EL HORROR DE BERKOFF: ESTACION SALISBURY (EXTRACTO)

El comienzo siempre es igual. En negro. Un destello y luego la luz se va, dejándome con una breve y última instantánea: la imagen de mi cara. Me veo joven, casi un niño: doce, trece, catorce años, no más. Estoy solo, de pie en mitad de un apagón absoluto, encerrado en la casa del tata Héctor. Y a pesar de que conozco cada centímetro del departamento, elevado a tres pisos sobre la calle, en una de las alas de la estación de ferrocarriles de Salisbury, tropiezo torpe con las ordenadas formas de su geografía. Primero, con la mesa de centro, dispuesta siempre con una Biblia encima, abierta en el Libro de los Salmos; después, con los estantes, de pared a pared repletos de Selecciones del Reader’s Digest; finalmente, con las fotografías enmarcadas, todas instantáneas personales: del abuelo y los trenes, del abuelo y la familia, del abuelo y su iglesia, del abuelo y su mundo…
Y de la nada un ruido, apenas perceptible, mínimo pero constante, llamando desde la negrura que se expande fuera de la casa. Me acerco a las ventanas y miro hacia la calle. Allá abajo hay un hombre, de pie a un costado del monolito de la plazoleta Presidente Balmaceda. Viste de negro, con un abrigo largo y peludo, y cubre su cabeza con un sombrero de ala ancha, también negro, que tapa por entero su rostro. El individuo levanta su brazo derecho y me saluda, yo le respondo; entonces comienza a crecer, estirándose como si estuviera hecho de goma. No tarda en superar el tamaño del edificio, más que grande es largo. Escucho mi corazón, late desbocado, fuerte, parece el motor de un automóvil o de una nave aérea. Veo al hombre de plástico, está frente a la ventana y, aunque no puedo distinguir sus ojos, sé que también me está mirando. Se acerca y me extiende una mano izquierda pálida y huesuda, con dedos desproporcionadamente largos, terminados en uñas afiladas muy sucias, cubiertas de tierra, polvo y ceniza. Luego se quita el sombrero, baja su cabeza y pega su rostro junto a los vidrios. Lo descubro, tengo encima al retrato del monstruo, y es tan horrendo como la primera vez que lo vi. Un muerto vivo cuyos rasgos van cambiando desde que empezó a pasearse por mis sueños, la piel gris, los dientes amarillos, la boca partida al medio. Al principio era una versión seca y podrida de Pablo Clausen, en otra ocasión se parecía mucho a mi madre y una vez imitó incluso la mueca favorita de mi abuelo, torciendo el mentón hacia la derecha. El turno ahora le correspondía a Juan José Birchmeyer, uno de mis mejores amigos, el primero que envidié, que odié y que finalmente traicioné. Juanjo, el segundo niño de la historia, el más importante de todos, la razón por la cual abordé un tren en Santiago y gasté una noche de mi vida regresando a mi pueblo natal, el mismo lugar al que alguna vez juré nunca volver.
–Disculpe, estamos a doce minutos de la estación –me habló el rostro de una mujer, y no supe si fue ella o la pesadilla lo que me trajo de regreso al mundo real.
Era delgada, casi huesuda, de dientes chuecos y separados. Salté asustado, no porque fuera fea, ni mucho menos, sino por lo inesperado de su aparición. Cero ortodoncia y mucho cigarrillo, pensé mientras sentía su aliento de fumadora obsesiva y pésimo trabajo. Me sonrió y volvió a excusarse, esta vez por no haberme ofrecido desayuno.
–Preferí dejarlo dormir un ratito más, se veía muy cansado –explicó. De inmediato mordió sus labios y torció un ademán a medio camino entre simpatía y timidez–: Usted es Martín Martinic, ¿cierto?
–Si –le contesté, mirándola a los ojos.
Se sonrojó
–Podría darme su autógrafo; claro, si no le molesta.
–No, no me molesta, ¿tiene un papel, un lápiz… un algo donde escribir?
Me acercó una pequeña libreta de Hello Kitty y un gastado bolígrafo Bic color rojo, que sacó del bolsillo interior de su chaqueta institucional. Vestía como mala imitación de aeromoza. Le pregunté cómo se llamaba. “Magaly, con igriega final”, respondió ella. Me causó gracia eso de “igriega final”, pero supe disimular, siempre he sido bueno haciéndolo, me he ganado la vida así. Tomé el lápiz y escribí: “Para Magaly, con cariño”, sellando el garabato con mi firma artística. Hacía tiempo que no la usaba, pero hay cosas que nunca se olvidan, como andar en bicicleta o dar un beso. La auxiliar revisó su autógrafo y luego volvió a clavar sus ojos en mi cara.
–No se enoje –insistió–, pero podría darme otro para mi hija, si no fuera mucha molestia.
–No, no me enojo y no es ninguna molestia. ¿Cómo se llama su hija?
–Igual que yo, Magaly.
–¿Con igriega final?
–Sí, con igriega final.
–Entonces para Magaly, hija de Magaly, la del tren –escribí en voz alta.
Ella tomó su libreta y arqueó sus cejas.
–Debería volver a las comedias, lo hacía bien, sabe –comentó sin levantar la mirada del segundo autógrafo.
–Gracias, pero no depende de uno.
–Siempre depende de uno, motívese. Con mi niña somos sus más fieles admiradoras. Ella tiene fotos suyas pegadas por todas partes, recortaba todas las revistas donde aparecía, en serio –recalcó–. Vimos Román Calvo sólo por usted.
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About fortegaverso

Periodista, escritor, editor, guionista. Autor de un par de novelas, un par de guiones, varios cuentos y mucho magterial inédito. Blogger y twitter. Hace algún tiempo, no importa cuanto, decidí recorrer el mundo por los caminos del mar... pero me arrepentí, la web es más segura

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