Archive | junio 2011

GRANDES SANTIAGUINOS INEXISTENTES

El 2009, con toda la fiebre bicentenaria, me pidieron para la extinta revista FOCO 76 de Chilectra un articulo tipo ensayo acerca de los grandes santiaguinos inexistentes; es decir personajes de nuestra ficción que terminaron siendo tan santiaguinos como Carlos Caszeli o Salvador Allende.  Como suele suceder la lista inicial fue bastante más larga del resultado final, que aquí pueden leer en una versión previa a la publicada.

Grandes santiaguinos inexistentes PDF

EL GUION DE X-MEN QUE ESCRIBIO MICHAEL CHABON EN 1997

Michael Chabon (El Sindicato del Policia Yiddish, Wonder Boys,  Las Aventuras de Kavalier y Clay) es hoy un respetado novelista, de los mejores de su generación. Ha ganado todos los premios que se dan en EE UU a escritores, incluidos el PEN Faulkner y el Pulitzer. Lo han llamado el nuevo Mark Twain y el nuevo (ponga acá el nombre que se les ocurra). Y el tipo realmente es bueno. Lo curioso es que Chabon es un intelectual freak, ama los cómic de superhéroes y la literatura de género. De hecho, su libro más famoso, Las aventuras de Kavalier y Clay es una gran crónica de la edad de oro de los comics, con el surgimiento de Superman y otros encapotados en 1938. Hoy Chabon está metido en desarrollar para HBO, junto a Darren Aranofsky (El Cisne Negro), la serie Hobgoblin , basada precisamente en un relato incluido dentro de Kavalier y Clay. Un titán que demuestra que leer tantos monos de colores es un acto cultural y de absoluto respeto académico. La cosa es que en 1997, Chabon era sólo un buen escritor joven, al cual había que ponerle ojo porque prometía. Entonces se enteró de que la Fox estaba produciendo una película de los X-Men (sus héroes favoritos) y como fan escribio un tratamiento/guión que envió al estudio. Y no pasó nada.  Pero la frustración no duró mucho, pocos años después Chabon escribiría la historia original y el primer tratamiento de guión para  Spider-Man 2, una de las mejores historias de superhéroes llevadas a la pantalla. Ídolo, YO QUIERO SER MICHAEL CHABON…  Y a continuación lo que prometemos en el título, el guión de Chabon para X-Men 1. Haz clic en lo que sigue y lee o descarga (está en PDF y en inglés)

EL GUION “SECRETO” DE MICHAEL CHABON PARA X-MEN 1

EL 25 AGOSTO 2011 ENTRARAS A LA CASA BERKOFF

Diez con un minuto de la noche y las calles de Salisbury aparecían desiertas y silenciosas. Aunque ya no era el aguacero de la tarde, la lluvia seguía igual de intensa; gotas finas pero mojadoras, tal cual decía mi padre y los padres de todos los niños del pueblo. De vez en cuando el vacío era roto por un auto, el sonido de un camión rompiendo el viento sobre la carretera, el silbato de un tren de carga o algún ladrido o maullido lejano. A veces el fantasma de mi abuelo me habla:

–Camina rápido.

Y a veces le respondo:

–Cállate.
–No mires atrás.
–No lo hago.
–Tampoco al frente. Baja la mirada, que ellos no te vean.
–¡Déjame tranquilo!
–No puedo.
–¿Cómo que no puedes?
–No existo.

Podía sentirlos, corriendo sobre los techos, el golpeteo continuo de sus pies huesudos con tres dedos. Como niños brincadores, como ratones gigantes y bípedos. Murmuraban, hablaban con sonidos monótonos, sin vocales, una sucesión enferma de consonante contra consonante, “eses” chocando con “efes”, todas arremolinadas alrededor de “erres” en una cadencia inmoral, infame, enferma. Bajé la mirada y seguí avanzando. Mientras no pudieran verme a los ojos todo iba a estar bien. Por el entrecejo los observaba colgar de las paredes, esconderse en los rincones, saludarme con sus brazos largos, invitarme a ir con ellos. Pero hoy no, ya no era el niño de hace veinte años, el que casi repite el error de Pablito Clausen. Que aún pudiera verlos era una cosa; que estuviera dispuesto a volver a jugar con ellos algo muy distinto. La cancha ahora era diferente, había cosas más importantes que protegerme de sus bocas, lenguas y dientes afilados. Apuré el paso, siguiendo a una fila de ratas desesperadas por esconderse en alguna cuneta. Chillaban espantadas, horrorizadas de las sombras que volaban sobre ellos, atrapándolos para reemplazar con su carne la de aquellos que no los dejaban entrar. Lo venían haciendo desde siempre, desde que se asomaron de las profundidades de la tierra Así sobrevivían, despedazando animales para suplir con ellos lo que los hombres ya no les daban. Ganado y ratones en lugar de niños. Nadie les iba a entregar a sus pequeños, por mucho que rascaran los vidrios y dijeran que era la última vez. Los papás de Pablito fueron los últimos que confiaron en sus mentiras; por eso abandonaron al más chico de la casa en ese altillo solitario; por eso no lo dejaron escapar a la cama materna ese día en que los juegos se hicieron terrores. Y todos vimos lo que le pasó con la familia, cómo la locura terminó infectándolos. La maldición y el legado de Berkoff, nos decía Perci, inventando uno de sus tantos relatos de espanto.

–Perci nunca ha inventado nada.
–Pero él no lo sabe.
–Camina más rápido y no pienses en los monstruos; si los visualizas en tu cabeza bajaran a buscarte. –No van a hacerme daño.
–Claro que no. Tú pactaste con ellos, Martín.
–También vas a condenarme por haberme hecho amigo de los monstruos.
–Nunca fuiste su amigo; lo hacías por interés.
–Siempre he sido así, funcional para mis relaciones; tú lo sabes. No tengo amigos, mis cercanos son personas de quienes necesito algo. Si ellos querían jugar conmigo a cambio de no morderme, no me iba a negar.
–También lo hiciste para defender a tus amigos.
–Fue parte del trato.
–¿Y te funcionó?
–Casi. Juan José no se libró.
–A él no lo mataron los monstruos.
–Abuelo, hay más monstruos, muchos más de los que vienen caminando detrás de mí.
–No los mires.
–No lo hago.
–Te están esperando.
–Se cómo pasar entre ellos.

Era cierto. Bajé aún más la cabeza y caminé en línea recta, cruzando entre dos de mis amigos imaginarios. El sonido de sus voces retumbó en mi cabeza provocándome un dolor arrugado, como si me apretaran por dentro, estrujando cada uno de mis líquidos cerebrales. Y el olor, ese olor inmundo de los señores de gris, olor a tierra mojada, a inmundicia, a vida después de la vida. Aceleré el tranco, sintiendo cómo sus garras afiladas rozaban mi espalda, pidiéndome que me quedara. Ya no, lo siento, el dueño de la pelota tenía que entrarse temprano. Seguía lloviendo sobre Salisbury Estaba estilando. Licuándome por dentro y por fuera. Ingresé a la Villa O´Higgins a través del pasaje Llaima y me detuve frente a la intersección con Simón Bolívar, justo delante de la casa de Emilia.

–No voy a salir a jugar –pronuncié en voz alta.

Y las piernas esqueléticas y huesudas de mis amigos se retiraron, tratando y saltando sobre los techos, volviendo a dejarme solo. Solo con Emilia. Mentiría si dijera que no me gustó la idea.

Esta es una historia imaginaria, pero ¿acaso no lo son todas?

Miré la casa de Juan José Birchmeyer. No había luz en las ventanas del frente.

Volví a pensar en un mundo sin mi mejor amigo. Otra vez miré la casa de Emilia. Toqué el timbre.

Conté hasta diez, no alcancé a llegar al ocho.

Pronto, Agosto 25, 2011 en librerías

MIL SEMANAS DE ABSOLUTA PERFECCIÓN

 

Advertencia, esta es una columna hiperventilada, escrita con cero objetividad, sólo con la seguridad y la certeza que da el fanatismo más acérrimo.

Hay pocas cosas que me atrevo a calificar de perfectas: el primer párrafo de Moby Dick o Ursula Andress “brotando” del mar en Dr. No con ese bikini-blanco-que-jamás-he-podido quitar-de-mi-cabeza, se le acercan bastante. Esa idea de absoluto, de que no hay más; ni un antes ni un después. Un punto nodal en el espacio y el tiempo: hecho o evento que no permite discusión. Finalmente solo Dark Side of The Moon.

¿Si te perdieras en una isla, que cosa llevarías, elige una sola?, me preguntaron en una ocasión. Contesté sin titubear: una copia de Dark Side of the Moon. Más que un libro o un DVD, o compañía incluso, solo ese disco, para qué más. En serio, soy capaz de escucharlo todos los días, nunca me ha aburrido y nunca me va a aburrir. El latido, las risas, el arte de la cubierta; la idea de algo circular que no termina, que no tiene por qué terminar. ¿Alguien puede imaginar a Radiohead sin el legado de On the Run, Time o Breathe (Reprise)?

Tenía 14 años cuando lo escuché por primera vez, en un casete pirata primero; en uno original argentino de mi amigo Pollo Carvacho después. Y la vida nunca más fue lo mismo, no podía serlo. Postales de “nosotros y ellos”: lo he pasado increíble en muchos recitales (¿grandes “gigs”?), lo de McCartney fue una misa, pero si tengo que escoger un momento que me aprieta la guata y me revuelve completo, con cuchara y todo; que “me habla” directo y sin rodeos, de una me transporto a marzo del 2002, Roger Waters por primera vez en Chile, cerrando todo con And everything under the sun is in tune, But the sun is eclipsed by the moon… ¿Queda algo más después de eso? No, imposible.

“Dinero”, “Del color que tú quieras”…  En esta cancha no admito peros, si a alguien no le gusta el disco vale, pero que no diga que es malo o débil o simple o sobrevalorado; no puede, con qué…

Lee la columna completa en El Dinamo