Archive | abril 2009

GENERACION MUTANTE: THE TEMUCAN HERO

Francisco Henríquez es un freak. O sea no lo conozco, pero debe serlo: es de Temuco, tocayo, estudia en la UFRO y se mandó el cuento-más-cagado-de-la-cabeza sobre Temuco que he leído en años. Me recordó algunos inéditos del gran Daniel Villalobos. En fin… Astro City+mitología mapuche, el charquicán es exquisito. Ni idea porqe no ganó el primer lugar, pero aquí hay carne y harta. Un extracto. El resto léanlo en su blog.
The temucan Hero

Reaparece el joven que vuela en las cercanías de la Torre Caupolicán” proclamaba el único diario regional de la ciudad en la vitrina del único negocio de la esquina de mi liceo -Temuco es un villorrio-, pienso al recordar las palabras de mi profesor de historia hoy en la mañana.
Más abajo, en una tipografía más pequeña: “Incendio en instituto Teletón se extingue misteriosamente: 0 heridos”. Al leer la portada completa del Diario, decido ocupar los 250 pesos para comprarlo y dejar de lado (por esta vez) la tradición del pan con lisa después de clases y transgredir las normas de conservación mi abuelo, qué es un ferviente guardián de ellas – las tradiciones nunca se dejan, nunca -suele repetir a menudo mientras toma Jack Daniels y compra ropa de marca. Pero bueno, la inconsecuencia de los abuelos es producto del flirteo constante con el libre mercado y la contemporaneidad (palabras del profesor de historia nuevamente).
Leo los reportajes súper rápido (si tuviera un cronómetro se sorprenderían) y cierro el diario. Me indigna la idea de que no se tomen ambas noticias como un mismo hecho. Es bastante lógico; un joven que vuela apagó el incendio. Una suerte de héroe anónimo que vela por la integridad de Temuco. Estoy bastante seguro que en Ciudad Gótica no se cuestionaban tanto por las primeras apariciones de Batman. El resto aquí

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LA HERMANDAD DEL VIENTO… AHORA

Ya está en librerías la segunda parte de la trilogía épica Leyendas de Kalomaar del gran Alberto Rojas, como alguien dijo por ahi, “El señor de los anillos chileno”. Y en verdad, en Rojas hay talento de sobra para la comparación. Aquí un adelanto copypasteado de su propio blog.

I
La sombra del destructor

Todo permanecía en silencio, hasta que sobrevino el caos. Al unísono, las tres enormes
puertas del templo de Trepal estallaron convertidas en una tormenta de fuego, madera y metal, asustando a todos los animales de la isla. La mayoría de los Monjes Púrpura cayeron al suelo, en medio del humo y los fragmentos incandescentes. Estaban perdidos.
Durante tres días, el templo más sagrado de la Orden había resistido un incesante ataque con flechas incendiarias, proyectiles lanzados desde catapultas y arietes que intentaban una y otra vez derribar alguna de sus tres centenarias puertas. Y finalmente sus misteriosos atacantes
lo habían conseguido.
Sólo cuando el humo se comenzó a dispersar, los monjes apreciaron en su real magnitud el daño causado por las explosiones. De las tres entradas, dos tenían sus puertas completamente
destruidas y aunque la tercera –la más resistente– no se había derrumbado, sí tenía un enorme forado circular justo al medio. Y de pie, mirándolos fijamente, había al menos unos treinta hombres en cada acceso del templo.
La mayoría llevaba ballestas o espadas de múltiples largos y diseños; otros además portaban escudos de distintas formas geométricas. Casi todos usaban el cabello muy largo, amarrado con pañuelos o aros de metal. Sus ropas eran tan diferentes entre sí como la cantidad de colores en cada una de ellas. Varios también lucían grandes tatuajes en sus brazos y algunos que no llevaban camisa, mostraban orgullosos sus grabados en el pecho y la espalda.
No había ninguna duda, eran piratas.
–¿Quién está a cargo? –dijo una voz grave y gastada.
Pero no hubo respuesta.
Entonces, de entre los hombres apostados ante los restos de la puerta oeste del templo, una figura alta y delgada avanzó hacia los desconcertados monjes. Su cabello era largo y blanco. Vestía completamente de negro, incluyendo guantes y botas del mismo color. Y alrededor de su cuello colgaba un collar hecho con una docena de afilados dientes de turgón, un temible depredador que habitaba las aguas del lejano Mar de Hielo Sur.
La atemorizante figura empuñaba en su mano derecha una espada fabricada con alguna clase de metal rojizo, ya que lanzaba intensos destellos cobrizos bajo la luz del sol. Extrañamente, casi nadie reparó en que a su ancha hoja le faltaba un trozo, de casi un tercio del largo.

LOS QUE NO VUELVEN


Pinto y Merida juntos. Promete. Se mueve. El link aquí

LA 4ª CARABELA (UN EXTRACTO)

“ENTONCES INSISTE en la tesis de que el general Augusto Pinochet aceptó liderar el golpe de estado de 1973 por orden de una sociedad secreta”
–Lo insisto –contesté en automático, con la cabeza en Marte, mientras abría una nota en el menú del teléfono para luego tipear: “título definitivo: La cuarta carabela”. Así, en cursivas, como siempre hago cuando tengo algo seguro.
–¿La logia Lautarina?
–Te lo acabo de responder –regresé a la entrevista–. Los procesos políticos más importantes en la historia de Hispanoamérica han sido guiados por los hilos de esta logia. Desde la independencia de nuestros países y el sueño bolivariano, pasando por los golpes de estado del siglo pasado, la revolución cubana, la misma Unidad Popular chilena y terminando en la reciente crisis venezolana, el Chernobyl brasileño y el alzamiento de las minorías indígenas de la Patagonia. Todo obedece a un plan cuidadosamente orquestado por un grupo cerrado del cual yo no he inventado nada, salvo investigar sus acciones.
–¿Y cual sería la gran finalidad de esta organización?
–Existen muchas –fui evasivo, tenía demasiadas cosas en la cabeza, volví a irme. Miré lo que acababa de escribir, cada segundo me gustaba más, estaba seguro que a Caeti, mi agente en español, un gallego gay anclado en una oficina decorada con afiches de Audrey Hepburn en Breakfast in Tiffany, Sabrina y Arianne, en el quinto piso de un exagerado edificio en Barcelona, la más exagerada de las ciudades del planeta, también lo compraría. Agregué una línea más a la nota: Colón, templarios, jesuita, Logia Lautarina, no necesitaba más, yo me entendía.
–Pero cual es la suya –siguió el interrogatorio.
¿La cuarta carabela o La 4ª carabela?, escribí en el teléfono. El concepto era el mismo, visualmente lo segundo funcionaba mejor en una portada: La 4ª…, me respondí. Ahora podía aterrizar.
–Adhiero a la idea de concretar el sueño de Bolívar y de Miranda –contesté– convertir Sudamérica en un gran estado conjunto, un país continente confederado.
–Como Estados Unidos.
–De hecho Francisco de Miranda hablaba de los Estados Unidos de Sudamérica.
El muchacho me quedó mirando y fue incapaz de obviar la sonrisa. Era la respuesta que esperaba desde que apareció en la pantalla de mi celular, llamando con insistencia desde Santiago de Chile. “En media hora más”, lo tramité, “voy a estar esperándote”.
Necesitaba una exclusiva de mi próximo libro, El signo de O´Higgins (no pensaba decirle que acababa de cambiar el nombre de la novela), y saber como me estaba yendo en Shanghai, en el rodaje de La catedral Antártica.
Lo último era lo más importante.
Es el precio de haberme convertido –con un solo libro, La catedral Antártica (el primero no cuenta y el segundo, El número Kaifman, mejor ni mencionarlo)– en el escritor latinoamericano más exitoso de la década, en el apellido más odiado por la comunidad literaria regional y en millonario a punta de inventar historias tan fáciles de leer como comer una hamburguesa del McDonald. Si, soy pedante, pero no porque quiera serlo, sino porque así lo planeó el delicado manual de instrucciones redactado por Caeti y confirmado por mis editores en Nueva York y Madrid,
Desde que mi libro se convirtió en éxito internacional y Robert Zemeckis decidió llevarla al cine con Orlando Bloom en el rol protagónico y Steven Spielberg liderando a los productores, soy más noticioso que mis propias obras.
Mentiría si dijera que no me gusta. La 4ª carabela seguía mirándome con sus 15 caracteres con espacio desde la superficie amarilla de la nota virtual.
–Señor Buchman– me habló el periodista, sin mirarme a los ojos.
–Francisco– lo corregí, acercándome a propósito a la cámara oculta tras la superficie de cristal líquido del celular– llámame Francisco, somos compatriotas, algo de cercanía tenemos.
–Aunque hace más de seis años que no vive en Chile.
–El origen no se pierde.
–Ni haya vuelto a pisar suelo chileno.
–Nunca me gustó moverme, ni siquiera cuando vivía allá. Ahora casi no salgo de Los Angeles. Lo de Shanghai es una situación extraordinaria.
–Algunos dicen que esa ausencia tiene que ver con el poco éxito y el posterior escándalo de El número Kaifman.
–De eso ya ha pasado mucho tiempo.
Se quedó callado, en la ventana de su cámara lo percibí incómodo, como buscando en sus notas la pregunta justa para continuar la entrevista.
–Si prefieres tutéame –le propuse.
–Prefiero el usted, mantiene distancia con el entrevistado.
Y es tan obvio que hace menos de dos años que salió de la universidad. Ese límite de alumno estrella es tan típico de los recién egresados, apostaría a que es de la Católica.
–¿En qué universidad estudiaste? –le pregunté.
–En la Católica –contestó, sin dejar de verificar sus apuntes. Cristalino, como el agua.
–Yo también –le respondí.
–Lo sé –pronunció muy seguro de si mismo, luego respiró profundo, volvió a mirar su móvil e insistió con el tema: –¿Cuál es su último recuerdo de Santiago?
–Un recital de REM a inicios de noviembre del año en que me mudé a Los Angeles.
–¿Un buen show?
–Ni tan bueno, pero lo recuerdo porque afuera me robaron el auto.
–Leí que usted no manejaba.
–No manejo. El auto era de mi mujer.
–Ex mujer.
–Ella siempre será mi mujer.
Volvió a quedarse callado, nuevamente a perder el orden de sus apuntes.
–Entonces puedo llamarlo Francisco– improvisó, mientras mentalmente continuaba su búsqueda. A su edad yo también hacía lo mismo.
–Claro, además Buchman a secas me recuerda mis tiempos de colegio.
Le tiré un anzuelo y él lo tomó. Como adoro a mi agente.
–¿Lo pasó muy mal en el colegio?
Y le doy la respuesta que necesita. Que requiere para extenderse acerca de mi vida. Mi inusual carrera, mis supuestos amores y el dato sabroso de ser hijo de una ex monja y un pastor evangélico de origen judío, la mezcla genética más deliciosa y precisa para engendrar a un tipo que ha hecho fortuna a través de escribir de conspiraciones religiosas y santos que no existen.
–La comunidad literaria chilena lo odia.
–No sé si es odio, tampoco si hay lo que llamas comundidad. Además Isabel Allende me adora.
–¿Se lleva bien con ella?
–No sé si a nivel de amigos, pero hay respeto, camaradería y admiración.
–¿Mutua? –fue tal como pensé, dejé admiración en cursiva para ver si nuevamente picaba. Lo hizo y lo repito, el muchacho hace bien sus tareas.
–Mutua
Un mensaje pendiente apareció en la bandeja de entrada. El remitente era la oficina de Caeti y el asunto, una respuesta al correo que le había enviado hace dos días: “Primer capítulo”. Lo abrí y mientras respondía, como muerto en vida las siguientes preguntas de la entrevista, seguí las escuetas líneas del catalán que estaba haciéndose millonario con mi nombre y apellido. “Deberías dejar de hablar de un libro del que no tienes ni cincuenta páginas escritas. Y del cual, yo, como tu agente, aun tengo dudas. Whatever… Revisé lo que me mandaste, en Chile te van a odiar por tratar a un puto padre de la patria de pedófilo y maricón, pero los maricones venden. Y harto. No lo sabré yo. Te concedo ese beneficio. Pero necesitamos hablar del resto. ¿Perú? ¿Por qué coño debe empezar en Perú? A nadie le interesa Perú, ni a los peruanos, hasta Vargas Llosa dejó de escribir de Perú. Voy a llamarte en unas tres horas. Una cosa más, odio el título, olvídate de O´Higgins, en Europa y EE UU no lo conoce nadie. Entiende esto, en el resto del mundo tu país de mierda sólo es conocido por Pinochet y Allende, usa uno de esos nombres, no otro. El signo Pinochet, hasta suena bien. Caeti”.
Cerré la ventana del correo, volví a mirar La 4ª carabela y sonreí, podría apostar mi casa en Malibu a que Caeti iba a amar el título.
–¿Conoció a Dan Darrow? –prosiguió mi entrevistador, mientras yo expandía su ventana a formato pantalla completa.
–Estuvimos juntos un par de veces en Los Angeles. Compartíamos el mismo agente de derechos cinematográficos.
–A usted lo llaman el Dan Darrow latinoamericano.
–Y a Javier Salvo-Otazo, el Dan Darrow español. El mundo está lleno de Dan Darrows…
–No eran amigos.
–No, pero la relación era buena. Dan era un sujeto agradable, además le gustó mucho La catedral Antártica. De hecho fue él quien, en una entrevista, impulsó a que el libro fuera comprado por Dreamworks.
–Entonces es cierta esa historia.
–Nunca he dicho que no lo sea. Tengo claro que fue gracias a Dan Darrow que mi novela se convirtió en éxito de ventas y luego en una superproducción hollywoodense. Se lo agradecí en la oportunidad y se lo sigo agradeciendo, siempre lo voy a hacer.

796 CANCIONES PARA HACER LA VIDA UN POCO MEJOR

XANADU, de Electric Light Orchestra por Olivia Newton-John w/ ELO

EXTRACTO DE 1899

Este es un capítulo de 1899, novela corta inédita que se está convirtiendo en novela gráfica, cómic o album, como prefieran. Gentileza del gran Michel Ripetti y la gente de Mythica. Sorry por lo reiterativo, pero estoy a full entusiasmado. Y el guion avanza a pasos agigantados. Puro retrofuturo.

Capítulo 3 En las montañas de la locura

UN VETERANO DE GUERRA pedía limosna bajo los arcos de una de las entradas de la Estación Central de Concepción. A pesar de la victoria, hay una deuda pendiente con estos individuos. Cojos, tuertos, sordos, inválidos abandonados por un país que se acostumbró demasiado al éxito. La mayoría pelearon en la sierra peruana, algunos participaron del primer asedio a Lima, antes del bombardeo. Sus daños, más que por las balas enemigas, fueron producto de nuestra inexperiencia con la metahulla. El que estaba sentado al ingreso del terminal pedía dinero para comer. Un cartel sobre su cabeza lo identificaba como tripulante del Magallanes, perraje del que la marina no quiso hacerse cargo. Algunos transeúntes le arrojaban monedas, otros (la mayoría) ni siquiera lo miraban. Me metí una mano al bolsillo y le tiré un par de billetes.
–Gracias, señor –me dijo.
–También estuve con los navales –le conté.
–¿En qué vapor, señor?
–En ninguno, yo era de los que volaba.
No me respondió. Miró hacia el frente, hacia la calle copada de móviles y continuó gritando. Fue como si yo hubiera dejado de existir para él. Agarré mis bolsos e ingresé a la estación, apurando el paso hacia los andenes, ubicados en el nivel superior de la barroca construcción circular, que imitaba una catedral bizantina en sus detalles pictóricos de la cúpula, una bóveda de más de 100 metros de diámetro que lucía un fresco con la historia de la revolución industrial chilena. Mineros del carbón, la gran explosión, un resplandor verde, un pueblo que se convierte en ciudad, trenes y barcos que abandonan el suelo y el mar para superar los límites celestiales. Y en la parte más alta, una cohete balístico con la bandera chilena y tres cosmonautas posándose sobre la Luna. Prometieron llevarnos allá antes de 1910. Tenemos los medios y los recursos, sólo nos faltan los valientes.
Un aerocarril piteó al salir por uno de los túneles del circuito sur de la línea. El
carro guía, al frente, con su morro en forma de bala se adelantaba sobre los ocho vagones de pasajeros que colgaban balanceándose del único riel. Y al final, tras el comedor, la locomotora propulsaba el convoy con sus gigantescas hélices contrarrotatorias enjauladas en un tubo que encausaba el chorro impulsor a las distintas necesidades de velocidad del tren. El locutor de la estación anunció que el expreso de las diez de la noche, con destino a Santiago, ya se encontraba ubicado en el andén número siete.

YGRIEGA era alta y espigada. Delgada como el esqueleto de una momia egipcia y brillante como plata recién pulida. Estaba suficientemente familiarizado con los números como para inferir que era un modelo nuevo, con apenas un par de años, sino menos, de servicio. La gente trataba de no circular cerca de ella, el temor a los supuestos gases venenosos que emanaban de las articulaciones de los seres artificiales aún estaba presente en la mayoría, por mucho que técnicos y hombres de ciencia lo hayan negado.
Cuando la descubrí, mi compañera estaba parada junto a la puerta de ingreso al tercer vagón del expreso, buscándome entre la multitud que corría por los andenes. Noté que me identificó por la forma en que clavó sus ópticas en mis ojos. Juraría que incluso sonrió, pero eso era imposible. Tomó sus bolsos y vino a mi encuentro.
–Inspector Uribe –me saludó.
–Igriega, supongo.
–Supone bien, señor –moduló con su voz sin forma ni acento, suma de cifras, una más fría que la otra, imitando algo parecido a la humanidad.
–¿Tiene mi pasaje?
–Aquí está –me pasó el boleto, largo y plegado, con el logo de la empresa timbrado en bajorrelieve. Llevaba el asiento 54.
–Es fila única, supongo.
–Supone bien –repitió ella.
Y sin esperar ni agregar otra frase, trepé al carro buscando mi lugar al interior de este. Igriega se ubicó en el puesto delante mío y echó hacia atrás el respaldo, como si se preparara a dormir.
A las diez con un minuto, la bocina del carro guía anunció que comenzábamos el viaje. Sentí como los frenos se soltaban y comenzaba el delicado balanceo del tren al deslizarse bajo el tubo de metal. Tras el primer impulso, el rugido de los propulsores y luego el despegue, por sobre Concepción hacia Santiago, la sucia urbe en el centro del país, que aún insistía en regir los destinos de una patria que en el sur le llevaba cada vez más años de ventaja.
–Deberíamos estar llegando como a las dos de la mañana –habló Igriega, volteándose hacia mí.
–Si, alrededor de esa hora.
–También tengo las reservas del hotel. ¿Quiere la suya?
–Guárdelas usted, cuando lleguemos se la pediré.
–Como usted mande, inspector. ¿Puedo hacerle una pregunta?
–Por favor Igriega, mantenga silencio, necesito revisar unos papeles. En Santiago hablaremos todo lo que usted quiera. Ahora, prefiero que no me moleste.
–Si usted así lo gusta.
–Si, así lo gusto.
El expreso atravesó las grandes torres del condómino Arauco, chirriando a través de los túneles abiertos en el nivel veintisiete de los rascacielos trillizos. Después tomó la ruta que continuaba la rivera del Biobío, pasando bajo el sistema de viaductos de San Pedro, para ir acelerando hacia el este, cogiendo las rectas hacia la intersección con las líneas del centro, norte y sur. El conductor que cortó los boletos, nos anunció que se realizarían sólo dos paradas cortas para recoger pasajeros. La primera en la estación de Chillán y la segunda en Talca.
Otro aerocarril me asustó al pasar por el riel continuo a más de doscientos kilómetros por hora. No sé como aún finjo que puedo dormir. Junté los papeles que había traído desde el despacho y me levanté para ir al coche comedor. Igriega me siguió con la mirada, pero no intentó acompañarme. Levantó sus ópticos color azul casi transparente y volvió a mirar hacia la noche.

PEDI UN TRAGO CORTO y busqué el lugar más apartado del bar. No había mucha gente en el vagón. Un par de mujeres con mucho maquillaje, un hombre de negocios y una pareja que se besaba tras una de las mesas. Tomé el vaso y lo acabé de un solo sorbo. Luego desaté la carpeta y comencé a revisar los expedientes. Mentiría si dijera que no me los sabía de memoria, pero en algo tenía que gastar las horas del viaje.
Arturo Prat Chacón, héroe de la guerra, el hombre que convirtió a la bella Lima en un cráter de cenizas de más de un kilómetro de diámetro. El verdugo de un millón de almas. Tras la guerra, el fin de su matrimonio lo convirtió en un obsesivo del trabajo. En 1883, aprovechando el rango de almirante que le dio la marina, en un ascenso más político que oficial, se hizo cargo del departamento de investigaciones oceánicas de la escuela naval. Personalmente gestionó los trabajos de modernización y transformación del Leviatán en un laboratorio móvil.
Construido en 1858 para la marina mercante británica, el Leviatán fue la última gran obra de Kingdom Brunel, quizás el más visionario de los ingeniero de la era del vapor. Con el nombre de Great Eastern, el buque fue el mayor de su tiempo y sólo al arribo de la metahulla sus dimensiones lograron ser superadas. En 1880, la nave fue comprada por la armada nacional para ser usada en pruebas de nuevas tecnologías. Renombrada Leviatán, tal como originalmente propuso el propio Brunel, el vapor fue reacondicionado para su nueva vida. Desmantelaron sus calderas, sus ruedas de paletas y sus mástiles. En su lugar se levantó un puente de observación, múltiples laboratorios, una cubierta para rotocópteros y una turbina doble que movía un sistema integrado de cuatro hélices en la popa. Prat fue comisionado a la nave en octubre de 1884 y a bordo de ella realizó una serie de cruceros que resultaron decisivos para el dominio y el entendimiento de los océanos por parte de nuestros hombres de mar. Suya es la responsabilidad y el mérito de la clasificación e identificación de los cachalotes albinos de la isla Mocha, la captura de una serpiente marina viva en el mar de Japón, el hallazgo de las ruinas de la Atlántida cerca de las Bermudas, el primer avistamiento de los gigantescos tiburones megalodones en el océano Indico y del mayor de los invertebrados, el kraken o calamar colosal antártico. Pero sin lugar a dudas que la expedición que puso a Prat y al Leviatán en los libros, y no precisamente en los de historia, fue el viaje polar de 1891.
Hace ya casi nueve años, el “bombardero del Perú” y sus hombres organizaron la conquista del polo sur por bandera chilena. Equipados con trineos y deslizadores especialmente diseñados, el almirante condujo al Leviatán a través del mar de Weddel. El casco de hierro reforzado y terminado en espolón del ex vapor británico, resultó especialmente útil para cortar el hielo flotante. Tras establecer la base de avanzada Lautaro 1, llamada así en honor a la sociedad secreta de la cual Prat siempre ha sido un reconocido integrante, la expedición se adentró hacia el corazón del continente helado. El 22 de abril de 1891, los noventa hombres de la avanzada se perdieron en medio de una tormenta blanca. Durante un mes, los treinta restantes, que permanecieron en Lautaro 1 y en el Leviatán buscaron a sus compañeros, sin éxito. El 1 de junio, la división aérea de la marina comisionó al portacópteros Valdivia, para realizar una búsqueda desde el aire. Arturo Prat y tres de sus hombres, fueron encontrados en un campamento cerca del monte Ulmer. Los sobrevivientes fueron trasladados a Punta Arenas, donde dos de los marineros se suicidaron y el otro escapó en un estado de total enajenación, siendo luego apresado y conducido al hospital mental de las fuerzas armadas, donde aún se encuentra recluido.
Tras dos meses en completo silencio, Prat decidió abrir la boca. Y lo hizo de la peor manera posible. En lugar de entrevistarse con sus superiores, llamó a una conferencia en la cual dio forma a un relato escalofriante, que más parecía un viaje a través de la mente de un lunático que a las memorias de un héroe de guerra. El almirante describió un valle antártico flanqueado por montañas imposibles, más altas que los Andes y el Himalaya, que desafiaban el cielo casi en línea recta. Pero no sólo eso, también anunció el descubrimiento de una serie de cavernas en cuyo interior descansaban las ruinas ciclópeas de una civilización anterior a la humanidad e intrínsecamente maligna, de acuerdo a sus propias palabras. Sostuvo además que en un arranque de curiosidad, sus hombres despertaron a unas espeluznantes criaturas en forma de estrella que los atacaron no sólo para matarlos, sin para devorarlos. Estos seres poseían la capacidad de apropiarse de la mente de sus víctimas para inducirlos a una locura absoluta. Los que no fueron asesinados por las estrellas, se dispararon entre si. Prat y sus lugartenientes alcanzaron a escapar, el resto se quedó encerrado al interior de aquellas montañas alucinantes, donde al parecer corrieron la más funesta de las suertes.
Fue la última aparición pública de Prat. La armada lo llamó a pronto retiro y le ordenó no volver a referirse a su aventura. Desde entonces, la extraña epopeya antártica del verdugo de Lima permanece en los anales de la anécdota. Para muchos un detalle curioso, nada más. Extraño es entonces, que un mero detalle, valga la redundancia, haya sido suficiente para hundir la carrera de un hombre que alguna vez fue admirado e idolatrado y que ahora no es más que un chiste de lo que fue.
–Sírvame otro ¬–le pedí al camarero, mientras sentía como el expreso se iba deteniendo antes de llegar a Chillán.