COLIN CAMPBELL (10 PARTE)

EN JULIO CUMPLIRE 41 años y sigo viviendo en la casa de mis padres. O debería decir, volví a vivir a la casa de mis padres. No vivo con ellos, se las arriendo, con muebles y todo. Es como habitar un recuerdo, un lugar donde crecí, que fue mío hasta los dieciocho años y que recuperé a los 38, cuando mi matrimonio, mi familia y mi hogar se fueron a la mierda. Lo mas sano fue regresar a la cuna, a mi barrio infantil, a la compañía de los hijos de mis vecinos de toda una vida. Mis padres se mudaron a la casa de mi abuela materna, cuando la mamita Sara murió le dejó su casa a mi madre. A ella, que nunca lo dijo pero todos lo sabíamos, siempre le gusto esa casa, guardaba el deseo de volver a ella algún día, así que no dudo en mudarse. Llegó a un arreglo con mis tíos, no se de que tipo, pero no la molestan. Están lejos además, no sacarían nada con molestarlos. Y para cerrar el pastel, yo les caí del cielo. Recién separado, sin nada, habitante condenado a hoteles baratos. Fue ella quien me lo propuso, “podrías arrendarnos la casa, te la dejaríamos con todo”, propuso. La comodidad era innegable, acepté, era obvio que lo iba a hacer.
De ves en cuanto como con ellos. Mirando televisión, jugando con la colección de gatos siameses de mi madre, llevándoles una copia del recibo electrónico del pago del arriendo. Mi madre nunca ha confiado en los computadores, ni el haber aprobado tres cursos de usuarios la hicieron reconciliarse con el sistema. Mi padre no opina, siempre ha sido un artista a la hora de vivir en el lado más cómodo de la vida.
-Quería ver a la Julieta, sólo eso- me grita mamá desde la cocina, aun molesta porque llegue solo a la cena y no junto a su nieta como se lo había prometido. Esta segura que es por culpa de Miranda, que no la dejo venir, pero no lo dice. Sabe que llevamos poco más de un cuarto de siglo enfrentándonos por ella y a estas alturas de la vida prefiere abdicar. Le dije que tenía que estudiar, fue la excusa más fácil que se me ocurrió ante la certeza de que olvidé invitarla y solo recordé el compromiso de traerla cuando venía en el Metrotren a pocos kilómetros de la Estación de Victoria.
-Hace meses que no la veo… No ver a los hijos de tu hermana es entendible, mis nietos viven en España, pero no poder ver a la Julieta que vive a menos de una hora de acá, me parece, que quieres que te diga. Injusto, doloroso.
-No le contestes, se le va a pasar-, murmuró mi padre, con un oído en las noticias de la tele y el otro en mi discusión maternal. Miré al patio. Me acordé cuando la casa era de mis abuelos, tradicional, vieja, con aroma a harina tostada. En cinco años mamá la ha convertido en otra cosa, una mutación moderna, más parecida a la casa que actualmente habito que a lo que esto había sido. El cielo sobre Victoria resplandecía con el rojo de los incendios, mientras los faros de los helicópteros cisterna dibujaban fantasmales conos de luz contra el fuego y la noche. Que ardera primero, Victoria o Temuco. Mi padre me hizo la misma pregunta hace un par de noches, hablando por teléfono.
-Han hablado con la Loreto-, les pregunté, nombrando a mi hermana.
-Ayer-, respondo mi padre…
-Esta bien, tu sobrino estuvo de cumpleaños el sábado, ¿te acordaste?
-Si-, mentí, -le mande un vale para que se comprara lo que quisiera, -seguí mintiendo. Antes me habría hecho una marca en un dedo para no olvidar hacerlo mañana, ahora no. Muy sobrino mío será, pero olvidado está.
-Deberías haber dejado las cortinas de la abuela-, le grité a mamá, que aun seguía en la cocina, haciendo sonar algo metálico con otra cosa metálica. El olor era cada vez mejor.
-Eran horribles-, me devolvió. –Además tenían casi tu edad.
-Por lo mismo, tenían historia. Deberías haber dejado la casa más parecida a como era en los tiempos de la abuela.
-Me meto yo en tu casa.
-Yo la tengo igual a cuando era tuya.
-Esa es decisión tuya. Esta ahora es mi casa y de tu padre. Yo veré que hago y que no hago en estas paredes.
-Igual, deberías haber dejado las cortinas viejas, me traen recuerdos.
-Hijo, usted a veces vive de demasiados recuerdos.
No le respondí. Mi padre, tras mío, estaba más preocupado de cambiar los canales que de la conversación. En las noticias regionales estaban diciendo lo mismo que ayer, que los incendios iban a ser controlados con ayuda del ejército y que el Intendente había reiterado su petición al congreso para autorizar la declaración de un estado de emergencia en la zona, con medidas que irían desde intervención militar conb fuerzas de choque en las reducciones indígenas de las tomadas Vilcun y Galvarino, hasta toque de queda en Temuco y alrededores.
Me agaché y agarré uno de los siameses de mi madre. El gato se encaramó en mis hombros y empezó a restregarse contra mi cuello, ronroneando y acomodándose. La mayor virtud de mi madre había sido desde siempre la de criar los gatos más dóciles del planeta. Fui a la cocina.
-Esta casi listo-, dijo mamá al sentirme llegar.
-Que hiciste.
-Tortilla de cebolla con ensalada de papas…
-No es un poco pesado.
-Ya estas bien pasado como para preocuparte ahora por el peso.
-Es rico.
-Lo se.
-¿Cuál es este?-, le pregunté, sacudiendo la pequeña cabeza del felino.
-Esta. Se llama Sabia, es hija del Saki y la Gala…
-Es chica…
-Tiene cinco meses, es muy regalona, se cree niñita.
-Como todos tus gatos.
-Es un amor, no cierto chiquitita-. Acercó su cara a la del animal, este levantó su cabecita y acercó su nariz a la de mi madre. Al tocarla hizo un sonido ronco, mezcla de estornudo con ronroneo, seguido por un pequeño maullido. –Venga-, dijo mi madre y agarrando a la gatita la puso en el suelo, mientras buscaba un tarro con comida.
-Llama al resto-, me pidió.
Choqué mi lengua contra el paladar, continuando un sonido corto y quebrado. Uno a uno los ocho gatos de mi madre empezaron a llegar. Saki Primero, viudo de Gala Primera, sus hijos Arturo, Saki Segundo y Gala Segunda y los hijos de estos últimos, Arturo Segundo, Lucas y Sabia. Carnaval de gatos siameses a mis pies.
-La Sabia es de tu hija-, agregó Mamá, mientras llenaba unos pequeños platos de te con porciones de comida para gatos.
-Miranda odia los gatos.
-Por eso se quedó aquí. La idea era que viniera seguido a verla, pero Julieta parece que no sólo se olvida de sus abuelos…
-Tiene mucho que estudiar…
-Existen los fines de semana.
-Usted también podría ir a verla.
-No es lo mismo.
-¿Por qué no es lo mismo?
-Es lo mismo mamá. Antes iba a cada rato.
-Antes era tu casa.
-Yo no estaba nunca.
-Pero era tu casa, ahora es la casa de Miranda y a ella… A ella no le gustan los gatos.
-Pero usted le cae bien.
-Preferiría que tu le cayeras mejor.
-A mi me ama
-Esto está casi listo-, cortó. -Te contó tu padre, que la Loreto nos invitó a Madrid.
-¿Cuando?
-Cuando quisiéramos.
-¿Cuánto?
-Hablamos de un mes…
-¿Y van a ir?
-Queremos…
-¿Y tus gatos?
-Tendrías que cuidarlos…
-Mamá no tengo tiempo…
-Después hablamos de eso, ya, todavía no tenemos claro cuando iríamos. O si iríamos. Dile a tu padre que la comida esta lista.
Mamá me pidió que sacara una botella de Coca Cola del refrigerador y la llevara a la mesa. Tomé la única light del grupo y fui con ella al cómedor. Papá miraba los goles en el noticiario.
-¿Quién juega?-, le pregunté.
-Es europeo-, me aclaró-, el Real Madrid contra el Ajax, la copa UEFA.
-¿Quién ganó?-, continúo, sabe que detesto el fútbol, pero no le molesta responderme. Supongo que es su minuto de desahogo ante la certeza de que por más que trató jamás logró contagiar a su único hijo con su fanatismo por el fútbol y otros deportes. Por lo mismo siempre sonríe cuando me contesta.
-El Real Madrid, dos a uno-, nombra dos jugadores que no conozco ni retengo, uno de apellido hispano, otro inglés. –Esta listo.
-Si, pasemos.
Baja el volumen del televisor, sin apagarlo y me sigue hasta la mesa. Antes de sentarse apunta el control remoto contra el termostato del aire acondicionado y baja un poco más la temperatura.
-Estoy cagado de calor-, me dice.
-Ha sido un verano de mierda.
-Lo único que he hecho es dormir.
-Te envidio.
Se ríe, dos de los gatos de mamá pasaron rápido junto a la mesa e iniciaron un juego con una pequeña pelota de plástico. Mamá salio de la cocina, se acercó a la mesa y puso al medio de esta la ensalada de papas. Luego regresó al horno y mientras le servía un vaso de bebida a mi padre, ella volvió trayendo los platos con tortilla de cebolla, una receta demasiado vieja y demasiado rica que mi abuela le enseñó poco antes de que se casara con mi padre. Una versión previa y mil veces mejor que el quiché de cebollas que uno puede conseguir en los restaurantes. Le mejor de haberse jubilado es que mi vieja regresó a la cocina. Toda la vida mi padre, mi hermana y yo crecimos con comida hecha por nanas y empleadas, ninguna con la perfección culinaria de mamá. Si pusiera un restaurante, estoy seguro, le iría mas que bien. Sobre todo ahora, con la moda de la cocina casera chilena. Si supiera que mañana continuaría apoyando la idea se la propongo. Pero no, mejor no, las cosas a veces, es mejor dejarlas como están.
-Debería haber traído un vino-, les digo.
-Todavía me quedan de la caja que me regalaste para navidad-, dice mi padre.
-¿Dónde los tienes?
-No, nada de vino. Hoy no-, interrumpe mi madre. –Coman y tomen Coca Cola-, y en su línea de diálogo se corta todo propósito de buscar vino.
-Leí la entrevista que te hicieron en tu diario-, continúa mamá, mientras corto un trozo de la tortilla.
-¿Qué te pareció?
-Bien. Es lo primero que te leo en harto tiempo.
-Soy editor mamá, los editores no escriben, editan…
-Yo no entiendo de eso, si que prefiero verte escrito en los diarios.
-Cuando escribía ganaba menos-, me defiende papá.
-Gracias-, le doy, mientras mastico la tortilla, esta exquisita. –Esto esta exquisito-, le indico a mi madre, con la boca llena.
-Nos acordamos cuando Colin vino a verte.
-El verano del 97-, completo.
-96 o 97, no estoy muy segura. Con tu papá nos acordamos. A tu hermana como que le encantó.
-A todas las mujeres les encantaba…
-Era un cabro encantador. Fue muy raro lo que pasó.
-Raro no es la palabra, Pelu-, acotó papá. Pelusa es el sobrenombre con el que siempre llamó a mi madre, desde que eran novios, antes incluso. Ahora como que cada vez lo usa menos. O yo lo escucho menos que no es lo mismo. Los miré, como que de pronto me parecieron más viejos, arrugados. Los sesentaitantos son más difíciles de camuflar que los cuarenta.
-…Colin se volvió loco, un terrorista. Hay que dar gracias que no te metió en más líos y que saliste vivo-, termino mi viejo, remojando con Coca Cola una porción de ensalada de papas.
-Es verdad, gracias a Dios-, añadió mamá.
-También me hizo famoso-, dije.
-No digamos que te sirvió mucho-. Aparte de los gatos, mi madre tiene la virtud de provocar silencios como ninguna.
-¿Han visto las noticias?-, cambio de tema. -¿Lo de esas señales del espacio que se están captando?
-Recién dijeron algo-, sigue mi padre. –Que mas telescopios van a apuntar a esas estrellas y que nadie tiene claro realmente de que se trata.
-De nada-, opina mamá. –Estas noticias siempre son mentiras, cosas que inventa la gente, rumores.
-Ahora parece que es verdad.
-Yo solo creo en mi hijo, hijo-, acota ella.
-El otro día-, les cuento, después de tragar otro pedazo de tortilla. –Converse harto con el pololo de la Julieta, un cabro que estudia ingenieria y es como muy agradable-. A mamá le encantan estos datos. Tanto que antes de seguir me pregunta como se llama.
-Artie-, le informo, -Arturo, pero Julieta le dice Artie.
Ella asiente y sorbe un poco de Coca Cola de si vaso.
-Nada, hablamos de esto con él y le conté esa historia que siempre nos contaba la abuela. De esa estrella que cayó en el campo y del hombre raro que les pidió agua.
-No la contaba tu abuela-, aclara mi madre. –Esa historia es de tu tía Ema, la hermana de tu abuela.
-Es lo mismo.
-No es lo mismo, hijo, la tía Ema estaba loca, tu abuela no.
-Pero la historia es buena. Sea cuento de campo o no, es buena. La mamá me contó que los invitaron a Madrid.
-Si, estamos viendo si vamos-, responde mi padre.
-¿Cómo que viendo si vamos? Estamos viendo, cuando vamos.
-No es llegar e ir-, Papá sube el volumen de su voz.
-Tu hija y tu yerno nos invitaron, además quiero ver a mi nieto.
-Si, pero ir a España no es lo mismo que ir a Santiago.
-Yo les cuido la casa y los gatos-, traté de ayudar.
-Eso es lo de menos.
-Tu papá, siempre viendo lo más negro de las cosas.
-Lo que es yo, el jueves voy a Santiago-, les informó. –La Julieta quedó finalista en un casting para modelo de algo y tiene que estar el viernes allá. Pedí permiso en El Austral y lo voy a acompañar. Además el viernes en la noche hay además una comida de ex compañeros de universidad-, miento, no son de universidad-, así que el fin de semana lo voy a pasar allá.
-¿No habías contado nada?
-Les estoy contando, mamá.
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About fortegaverso

Periodista, escritor, editor, guionista. Autor de un par de novelas, un par de guiones, varios cuentos y mucho magterial inédito. Blogger y twitter. Hace algún tiempo, no importa cuanto, decidí recorrer el mundo por los caminos del mar... pero me arrepentí, la web es más segura

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