Archive | marzo 2010

EL HORROR DE BERKOFF. CAPITULO 4 (EXTRACTO)


El teaser de la portada es de Cururo

LA MAÑANA DEL tercer aniversario de la pérdida de su hijo, el papá de Pablito Clausen se levantó temprano. Alimentó con papilla y fruta picada a su esposa enferma, le pidió a los niños que cuidaran de ella y cubriendose con el abrigo más grueso que encontró en el ropero salió a la calle. En la esquina, el dueño de la panadería Ebenezer le ofreció un sentido pésame, sabiendo muy bien la tragedia que se recordaba ese día. Aunque por supuesto tanto él, como el resto del pueblo, exceptuando a los tres mejores amigos de Emilia Geeregat, creían que el menor de los Clausen había muerto víctima de un mal cardiaco. Pero el padre no sólo tenía claridad de la verdadera historia, tambien había visto eso que alguna vez fue su hijo venir por las noches a dejarse amamantar por la locura materna. Caminó a tranco largo, cabizbajo, sin mirar al frente ni darle importancia a la lluvia que empezaba a caer. Avanzó a lo largo de avenida Chorrillos hasta la plaza Aníbal Pinto, frente al garage de los Cavalieri, unos italianos que además tenían una línea de taxis y moteles de mala muerte hacia la cordillera. Y allí se detuvo, frente a la punta de diamante más famosa del lugar, la esquina de la cual se murmuraba en cada casa del pueblo, ese sitio que aterraba de sólo pensar en él. Y miró a la mansión de madera y piedra que se ocultaba tras las rejas oxidadas, junto a tres cipreses tan negros como la maldad que allí respiraba. La casa de Ezequiel Berkoff, o la esquina Berkoff como la llamaban los lugareños, una fortaleza de formas imposibles, jorobada y parcialmente quemada. Y aunque el señor Clausen tenía claro que hacía más de treinta años no había nadie en esa casa, gritó hacia su interior. Gritó que sabía muy bien que era él quien había ido por su hijo.
–Algún día me lo vas a devolver –sollozó exigiendo una respuesta.
Pero dentro ya no había nadie que pudiera dársela. Lo único que seguía latiendo en la casa Berkoff, era la casa misma.

LA REVANCHA DE LAS HISTORIETAS

Las editoriales renacen de la mano del manga, viejos éxitos y el talento local. Radiografía de un sector que supo ser de consumo masivo.

Por Francisco de Zárate
En 1957 un manto blanco se posó sobre una Buenos Aires invadida por extraterrestres y marcó el que para muchos fue uno de los momentos cúlmines del cómic local. Juan Salvo, El Eternauta, daba su primer paseo frente a los cientos de miles de argentinos que, antes de la popularización de la TV, consumían sus aventuras en el kiosco y con forma de revista de historietas.

Después de varias metamorfosis, que incluyeron su casi completa extinción durante la convertibilidad, la industria local del cómic vive años de recuperación: 240 publicaciones en 2009 o, lo que es lo mismo, 24 veces los 10 títulos que vieron la luz durante 1999, según el portal Librosar de la Cámara del Libro.

A la ya clásica razón del fin del uno a uno, que favorecía la importación y dificultaba la edición local, hay que sumarle, en el caso del cómic, otros factores. El primero de ellos, el imprescindible, es la reserva de talento. Como recuerda Daniel Divinsky, de Ediciones de la Flor (publica Mafalda y Gaturro, entre otros hits), la escuela de historietistas que en la Argentina aprendieron de maestros como Alberto Breccia y Hugo Pratt en aquella edad dorada de mediados del siglo XX, no dejó de evolucionar, aunque “en los años 90, para sobrevivir, muchos tuvieran que trabajar para el exterior”.

El espaldarazo de los medios de comunicación, con las colecciones de cómics que en los últimos años distribuyeron los diarios Clarín y La Nación, y la reaparición en 2006 de la revista especializada Fierro, también contribuyeron al resurgir, según Luciano Brom, del festival Viñetas Sueltas. El festival, uno de los referentes del sector junto con Animate y El salón del Cómic, es otra prueba del auge: “En 2009, tuvimos 10 exposiciones de autores; un año antes, sólo habían sido 4”.

Aunque a los de la vieja escuela les duela, el otro gran responsable es el cómic japonés. Lo que se conoce como manga, que con una estética común agrupa géneros narrativos muy diversos, es el gran motor del crecimiento. En las cuentas de La Revistería, una de las principales distribuidoras, representa el 70% de las ventas, seguido por el cómic estadounidense de superhéroes y por la historieta nacional, que se dividen a partes iguales el resto. Para lo que llega de Europa sólo quedan migajas, algo que Ricardo Villareal, de La Revistería, se explica porque “casi todo se imprime en España y es demasiado caro”.

Si este problema no afecta al manga es porque los japoneses no tienen inconveniente en ceder los derechos y permitir que editoriales argentinas traduzcan, adapten e impriman sus historias. Nicolás González, de la editorial Larp, explica por qué: “Todos los licenciatarios del mundo, incluyendo EE. UU., no llegamos al 2% de sus ventas en Japón”.

González es el responsable de introducir en el país a Naruto, el personaje que heredó de Dragonball (Ed. Ivrea) el primer lugar en el corazón de los aficionados. En su opinión, el género triunfa porque, a diferencia de los superhéroes estadounidenses, construye a sus personajes en torno al concepto “gente común con una habilidad especial”, lo que facilita la identificación: “Nosotros comenzamos en 2008 con 1.000 libros al mes y un año después ya estábamos en 7.000”.

Claro que otra diferencia entre el éxito del superhéroe y el del hombre común es, de nuevo, el sistema de licencias: la gigantesca DC (Batman y Superman) vendió los derechos en español para todo el mundo a Planeta DeAgostini, en España, lo que encareció su precio acá. A pesar de ello, la historieta de EE.UU. aún roza el 15% del negocio para distribuidoras como La Revistería, algo que se explica por el apoyo de Hollywood, que en los últimos años adaptó títulos como Spiderman, Iron Man o X-Men, y por algo tan simple como cierto: a la gente le gusta.

El último signo para el optimismo es la profesionalización. Con la experiencia del que supo ver el talento de un Quino o un Fontanarrosa, Divinsky valora “los tirajes chicos” que hacen hoy las pequeñas editoriales: “Ahora el costo básico es el papel, la puesta en máquina se abarató, por eso pueden dosificar las ediciones a medida que la demanda lo aconseja”.

El mayor interés por la calidad de la materia prima y por el diseño son para Martín Ramón, de la editorial Moebius, reflejo de esa profesionalización. También, la agrupación entre editoriales independientes para “pensar entre varios en la posibilidad de imprimir en China” (el papel importado con el que trabajan hoy cotiza en dólares y adolece de falta de variedad).

El próximo desafío es abandonar la dependencia de la comiquería y terminar de conquistar las librerías. Si bien en los últimos años, cadenas como Yenny, Cúspide y Musimundo lo incorporaron, editoriales como la de Ramón aún encuentran resistencias de los libreros por el precio del producto: “$15 no alcanza para que el 35% que les queda los deje satisfechos. Nuestro catálogo está entre $25 y $40, pero lo ideal son libros de $60”.

Ya son unas 35 editoriales las que publican historietas en la Argentina, pero queda pendiente una cámara sectorial. Por el momento, festivales como Viñetas Sueltas asumieron la responsabilidad de organizar un sector que estuvo al borde de la extinción y da otra vez sus primeros pasos. Como dice Brom, “lo que falta es apoyo del Estado, como hacen Uruguay, Brasil o España. La historieta, como el cine y el libro, es industria y vehículo de cultura y no debería ser librada en exclusiva a las fuerzas del mercado”.

Articulo original

TERREMOTO CHILE 2010: EL DIA DESPUES, POR MANUEL BAUER


Columna de mi buen amigo Manuel Bauer, publicada en SomosBlogs.

EL DIA DESPUES

¿Cómo están amigos? A estas alturas es lo único que cabe preguntar, esperando que se encuentren bien, que nada grave les haya pasado, que los daños sean sólo materiales, porque esos se recuperan. Duelen, pero se recuperan. Yo acá, sin un hueso roto, aún asustado, preocupado por lo que ocurre en el sur, indignado por como actúan algunos compatriotas, furioso con buena parte de mis colegas constructores y arquitectos.
El viernes fuimos al cine con Vicky y Natalia a ver Nine, musical que salvo Marion Cotillard me dejó con gusto a poco. A eso de las doce comimos en un McDonald de Providencia y luego las “chicas” pasaron a dejarme a casa. Nos despedimos con un hasta mañana, recordando que teníamos en los planes hacer un recorrido fotográfico por las iglesias de Santiago. A mi y a mi la “hija de mi amigovia” nos gusta la arquitectura religiosa y ella quería sacarle botos a los Sacramentinos y a la Basílica del Perpetuo Socorro en Blanco Encalada junto al Club Hípico, la Notre Dame de Santiago y a mi juicio la más bonita de las iglesias capitalinas.
Eran las 3:30 de la noche y yo estaba tirado en mi cama mirando algo en el cable, a medio dormir, mientras en el living y bajo el LCD, Cristóbal seguía matando marcianos (o lo que fuera) en su X-Box. Entonces sentí el primer movimiento. ¡Temblor! Dije, ya acostumbrado a como se mueve este país. Fue sólo el inicio. Un resplandor azul desde la calle y un ruido estruendoso que parecía venir desde el centro de la Tierra. Y el movimiento. TRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRR, si acaso es posible meterlo en una sola onomatopeya. Gritos, ruido, oscuridad, sensación de pánico de no ser nada ante la energía de nuestro mundo desatada. Vidrios sonando, la cocina quebrándose entera, lluvia de libros, DVDs, muebles, discos cayendo, el LCD al suelo, aplastando la X-Box, chispas en los enchufes, más libros, revistas, papeles…. Los dos minutos más eternos de mi vida. Nada importaba, sólo yo y mi hijo abrazados en el marco de la puerta del departamento, acordándonos de la familia y de Dios, porque hasta el más ateo, estoy seguro, recurrió a Dios en esos instantes en que todo parecía irse al carajo. Luego, buscar una linterna y salir a la calle, para darse cuenta que todos éramos uno. Que el miedo y el desconsuelo nos unía como una sola comunidad, una sola cuadra, una sola comuna, una sola ciudad, una sola región y finalmente un solo país. Todos los lugares comunes de filme de desastre hollywoodense, hechos realidad.
Y abajo, en medio del caos y el desconcierto mi hijo volvió a tener 5 años, a abrazarme y a romper en llantos liberando, como había hecho la misma Tierra, tensión acumulada durante el cataclismo. Terremotos, las estadísticas dicen que cada generacion de chilenos deben pasar al menos tres durante su vida. Del de 1971 no tengo memoria, era un niño y parece que no se movió tanto, para 1985 no estaba en Chile, este fue mi primer terremoto, el bautizo de fuego para tantos de chilenos. Y estadísticas fuera, no quiero dos más.
Esperamos el amanecer para subir a arreglar el caos e intentar comunicarnos con nuestra gente. Teléfonos muertos. A eso de las 8 supimos que Mariana estaba ok, con los niños asustados y todos los muebles en el suelo, ni una herida, sólo Felipe (su marido) con un tajo en la frente tras venírsele encima una repisa sobre la cama. Vicky y Natalia tampoco tenían problemas y sólo se les habían quebrado unas copas, pero de papá nada. Llamar y ruido blanco. Le dije a Cristobal que no se moviera del departamento hasta que yo lo llamara, agarré mi bicicleta y subí por Manuel Montt hasta Simón Bolívar y de ahí hasta Ñuñoa, Estrella Solitaria con Bremen, mirando en el trayecto gente en la calle, tejas corridas, muros ladeados, el día después del mañana. La cantidad de edificios con problemas estructurales que ví me dejó pasmado. Soy arquitecto, sé de estas cosas, como era posible tanta irresponsabilidad en los colegas. Alguien no estaba enseñando bien o alguien se había metido 6 años de universidad en el bolsillo.
Red, mi padre, estaba ok. Sin luz, ni teléfono y con el celular descargado: se le había perdido el cargador. La casa ni siquiera se había movido, bendita sea la construcción antigua. Llamé a mi hijo y le dije que cerrara todo bien en el departamento, que tomara la linterna y se viniera donde su abuelo, que esa iba a ser nuestra nueva base de operaciones. La luz llegó en la tarde y con ella malas noticias.
Epicentro cerca de Concepción, mi hermana estaba allá. Red lloraba por no poder comunicarse con su hija, nunca lo había visto así, desesperado, horrorizado. Igual que al día siguiente de la muerte de mamá. En TV vimos que Concepción estaba casi en el suelo, papá quería que fuéramos, que agarráramos el auto, pero no sacábamos nada, la carretera estaba cortada. Las peores partes de las películas de desastres estaban entre nosotros. Finalmente a eso de las 8 de la tarde, logramos comunicarnos usando mensajes de texto. Estaban bien, la casa resistió, los muebles y electrodomésticos no, pero ni mi hermana ni mis sobrinos mostraban mayor herida que un par de moretones. Papá durmió tranquilo esa noche, a pesar de las réplicas que nos mantenían alerta y casi durmiendo de a turnos.
Ayer en la mañana nos despertamos con un sismo fuerte, se quebraron platos en la cocina, pero al final sólo fue susto lo que sufrimos. Susto que se hizo indignación al prender la TV y ver lo que ocurría en Concepción. Sin City, por definirla de alguna forma. Flaites y lumpen saqueaban un supermercado, porque eso era, no gente con hambre y desesperado. Un desesperado no entra a un centro comercial y sale con un plasma, una chaqueta de marca o una lavadora. Perdonen pero hay demasiado hijo de puta dando vueltas por ahí. Que hay que entenderlos, perdieron todo, me decía un amigo. Pamplinas, Robin Hood no existe, esos infelices no estaban robándole al rico para darle al pobre, estaban robando para luego revenderlo de la misma forma como venden botellas de agua a 3 mil pesos. Eso es reírse de la gente, meterse por la raja el desastre y el sufrimiento, no tener una pizca de humanidad. Soy bastante liberal y de ideas democráticas y de igualdad de clases, vote por el No el 88 y creo en que todos tenemos derechos por igual, pero al ver lo que ocurría en Concepción y al hablar con mi hermana, que me describía con terror que la calle estaba llena de vándalos buscando entrar a las cosas, tuve ganas de tener superpoderes o tener un arma policial inteligente como Robocop o el helicóptero Blue Thunder para despachar a esas bestias humanas al otro lado. Que Dios me perdone pero hay personas en este mundo que no merecen ser consideradas personas. Como esos flaites o mis “colegas” encargados de edificios en Ñuñoa, Macul, Independencia, Concepción, Talca y Maipú por reírse del sueño de la casa propia, ser una vergüenza para la profesión y mirar la plata por encima del bien común o el sentido de ser persona. Y ahora los frescos de raja se declaran en quiebra. Vale, uno entiende que no tengan las lucas para responder, pero por último den la cara. Entre esos “profesionales” y los asesores del gobierno que bajaron las alertas de tsunami alguien definitivamente no está haciendo bien su pega.
Y si a eso sumamos los impresentables que… (columna completa aquí)