¿SER JERRY LEWIS O SER DEAN MARTIN?

Pedimos dos cervezas y una porción de papas fritas.
–Con ají ­–agregó Perci, luego me miró fijo–. Me siento como Jerry Lewis.
–¿Qué tiene que ver Jerry Lewis con esto?
–Estoy leyendo su autobiografía, Dean and Me –prenunció “din-anmi”­–, trescientas cincuenta páginas, en tapas duras, impresionante, un objeto de arte; lo compré en Amazon –respiró–. Voy en el capítulo donde conoce a Dean Martin. En los años cuarenta, Lewis ya era un comediante exitoso, un intelectual judío y divertido que marcaba pautas en la industria de la entretención norteamericana. Como Woody Allen, pero más lúcido y con mejor gusto.
–Woody Allen es un genio.
–Ese es el gran misterio del cine de los últimos treinta años. Woody Allen no tiene nada de genio, es un oportunista que supo robar el talento a otros, aunque le concedo que sabe poner la cámara y componer un cuadro bonito, pero eso es artesanía, no talento.
–Soy fan de Allen.
–Como todos los actores y directores de este país. En verdad no sé qué le ven, es un pedante de mierda, aguantable sólo con un porro de marihuana.
–Me gusta como filma Nueva York…
–Nueva York se ve con más clase en King Kong y es de 1933 y sale un mono gigante, incluso en Spider-Man 2, y es con superhéroes.
–Bueno –fui cortando–, ¿y qué pasaba con Jerry Lewis?
–Que en esa época, los cuarenta –subrayó–, Jerry tenía mucho éxito con las mujeres porque las hacía reír, les daba regalos caros, sabía conversar, era divertido. Por supuesto entendía que esa era su ventaja, no su aspecto físico. Y se vanagloriaba de ello, decía que no se necesitaba tener buen cuerpo y una cara bonita para conquistar a la más bella de las rubias californianas. Que con una buena plática bastaba. Pero erró. En una ocasión estaba en un club de Nueva York, donde efectivamente era el rey de la noche…
El rey de la comedia.
–Qué gran película.
–La mejor de Scorsese.
–Absolutamente. Bueno, en ese club de Nueva York, Jerry Lewis tenía toda la atención de las féminas, las que se desvivían por sus chistes y comentarios. Entonces, de pronto, todas voltearon hacia la puerta –Perci miró hacia la entrada del Rapa Nui, como si actuara su relato–, y cambiaron su foco por un tipo que acababa de ingresar, un sujeto que con sólo aparecer le robó años de trabajo: Dean Martin –subrayó las dos palabras, el nombre y el apellido–. ¿Y sabes lo que dijo Jerry?
–Ni idea.
–Si no puedo ser como él, voy a lograr que trabaje para mí. Será mi payaso privado, me ganaré la vida burlándome de él.
–Cruel.
–No, sólo la naturaleza masculina desatada. Si no tienes buena pinta puedes ganar la pelea con poder, con trabajo, con esto –se tocó la cabeza­–. La metáfora es clara, casi perfecta, el mundo se divide en dos tipos de hombres: o eres un Jerry Lewis o eres un Dean Martin. Yo tengo claro que soy un Jerry Lewis.
–¿Y yo un Dean Martin, entonces?
Pedimos dos cervezas y una porción de papas fritas.
–Con ají ­–agregó Perci, luego me miró fijo–. Me siento como Jerry Lewis.
–¿Qué tiene que ver Jerry Lewis con esto?
–Estoy leyendo su autobiografía, Dean and Me –prenunció “din-anmi”­–, trescientas cincuenta páginas, en tapas duras, impresionante, un objeto de arte; lo compré en Amazon –respiró–. Voy en el capítulo donde conoce a Dean Martin. En los años cuarenta, Lewis ya era un comediante exitoso, un intelectual judío y divertido que marcaba pautas en la industria de la entretención norteamericana. Como Woody Allen, pero más lúcido y con mejor gusto.
–Woody Allen es un genio.
–Ese es el gran misterio del cine de los últimos treinta años. Woody Allen no tiene nada de genio, es un oportunista que supo robar el talento a otros, aunque le concedo que sabe poner la cámara y componer un cuadro bonito, pero eso es artesanía, no talento.
–Soy fan de Allen.
–Como todos los actores y directores de este país. En verdad no sé qué le ven, es un pedante de mierda, aguantable sólo con un porro de marihuana.
–Me gusta como filma Nueva York…
–Nueva York se ve con más clase en King Kong y es de 1933 y sale un mono gigante, incluso en Spider-Man 2, y es con superhéroes.
–Bueno –fui cortando–, ¿y qué pasaba con Jerry Lewis?
–Que en esa época, los cuarenta –subrayó–, Jerry tenía mucho éxito con las mujeres porque las hacía reír, les daba regalos caros, sabía conversar, era divertido. Por supuesto entendía que esa era su ventaja, no su aspecto físico. Y se vanagloriaba de ello, decía que no se necesitaba tener buen cuerpo y una cara bonita para conquistar a la más bella de las rubias californianas. Que con una buena plática bastaba. Pero erró. En una ocasión estaba en un club de Nueva York, donde efectivamente era el rey de la noche…
El rey de la comedia.
–Qué gran película.
–La mejor de Scorsese.
–Absolutamente. Bueno, en ese club de Nueva York, Jerry Lewis tenía toda la atención de las féminas, las que se desvivían por sus chistes y comentarios. Entonces, de pronto, todas voltearon hacia la puerta –Perci miró hacia la entrada del Rapa Nui, como si actuara su relato–, y cambiaron su foco por un tipo que acababa de ingresar, un sujeto que con sólo aparecer le robó años de trabajo: Dean Martin –subrayó las dos palabras, el nombre y el apellido–. ¿Y sabes lo que dijo Jerry?
–Ni idea.
–Si no puedo ser como él, voy a lograr que trabaje para mí. Será mi payaso privado, me ganaré la vida burlándome de él.
–Cruel.
–No, sólo la naturaleza masculina desatada. Si no tienes buena pinta puedes ganar la pelea con poder, con trabajo, con esto –se tocó la cabeza­–. La metáfora es clara, casi perfecta, el mundo se divide en dos tipos de hombres: o eres un Jerry Lewis o eres un Dean Martin. Yo tengo claro que soy un Jerry Lewis.
–¿Y yo un Dean Martin, entonces?
–No lo sé, ¿qué crees tú?
–Prefiero el término medio.
–No hay término medio.
–Entonces –miré alrededor–, aquí y ahora soy un Dean Martin. Podríamos armar una dupla –hice el gesto de tú y yo–; tal vez tienes un potencial oculto como actor, comediante inteligente ­–recalqué.
–Con perdón, pero ni aunque me pagaran millones sería actor.
–No pagan millones.
–No seas mentiroso, sé exactamente cuánto te pagaron por Román Calvo.
–Internet miente.
–El Servicio de Impuestos Internos no.
–¿Te metiste al Servicio de Impuestos Internos?
–Hay mucho tiempo libre en Salisbury.
–Entonces no quieres ser como yo.
–No, lo siento –respiró–. Si acabo de recordar y contarte esa historia es porque a mí jamás una mujer me ha mirado como te han mirado a ti durante todo el día. ¡Hasta en el cementerio algunas querían llevarte a la cama!
–No lo sé, ¿qué crees tú?
–Prefiero el término medio.
–No hay término medio.
–Entonces –miré alrededor–, aquí y ahora soy un Dean Martin. Podríamos armar una dupla –hice el gesto de tú y yo–; tal vez tienes un potencial oculto como actor, comediante inteligente ­–recalqué.
–Con perdón, pero ni aunque me pagaran millones sería actor.
–No pagan millones.
–No seas mentiroso, sé exactamente cuánto te pagaron por Román Calvo.
–Internet miente.
–El Servicio de Impuestos Internos no.
–¿Te metiste al Servicio de Impuestos Internos?
–Hay mucho tiempo libre en Salisbury.
–Entonces no quieres ser como yo.
–No, lo siento –respiró–. Si acabo de recordar y contarte esa historia es porque a mí jamás una mujer me ha mirado como te han mirado a ti durante todo el día. ¡Hasta en el cementerio algunas querían llevarte a la cama!

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About fortegaverso

Periodista, escritor, editor, guionista. Autor de un par de novelas, un par de guiones, varios cuentos y mucho magterial inédito. Blogger y twitter. Hace algún tiempo, no importa cuanto, decidí recorrer el mundo por los caminos del mar... pero me arrepentí, la web es más segura

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