Archive | enero 2012

ROGER WATERS: ¿HAY ALGUIEN ALLÁ AFUERA? (EXTRACTO DE ARTICULO PARA iPOP)

Publicado en la edición febrero de 2012, de revista iPop

En la mente de Roger Waters
THE WALL: ¿HAY ALGUIEN ALLÁ AFUERA?

El gigantesco montaje que acarrea el bajista y cerebro de Pink Floyd y que recalará por estas costas en marzo , no es precisamente algo nuevo. Sabemos a lo que vamos, lo hemos sabido desde hace 31 años: el orden de las canciones, la nula improvisación, incluso la idea de estar viendo una película repetida. The Wall no tiene nada de espontáneo y esa es precisamente  su gran virtud, lo que ha hecho de esta gira tal vez la más espectacular de todos los tiempos.

“¿Fuiste a ver U2 360º?”, me preguntó hace unos meses, una amiga que vive en España. Cuando le contesté que sí, contraatacó con un “¿y te pareció espectacular?” a lo que volví a responder afirmativamente. “Pues es un chiste al lado de The Wall de Roger Waters”, agregó, sumando de inmediato: “tú sabes que yo con Pink Floyd cero onda, no creo haber escuchado un disco entero de ellos, pero si estoy segura, muy segura, de que The Wall es el mejor concierto que he ido en mi vida. No es solo música, es información, estímulos por todas partes, uno no sabe para donde mirar”. Y al parecer mi amiga no es la única que opina parecido; el  “autoremake” de Roger Waters se ha llevado algunas de las críticas más halagadoras de la industria: “Supera todo lo visto antes”, “El concierto de rock más espectacular de la historia”, incluso el estricto The NewYorker lo calificó como un hito obligatorio, casi una responsabilidad cultural el asistir a una de sus puestas en escena.

Nominaciones varias a mejor gira del año y a puesta en escena más innovadora son más ladrillos en la pared de una historia que se ha venido tejiendo desde hace más de tres décadas, una con leyenda propia y que bien supo sintetizar el escritor argentino Rodrigo Fresán hace unas semanas en Página 12.  “No es Pink Floyd lo que está en gira, ni siquiera es Roger Waters, es The Wall, el disco, la obra es la protagonista, no el artista”.  Y ahí está la gran diferencia entre este tour del señor de los cerdos voladores y los dos previos que también lo trajeron por este lado del mundo. El 2002 fue el reencuentro del músico con su público y el 2007 una declaración de principios: si la marca Pink Floyd estaba en  coma, él la tomaba prestada. O si se prefiere, hacía uso de la cuarta parte que le tocaba.

Con The Wall la marea es otra, no es Waters quien está bajo las luces, es la obra, la pared la que canta y grita. Claro uno puede arrugar la frente al oír las versiones del bajista de piezas de la era Dark Side of The Moon y Wish You Were Here, pero con “el muro” es distinto, los ladrillos son suyos, las letras, la biografía en escena le pertenece, por eso no es inusual que ocurran fenómenos como los “9 River” en Buenos Aires, lo que no tiene que ver con que si Waters o Pink Floyd son más populares en Argentina que los Stones o Charly García, como se ha apresurado a sentenciar la prensa. Esos “9” obedecen a un rito, uno que se explica ante el hecho que The Wall, la película, lleva en cines porteños casi tres décadas. Es probable que la obra guste incluso más que la banda y ahí está la misa, ir a ver algo que ya hemos visto, o creemos haber visto, muchas veces. Esto, insisto, no es Pink Floyd ni Roger Waters solista, es The Wall.

En primera persona…

La teleserie Pink Floyd es una de las más extrañas de la historia del rock, por un lado aparece llena de secretos y mitos (¿A Saucerful of Secrets?) y por otra de frases grandilocuentes lanzadas a todo pulmón para que escuchen todos los vecinos de la cuadra. No es apresurado decir que la banda como tal se acaba en Wish You Were Here (1975), pasando de ahí a la llamada dictadura Waters. El paréntesis Animal (1977) es curioso, pero se trata de una placa hecha a base de demos tocados en vivo durante el tour del 74, canciones viejas rescatadas, un puente, un compromiso con el sello si se prefiere, hacia lo que venía: The Wall.

A pesar del gran aporte de David Gilmour en la dirección musical y en la mejor canción del álbum (“Comfortably Numb”), “el muro”  es por donde se le mire, un disco solista de Roger Waters, no sólo están sus obsesiones y sus miedos, también su propia vida, lo que es harto  decir. Discos conceptuales y óperas rock hay varias previas a “la pared”, una autobiografía/autoterapia cantada solo esta. Y de patio, que es lo más significativo.

The Wall aparece en noviembre de 1979 como un disco doble, pensado para ser presentado en vivo en recintos cerrados, con un gran aparataje teatral. Y es en este proceso donde aparece el gran socio del bajista en la aventura: Mark Fisher. Arquitecto y viejo compañero universitario del músico, Fisher llevaba algunos años especializándose en lo que el definió como arquitectura móvil para conciertos. Pionero en su negocio, es gracias a The Wall con que el “estudio Fisher” se convierte en marca registrada, transformándose en el mayor referente mundial en materia de escenarios y estructuras móviles, estando desde 1980 tras las giras de Madonna, Rolling Stone, Jean Michel Jarre, Muse  y U2, entre una larga lista de gigantes del negocio.

Durante la primera mitad de The Wall, una banda de músicos disfrazados de Pink Floyd abrían el show para luego unirse como respaldo al grupo en el resto del espectáculo. Por cuarenta minutos la música se iba conjugando con marionetas gigantes, la réplica de un avión Stuka alemán estrellándose contra una esquina del escenario y películas proyectadas en Mr. Screen, la pantalla circular rodeada de focos ideada por Fisher y que ha sido marca registrada del grupo en sus presentaciones en directo desde 1974, todo mientras un muro iba tapando a los músicos hasta cubrirlos por completo, lo que ocurría al final de “Goodbye Cruel World”. Tras un intermedio de veinte minutos, la segunda parte del espectáculo sucedía con el público mirando la pared (y los músicos ocultos tras esta) sobre la que se proyectaban animaciones del caricaturista Gerald Scarfe, mensajes y toda clase de referencias conceptuales, como la marcha de los martillos en “Waiting for the Worms” o el cerdo inflable durante “Run Like Hell”. En los acordes finales de “The Trial” la pared se venía al suelo y la banda, entre las ruinas del muro aparecía cantando “Outside the Wall”.

No más, sin bises ni encores, sin una sola cita a la discografía previa de la banda (lo más cercano eran los dibujos animados de “The Trial”, usados previamente en “Shine on You Crazy Diamond” durante las giras del 75/77). La banda salía de escena, se prendían las luces y listo. Todos para la casa, no había más, cero improvisación, ni un regalo extra para… (LEE EL REPORTAJE COMPLETO EN REVISTA IPOP DE FEBRERO)

EL PRECIO

Publicado hoy en El Dinamo

No me vengan con que solo me arriendo, acá la cosa es simple, sin grises: o te vendes o vives en un iglú en Groenlandia cazando focas y narvales.  El problema no es hacerlo, sino saber cuánto y cómo cobrar (o eres caro o eres barato) y asumirlo sin llorar como los grandes.

Entre el 2004 y el 2005 trabajé con Alberto Fuguet en el guión de su película “Se Arrienda”; la película y la historia eran suyas, yo metí mano, redacté diálogos y lo ayudé a ordenar la historia, sería cara de raja si me apuntara como autor de la misma. Sin embargo hay dos aportes que hice al filme y de los que doy fe, Fuguet ha sabido reconocer públicamente. El primero es la idea del arriendo moral, algo así como la opción de venderse sin compromiso al sistema, sabiendo que no hay firma contractual de por medio y que nada es para toda la vida. El segundo es el personaje de Elisa (Francisca Lewin) que no estaba en el tratamiento original y que es una copia bastante descarada a la eterna Marty (Natalie Portman) de esa maravilla llamada “Chicas Lindas”, dirigida por Ted Demme a inicios de los 90.

De Elisa me siento muy orgulloso, es casi un primer gran amor. Más allá del lugar común del treintañero que encuentra la redención en una chica joven, creo que los momentos con ella en pantalla (sobre todo en el museo y en el cerro San Cristóbal), gracias más al ángel de Francisca que a las líneas de guión, son de lo que mejor ha envejecido de la película. De lo otro; lo de arrendarse, no tanto. Vale, puede funcionar en la ética de la ficción, pero finalmente es una gran careta, un antifaz bastante simplón.
Me confieso (el final de la columna haciendo clic aquí)

NERDGASMO

Publicado en El Dinamo, el 23 de diciembre del 2011

El tráiler de “Batman: The Dark Knight Rises” el lunes, el de “El Hobbit” el martes, el de “Prometheus” el jueves, la edición local de “Locke&Key” hace un par de semanas, vaya que es una buena época para no tener vida.

−¡Es que la cagó, se acabó el mundo, nada superará esto…!
−Impresionante, estoy para dentro, ¡lo he visto como veinte veces en una hora!
−Bane…
−When Gotham is ashes, you have my Permission to die…
−Selina Kyle, hueón, que rica es Anne Hathaway…
−¿Y Marion Cotillard? Estoy seguro que ella es, en secreto,  Talia Al Ghul, la hija de Ras Al Ghul. Acá se cierra el arco iniciado en Batman Begins…
−Eso dijo Nolan… Nolan hazme un hijo o toma mi esposa.
−No tienes esposa…
−Da lo mismo, ¡Nolan es Dios!
−Es más que Dios.
−Si es la trilogía Dark Knight, Nolan debiera cambiarle el título a la primera película y ponerle The Dark Knight Begins.
−Te apuesto un palo verde a que eso va a pasar cuando salga la edición BluRay de la trilogía pico-la-zorra…
−Cachaste los guiños al cómic en el estadio. La “R” escrita como la “R” de Robin…
−Y ojo, el jugador de fútbol es de apellido Ward, como Burt Ward, el Robin de la serie de Batman de los 60.
−¡Nolan es Dios!
−¿Te fijaste en el número de la camiseta del futbolista?
−No.
−Hueon es 86… 86, al año del Dark Knight Return y de Year One, ¡Miller es Dios!
−Ya no, es un facho de la mierda, el Dios es Nolan…
−Me tinca que la elipsis de ocho años de la que habló Nolan va a ser en mitad de la película. Onda Bane le rompe la espalda a Batman, igual que en los cómic, de ahí pasan ocho  años de rehabilitación, ¡ojo con las escenas de Bruce Wayne con bastón!, y regresa por venganza… “Rises”, como el título en inglés, “el caballero oscuro se levanta, renace”, captas. Eso explica la tecnología avanzada que se ve, esa especie de arma láser y la nave…
−La nave es un hovercóptero, o sea un helicóptero con rotor carenado, interno, dentro del fuselaje, la zorra.
−Se va a acabar el mundo.
−¡Nolan es Dios!
−No puedo creerlo, es como volver a un lugar donde siempre estuvimos…
−¡Jackson es Dios!
−Escuché los acordes de The Shire de Howard Shore y cagué. Los Hobbits, Bilbo Baggins, Gandalf, los enanos.
−¡El canto de los enanos! Puta la huevada bonita.
−¡Jackson es Dios!
−¡Viva Tolkien!
−¡Jackson es Dios!
−Gandalf peleando con su báculo, la espada “Sting”, las Montañas Nubladas, Rivendell… Galadriel…
−Galadriel como que tiene onda con Gandalf en el trailer…
−¿Cómo va a tener onda con Gandalf?  Gandalf es como Jesús, asexuado, no entiendes nada. ¡No leíste los libros!  Y Galadriel es como la Virgen María.
−Me gusta esta Virgen María.
−¡Hueón, con Tolkien no se juega!
−¿Quería ver al dragón Smaug?
−No es necesario, Jackson es un genio, no necesitó a Smaug para dejarnos pegados.
−¡Jackson es Dios…!
−Bilbo es el de Sherlock, el que hace del Dr. Watson…
−Si, Martin Freeman, el de La Guía del Autopista Galáctico.
−Gran película.
−Rara, pero grande.
−Quiero que sea diciembre
−Es diciembre.
−Del 2012…
−¡Jackson es Dios!
−La cagoooooo… IM… PRE… SIO…NAN…TE…
−¡Scott es Dios!
−Ridley quiero ser tu hijo, si fuera mujer te pediría que me embarazaras…
−Chao Batman, chao Hobbit, la película definitiva del 2012 va a ser Prometheus.
−Flipé con el tráiler…
−¡Scott es Dios!
−¿Por qué la Fox insiste tanto en que no es precuela de Alien, si es puro Alien?
−Es que no lo es, sucede en el mismo universo que es parecido, pero va más atrás, apunta a la tercera raza extraterrestre de la serie, los gigantes esos…
−Space Jockeys
−Esos mismos. Yo creo que Scott está básicamente tomando propiedad de su legado. Alien es de él, no de James Cameron como creen todos…
−¡Scott es Dios!
−Y apuesto a que la película tendrá una sorpresa, que me atrevo a adelantar será el vínculo que unirá Alien con Blade Runner, a través del personaje del androide, interpretado por Michael Fassbender…
−¡Quiero ser Michael Fassbender!
−¡Fassbender es Magneto… o sea es Dios!
−Fassbender es un replicante avanzado, un Nexus 10, te apuesto.
−Si es así, me saco el sombrero por el viejo Ridley.
−¡Scott es Dios!
−Hueón está muy buena la edición, mejor que la gringa o la española.
−Mil patadas a los gringos y españoles, esta es la versión definitiva de Locke&Key y por lejos la gran “novela gráfica del año”. Chao Mortis, 1899 y PDK, esto es lo que vale, el mundo real.
−¡Gabriel Rodríguez es Dios!

NOTA: Esta columna está basada en hechos reales.

SHERLOCK HOLMES ESTUVO EN CHILE EN 1910… A PROPÓSITO DEL ESTRENO DE HOY

Este breve ensayo fue incluido a modo de prólogo en la reedición que Ediciones B realizó de “Las aventuras de Roman Calvo, el Sherlock Holmes chileno” de Alberto Edwards en 2004 con el nombre de “La Secretísima” No aparece la autoría del mismo, pero tengo mis sospechas, querido Watson.


Sherlock Holmes en Chile

Según cuenta el historiador chileno Alberto Edwards (1873-1932), en una fecha no muy precisa  del año 1910, posiblemente durante la tibia primavera meridional, Sherlock Holmes,  acompañado de su fiel Watson, descendió del tren en la recién estrenada Estación Mapocho  (estructura de hierro, con planos encargados a Eiffel) de Santiago de Chile.  Los ingleses venían  desde Estados Unidos tras pasar por el Gran Ducado de Baden Baden, donde Holmes había trabajado de incógnito en un complicado caso, por encargo de una poderosa familia criolla.  El desembarco lo habían hecho horas antes en el puerto de Valparaíso, desde donde se habían  desplazado a la capital.

Refiere el cronista e historiador que el agotado Holmes no pudo descansar en absoluto en ese momento, ni tampoco después: lo esperaba una multitud de periodistas que lo agobiaron de preguntas estúpidas, amén de funcionarios que le endilgaron pomposos discursos de bienvenida. La hospitalidad chilena hizo catar al sabueso londinense dudosos manjares autóctonos, se le exigieron conferencias en Sociedades de Historia y Clubes de Señoras, se lo arrastró a polvorientas excursiones campestres, aburridas misas en latín y despistados homenajes.

Entre la multitud que asediaba la estación ferroviaria se escondía, anónimo, un tal Román  Calvo, émulo local de Holmes dotado de una modesta reputación como detective privado.  Resentido y destilando encono, Calvo confesaba a un amigo, su discreto equivalente de Watson  (el propio Alberto Edwards con su seudónimo de Fuenzalida): “Para recibirle echan la casa por la ventana, y a mí no me reconocen ni los perros”. La bronca del criollo era explicable. Calvo recién se enteraba que Holmes había estado trabajando en Chile y, en cierta forma, lo había desplazado en asumir el caso. Posiblemente por su ausencia de la capital. Román Calvo le explica con rabia al narrador que ha permanecido fuera de Santiago dedicado a la entomología. No por azar es autoridad reconocida en la vida y obra del   Amapollodes Scabrosus,   un cucaracho particularmente nocivo.

El caso en cuestión es la desaparición de Godofredo Valverde, un empleado reconocido como  un modelo en la Dirección de Obras Públicas y marido ejemplar… salvo cuando se sale del  cauce y parte tras cantantes de ópera, garitos clandestinos o botellas de aguardiente. Empero, no era un mal hombre y siempre volvía al redil. Se le consideraba un ejemplo de marido pródigo; o casi siempre, mejor dicho, porque un día lo atrapa la fiebre del oro y parte a Copiapó, en el norte  de Chile, en busca del derrotero de un filón que un tío suyo, sacerdote, ha recibido en confesión de un viejo cateador moribundo. Para sorpresa de todos, en particular de su señora que con lágrimas en los ojos había intentado persuadirlo de abandonar tal quimera, don Godofredo no  había caído en una trampa cazabobos, sino que efectivamente había hallado la dichosa mina y estaba a las puertas de volverse rico.

Partió pues el señor Valverde a Minneapolis con un cuñado suyo, compañero en la aventura áurea, para conseguirse unos socios yanquis que aportaran capital. Los encuentra, por cierto, y le pagan un adelanto de dos millones de dólares en efectivo (dólares de hace casi un siglo). Pero su cuñado fallece misteriosamente en New Orleans antes de llegar a destino, y a él aparentemente lo asesinan para robarle, en algún lugar a orillas del río Mississipi.

La esposa acongojada decide que tal suma merece el mejor investigador disponible en el mercado, y recurre a Sherlock Holmes, ofreciéndole cinco mil libras esterlinas de adelanto para gastos; cosa que remece de envidia a Román Calvo al saberlo, ya que él lo habría hecho por unos pocos pesos y pagados en moneda local. Holmes acepta el encargo.  El gran sabueso investiga en Estados Unidos y encuentra algo demasiado misterioso y sucio, aunque asegura que el señor Valverde está vivo. Prefiere abstenerse de seguir investigando. Recomienda abandonar el caso tras su retorno a Europa, pero la señora Valverde lo persuade de continuar, con patéticos ruegos y crecientes ofertas en metálico. Holmes acepta entonces profundizar en la investigación y se embarca para Chile, donde sufre a su llegada, sin saberlo, de los celos del detective nacional. Pero sobre el inglés ha caído también una leve sombra de descrédito…

Sombra leve, aunque suficiente para que la bella viuda decida buscar apoyo en otra parte. Recurre entonces a Román Calvo para que le enmiende la plana a “ese señor Sherlock Holmes”  y a ese “otro gringo sonso”, por Watson. El peso de la noche, en otras palabras, la fuerza de las corrientes subterráneas, de los poderes fácticos en la sociedad chilena, se ha impuesto.  La presencia del extranjero es sólo un pretexto, cuando no un error. La señora Valverde prefiere a su marido muerto antes que sujeto de maledicencia, y Holmes, que no entiende a la sociedad chilena, la ha colmado de angustia y ridículo en lugar de ayudarla.

Calvo idea una trampa para Holmes. Decide abordarlo de improviso durante la visita que  Holmes y Watson hacen a la hacienda de un amigo de Fuenzalida, el narrador de la historia. Pero Holmes descubre por pura observación que el recién llegado es detective y además entomólogo. Antes, por pura deducción, ha anunciado a Watson de la aparición de su rival. El duelo está lanzado. Los sabuesos compiten en dialéctica, apoyados por sus amanuenses, Watson  y Edwards alias Fuenzalida. Estos se alternan en la narración de los hechos. Al final, los sabuesos deciden colaborar y la pesquisa se transforma en una competencia que los lleva al Perú, a Baden Baden, a Mónaco.

Las tesis del chileno se imponen, Holmes deportivamente reconoce que se ha equivocado. La frase final explica por qué: “Que bien se está Sherlock Holmes en Londres y Román Calvo en Santiago”. Allá Holmes en Inglaterra con su democracia y acá Calvo en Chile con el autoritarismo de Portales, el régimen conservador que el historiador Edwards auspiciaba, y cuya doctrina harían suya, medio siglo después, Pinochet y sus generales de derecha.

LOS 15 “CHILENOS” DE FICCIÓN MÁS RICOS… SEGÚN FORTEGAVERSO

¿Y si hacemos la versión chilena de lo de Forbes? Ya que ni Capital, ni Economía y Negocios, ni Que Pasa, ni El Pulso se motivan, para eso está Fortegaverso. Aunque claro, multimillonarios no hay muchos (o yo al menos no encontré ) en nuestra ficción. Hay harto rico en teleseries, pero magnate así a lo Piñera (nuestro Lex Luthor), como que ninguno. Juegue y mande su ranking.

PD: Perdonen la autoreferencia

  1. Dr Mortis (“Mortis”)
  2. Condorito magnate (“Condorito”)
  3. Máximo Tacaño (“Condorito”)
  4. Hugo Leonardo Lemus (“Semidios”)
  5. Eglantina Morrison (“El Jappening”)
  6. Señor Mandiola (“El Jappening”)
  7. Salvador Allende -ucrónico- (“Synco”)
  8. Arturo Prat –metahullano– (“1899”)
  9. Las Herederas de Lasislao Duval de Ferreira (“Las Herederas”)
  10. Esteban y Marcia (“La Madrastra”)
  11. Sr. Manguera (“31 Minutos”)
  12. Artemisa Mikonos (“Los Títeres”)
  13. Paul Kaifman (“El Número Kaifman”)
  14. Rodolfo Ruttenmeyer (“Amores de mercado”)
  15. Ezequiel Berkoff (“El Horror de Berkoff”)

LAS 25 EMPRESAS DE FICCIÓN MÁS PODEROSAS DEL 2011 SEGÚN FORBES

 

  1. CHOAM:                 “Dune”, US$1.7 trillion
  2. Acme Corp:             “Looney Tunes”, US $348.7 billion
  3. Sirius Cybernetics Corp:         “Hitchhiker’s Guide”, US$ $327.2 billion
  4. MomCorp:             “Futurama”, US$291.8 billion
  5. Rich Industries:             “Ricky Ricón”, US$163.4 billion
  6.  Soylent Corp:             “Soylent Green”, US$157.1 billion
  7. Very Big Corp. of America:     “Monty Python”, US$146.6 billion
  8. Frobozz Magic Co.:         “Zork”, US$112.9 billion
  9. Warbucks Industries:          “Anita la Huerfanita”, US$61.5 billion
  10. Tyrell Corp:             “ Blade Runner”, US$59.4 billion
  11. Wayne Enterprises:         “Batman”, US $31.3 billion
  12. Virtucon:                 “Austin Powers”, US$24.9 billion
  13. Globex:                “The Simpsons”, US $23.7 billion
  14. Umbrella Corp:            “Resident Evil”, US$22.6 billion
  15. Wonka Industries:            “Willy Wonka”, US$21.0 billion
  16. Stark Industries:            “Iron Man”, US$20.3 billion
  17. Clampett Oil:            “Beverly Hillbillies”, US$18.1 billion
  18. Oceanic Airlines:            “ Lost”, US$7.8 billion
  19. Yoyodyne Propulsion Sys.:    “Crying of Lot”, US$5.8 billion
  20. Cyberdyne Systems Corp.:    “Terminator”, US$5.5 billion
  21. d’Anconia Copper:        “Atlas Shrugged” US$5.0 billion
  22. Gringotts:                “Harry Potter”, US$4.4 billion
  23.  Oscorp:                “Spider-Man”, US$3.1 billion
  24. Nakatomi Trading Corp.:        “Duro de Matar”, US$2.5 billion
  25.  Spacely Space Sprockets:     “Supersónicos”, US$1.3 billion

LINK AL ARTÍCULO ORIGINAL

LOS 15 PERSONAJES DE FICCIÓN MÁS RICOS DEL 2011 SEGÚN FORBES

  1. Scrooge McDuck/Tío Rico (82 años / Disney / Duckburg, US / Minas, tesoros, herencias / US$  44.1 Billones)
  2. Carlisle Cullen  (370 años, vampiro / “Crepúsculo” / Forks, US / Herencias, tesoros, investigaciones / US$ 36.2 Billones)
  3. Artemis Fowl II (15 años / Novelas de Eoin Colfer / Dublin, Ir / Estafas, robos, magia / US$ 13.5 Billones)
  4. Richie Rich/Ricky Ricón (10 años / Harvey Comics / Richville / Herencias, conglomerados / US$ 9.7 Billones)
  5. Jed Clampett (51 años / “Beverly Ricos” / Beverly Hills, US / Petroleo / US$ 9,5 Billones)
  6. Tony Stark (35 años / “Iron Man” / Malibú, US / Defensa y armas / US$ 9,4 Billones)
  7. Smaug  (Inmortal, dragón / “El Hobbit” / Montaña Solitaria, Tierra Media / Tesoros / US$ 8,6 Billones)
  8. Bruce Wayne (32 años / “Batman” / Gotham City, US / Herencias, negocios, industrias / US$ 7.0 Billones)
  9. Mr. Monopoly (71 años / Juego de tablero “Monopoly” / Atlantic City, US / Propiedades y bienes raíces / US$ 2.6 Billones)
  10.  Arthur Bach (28 años / Película del mismo nombre de 1981-remake 201- / Nueva York, US / Herencias / US$ 1.8 Billones)
  11. Jo Bennett (55 años / “The Office” / Tallahasse, US / Negocios, herencias, electronic / US$ 1.2 Billones)
  12. C. Montgomery Burns  (104 años / “The Simpson” / Springfield. US / Energía, herencias, inversiones / US$ 1.1 Billones)
  13. Chuck Bass (18 años / “Gossip Girl” / Nueva York, US / Propiedades, bienes raíces, hotelería / US$ 1.1 Billones)
  14.  Gordon Gekko (65 años / “Wall Street” / Nueva York, US / Acciones, movimientos en la bolsa, asesorias / US 1.1 Billones)
  15. Jeffrey Lebowski (65 años / “El Gran Lebowski” / Los Angeles, US / Negocios varios, herencias / US$ 1.0 Billones)

LINK AL ARTICULO ORIGINAL

¿SER JERRY LEWIS O SER DEAN MARTIN?

Pedimos dos cervezas y una porción de papas fritas.
–Con ají ­–agregó Perci, luego me miró fijo–. Me siento como Jerry Lewis.
–¿Qué tiene que ver Jerry Lewis con esto?
–Estoy leyendo su autobiografía, Dean and Me –prenunció “din-anmi”­–, trescientas cincuenta páginas, en tapas duras, impresionante, un objeto de arte; lo compré en Amazon –respiró–. Voy en el capítulo donde conoce a Dean Martin. En los años cuarenta, Lewis ya era un comediante exitoso, un intelectual judío y divertido que marcaba pautas en la industria de la entretención norteamericana. Como Woody Allen, pero más lúcido y con mejor gusto.
–Woody Allen es un genio.
–Ese es el gran misterio del cine de los últimos treinta años. Woody Allen no tiene nada de genio, es un oportunista que supo robar el talento a otros, aunque le concedo que sabe poner la cámara y componer un cuadro bonito, pero eso es artesanía, no talento.
–Soy fan de Allen.
–Como todos los actores y directores de este país. En verdad no sé qué le ven, es un pedante de mierda, aguantable sólo con un porro de marihuana.
–Me gusta como filma Nueva York…
–Nueva York se ve con más clase en King Kong y es de 1933 y sale un mono gigante, incluso en Spider-Man 2, y es con superhéroes.
–Bueno –fui cortando–, ¿y qué pasaba con Jerry Lewis?
–Que en esa época, los cuarenta –subrayó–, Jerry tenía mucho éxito con las mujeres porque las hacía reír, les daba regalos caros, sabía conversar, era divertido. Por supuesto entendía que esa era su ventaja, no su aspecto físico. Y se vanagloriaba de ello, decía que no se necesitaba tener buen cuerpo y una cara bonita para conquistar a la más bella de las rubias californianas. Que con una buena plática bastaba. Pero erró. En una ocasión estaba en un club de Nueva York, donde efectivamente era el rey de la noche…
El rey de la comedia.
–Qué gran película.
–La mejor de Scorsese.
–Absolutamente. Bueno, en ese club de Nueva York, Jerry Lewis tenía toda la atención de las féminas, las que se desvivían por sus chistes y comentarios. Entonces, de pronto, todas voltearon hacia la puerta –Perci miró hacia la entrada del Rapa Nui, como si actuara su relato–, y cambiaron su foco por un tipo que acababa de ingresar, un sujeto que con sólo aparecer le robó años de trabajo: Dean Martin –subrayó las dos palabras, el nombre y el apellido–. ¿Y sabes lo que dijo Jerry?
–Ni idea.
–Si no puedo ser como él, voy a lograr que trabaje para mí. Será mi payaso privado, me ganaré la vida burlándome de él.
–Cruel.
–No, sólo la naturaleza masculina desatada. Si no tienes buena pinta puedes ganar la pelea con poder, con trabajo, con esto –se tocó la cabeza­–. La metáfora es clara, casi perfecta, el mundo se divide en dos tipos de hombres: o eres un Jerry Lewis o eres un Dean Martin. Yo tengo claro que soy un Jerry Lewis.
–¿Y yo un Dean Martin, entonces?
Pedimos dos cervezas y una porción de papas fritas.
–Con ají ­–agregó Perci, luego me miró fijo–. Me siento como Jerry Lewis.
–¿Qué tiene que ver Jerry Lewis con esto?
–Estoy leyendo su autobiografía, Dean and Me –prenunció “din-anmi”­–, trescientas cincuenta páginas, en tapas duras, impresionante, un objeto de arte; lo compré en Amazon –respiró–. Voy en el capítulo donde conoce a Dean Martin. En los años cuarenta, Lewis ya era un comediante exitoso, un intelectual judío y divertido que marcaba pautas en la industria de la entretención norteamericana. Como Woody Allen, pero más lúcido y con mejor gusto.
–Woody Allen es un genio.
–Ese es el gran misterio del cine de los últimos treinta años. Woody Allen no tiene nada de genio, es un oportunista que supo robar el talento a otros, aunque le concedo que sabe poner la cámara y componer un cuadro bonito, pero eso es artesanía, no talento.
–Soy fan de Allen.
–Como todos los actores y directores de este país. En verdad no sé qué le ven, es un pedante de mierda, aguantable sólo con un porro de marihuana.
–Me gusta como filma Nueva York…
–Nueva York se ve con más clase en King Kong y es de 1933 y sale un mono gigante, incluso en Spider-Man 2, y es con superhéroes.
–Bueno –fui cortando–, ¿y qué pasaba con Jerry Lewis?
–Que en esa época, los cuarenta –subrayó–, Jerry tenía mucho éxito con las mujeres porque las hacía reír, les daba regalos caros, sabía conversar, era divertido. Por supuesto entendía que esa era su ventaja, no su aspecto físico. Y se vanagloriaba de ello, decía que no se necesitaba tener buen cuerpo y una cara bonita para conquistar a la más bella de las rubias californianas. Que con una buena plática bastaba. Pero erró. En una ocasión estaba en un club de Nueva York, donde efectivamente era el rey de la noche…
El rey de la comedia.
–Qué gran película.
–La mejor de Scorsese.
–Absolutamente. Bueno, en ese club de Nueva York, Jerry Lewis tenía toda la atención de las féminas, las que se desvivían por sus chistes y comentarios. Entonces, de pronto, todas voltearon hacia la puerta –Perci miró hacia la entrada del Rapa Nui, como si actuara su relato–, y cambiaron su foco por un tipo que acababa de ingresar, un sujeto que con sólo aparecer le robó años de trabajo: Dean Martin –subrayó las dos palabras, el nombre y el apellido–. ¿Y sabes lo que dijo Jerry?
–Ni idea.
–Si no puedo ser como él, voy a lograr que trabaje para mí. Será mi payaso privado, me ganaré la vida burlándome de él.
–Cruel.
–No, sólo la naturaleza masculina desatada. Si no tienes buena pinta puedes ganar la pelea con poder, con trabajo, con esto –se tocó la cabeza­–. La metáfora es clara, casi perfecta, el mundo se divide en dos tipos de hombres: o eres un Jerry Lewis o eres un Dean Martin. Yo tengo claro que soy un Jerry Lewis.
–¿Y yo un Dean Martin, entonces?
–No lo sé, ¿qué crees tú?
–Prefiero el término medio.
–No hay término medio.
–Entonces –miré alrededor–, aquí y ahora soy un Dean Martin. Podríamos armar una dupla –hice el gesto de tú y yo–; tal vez tienes un potencial oculto como actor, comediante inteligente ­–recalqué.
–Con perdón, pero ni aunque me pagaran millones sería actor.
–No pagan millones.
–No seas mentiroso, sé exactamente cuánto te pagaron por Román Calvo.
–Internet miente.
–El Servicio de Impuestos Internos no.
–¿Te metiste al Servicio de Impuestos Internos?
–Hay mucho tiempo libre en Salisbury.
–Entonces no quieres ser como yo.
–No, lo siento –respiró–. Si acabo de recordar y contarte esa historia es porque a mí jamás una mujer me ha mirado como te han mirado a ti durante todo el día. ¡Hasta en el cementerio algunas querían llevarte a la cama!
–No lo sé, ¿qué crees tú?
–Prefiero el término medio.
–No hay término medio.
–Entonces –miré alrededor–, aquí y ahora soy un Dean Martin. Podríamos armar una dupla –hice el gesto de tú y yo–; tal vez tienes un potencial oculto como actor, comediante inteligente ­–recalqué.
–Con perdón, pero ni aunque me pagaran millones sería actor.
–No pagan millones.
–No seas mentiroso, sé exactamente cuánto te pagaron por Román Calvo.
–Internet miente.
–El Servicio de Impuestos Internos no.
–¿Te metiste al Servicio de Impuestos Internos?
–Hay mucho tiempo libre en Salisbury.
–Entonces no quieres ser como yo.
–No, lo siento –respiró–. Si acabo de recordar y contarte esa historia es porque a mí jamás una mujer me ha mirado como te han mirado a ti durante todo el día. ¡Hasta en el cementerio algunas querían llevarte a la cama!

El resto en esta novela que pueden comprar aquí

SUPERMAN ES CHILENO (LA HISTORIA MÁS RARA QUE ALGUNA VEZ PUBLIQUE)

Este es uno de los artículos más extraños que he escrito y reporteado. Ya ni recuerdo como llegué al caso, pero bien merece un lugar destacado en la historia bizarra de Chile. Como la película UNBREAKABLE pero en Santiago de Chile, un Wolverine anciano que hoy vive en la Florida, un X-Men de Departamental con Vicuña Mackena, el Dr. Manhattan de Santiago City. Un superhéroe por accidente que nunca usó sus poderes. En el cine, Cristopher Reeves nos enseñó que el hombre podía volar. Acá en Santiago, Antonio Dueville que un chilenopodía hacerlo… Y de verdad.
Publicado el viernes 5 de Febrero de 1999, en Zona de Contacto, El Mercurio.

El increíble caso del chileno electrocargado:
SUPERHOMBRE POR ACCIDENTE

Hace mucho tiempo, un rayo de energía lo golpeó dotándolo de increíbles poderes. Hoy, con 90 años cumplidos y en pleno uso de sus facultades, Antonio Dueville recuerda el episodio que lo convirtió en el Supermán chileno.
Como 1999, el verano del 47 fue uno de los más calurosos en Santiago. Antonio Dueville tenía 35 años y trabajaba como contratista eléctrico. El 28 de enero lo llamaron del entonces Instituto Nacional del Radium, hoy Centro Oncológico Caupolicán Pardo, detrás del hospital José Joaquín Aguirre en Independencia.
“Tenían problemas con una máquina de rayos X. La cosa era grave, porque cada vez que la prendían temblaba. Salían chispas que incluso atravesaban las paredes de la sala. Me contrataron para recubrir la pieza con plomo. Al terminar me di cuenta que no había tomado las medidas. Le dije a Carlos, un niño que trabajaba conmigo, que fuera a echar una mirada para calcular los metros, pero como la máquina estaba encendida, le dio miedo. Le insistí pero no quiso, así que fui yo”.
“Carlos me pidió que por favor no se me ocurriera entrar, que mejor mirara por una ventanita de la puerta. Arriba de ésta se leía: Alta Tensión: Peligro de Muerte . Miré por el vidrio, pero como no se veía nada, me arriesgué y abrí la puerta. Apenas me asomé al interior, sentí que me chupaban para adentro y después vino el golpe de luz. De ahí no me acuerdo más”.
El golpe retumbó en todo el edificio, asustando a pacientes, médicos y auxiliares. Carlos, el asistente de Antonio Dueville, fue el primero en darse cuenta de lo ocurrido. Recuperándose del susto corrió a la sala y vio que la puerta estaba cerrada. Con temor fue hasta la ventanilla y miró al interior de la pieza. Lo que vió era mejor que cualquier historieta. A cinco metros del suelo, el cuerpo de su jefe flotaba despidiendo rayos de energía; su ropa ardía y daba la impresión de ser una especie de generador humano. Antonio Dueville volaba, suspendido inexplicablemente en el aire. Estuvo así un par de minutos, hasta que cortaron la electricidad. Cuando esto ocurrió, el cuerpo inconsciente de Dueville se desplomó, rebotando pesadamente al golpear el suelo.
Con mucho cuidado Carlos y un guardia abrieron la puerta. El olor a carne quemada hacía imposible creer que Antonio Dueville pudiera estar con vida, más aún cuando Manuel Mella y Pablo Raffo, dos doctores del instituto llegaron a ver el accidente y sólo atinaron a pedir que lo llevaran a la morgue. El doctor Mella intentó acercarse, pero apenas franqueó el umbral de la sala, fue repelido por una descarga emitida por el cuerpo de Dueville. El electricista había sido cargado con más de 200 mil voltios, más del doble que una silla eléctrica (cuyas cargas son de 50 mil voltios).
Con cuidado, tomaron el cuerpo de Antonio con guantes e implementos no conductores y lo sacaron de la pieza. Dicen que me salían chispas y destellos del cuerpo. Anudaron sus codos y rodillas con alambres de cobre y conectándolo a tierra, procedieron a descargarlo. Fue un espectáculo desconcertante que se prolongó por media hora. El cuerpo de Dueville destellaba rayos e incluso llamas. La piel estaba toda quemada, no tenía nada de pelo y lo poco que quedaba de su ropa eran un montón de harapos humeantes.
Después de descargarlo, cuando ya no había peligro, el doctor Raffo fue el primero en revisarlo. Examinó su respiración, su pulso y su corazón, y al no obtener respuesta lo dió por muerto. En una camilla lo mandaron a la morgue. Estuvo dos horas muerto hasta que, mientras una enfermera le limpiaba las quemaduras, Antonio Dueville abrió los ojos. Entre los gritos de horror de la mujer, él se sentó. Le pregunté que había pasado. Ella no paraba de gritar.
“Lo curioso es que los doctores y la gente del Instituto no me revisaron ni hicieron nada. Se limitaron a esperar que pudiera caminar y me mandaron a la casa. Todo quemado salí a la calle y paré un taxi. Después supe que lo habían hecho porque los del Radium no querían tener responsabilidad y como creyeron que me iba a morir en la calle, pensaron que así no tendrían que dar explicaciones. Pero igual llegué a casa. Mi mujer gritó de espanto al verme. Estaba humeando y todo cubierto de ceniza blanca. Me acostaron y llamaron a un doctor. El médico ordenó que me llevaran a un hospital, curiosamente al José Joaquín Aguirre que estaba al lado del Radium. También sugirió que iniciara una demanda porque lo que habían hecho conmigo era un crimen. No lo hice porque sabía que había entrado a la sala bajo mi responsabilidad y ellos no tenían nada que ver.”
Después de los primeros exámenes, no le dieron más de un par de días de vida. Tiempo que él aprovechó para repartir a sus seis hijos entre todos sus amigos y hermanos. Venían a verme y yo les encargaba un niño Al final Antonio Dueville estuvo tres meses hospitalizado. Lleno de quemaduras y todo lampiño.
Mientras estaba en cama su cuerpo comenzó a experimentar extrañas transformaciones. La más evidente fue que alrededor de las heridas, comenzó a brotarle piel. Le crecía carne, así que los doctores no tuvieron que extirparle piel para hacerle los injertos, pues era cuestión de estirar la carne nueva y coserla sobre las heridas. Del resto se encargaba un curioso factor de curación que también le apareció. Uno tan espectacular y extraño que hasta el día de hoy le cierra cualquier herida (por muy profunda que sea) en un par de horas.
Hace como dos semanas, estaba arreglando las jaulas de unas pájaros cuando se asustaron y me picaron. Me abrieron unos tremendos hoyos en las manos, pero no sangré. Las heridas se me cerraron en menos de un día.
Esa tarde del 28 de enero del 47, Antonio Dueville nació de nuevo. El golpe de corriente mató todas las bacterias de su cuerpo e incluso, inexplicablemente, le curó de una diabetes. Además me dejó el mejor corazón del mundo, con cero peligro de infarto. Cada vez que voy a un médico, ellos se asustan porque tengo el pulso de un niño de 15 años. Tengo 90 años y no estoy enfermo de nada. Yo creo que todo fue porque recibí tantos voltios, si hubieran sido menos, lo más probable es que hubiera muerto Una vez salió en la tele un joven que se murió con ‘apenas’ 16 mil voltios. Lo mío fueron 240 mil.
-En la prensa (1) decía que 200 mil…
-Si, eso dijeron, pero Carlos, mi asistente, me dijo que habían sido 240 y yo preferí creerle a él, porque estuvo presente cuando pasó. Además que yo volé y eso sólo sucede cuando uno es un hombre eléctrico.
-O Supermán
-Así me decían. Es que yo volé igual que él.

Dijeron un día
Antonio Dueville tiene 90 años y vive en la Florida. Ha sido bombero toda su vida y es un verdadero héroe para la Bomba Italia. Dice que ha sido un hombre feliz y confiesa que su único pecado han sido las mujeres, tuve tantas en mi vida que no puedo contarlas. A pesar de su insólita experiencia radioactiva, tuvo escasa cobertura en los medios de la época. Sus familiares dicen que fue así porque el Instituto del Radium tapó la noticia y la revista Vea, que se dedicaba al periodismo sensacionalista, se las arregló para reportear el hecho. Dos meses después, con fecha del 26 de abril de 1947 el suceso ocupó las páginas centrales del semanario. Bajo el título de Emulo del Superhombre vive en Santiago, la revista relata la odisea de Don Antonio, comparándolo con Superhombre, que era como se conocía entonces a Supermán. Se incluyen fotografías del personaje y del lugar de los hechos, así como un curioso apartado sobre las fuerzas eléctricas y la obra de Benjamin Franklin.

Imposible

El Dr. Jorge Mella es hijo de Manuel Mella, el médico que según la revista Vea de 1947 fue repelido por una descarga al intentar ayudar a Dueville. El doctor Mella Jr. es director de la Clínica Mella y recuerda lo ocurrido: Claro que no fue la única vez que pasó algo así. Un alemán también se electrocutó en la sala de rayos X así que no era un fenómeno aislado. Sostiene que si bien es lógico que la corriente haya chupado a Dueville, es imposible que hubiera volado: Perfectamente pudo ser invento de la prensa. Un cuerpo cargado de energía no puede suspenderse en el aire. Sobre los 200 mil voltios de la descarga, en comparación con los 50 mil de la silla eléctrica, también hay una explicación: La silla dispara golpes directos y mortales, pero lo que ocurrió en esa sala de rayos X el 47 fue un contacto indirecto, y es factible que un hombre soporte miles de voltios en ese tipo de descargas. Mella también se refiere a los efectos secundarios que sufrió Dueville después del accidente, asegurando que: El seguramente siempre tuvo buena cicatrización, pero nunca antes se había dado cuenta. El médico tambien desmiente las acusaciones de negligencia contra el entonces Radium, es falso, sólo sensacionalismo.

(1) Revista Vea. 26 Abril 1947

NOTA: El año pasado, la nieta de Antonio Dueville me envió un mail recordando este artículo y para contarme que Superman había muerto.

“LA GUERRA DE LAS GALAXIAS”, MI ACTUACIÓN EN “CUENTOMETRAJES”

Este cuento alguna vez fue publicado en las antologías Cuentistas Chilenos para el Siglo XXI  y Plagio. El año pasado fue reescrito, editado y actualizado para el libro Cuentometrajes (Alfaguara, 2011), una selección de relatos de cine escritos por gente que a tenido cercanía con la pantalla grande:  críticos, guionistas o directores. El ideólogo y mente maestra de todo esto fue Daniel Olave, alias TODOCINE y @todo_cine

Compren el libro, hay gente bacán como Pablo Illanes, Alberto Fuguet, Antonio Skármeta y René Arcos, entre otros.  Este es un extracto del relato

La guerra de las galaxias

 Juego con la espuma formada por el agua y la pasta dental dentro de mi boca  exactamente por cuatro minutos.  Lo sé, estoy seguro, porque en la repisa de vidrio que hay bajo el espejo del baño puse mi reloj  y no le he despegado la vista desde que terminé de cepillarme.  Conté cada vuelta del  segundero, en voz baja para que quedara claro dentro de mi cabeza.  Golpeo la mezcla contra los dientes y remojo con fuerza las encías; echo la cabeza hacia atrás, hago un par de gárgaras y escupo sobre el lavamanos, un delgado hilo de sangre escapa de mis encías y hace espirales alrededor del desagüe. Dejo correr el agua, mojo mi cara y me arreglo el cabello, peinándome rápido, con energía. Jabón, espuma y uno que otro pelo gris se pierden por el ridículo remolino formado en el centro del lavabo. Y al hacerlo, la pequeña boca de metal silba grave hacia el interior del caño. Alguna vez, cuando mi hijo era pequeño y todas las noches lo acompañaba a lavarse los dientes, escuché de su voz enana contarme acerca del diminuto monstruo que habitaba en las cañerías. Decía que se alimentaba del jabón usado y que ese sonido grave no era otra cosa más que su garganta al tragar el agua y la espuma.
Previo a cerrar la llave de paso, limpio el cepillo y lo dejo junto a los otros, en el pequeño vaso amarillo y de plástico que usamos para guardarlos. Apretados contra al tubito del dentrífico, hay tres escobillas más: de los otros y del otro. Me calzo los anteojos y abrocho la pulsera del reloj a mi muñeca.  Salgo del baño.

En el dormitorio, encima de una silla, está mi chaqueta y sobre ella la Biblia. Aparto el libro y termino de vestirme. Frente a un espejo anudo la corbata. Regreso a la Biblia, la empuño como una espada de luz (tal como me enseñaron) y abandono la habitación. Es domingo, día del Señor y yo soy su fiel Pastor.

Mi hijo está en la sala, absolutamente concentrado en el televisor. Voy por detrás y pongo una mano sobre sus hombros, ni siquiera interrumpe un segundo para saludarme.
–¿Entonces no vienes? –le pregunto.
–No –contesta–. Dan la Guerra de las Galaxias –me explica  seguido.
En la pantalla C3PO y R2D2 acaban de aterrizar en Tatooine y parten a buscar a Obi Wan Kenobi, conozco a los personajes, he visto la película.
–¿Cuántas veces la has visto?
–Tres, cuatro, cinco, seis, da lo mismo, me gusta, es mi favorita –me mira levantando una ceja, sus ojos son tan hostiles que asustan. Nuevamente recuerdo al monstruo de las cañerías y a todos los monstruos que alguna vez inventó su infantil imaginación. Tenía un cuadernillo rojo donde los dibujaba, cada uno con un nombre diferente. Había uno que parecía una vaca con patas de araña y que usaba lentes y pasaba todo el día leyendo. Mi hijo lo bautizó con mi nombre.  Hace mucho tiempo y en una lejana galaxia que dejó de creer en monstruos, los cambió por extraterrestres.
Separado de C3PO, R2D2 es emboscado por unos seres diminutos y chillones llamados Jawas.
Abandono a la Biblia por un instante y me dirijo a la cocina. De un anaquel cojo un vaso y lo lleno con leche. Lo pongo sobre una bandeja y a su lado dejo dos platos, el primero con galletas y el otro con un sandwich de jamón y queso que preparo rápido con dos rebanadas de pan de molde. Muerdo una de las galletas y mientras mastico reviso detalladamente cada rincón de la cocina, visualizando demasiadas cosas. Demasiado,  nunca pensé que alguna vez esa palabra pudiera definir mi paso diario. Trago la galleta  y dejo de mirar, es mejor así.
–Toma –le digo, poniendo la bandeja en una mesita de arrimo que hay junto al sofá en el que está tirado, como si fuera un gato gordo y holgazán–. Después del culto cocino algo, ¿estás seguro que no vienes? –vuelvo a preguntarle.
–No papá, ya te dije que quiero ver la película –repite sin mirarme.
–Eso mismo le vas a decir al Señor cuando venga.
Se ríe y torciendo sus labios acota.
–Hoy no va a venir –y de alguna forma pienso que tiene razón.
Me pregunta cuando vuelve su madre.
Siento mi garganta secarse en un segundo, de nada sirvió tanto enjuague. Evitando tartamudear le miento: “Mañana, como a las diez”, total ya no importa.
–¿Y el Rubén? –añade, asomando de pronto su cabeza por el horizonte del sillón.
–No sé, el martes –continúo mintiendo, antes de escapar veloz del living. Miro la hora, todavía me quedan unos minutos. Regreso al dormitorio, abro el armario y busco un vestido de mi mujer, uno blanco y largo, de los que ella siempre usaba para las ceremonias especiales. Encuentro uno perfecto y lo estiro con cuidado sobre su lado de la cama. El vestido se queda quieto, mirándome.  Atento a su vigilia, voy hasta mi lugar y reviso el cajón del velador, el segundero del despertador suma dos pasos. Busco un pequeño portarretrato en el que hay una vieja fotografía de mi padre. Se ve tan diferente al del silencioso y lejano sujeto que murió hace cada vez más años. En la imagen papá tenía 19 años, acababa de ingresar a carabineros y lo habían destinado a una pequeña comunidad del sur. Sus cejas comenzaban a espesarse y la forma de su cara a adquirir la graciosa redondez de dibujo animado que luego sería su sello. En ese tiempo no tenía bigotes y tampoco usaba anteojos. La fotografía era en blanco y negro, ligeramente sepia y en lugar de un carabinero rural asemejaba un joven veterano de guerra durante el primer día de su regreso a casa.
Puse la imagen sobre la mesita de noche, afirmado contra la lámpara, detrás del despertador. Y pasó otro minuto. Es domingo,  día del Señor y yo soy su fiel Pastor, vuelvo a recordar.
En la sala, en la pantalla del televisor, Luke Skywalker le dice a su tío que hay que comprar nuevos robots, un astromecánico y un droide de protocolo. A lo lejos aparece el transporte arenero de los Jawas.
Cada vez que miro al templo, que se levanta a un costado de la casa pastoral, pienso en lo sencillo que es. Su nave, sin arcadas ni cripta; su fachada, sin torre ni imágenes, absolutamente limpio en sus piedras y maderas. A veces me pregunto si realmente celebramos al Señor con un lugar cuya arquitectura es tan poca muestra de su grandeza.
Ha llegado poca gente, en su mayoría hermanos nuevos que no conozco. Amablemente los saludo. Ellos me aprietan las manos, mirándome con cariño, con admiración y respeto. Me siento, debo sentirme bien, es domingo, día del Señor y yo soy su fiel Pastor, el instrumento de su verbo y figura, es lo único en que debo pensar. Sonrisa dibujada me adelanto a la primera fila, la más cercana al púlpito y tomo asiento. Guardo la Biblia a un lado e intento orar pero no puedo. Al cerrar los ojos veo  cosas que preferiría no contemplar, naves de guerra batiéndose sobre planetas desiertos, caballeros enmascarados vestidos de negro, estrellas mortales destruyendo planetas habitados por princesas angelicales, hijos perdidos y padres entregados a la sombra. El Señor nos advirtió acerca de las potestades atormentadoras que habitan en la oscuridad. Pienso en mi chiquito, en la leche, en la película que está viendo y me dan ganas de irme lejos, a una galaxia  muy lejana.
–Pastor… –me saluda una voz aguda que con facilidad reconozco.
–Hermana Solís, ¿cómo está? –finjo con una sonrisa.
–Con la gracia del Señor muy bien. Los achaques se van pasando y el doctor dice que ya puedo comer de todo, menos frituras, pero usted ya sabe, nunca he sido buena para las cosas fritas –no lo sabía–. Menos mal que no me prohibieron los dulces y chocolates –ríe– ahí si que me muero, pues. ¿Y su niño?
–Está un poco resfriado –miento– así que lo dejé en cama. –Se lleva las manos a la boca y bendice al aire pidiendo que mi hijo no se agrave. “Amén”, le respondo balbuceando, sin poder mirarla a los ojos.
–No se preocupe, hermana, usted sabe como son los chicos, pescan un resfrío jugando a la pelota, se quedan una tarde en cama y al otro día están como nuevos.
–Que la fuerza esté con usted –juro que me dice.
–Perdón… –la interrumpo.
–En la gracia del Señor, pastor –repite y luego me cuenta–: Una vez el Patito, mi cabro mayor, el que trabaja en el norte, que se casó con la hija de la hermana Oriale –le indico que sé de cual de sus niños me está hablando, yo lo casé– agarró una gripe pasajera y la cosa se complicó. Le dio como neumonía y tuvo que pasar una semana hospitalizado. Dígale a la hermanita Pastora que le prepare te caliente con harto limón y miel, eso no falla nunca –acentúa, luego se detiene un momento, mira detrás mío y lanza la pregunta que ya no puede esperar más en la punta de su lengua:
–¿Y la hermanita Pastora?–, escarba con sus ojos rojos, poseídos por lado oscuro.
“Vieja hipócrita, como si no lo supieras. Como si tus oídos fueran sordos al rumor que cual serpiente antigua se enrolla alrededor del templo. De mí templo, mí iglesia, mi nave estelar. Una víbora armada de sucias palabras que me han convertido en objeto de habladurías dentro de mi propia gente”.
–Fue a la misión campesina, regresa mañana, estoy solo.
Suspira, su aliento de anciana me asquea. Antes de desaparecer vuelve a interrogarme.
–¿Y el Pastor en práctica?
“Practicando con su Pastora, hermanita. Fornicando, adulterando, pecando, burlándose del Señor”.
–También fue a misiones.
–Dios lo bendiga –acota ella y no sé si sus bendiciones son para mi alumno en práctica o para mí. La quedo mirando, el aspecto de la hermana Solís es tan curioso, tiene uno de esos rostros que ya no se ven. Es raro, pero algunas caras pasan de moda. Como cuando se mira una fotografía antigua y todo el mundo es idéntico, como si formaran parte de una enorme familia  que ya no existe. Después se observa una foto más nueva y se descubre que comienzan a predominar un nuevo tipo de facciones y que las previas se desvanecen hasta desaparecer para siempre. La hermana Solís tiene una cara condenada a la extinción, como si fuera un dinosaurio. A mi hijo le gustan tanto los dinosaurios.
El resto en su librería más cercana.