A PROPÓSITO DE LA MUERTE DE DINO DELAURENTIIS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los viernes eran días de cine en Victoria. Costaba $100 pesos la entrada y a veces la señora de la boletería nos hacía pasar porque conocía a la mamá de mi amigo Juan Roberto Palma (que será de él, lo último que supe es que era carabinero), que era la bibliotecaria del pueblo. El cine estaba en una esquina de la plaza y había que sentarse atrás, porque al frente te tiraban escupos y otras cosas desde la platea alta, que era más barata y donde iban los patos malos, al menos eso nos decían. A veces uno iba solo, otros acompañado de amigos. Algunos que se perdieron en el tiempo, otros que aun siguen, como el Pollo Carvacho, el Manolo Contreras o Alejandro Inostroza, también estaba Jaime Hinostroza, así con H, que tenía familia en Brasil y eran hijo de los dueños de una hostería que se llamaba El Pino, lo que sería un dato gratuito salvo que en ese local probé por primera vez un barros luco, comenzando el pavimento de lo que a futuro sería el fin de mi flacura adolescente. Y estaba el Tuiki y los cabros de la población Quilapán, donde aún viven mis papás, en la intersección de Mariluán con Quilapán.

En el cine teníamos las películas, el frío y los ratones, porque en la sala había ratones, de los chicos y los grandes, pocas veces los veíamos pero siempre los sentíamos. El cine era blanco y grande, estaba frente a la municipalidad y siempre daba programas dobles. Creo que lo primero que vi fue Viaje a las Estrellas, la uno, y lo último Dick Tracy. De este epílogo me acuerdo porque aquel domingo el cine cerró para siempre, se convirtió en bodega primero, en templo evangélico después y en bodega otra vez. Y pasaron Tiburón 2, la italiana El Ultimo Tiburón, Águilas de Acero, Lucha de Titanes, Firefox y Relámpago Azul. También Camas Calientes, Las Vírgenes Guerreras y Variaciones del Amor.

En esos años yo era evangélico practicante, iba a la escuela dominical y participaba en obras de teatro y coros donde cantábamos del fin del mundo y que la sangre de Cristo tenía poder para liberar. Y creía en el arrebatamiento de los justos y que si uno no se “convertía” (como un Transformers religioso) estaba condenado al lago de fuego, también que el único pecado sin perdón era blasfemar contra el Espíritu Santo, detalle del que todavía me cuido, por eso lo escribí con mayúsculas. Era chico, todavía estaba en la escuela E 209, a un par de años de subir en el estatus social victoriense y pasar al Santa Cruz que tampoco era gran cosa, salvo que la camisa cambiaba del celeste al blanco, había grupo scout, tenían himno propio, monjas y curas y uno usaba un escudo religioso en la chaqueta, peluda y fea, que a mi me compraban grande para que durara, “crecedorcita” le decía mi madre (algo humillante a los 14 años).  Era raro ser católico de lunes a viernes y canuto los sábados y domingo, la melcocha en la cabeza era un charquicán bíblico, eso me daba una ventaja en el colegio: sabía más que las monjas de lo escrito en el “buen libro”. Como a los 13 corté con Dios y todo fue más simple. Un día fui a la escuela dominical con el álbum de El regreso del Jedi (¿o el de Mask?) y me retaron, también llamaron a mi mamá para aconsejarle que no me dejara ir más al cine, porque no era un lugar para un niño cristiano. Bien tarde, hacia rato que me perdía los viernes ante la pantalla grande y había visto, entre marcianos y guerreros bárbaros, tetas, potos y sexo simulado made in Italia, por supuesto nunca dije nada; no había para qué. Dejé de ir a la iglesia y aprendí a dormir los domingos hasta tarde.

En los raros años 80, Victoria era un buen lugar para crecer, creo que por eso me gusta tanto Stephen King, mi pueblo tenía algo de esos pueblos de mierda de Maine donde todos se conocen y donde si llegara un vampiro, como Barlow, dejaría la crema. Además había harta chica guapa a la que morder, la mayoría con sangre italiana, alemana o suiza en sus venas. Y claro, pasaban cosas raras, como que nos formaran alrededor de la plaza un día de invierno para ver “la mano de Pinochet”, ese día en que un paco de mierda le pegó un lumaso en el pecho a mi amigo Manuel por adelantarse un paso…  Rico tu paco, pegándole a un niño de 13, nuestros valientes soldados, en fin. En esa época teníamos un solo canal de televisión (el 7, que para nosotros era el 3) , así que para conocer el resto del mundo nos la arreglábamos con revistas viejas y cine malo. Vimos porquerías, obras maestras (sin saberlo) y perdimos la virginidad con las primeras tetas en pantalla grande. Las mías fueron las de Ursula Andress en La montaña del Dios de los caníbales, una buena/mala película italiana que dieron en programa doble con Desparecido en Acción, esa de Chuck Norris, esa de Vietnam, esa que era como Rambo pero con menos presupuesto. Y claro, eran los años de DeLaurentiis, por eso me puse a escribir esta tontera. DEG era un logo que se nos aparecía con frecuencia en ese telón, casi como símbolo de una calidad que no era tanto. Y allí estaba. En Flash Gordon, en Conan, en Dunas (por que así se llamaba, no Dune como todos hoy decimos) en King Kong (que vi en un programa doble con El Imperio Contraataca) y King Kong 2 (que vi con Drácula de John Badham, esa con Frank Langella, donde el vampiro no daba miedo, pero las vampiresas si), en Cazador de Hombres, o Manhunter, que vi con The Running Man (¿O fue con Rambo III?). En Ocho días de terror, como se tituló en Chile Maximun Overdrive, el funesto debut de Stephen King en  la dirección, que vi a familia plena junto a De vuelta al Colegio. Era un lindo lugar para vivir y crecer. Hoy yo no sería nada sin esa educación sentimental, de serie B, de porquerías encantadoras, de mentiras a medias y mitos de infancia que finalmente da lo mismo si son ciertos o falsos. La historia, el cuento de la vida es lo que queda, el relato oral, la memoria personal que finalmente es colectiva y donde DeLaurentiis fue uno de esos grandes secundarios, esos que armaron un marco de referencia y nos hicieron hombres. En otras partes uno crecía a combos, allá en el sur viendo tetas y pésimas películas en un cine feo pero lleno de historias eternas… como esa vez en que a todo lo ancho del vestíbulo un cartel de tela nos preguntaban: “¿podrá el Concorde sobrevivir a los misiles teledirigidos?”. Uno quizás olvide el primer beso, pero esa frase, o el primer James Bond (en mi caso La espía que me amo) nunca. Yo al menos no.

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About fortegaverso

Periodista, escritor, editor, guionista. Autor de un par de novelas, un par de guiones, varios cuentos y mucho magterial inédito. Blogger y twitter. Hace algún tiempo, no importa cuanto, decidí recorrer el mundo por los caminos del mar... pero me arrepentí, la web es más segura

3 responses to “A PROPÓSITO DE LA MUERTE DE DINO DELAURENTIIS”

  1. benjamin says :

    Sin duda somos de la misma generacion ,gracias por hacerme viajar a mi dias de colegio ,en otra ciudad ,en otro cine ,y con otros amigos ,pero sin duda las mismas peliculas de Delaurentis

  2. Donovan says :

    Vivan las cheap B movies, como decía Headlong de Queen.

    Ortega que opinas de que Queen se va de EMI? Ya pasó con Radiohead. Quién sigue? Pink Floyd? Alguna vez se editará música de the Beatles fuera de EMI?

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