Archive | noviembre 2011

20 AÑOS SIN FREDDIE MERCURY / 20 MEJORES VERSIONES EN VIVO

  1. Meddley: “Bohemian Rhapsody/Killer Queen/March of the Black Queen/Bohemian Rhapsody” (gira verano del 76)
  2. “Flash/The Hero” (gira del 81)
  3. “Hammer to fall” (Live AID, 84)
  4. “Keep yourself alive” (gira del 74)
  5. Meddley: “Bohemian Rhapsody/Radio GaGa”  (Live AID, 84)
  6. “The Prophet Song” (gira del 75/76)
  7. “Killer Queen/I´m in love with my car” (gira del 79)
  8. “Somebody to Love” (gira del 84,85)
  9. “39” (gira del 77)
  10. “It´s a hard life” (gira del 84,85)
  11. “Who wants to live forever” (gira del 86)
  12. “Death on two legs” (gira del 77)
  13. “Biclycle Race” (gira del 77)
  14. “Seven seas of Rhye” (gira del 75/76)
  15. “Under Pressure (gira del 81)
  16. “Don´t stop me now” (gira del  79)
  17. Meddley: “Now i´m here/Dragon attack/Now i´m here”  (gira del 81/82)
  18. Meddley: “We will rock you/Friends will be friends/We are the Champions” (gira del 86)
  19. “39” (gira del 79)
  20. “In the lap of God… Revisited” (gira del  77)

Hagan copypaste de cada una en youtube, hay buenos registros.

EL CREPUSCULO DE LOS SUPERHEROES (VERSION COMPLETA)

Versión completa de la columna publicada el viernes pasado en revista Que Pasa

EL CREPÚSCULO DE LOS SUPERHÉROES

 Primavera de 1987 y un todavía joven Alan Moore se acerca animoso (suponemos) a las oficinas de DC Comics. Un año antes tocó el cielo con Watchmen y desde entonces es «el guionista de oro» de la industria. Trae una propuesta: papeles y apuntes de una saga que terminará en la muerte de los superhéroes de la editorial. Alan es un buen inglés; criado con té, galletas, desempleos e historias de «reyes arturos y arqueros de Sherwood», y como tal sostiene que lo que convierte un relato en una leyenda es que las leyendas terminan, los héroes mueren y con eso se hacen mitos; que esa era la razón por la cual los superhéroes no lograban ser «algo más». La idea del británico se llamaba Twilight of the Superheroes («crepúsculo de los idem») y presentaba un mundo futuro donde la Tierra era gobernada por una dictadura feudal encabezada por un anciano Superman y su Liga de la Justicia. Decadentes y absorbidos por sus ideales deformados, los encapotados de ayer se enfrentaban entre si hasta exterminarse los unos a los otros, en una clara analogía con el crepúsculo de los dioses de la mitología nórdica. Finalmente la  idea de Moore no llegó a puerto, el inglés se peleó a muerte con sus jefes, renunció a sus derechos de autor y los «superamigos» siguieron viviendo en historietas, películas y series animadas hasta… Hasta el 1 de septiembre del 2011.

Hace dos meses Superman, Batman, la Mujer Maravilla, Flash y todo el resto de personajes de DC Comics fueron asesinados y no precisamente en un artístico «crepúsculo». Hace dos meses, el llamado «universo DC» se acabó para siempre; al menos como lo conocíamos, entendíamos y amábamos los viejos fanáticos ¿Dónde quedaron mis personajes, que cresta hicieron con la mayor mitología popular del siglo veinte? ¿Cómo se mandan a guardar 80 años de historia, dónde está el respeto por el lector?  La respuesta es dura: los comics no venden, son un mal negocio y las nuevas generaciones no están interesadas en personajes con casi un siglo de vida; para cambiar el panorama había que arrebatar los paladines a sus viejos lectores y relanzarlos en formato PG13, Batman en moral Glee. Nuevos Nº 1, nuevas versiones de los campeones de siempre, nueva continuidad. A partir de ahora Superman ya no parte en el Nº 1 de Action Comics de junio de 1938,  sino de un Nº 1 de la misma revista, fechado en septiembre del 2011, todo lo previo ya no vale, nunca fue; un gran borrón y cuenta nueva. No era otra típica «crisis de continuidad», como la del 85 y que todos los fanáticos conocemos y reconocemos, sino un restart definitivo.

Hay que entenderlo, DC Comics es un negocio, forma parte de Warner, uno de los dos conglomerados más grandes del «entertainment», y a Warner no le interesan los cómic y las novelas gráficas, menos la calidad de los guionistas y los artistas; lo suyo son las franquicias, lo que da las lucas; las poleras, los juguetes, las licencias; el resto es solo lujo colateral. Y desde esta mirada el «relaunch de DC» fue una bomba atómica. Lanzar todos los títulos desde el Nº 1, en consecutivo con edición electrónica (descargable a menos de un US$2) resultó en la más simple de las aritméticas: «5 millones de ejemplares vendidos, en seis semanas», record muy difícil de igualar por la competencia (Marvel/Disney).

DC/Warner hizo lo correcto, la jugada fue maestra, y aunque hoy la red está plagada de viudos reclamando, somos minoría ante los millones de adolescentes que celebran que ahora «Superman es cool». Lo confieso, hice la tarea, descargué algunos de los «nuevos títulos» y no entendí nada. ¿Cómo que Robin ahora es hijo de Batman? ¿Por qué Superman usa una armadura? ¿De dónde salió ese otro Superman que usa sudadera y jeans?…

80 años al tarro de la basura, 80 años de fanatismo generacional valen bastante menos que 5 millones de comics vendidos en un mes. El «crepúsculo de los superhéroes» finalmente no vino de la mano de Alan Moore sino de una tropa de gerentes con buen ojo para los negocios. «Estos personajes son patrimonio de todos», decía Diane Nelson, la presidenta de DC con el nuevo Nº 1 de Justice League of America en sus manos, con perdón mi dama pero míos ya no son, que los nuevos lectores los hagan propios, a mi ya no me interesan. Tal vez era necesario, un buen golpe de la mano del libre mercado para decirnos, «oye, jetón, tienes casi 40 años, no puedes seguir gastando plata en superhéroes. Son y siempre han sido personajes infantiles, asúmelo». Y aunque duele, hay que hacerlo, así que si a alguien le interesa.

 

EL HORROR DE BERKOFF (CRITICA EN EL MERCURIO)

Jose Promis, escribió de El Horror de Berkoff, en la Revista de Libros de El Mercurio.

Monstruos bajo la lluvia

Por José Promis

Nuestra literatura nacional no ha manifestado un interés significativo por el género fantástico. Se mantiene apegada más bien a la consabida aseveración de su carácter realista, es decir, de su interés por las representaciones verosímiles de sus referentes histórico-sociales. Quienes afirman lo contrario tienen que mirar comúnmente debajo de las piedras y usar el término “fantástico” como sinónimo de representaciones literarias de tal amplitud que permiten meter dentro de ellas todo tipo de monstruos y viajes espaciales, mitos y supersticiones, creencias mapuches, terrores nocturnos y alaridos enigmáticos, alucinaciones psicológicas e, incluso, recursos de la retórica al uso. Francisco Ortega, el autor de El horror de Berkoff , piensa, por ejemplo, que los elementos fantásticos nacen en nuestra literatura con La Araucana y después de pasar por Pacha Pulai , Alsino y hasta Papelucho y Mampato , alcanzan a Juan Emar, Vicente Huidobro, José Donoso y Jodorowsky.

Por fortuna, tales nebulosos conceptos no son los que han dado origen a su novela El horror de Berkoff . Por el contrario, su estructura responde nítidamente a lo que es con propiedad un relato fantástico, es decir, una narración que pretende provocar en el lector un estado de transitoria incertidumbre, de incapacidad para distinguir entre lo racional y su contrario, de titubeo frente a las dos opciones de verdad que ofrece el texto que tiene entre manos. Pero como el lector chileno identifica de inmediato a la literatura fantástica con la cultura anglosajona -otra prueba, sin duda, de la escasez del género en Chile-, Ortega se ha visto obligado a un tour de force : convierte a la ciudad de Victoria, cerca de Traiguén, en el misterioso pueblo de Salisbury, dominado por un tenebroso edificio conocido como la mansión de Berkoff; y otorga nombres europeos a todos los personajes centrales y secundarios del relato: Martín Martinic, Percival Guidotti, Juan José Birchmeyer, Guillermo Geissbüller, Emilia Geeregat, Pablito Clausen, y así sucesivamente.

Es en Salisbury donde transcurre la historia de El Horror de Berkoff , ciudad fantasmagórica debido a la niebla y la lluvia. Su origen se remonta al mes de agosto de 1980, cuando cuatro niños asisten al funeral de un compañero fallecido de manera misteriosa. Según los recuerdos del narrador, recopilados muchos años después, su féretro estaba vacío. Los acontecimientos del presente comenzarán alrededor de 2010, cuando uno de los antiguos niños, Martín Martinic, narrador también de la mayor parte del relato, regresa a Salisbury para asistir al funeral de otro de sus amigos de niñez. El regreso de Martín significará mucho más de lo que el personaje suponía inicialmente. El reencuentro con los miembros del grupo recuperará recuerdos de una juventud desaparecida, marcada por el amor y las relaciones oblicuas; revelará sacrificios y rivalidades celosamente escondidos y sacará a luz secretos y tortuosas relaciones sentimentales. Pero, por sobre todo, revivirá los terrores inconfesados de niños que se criaban agobiados por el miedo a lo sobrenatural, favorecido por la rigidez de religiones evangélicas y por la atmósfera inclemente de la naturaleza sureña.

El mayor mérito de la novela de Francisco Ortega es dejar al lector en la duda, incierto sobre lo que verdaderamente ocurre en el interior de sus páginas. ¿Leemos algo que efectivamente ocurrió en la realidad (imaginaria) de la novela o todo es producto de la fantasía bastante mórbida de uno de sus personajes, convertido, como el mismo texto afirma, en escritor que publica su primera novela con el título de “El horror de Berkoff”?

Con buen dominio de las técnicas narrativas del relato fantástico, el narrador, quienquiera que sea, entrega indicios que sugieren alternativamente uno u otro camino. Como en toda buena narración fantástica, la decisión es responsabilidad nuestra. Pero cuidado: todo el edificio fantástico se viene abajo si nos aferramos a la racionalidad. Y al autor le costó mucho levantarlo.