“LA GUERRA DE LAS GALAXIAS”, MI ACTUACIÓN EN “CUENTOMETRAJES”

Este cuento alguna vez fue publicado en las antologías Cuentistas Chilenos para el Siglo XXI  y Plagio. El año pasado fue reescrito, editado y actualizado para el libro Cuentometrajes (Alfaguara, 2011), una selección de relatos de cine escritos por gente que a tenido cercanía con la pantalla grande:  críticos, guionistas o directores. El ideólogo y mente maestra de todo esto fue Daniel Olave, alias TODOCINE y @todo_cine

Compren el libro, hay gente bacán como Pablo Illanes, Alberto Fuguet, Antonio Skármeta y René Arcos, entre otros.  Este es un extracto del relato

La guerra de las galaxias

 Juego con la espuma formada por el agua y la pasta dental dentro de mi boca  exactamente por cuatro minutos.  Lo sé, estoy seguro, porque en la repisa de vidrio que hay bajo el espejo del baño puse mi reloj  y no le he despegado la vista desde que terminé de cepillarme.  Conté cada vuelta del  segundero, en voz baja para que quedara claro dentro de mi cabeza.  Golpeo la mezcla contra los dientes y remojo con fuerza las encías; echo la cabeza hacia atrás, hago un par de gárgaras y escupo sobre el lavamanos, un delgado hilo de sangre escapa de mis encías y hace espirales alrededor del desagüe. Dejo correr el agua, mojo mi cara y me arreglo el cabello, peinándome rápido, con energía. Jabón, espuma y uno que otro pelo gris se pierden por el ridículo remolino formado en el centro del lavabo. Y al hacerlo, la pequeña boca de metal silba grave hacia el interior del caño. Alguna vez, cuando mi hijo era pequeño y todas las noches lo acompañaba a lavarse los dientes, escuché de su voz enana contarme acerca del diminuto monstruo que habitaba en las cañerías. Decía que se alimentaba del jabón usado y que ese sonido grave no era otra cosa más que su garganta al tragar el agua y la espuma.
Previo a cerrar la llave de paso, limpio el cepillo y lo dejo junto a los otros, en el pequeño vaso amarillo y de plástico que usamos para guardarlos. Apretados contra al tubito del dentrífico, hay tres escobillas más: de los otros y del otro. Me calzo los anteojos y abrocho la pulsera del reloj a mi muñeca.  Salgo del baño.

En el dormitorio, encima de una silla, está mi chaqueta y sobre ella la Biblia. Aparto el libro y termino de vestirme. Frente a un espejo anudo la corbata. Regreso a la Biblia, la empuño como una espada de luz (tal como me enseñaron) y abandono la habitación. Es domingo, día del Señor y yo soy su fiel Pastor.

Mi hijo está en la sala, absolutamente concentrado en el televisor. Voy por detrás y pongo una mano sobre sus hombros, ni siquiera interrumpe un segundo para saludarme.
–¿Entonces no vienes? –le pregunto.
–No –contesta–. Dan la Guerra de las Galaxias –me explica  seguido.
En la pantalla C3PO y R2D2 acaban de aterrizar en Tatooine y parten a buscar a Obi Wan Kenobi, conozco a los personajes, he visto la película.
–¿Cuántas veces la has visto?
–Tres, cuatro, cinco, seis, da lo mismo, me gusta, es mi favorita –me mira levantando una ceja, sus ojos son tan hostiles que asustan. Nuevamente recuerdo al monstruo de las cañerías y a todos los monstruos que alguna vez inventó su infantil imaginación. Tenía un cuadernillo rojo donde los dibujaba, cada uno con un nombre diferente. Había uno que parecía una vaca con patas de araña y que usaba lentes y pasaba todo el día leyendo. Mi hijo lo bautizó con mi nombre.  Hace mucho tiempo y en una lejana galaxia que dejó de creer en monstruos, los cambió por extraterrestres.
Separado de C3PO, R2D2 es emboscado por unos seres diminutos y chillones llamados Jawas.
Abandono a la Biblia por un instante y me dirijo a la cocina. De un anaquel cojo un vaso y lo lleno con leche. Lo pongo sobre una bandeja y a su lado dejo dos platos, el primero con galletas y el otro con un sandwich de jamón y queso que preparo rápido con dos rebanadas de pan de molde. Muerdo una de las galletas y mientras mastico reviso detalladamente cada rincón de la cocina, visualizando demasiadas cosas. Demasiado,  nunca pensé que alguna vez esa palabra pudiera definir mi paso diario. Trago la galleta  y dejo de mirar, es mejor así.
–Toma –le digo, poniendo la bandeja en una mesita de arrimo que hay junto al sofá en el que está tirado, como si fuera un gato gordo y holgazán–. Después del culto cocino algo, ¿estás seguro que no vienes? –vuelvo a preguntarle.
–No papá, ya te dije que quiero ver la película –repite sin mirarme.
–Eso mismo le vas a decir al Señor cuando venga.
Se ríe y torciendo sus labios acota.
–Hoy no va a venir –y de alguna forma pienso que tiene razón.
Me pregunta cuando vuelve su madre.
Siento mi garganta secarse en un segundo, de nada sirvió tanto enjuague. Evitando tartamudear le miento: “Mañana, como a las diez”, total ya no importa.
–¿Y el Rubén? –añade, asomando de pronto su cabeza por el horizonte del sillón.
–No sé, el martes –continúo mintiendo, antes de escapar veloz del living. Miro la hora, todavía me quedan unos minutos. Regreso al dormitorio, abro el armario y busco un vestido de mi mujer, uno blanco y largo, de los que ella siempre usaba para las ceremonias especiales. Encuentro uno perfecto y lo estiro con cuidado sobre su lado de la cama. El vestido se queda quieto, mirándome.  Atento a su vigilia, voy hasta mi lugar y reviso el cajón del velador, el segundero del despertador suma dos pasos. Busco un pequeño portarretrato en el que hay una vieja fotografía de mi padre. Se ve tan diferente al del silencioso y lejano sujeto que murió hace cada vez más años. En la imagen papá tenía 19 años, acababa de ingresar a carabineros y lo habían destinado a una pequeña comunidad del sur. Sus cejas comenzaban a espesarse y la forma de su cara a adquirir la graciosa redondez de dibujo animado que luego sería su sello. En ese tiempo no tenía bigotes y tampoco usaba anteojos. La fotografía era en blanco y negro, ligeramente sepia y en lugar de un carabinero rural asemejaba un joven veterano de guerra durante el primer día de su regreso a casa.
Puse la imagen sobre la mesita de noche, afirmado contra la lámpara, detrás del despertador. Y pasó otro minuto. Es domingo,  día del Señor y yo soy su fiel Pastor, vuelvo a recordar.
En la sala, en la pantalla del televisor, Luke Skywalker le dice a su tío que hay que comprar nuevos robots, un astromecánico y un droide de protocolo. A lo lejos aparece el transporte arenero de los Jawas.
Cada vez que miro al templo, que se levanta a un costado de la casa pastoral, pienso en lo sencillo que es. Su nave, sin arcadas ni cripta; su fachada, sin torre ni imágenes, absolutamente limpio en sus piedras y maderas. A veces me pregunto si realmente celebramos al Señor con un lugar cuya arquitectura es tan poca muestra de su grandeza.
Ha llegado poca gente, en su mayoría hermanos nuevos que no conozco. Amablemente los saludo. Ellos me aprietan las manos, mirándome con cariño, con admiración y respeto. Me siento, debo sentirme bien, es domingo, día del Señor y yo soy su fiel Pastor, el instrumento de su verbo y figura, es lo único en que debo pensar. Sonrisa dibujada me adelanto a la primera fila, la más cercana al púlpito y tomo asiento. Guardo la Biblia a un lado e intento orar pero no puedo. Al cerrar los ojos veo  cosas que preferiría no contemplar, naves de guerra batiéndose sobre planetas desiertos, caballeros enmascarados vestidos de negro, estrellas mortales destruyendo planetas habitados por princesas angelicales, hijos perdidos y padres entregados a la sombra. El Señor nos advirtió acerca de las potestades atormentadoras que habitan en la oscuridad. Pienso en mi chiquito, en la leche, en la película que está viendo y me dan ganas de irme lejos, a una galaxia  muy lejana.
–Pastor… –me saluda una voz aguda que con facilidad reconozco.
–Hermana Solís, ¿cómo está? –finjo con una sonrisa.
–Con la gracia del Señor muy bien. Los achaques se van pasando y el doctor dice que ya puedo comer de todo, menos frituras, pero usted ya sabe, nunca he sido buena para las cosas fritas –no lo sabía–. Menos mal que no me prohibieron los dulces y chocolates –ríe– ahí si que me muero, pues. ¿Y su niño?
–Está un poco resfriado –miento– así que lo dejé en cama. –Se lleva las manos a la boca y bendice al aire pidiendo que mi hijo no se agrave. “Amén”, le respondo balbuceando, sin poder mirarla a los ojos.
–No se preocupe, hermana, usted sabe como son los chicos, pescan un resfrío jugando a la pelota, se quedan una tarde en cama y al otro día están como nuevos.
–Que la fuerza esté con usted –juro que me dice.
–Perdón… –la interrumpo.
–En la gracia del Señor, pastor –repite y luego me cuenta–: Una vez el Patito, mi cabro mayor, el que trabaja en el norte, que se casó con la hija de la hermana Oriale –le indico que sé de cual de sus niños me está hablando, yo lo casé– agarró una gripe pasajera y la cosa se complicó. Le dio como neumonía y tuvo que pasar una semana hospitalizado. Dígale a la hermanita Pastora que le prepare te caliente con harto limón y miel, eso no falla nunca –acentúa, luego se detiene un momento, mira detrás mío y lanza la pregunta que ya no puede esperar más en la punta de su lengua:
–¿Y la hermanita Pastora?–, escarba con sus ojos rojos, poseídos por lado oscuro.
“Vieja hipócrita, como si no lo supieras. Como si tus oídos fueran sordos al rumor que cual serpiente antigua se enrolla alrededor del templo. De mí templo, mí iglesia, mi nave estelar. Una víbora armada de sucias palabras que me han convertido en objeto de habladurías dentro de mi propia gente”.
–Fue a la misión campesina, regresa mañana, estoy solo.
Suspira, su aliento de anciana me asquea. Antes de desaparecer vuelve a interrogarme.
–¿Y el Pastor en práctica?
“Practicando con su Pastora, hermanita. Fornicando, adulterando, pecando, burlándose del Señor”.
–También fue a misiones.
–Dios lo bendiga –acota ella y no sé si sus bendiciones son para mi alumno en práctica o para mí. La quedo mirando, el aspecto de la hermana Solís es tan curioso, tiene uno de esos rostros que ya no se ven. Es raro, pero algunas caras pasan de moda. Como cuando se mira una fotografía antigua y todo el mundo es idéntico, como si formaran parte de una enorme familia  que ya no existe. Después se observa una foto más nueva y se descubre que comienzan a predominar un nuevo tipo de facciones y que las previas se desvanecen hasta desaparecer para siempre. La hermana Solís tiene una cara condenada a la extinción, como si fuera un dinosaurio. A mi hijo le gustan tanto los dinosaurios.
El resto en su librería más cercana.

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About fortegaverso

Periodista, escritor, editor, guionista. Autor de un par de novelas, un par de guiones, varios cuentos y mucho magterial inédito. Blogger y twitter. Hace algún tiempo, no importa cuanto, decidí recorrer el mundo por los caminos del mar... pero me arrepentí, la web es más segura

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