Archive | octubre 2008

HALLOWEEN 2008: ALIENS

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LLORAR LOS 80

Version completa del artículo publicado hoy en Wiken, como siempre sus comentarios en los blogs del decano serán más que agradecidos. Comentar aquí.

EMOCIONES CLANDESTINAS

El mejor instante del cine y la televisión chilena del 2008. Segundo capítulo de “Los 80”. Temporal en Santiago y Daniel Muñoz acaba de regresar a su casa tras perder el trabajo y ser “raptado” por la CNI. Tamara Acosta, su esposa, lo atiende en la cocina y le sirve un plato de sopa, él pide ají y un pedazo de pan. Comenta que es la sopa más rica del mundo, luego se larga a llorar y le cuenta a su mujer que lo han despedido. Hacía años que no lloraba viendo una película (o una serie o lo que fuera), pero esa imagen me mandó a la cresta, gatilló alguna clase de emoción guardada, desenrolló la cebolla que todos llevamos dentro. Y ahí me vino la teja. Los 80, no la serie, sino los años, tienen esa mística, esa fuerza cultural, no por sus pantalones amasados, peinados raros, fiestas clandestinas, rock latino o europop azucarado, sino porque vaya que fueron tristes, vaya que la pasamos mal en esa época. El nublado del temporal en ese capítulo, resultó una metáfora perfecta del ánimo en aquellos días. El neón sólo era un disfraz, el amarillo una inmensa mentira, el color, el gran color era el grís.
Alan Moore, el autor de “Watchmen”, escribió (precisamente en “Watchmen”) que el recurso que mejor funciona a la hora de conseguir la empatía con un lector (o un espectador) era comenzar con una anécdota triste, un recuerdo bajo, penoso, oscuro. Que ahí está la verdadera complicidad, porque todos la hemos pasado mal, todos hemos llorado más veces de las que hemos reímos. Todos tenemos esa herida, que en el fondo es una gran historia. Y los años 80 son precisamente eso, el gran tajo en nuestro rostro. Si hoy la pasamos bien en fiestas temáticas de esos años, o las radios ochenteras la rompen, es simplemente porque es una forma de exorcisar un montón de fantasmas.
En esta lectura es donde “Los 80” no sólo hace dupla, sino que supera a Machuca, historia con la cual el link es obvio. La serie del 13 aprovecha precisamente el lado donde la película de Wood cojea. Ambas son notables frescos históricos, complementarias, pero Machuca flaquea en lo de emocionar sólo a través de lo grande, de los sucesos que reconstruye. Es verdad, uno se encariñaba con los niños, pero el resto de los personajes no sólo eran detestables, sino caricaturescos y lo que es peor olvidables. En “Los 80” por lo contrario, está el ambiente, el fondo sociopolítico, pero por encima de todos brillan los personajes, es una historia de familia: de un papá, una mamá y tres hijos. De cariño, de relaciones entre personas, de cosas de verdad, asuntos que importan en serio. Todos tenemos a alguien a quien querer y esa es la gracia de “Los 80”, el resto importa, pero no más que el tomar una sopa con ají y decir que esa sopa es la mejor del mundo.
“Los 80” es con ventaja el mejor programa del año y también el más triste. Pura y genuina emoción, nada de teleserie, sino de verdad, de esa que tanto escasea en la ficción local. Un Santiago de época, de almacenes de esquina y también de la más sombría de las inocencias. La CNI por un lado, el flipper Ali de Stern por otro. El cuadro perfecto de una época que en nuestra memoria es un chicle amargo, pero que bajo ese sabor agrio está el sentimiento que fue en esos años donde en verdad nos hicimos grande. Por eso los 90 jamás van a ser “los 90”, por eso, en el charquicán de nuestros recuerdos, Los Prisioneros siempre van a ser mejor banda que Los Bunkers o Los Tres, porque cantaron canciones tristes cuando en verdad estábamos tristes.

70 AÑOS DE LA GUERRA DE LOS MUNDOS

Alberto Rojas subió en EMOL, un especial dedicado a los 70 años de la versión radial de La Guerra de los Mundos por Orson Welles. Le pidió a varios buenos y capos amigos que escribieramos brevemente al respecto. Acá el especial interactivo, bajo esta línea un copypaste de mi colaboración.

WELLES O WELLS ES LA CUESTION

Welles o Wells, con todo el respeto que me merece, yo prefiero a Wells. Porque La Guerra de los Mundos según Welles no es lo mismo que La Guerra de los Mundos según Wells. Esta última inauguró la cultura de la “conspiranoia” y eso es un valor tanto de pop como de legado más grande que la vida misma. A fines del siglo XIX Wells escribió una buena muy novela de ci-fi, que al misamo tiempo funcionaba como una metáfora a los miedos foráneos que sentía la rígida sociedad victoriana. En este sentido nos es complicado realizar un paralelo entre esta obra y ese otro “tratado del miedo” que es Drácula de Bram Stoker. Pero a fines de la primera mitad del siglo XX, Wells robó la idea a Welles y la hizo universal, global, inyectando en la masa el horror de que alguien o algo nos vigilaba desde algún punto del universo. Y que antes que nos diéramos cuenta esa amenaza se dejaría caer sobre nosotros. Es verdad, autores como Lovecraft ya habían incursionado en el género del horror cósmico, pero HP y sus discípulos eran de nicho, de lectores fieles, no masivos. Wells tomó la idea y la llevó al barrio, a la ciudad, al obrero que no tenía idea que era la ci-fi y sin querer –o con querer- creó el miedo en su esencia contemporánea. Fue Wells el verdadero padre de los platillos voladores y del terror-siglo veinte que en occidente producía todo lo que viniera del cielo: bombarderos, misiles, bombas-A, Ovnis… Wells y su Guerra de los Mundos cambiaron el chip, a partir de esa raditrasmición los “paraísos celestiales” dejaron de estar poblados por ángeles y querubines, quienes cedieron su lugar a trípodes asesinos y bestiales seres hambrientos de sangre humana. Wells mató el sentido de esperanza que el cristianismo le dio al cielo, reseteándolo por miedo. Curioso, si uno piensa, La Guerra de los Mundos tiene mucho de ensayo de la futura guerra fría, con rusos y chinos en lugares de marcianos. La transmición de Welles es la madre de Roswell, de la ufología, de los X-Files, de Lost, de Fringe, de absolutamente todo lo que nos vuela la cabeza. Y del poder de los medios masivos para crear una mitología contemporánea, como los extraterrestres, acaso nuestro gran mito viviente. La Guerra de los Mundos de Welles es el nacimiento del horror contemporáneo, de la amenaza tecnológica, de esa idea obsesiva de que no estamos solos.

20 AÑOS DE AKIRA (2 DE 5)

Primera parte

Matrix con La Naranja Mecánica, un cóctel de metahumanos, pandilleros, extrema violencia, futurismo y ultra tecnología para la película de animación más cara de la historia. Tanto que obligó al ministerio de cultura nipón a crear el “Comité Akira” con el objeto de buscar financiamiento para finalizar la obra de Katsuhiro Otomo, un animé que nació destinado a cambiar la historia del género para siempre. Y vaya que lo logró. A veinte años de su lanzamiento, todo lo que Japón ha hecho en el género de allí en adelante se le debe, tanto en moral como en estética, a Akira.

EL ANTES Y EL DESPUES

Akira es el Blade Runner del animé”, define el escritor Jorge Baradit (Ygdrasil), “una pieza definitiva con aroma inmortal. El momento en que la animación japonesa le hizo jaque mate a la animación occidental, un golpe del que los caucásicos NUNCA nos hemos podido recuperar”
“A pesar de que el antagonista es militar, estamos ante una película muy fascista, lo que es un riesgo argumental y moral por donde se le mire”, continúa Baradit. “La lectura es que los débiles siempre serán débiles (Tetsuo) y solo los que nacen fuertes están destinados a convertirse héroes (Kaneda). Que si los débiles acceden al poder se transforman en monstruos, y que los realmente fuertes, los héroes, tienen su propio código de honor fuera de lo establecido. Siempre me ha llamado la atención lo similares que son esas figuras a los westerns, pero bueno Akira, perfectamente puede ser abordado como un western. ¿un sushi western tal vez?”.
“Akira previó los temas de la ciencia ficción de los 90”, continúa el autor de Ygdrasil, novela que confiesa le debe mucha a la obra de Otomo. “X-Files, por ejemplo, al plantearse como un lugar donde se interpenetraron todas las temáticas de lo fantástico por primera vez de modo masivo, casi como una declaración de principios: la ciencia ficción dura, la conspiranoia, el cyberpunk, los monstruos fantásticos, la paranormalidad desatada, la surrealidad, la alucinación psicodélica, las dimensiones astrales. Pero aquí y ahora, en la ciudad, el aterrizaje del madness en el mundo real”.
Tenemos la suerte de ser parte de una generación educada con animación japonesa. Al contrario que Estados Unidos y que Europa, donde el boom del animé se desató precisamente después de Akira, en Chile (y Latinoamérica en general) tuvimos el privilegio de contar con niñeras como Heidi, Marco, Capitán Harlock, Mazinger Z y Fuerza G. Y lo de suerte no es antojadizo, el material animado japonés de los 70 y 80 era mucho más interesante –y mas barato de importar- que el europeo o el norteamericano. Recordemos que en los 80, Disney estaba intentando levantar cabeza (tras sonados fracasos como El Caldero Mágico) y los dibujos animados occidentales solían ser derechamente infantiles. El colorido, las historias, e incluso lo simplista de la animación ayudaron al animé a tener un hueco en nuestras pantallas y en nuestro disco duro común.
Sin embargo, por mucho cariño que le tengamos a los “monos japoneses” que nos sirvieron de educación preescolar alternativa, entre estos y Akira hay (y ha habido) una enorme distancia. Hasta 1988 el manga y el animé eran una expresión artística exquisita que demostraba lo maduro con que Japón enfrentaba el tema (y la industria) de los dibujos animados, creando a partir de estos una mitología popular de alcances universales, sólo pensemos en Candy o en Macross, serie que luego sería convertida en Robotech. Pero a pesar de lo potente de estas producciones y lo adulto de su enfoque, fue con Akira donde la diferencia se marco con mayúsculas. En agosto de 1988 explotó una nuevo tipo de bomba atómica, igual que al inicio de la película. Una bomba que no destruyó ciudades pero si derrumbó preceptos. Los monos animados nunca más serían lo que eran, superaron sus “18 años” y perdieron la virginidad en una hora y veinte minutos. El aporte cultural japonés a la ficción fílmica que dio Akira sólo se compara al de su otro compatriota, y tocayo: Akira Kurosawa.

868 CANCIONES PARA HACER LA VIDA UN POCO MEJOR

ENJOY THE SILENCE: HARMONIUM, de y por Depeche Mode (Martin L. Gore en voz)