólo hazlo,

–Me estás poniendo nerviosa.

Le contesté con una sonrisa.

Leticia se sentó tras el volante de su Ford Explorer color gris perla y yo tras el Austin Mini rojo que me costó diez discusiones y un préstamo por siete años. Metí el contacto del motor y lo giré. No paso nada, mi auto estaba muerto. Miré hacia la camioneta de mi mujer, ella levantó los brazos sin entender que sucedía y siguió intentándolo. Me bajé del Mini y fui hasta la puerta del conductor de la Explorer.

–No sigas–, le dije. –Está muerto, igual que el mío.

Leticia me hizo una pregunta sin modular palabra.

–No me preguntes que pasó ni por qué, pero aparentemente todos los autos de Santiago están muertos– y continué relatándole lo que hace poco había visto con mi hija en Pocuro con Tobalaba. –Supongo que todo tuvo que ver con el corte y con esta nieve que viene de ninguna parte.

Continuaba nevando, despacio, en una cadencia casi cansada, pero continuaba cayendo. Copo tras copo, nieve que no era nieve.

–¿Qué vamos a hacer?–, quiso saber Leticia.

–Eso no es todo.

–¿…?

–No pude sacar plata del cajero. Nadie pudo. Mi cuenta corriente y mis tarjetas están en cero…

–Pero…

–Si, están en cero. Y creo que tus cuentas también lo están.

–Voy a revisar al computador–, me dijo bajándose rápido y con una vena marcada en la frente. Siempre le pasa cuando esta nerviosa, su cuerpo revela la molestia, el tono de su voz también.

–¿En qué computador, Leticia. No hay internet, no hay televisión, no hay nada, salvo luz?

HEROES: ¿QUIEN VIGILA A LOS VIGILANTES?

La definición oficial y exacta de superhéroe no existe, pero como tal se entiende la idea de un personaje dotado de poderes o facultades extraordinarias, que hace uso de éstas para el bien de la humanidad. Generalmente, se oculta bajo una identidad secreta, esto con el objeto de proteger a sus seres queridos de sus enemigos. Suelen vestir un traje de guerra, en forma de disfraz, con capas, antifaces, máscaras y un cinturón de herramientas. El origen de sus poderes es vasto, y éstos pueden ser de naturaleza extraterrestre (Superman), mágicos (Shazam), consecuencia de experimentos militares (Capitán América, Hulk), tecnológicos (Iron-Man), ocasionados por accidentes espaciales (Los 4 Fantásticos), radiactivos (Spider-Man), producto de la evolución genética (X-Men) y el más complejo y dramático de todos: de la propia voluntad y el deseo de venganza (Batman).

El superhéroe, como figura de ficción, nace en junio de 1938, cuando la revista Action Comics Nº 1 presenta a Superman. Un año después aparece Batman, la Mujer Maravilla y el Capitán América, originándose lo que se conoce como Edad de Oro de los cómics y que se enmarca en historias simples, infantiles, inocentes y profundamente patrióticas, producto de la 2ª Guerra Mundial. Tras un periodo de estancamiento, en 1960 se inicia la llamada Edad de Plata, delineada por la aparición de la editorial Marvel y el trabajo del guionista Stan Lee, quien incorporó personajes con traumas más reales, como la timidez (Spider-Man), el alcoholismo (Iron Man), la discriminación (X–Men) e incluso las discapacidades (Daredevil), acercando a estos seres al mundo de sus propios lectores. En la Edad de Plata, los superhéroes dejaron de ser dioses, perdieron la inocencia y caminaron con los mortales, pero faltaba algo más.

En 1985, se publicó Watchmen, miniserie de 12 revistas de historietas –recopilada luego en formato de novela gráfica–, del inglés Alan Moore, un voluminoso trabajo, reconocido en cuanto ránking se ha hecho, como el mejor cómic de todos los tiempos. No sólo eso, la revista de libros del New York Times ha apuntado a la obra como una de las mejores novelas publicadas en las últimas tres décadas. Watchmen es básicamente un relato en que los superhéroes son vistos como personas normales que deben lidiar con la responsabilidad de poseer poderes y todo lo que ello acarrea: fetichismo, impotencia sexual, nazismo, etc. A lo largo de casi 500 páginas, Moore se pregunta y nos pregunta “Who watch the watchmen?” (¿Quién vigila a los vigilantes?) interrogante que se ha convertido en la idea fundamental de cuanto estudio serio se ha realizado sobre la mitología del defensor enmascarado desde Watchmen en adelante.

Héroes parte de ese cuestionamiento y lo desarrolla en el soporte de la televisión. Héroes ha funcionado a nivel de fanáticos y críticos porque fue vista como un crossover perfecto entre el mundo del cómic y el de las series de la televisión. Héroes es hoy, aquí y ahora, el heredero definitivo de esta rica mitología iniciada en 1938, mejorada en 1960 y cuestionada en 1985. Héroes es quizás la respuesta a la pregunta que Alan Moore dejó abierta en sus Watchmen, porque acá sabremos al fin quién vigila a los vigilantes.

¿Cómics y TV, TV y cómics?

Es indudable que sin Lost no existiría Héroes. Ambas series comparten elementos comunes, personas normales que se ven involucradas en un evento extraordinario. Claro, Héroes es más extrema y harto más violenta que Lost, pero ambos dramas comparten el hito de haber relanzado el género fantástico en la pantalla chica, con un impacto que no se vía desde Los Expedientes Secretos-X. En este sentido el éxito –y el impacto medial– que consiguió Lost pavimentó la pista para Héroes. Es verdad que antes que los náufragos, otras series –como Smallville y Los 4400– ya venían coqueteando con el género, pero fue el fenómeno constituido gracias a Lost lo que permitió que NBC se arriesgara en un proyecto, en un inicio de bajo presupuesto creado para el Sci-Fi Channel.

Héroes también tiene una deuda con el cómic, mundo que homenajea con citas directas –como el uso de tipografía de viñetas en créditos y subtítulos– y del cual toma mucha de su inspiración. Es indudable la influencia de Watchmen en la estructura de la narración, pero también de otros títulos menos conocidos, como Rising Stars, del guionista J. Michael Straczynsky (creador de la serie Bayilon 5), que parte de una premisa similar a la del drama de Universal Channel, en cuando a que los superhéroes son originados a partir de un evento cósmico; en Rising Stars de la caída de un asteroide; en Héroes de una eclipse total de sol.

Creada y propuesta por Tim Kring (el mismo de Crosing Jordan y miembro del equipo “cerebral” de Desperate Housewives) la serie cuenta con la asesoría del escritor de cómics Jeph Loeb (Superman: Las Cuatro Estaciones) y del dibujante Tim Sale, compañero de Loeb, quien se encarga del diseño de los personajes y de realizar las pinturas e historietas del personaje de Isaac Méndez (Santiago Cabrera). Sale es además responsable de las novelas gráficas publicadas online y que forman parte del producto multimedial de la serie, que va mucho más allá del límite de la pantalla de la televisión y que detallaremos más adelante. Kring y su equipo consiguieron lo que ninguna adaptación de cómics en el cine habían logrado, que gente que nunca en su vida había abierto una revista de historietas se interesara en una historia de superhéroes. Quizás porque al contrario de lo que sucede con Superman o Los 4 Fantásticos, estos personajes no son infalibles defensores de la justicia, sino simples hijos de vecinos, llenos de defectos y temores que no tienen idea de la inmensa responsabilidad que les ha caído encima.

HOY… EN POCAS HORAS MAS


mañana comentaremos.

UN SUEÑO MOJADO DE JUVENTUD

Y al que nunca jamás iba a tener acceso. REDLINE PL-20 CARRERA. La máquina favorita de los pro BMX. En aquellos tiempos (1983) su valor en Chile superaba los $ 100.000. Y eso era muuucha plata (En aquellos años un auto salía a $300.000)