EL 25 AGOSTO 2011 ENTRARAS A LA CASA BERKOFF

Diez con un minuto de la noche y las calles de Salisbury aparecían desiertas y silenciosas. Aunque ya no era el aguacero de la tarde, la lluvia seguía igual de intensa; gotas finas pero mojadoras, tal cual decía mi padre y los padres de todos los niños del pueblo. De vez en cuando el vacío era roto por un auto, el sonido de un camión rompiendo el viento sobre la carretera, el silbato de un tren de carga o algún ladrido o maullido lejano. A veces el fantasma de mi abuelo me habla:

–Camina rápido.

Y a veces le respondo:

–Cállate.
–No mires atrás.
–No lo hago.
–Tampoco al frente. Baja la mirada, que ellos no te vean.
–¡Déjame tranquilo!
–No puedo.
–¿Cómo que no puedes?
–No existo.

Podía sentirlos, corriendo sobre los techos, el golpeteo continuo de sus pies huesudos con tres dedos. Como niños brincadores, como ratones gigantes y bípedos. Murmuraban, hablaban con sonidos monótonos, sin vocales, una sucesión enferma de consonante contra consonante, “eses” chocando con “efes”, todas arremolinadas alrededor de “erres” en una cadencia inmoral, infame, enferma. Bajé la mirada y seguí avanzando. Mientras no pudieran verme a los ojos todo iba a estar bien. Por el entrecejo los observaba colgar de las paredes, esconderse en los rincones, saludarme con sus brazos largos, invitarme a ir con ellos. Pero hoy no, ya no era el niño de hace veinte años, el que casi repite el error de Pablito Clausen. Que aún pudiera verlos era una cosa; que estuviera dispuesto a volver a jugar con ellos algo muy distinto. La cancha ahora era diferente, había cosas más importantes que protegerme de sus bocas, lenguas y dientes afilados. Apuré el paso, siguiendo a una fila de ratas desesperadas por esconderse en alguna cuneta. Chillaban espantadas, horrorizadas de las sombras que volaban sobre ellos, atrapándolos para reemplazar con su carne la de aquellos que no los dejaban entrar. Lo venían haciendo desde siempre, desde que se asomaron de las profundidades de la tierra Así sobrevivían, despedazando animales para suplir con ellos lo que los hombres ya no les daban. Ganado y ratones en lugar de niños. Nadie les iba a entregar a sus pequeños, por mucho que rascaran los vidrios y dijeran que era la última vez. Los papás de Pablito fueron los últimos que confiaron en sus mentiras; por eso abandonaron al más chico de la casa en ese altillo solitario; por eso no lo dejaron escapar a la cama materna ese día en que los juegos se hicieron terrores. Y todos vimos lo que le pasó con la familia, cómo la locura terminó infectándolos. La maldición y el legado de Berkoff, nos decía Perci, inventando uno de sus tantos relatos de espanto.

–Perci nunca ha inventado nada.
–Pero él no lo sabe.
–Camina más rápido y no pienses en los monstruos; si los visualizas en tu cabeza bajaran a buscarte. –No van a hacerme daño.
–Claro que no. Tú pactaste con ellos, Martín.
–También vas a condenarme por haberme hecho amigo de los monstruos.
–Nunca fuiste su amigo; lo hacías por interés.
–Siempre he sido así, funcional para mis relaciones; tú lo sabes. No tengo amigos, mis cercanos son personas de quienes necesito algo. Si ellos querían jugar conmigo a cambio de no morderme, no me iba a negar.
–También lo hiciste para defender a tus amigos.
–Fue parte del trato.
–¿Y te funcionó?
–Casi. Juan José no se libró.
–A él no lo mataron los monstruos.
–Abuelo, hay más monstruos, muchos más de los que vienen caminando detrás de mí.
–No los mires.
–No lo hago.
–Te están esperando.
–Se cómo pasar entre ellos.

Era cierto. Bajé aún más la cabeza y caminé en línea recta, cruzando entre dos de mis amigos imaginarios. El sonido de sus voces retumbó en mi cabeza provocándome un dolor arrugado, como si me apretaran por dentro, estrujando cada uno de mis líquidos cerebrales. Y el olor, ese olor inmundo de los señores de gris, olor a tierra mojada, a inmundicia, a vida después de la vida. Aceleré el tranco, sintiendo cómo sus garras afiladas rozaban mi espalda, pidiéndome que me quedara. Ya no, lo siento, el dueño de la pelota tenía que entrarse temprano. Seguía lloviendo sobre Salisbury Estaba estilando. Licuándome por dentro y por fuera. Ingresé a la Villa O´Higgins a través del pasaje Llaima y me detuve frente a la intersección con Simón Bolívar, justo delante de la casa de Emilia.

–No voy a salir a jugar –pronuncié en voz alta.

Y las piernas esqueléticas y huesudas de mis amigos se retiraron, tratando y saltando sobre los techos, volviendo a dejarme solo. Solo con Emilia. Mentiría si dijera que no me gustó la idea.

Esta es una historia imaginaria, pero ¿acaso no lo son todas?

Miré la casa de Juan José Birchmeyer. No había luz en las ventanas del frente.

Volví a pensar en un mundo sin mi mejor amigo. Otra vez miré la casa de Emilia. Toqué el timbre.

Conté hasta diez, no alcancé a llegar al ocho.

Pronto, Agosto 25, 2011 en librerías

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About fortegaverso

Periodista, escritor, editor, guionista. Autor de un par de novelas, un par de guiones, varios cuentos y mucho magterial inédito. Blogger y twitter. Hace algún tiempo, no importa cuanto, decidí recorrer el mundo por los caminos del mar... pero me arrepentí, la web es más segura

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