Archive | marzo 2012

“HERMANOS SEPARADOS” EN VARIETY

 

Hendler attached to Mardones’ ‘Brethren’

Parox preps ‘Gen Mishima’ movie spin-off

GUADALAJARA, Mexico — Uruguayan thesp Daniel Hendler, who won a Berlin Silver Bear for “Lost Embrace,” is attached to star in Chilean drama “Separated Brethren.””Brethren,” which is the directorial debut of producer-turned-helmer Andres Mardones (“El Baile de la Victoria,” “Rabia”), is one of four movies now set up at Sergio Gandara’s Parox, a top Chilean TV production house.

Hendler plays Daniel, a 33-year-old pastor dispatched to an evangelical church in Chile, which he attended as a child. His attempts at modernization, passion for the woman he always loved and consuming guilt all contribute to the impending tragedy.

Penned by Francisco Ortega (“Se arrienda”), “Brethren” is skedded to roll winter 2013.

Aiming to produce 36 hours of fiction this year — mostly TV series like “El Reemplazante” — Gandara is exploiting Chile’s growing film-TV synergies.

Gandara and former Endeavor agent-turned-producer Sergio Aguero are developing an English-language remake of the Parox-produced cult TV series “Gen Mishima” with vet showrunner Ken Sanzel (“Numbers,” “The 2-2”), Gandara said at Mexico’s Guadalajara festival.

Gandara is also working on a movie spin-off of the dystopian thriller “Gen Maoa,” written by “Mishima” scribe Enrique Videla.

Gandara said, “Just making films in Chile is highly complex. TV production is larger scale and its budgets practically guaranteed, allowing companies to tackle film projects on a more industrial level.”

Parox is also putting up equity and services on Spaniard Isabel Aiguavives’ “El Arbol magnetico,” co-produced by Spain’s Dos Treinta y Cinco, and on Italian Vincenzo Marra’s fourth fiction feature “La Prima Luce.”

Contact the Variety newsroom at news@variety.com

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GUIA DE VIAJE: CIUDADES Y CONTINENTES PERDIDOS

Una divertida guía turistica

Tema recurrente en cualquier aventura exótica que se precie, el descubrimiento de ciudades y/o civilizaciones perdidas ha sido abordado desde gente como Conan Doyle o H.Rider Haggard hasta autores de pulp como E.R. Burroughs, A. Merrit, R.E. Howard, H.P. Lovecraft, J. Williamson, y un largo etcétera. Vamos a darle un repaso a algunas de las principales, por si alguna vez rondáis por aquellos parajes, que no os pillen con los pantalones bajados…

Africa

Milosis, o La ciudad del ceño, descubierta por Allan Quatermain, Umslopogaas,Sir Henry Curtis, John Good y el señor Mackenzie (Allan Quatermain, de H. R. Hagard). Ubicada en una tierra extraña, en lo más recóndito de Africa, se halla el reino de Zu-Vendis, una extraña nación, mezcla de culturas persa, egipcia y griega. De dificil acceso, por medio de un río subterráneo que acaba abriéndose a un enorme lago, esta hermosísima ciudad perdida está construida enteramente de granito rojo, a excepción del Palacio de las Reinas, solemne edificio de marmol blanco y cúpula dorada que corona la urbe. Atención a sus escalinatas, absolutamente descomunales. 

    Los lugareños o milosianos, son gente encantadora. Su traje habitual consiste en faldas y togas (que dejan desnudos un brazo y un pecho) para ellas, y kafs o togas masculinas para ellos, siendo el color de cada una, un distintivo de rango o condición social. Un dato interesante: practican la poligamia.Lugares de interés: No olviden visitar los templos de los antiguos dioses: no los encontrarán mejor conservados en ninguna ciudad de este tipo. Y no deben irse sin visitar la tumba del famoso aventurero y cazador Allan Quatermain, que pasó en esta ciudad sus últimos días.

La Atlántida, descubierta por André de Saint-Avit (La Atlántida, de Pierre Benoit). Con la Atlántida pasa lo mismo que con los pimientos del Piquillo: si todos los que hay fueran del Piquillo, entonces el Piquillo sería una región tan extensa como toda Asia. Muchas ciudades perdidas aspiran al honor de ser la auténtica Atlántida. No se deje engañar como el pobre Pierre Benoit. Esta entrañable ciudad, situada en un marco incomparable de desolación, no puede tratarse de la mítica Atlantis, ni más ni menos que por su situación geográfica: una región inexplorada del Sahara africano. No obstante es un lugar de interés por sus hermosos edificios y sus bellas mujeres. Un aviso: procuren evitar a su reina, una tal Antinea: ninfómana y psicópata.

Opar, descubierta por Lord Greystoke y sus waziris (El regreso de Tarzán, de E.R. Burroughs). Esta antiquísima ciudad, cuna de una civilización de hombres blancos en el corazón de Africa, se encuentra hoy día en un estado deplorable. Cito a Burroughs, cronista oficial de Lord Greystoke: “...una vasta avenida, en cuyo extremo opuesto se alzaban oscuros e imponentes edificios destartalados de labrado granito. Sobre los restos que rodeaban las fachadas de los edificios habían crecido árboles,...” y “...la construcción que tenían delante parecía menos invadida por la vegetación que las demás, y en un estado de conservación mucho mejor que ellas. Era una mole maciza, coronada por una inmensa cúpula. A cada lado de su gran entrada se veían hileras de altos pilares, cada uno de ellos dominado por un enorme pajarraco grotesco, esculpido en la sólida peña de los monolitos.” El descubrimiento de esta ciudad, saneó las arcas de Lord Greystoke, y le permitió recuperar el título que le pertenecía por derecho. Hoy en día ya no queda rastro de los degradados descendientes de Opar.

ARTICULO COMPLETO AQUI

 

MARK FISHER, “STARCHITECT”

Versión “extendida” del posteo publicado hoy en Que Pasa.


MARK FISHER, “THE WALL”

 Si en el mundo hay un arquitecto al que le queda la chapa de starchitect ese es Mark Fisher. De partida es quien más veces ha expuesto sus obras alrededor del mundo, incluido Chile. Y el que más ha sido visto y disfrutado por hijos de vecino sin necesidad de acudir a una bienal o evento similar. ¿Le interesó? Excelente, la próxima semana estará por estos lados exponiendo  la que el mismo ha sostenido es su obra maestra: The Wall. Una pieza de “arquitectura móvil” que atravesará el Estadio Nacional y que será montada y derrumbada en poco más de dos horas, periodo en el cual cobrará vida con proyecciones de efectos 3D, juegos de luces, filmes animados, pirotecnia, aviones a escala, muñecos gigantes y hasta la réplica de una habitación de hotel.

Vale, The Wall es de Roger Waters y por añadidura de Pink Floyd, pero si somos concretos el legítimo responsable de darle forma al concepto es y siempre ha sido Mark Fisher, un arquitecto inglés de 65 años que a mediados de los setenta cambió los rascacielos por la música. Quería ser estrella de rock y a su manera lo logró. Creador de la idea y término de “arquitectura móvil”, los croquis y las obsesiones de Fisher han dado por casi cuarenta años forma, color y luces al rock y al pop, razón por la cual muchos de sus contrarios lo han apuntado como responsable de haber asesinado lo simple, instantáneo e improvisado de la música en vivo.

Tras la llegada de Fisher todo fue sincronización, sonidos pregrabados y tiempos perfectos para que el espectáculo sonoro funcionara a la par con todo lo que lo envolvía. Dejar lo espontáneo en servicio del show, hacer de un concierto un gran equipo estéreo, como ocurre precisamente en The Wall, complejo y carísimo montaje que diseñó para Roger Waters y compañía en 1979, volvió a dar vida en Berlín en 1990 para veinte años después conseguir modernizar, actualizar y transportar a través del mundo en la rendición que el ex Pink Floyd viene haciendo a su obra maestra desde 2010, un reto donde la música es secundaria y que, según el propio bajista, habría sido imposible de lograr sin el toque Fisher. La crítica especializada ha dicho que el show de The Wall es una experiencia a los sentidos y que el mérito no es precisamente de los músicos en escena, sino de la escena en sí. Tal vez debiera llamarse Mark Fisher: The Wall, hasta justo sería.

Decir que Fisher piensa a lo grande es quedarse chico, si “obras arquitectónicas” como la “garra” de U2, el “ultrasecreto” juego de luces de Genesis, el “muro “de Waters/Pink Floyd sorprenden, más lo hace el haber convertido los centros completos (downtown) de Houston (1986), París (1995)  y Moscú (1997) en mega escenarios para Jean Michel Jarre, batiendo en la capital rusa el record absoluto de asistencia a un evento, congregando alrededor de su “arquitectura móvil”  a 3 millones y medio de moscovitas arrodillados alrededor de luces, laser, marionetas, pantallas móviles y sincronías orquestadas donde la música pulsaba el ritmo de una ciudad entera, incluidos astronautas hablando desde la Estación Espacial y un “cuerpo de baile” compuesto de seis aviones Mig-29. Su límite, ha dicho, no es el presupuesto, sino lo que la tecnología le permite.

Después de su debut en el negocio, en el verano de 1974, precisamente con Pink Floyd; el nombre de Fisher comenzó a repetirse junto a “marcas” como Queen, Led Zeppelin, ELO, Genesis, David Bowie, Peter Gabriel, Elton John, Rolling Stones y una lista tan larga como variopinta que ha sabido estirarse  en el tiempo hasta U2, Depeche Mode, Metallica, Iron Maiden, AC/DC, Pink, Madonna, Cher, Kylie Minogue, Muse, Radiohead, etc; todas las premiaciones de MTV y  VH1, los últimos dos Mundiales de Fútbol, las recientes tres Olimpiadas e incluso la actual gira de Juanes y “me veras volver” el tour de reunión de Soda Stereo del 2005. Rodeado de colaboradores de la talla del fotógrafo y cineasta Anton Corbjin, y el iluminador teatral Jonathan Park, el toque midas de Fisher ha sido plagiado  (los últimos escenarios del Festival de Viña han sido un “copy-paste” de los bocetos disponibles en su sitio www.stufish.com) pero jamás igualado, porque hay algo que lo diferencia de otros escenógrafos, es arquitecto y desde esta mirada ve a cada banda y a cada solista, no como un show, sino como un edificio: una catedral o un rascacielos que puede y debe moverse, también bailar.

 

 

 

A 20 AÑOS DE LA MUERTE DE PKDICK, UNO DE MIS FAVORITOS: “LA FE DE NUESTROS PADRES”

LA FE DE NUESTROS PADRES
Philip K. Dick
En las calles de Hanoi se encontró frente a un vendedor ambulante sin piernas que ibasobre un carrito de madera y llamaba con gritos chillones a todos los transeúntes. Chiendisminuyó la marcha escuchó, pero no se detuvo. Los asuntos del Ministerio de ArtefactosCulturales ocupaban su mente y distraían su atención: era como si estuviera solo, y no lorodearan los que iban en bicicletas y ciclomotores y motos a reacción. Y, asimismo, eracomo si el vendedor sin piernas no existiera.
—Camarada —lo llamó sin embargo, y persiguió hábilmente a Chien con su carrito,propulsado por una batería a helio—. Tengo una amplia variedad de remedios vegetales ytestimonios de miles de clientes satisfechos. Descríbeme tu enfermedad y podré ayudarte.
—Está bien —dijo Chien, deteniéndose—, pero no estoy enfermo.«Excepto —pensó— de la enfermedad crónica de los empleados del Comité Central: eloportunismo profesional poniendo a prueba en forma constante las puertas de todaposición oficial, incluyendo la mía.»
—Por ejemplo puedo curar las afecciones radiactivas —canturreó el vendedorambulante, persiguiéndolo aún—. O aumentar, si es necesario, la potencia sexual. Puedohacer retroceder los procesos cancerígenos, incluso los temibles melanomas, lo quepodríamos llamar cánceres negros. —Alzando una bandeja de botellas, pequeñosrecipientes de aluminio y distintas clases de polvos en recipientes de plástico, el vendedorcanturreó—: Si un rival insiste en tratar de usurpar tu ventajosa posición burocrática,puedo darte un ungüento que bajo su apariencia de bálsamo cutáneo es una toxinaincreíblemente efectiva. Y mis precios son bajos, camarada. Y como atención especial aalguien de aspecto tan distinguido como el tuyo, te aceptaré en pago los dólaresinflacionarios de posguerra en billetes, que tienen fama de moneda internacional pero enrealidad no valen mucho más que el papel higiénico. —Vete al infierno —dijo Chien, y le hizo señas a un taxi sobre colchón de aire quepasaba en ese momento.Ya se había atrasado tres minutos y medio para su primera cita del día, y en elMinisterio sus diversos superiores de opulento trasero estarían haciendo rápidasanotaciones mentales, al igual que sus subordinados, que las harían en proporción aúnmayor.El vendedor dijo con calma:
—Pero, camarada, debes comprarme.
—¿Por qué? —preguntó Chien. Sentía indignación.
—Porque soy un veterano de guerra, camarada. Luché en la Colosal Guerra Final deLiberación Nacional con el Frente Democrático Unido del Pueblo contra los Imperialistas.Perdí mis extremidades inferiores en la batalla de San Francisco.
—Ahora su tono eratriunfante y socarrón—. Es la ley. Si te niegas a comprar las mercancías ofrecidas por unveterano, te arriesgas a que te multen o que te envíen a la cárcel…, además de ladeshonra.Con gesto cansado, Chien indicó al taxi que siguiera.
—Concedido —dijo—. Está bien, debo comprarte.
—Dio un rápido vistazo a la pobreexhibición de remedios vegetales, buscando uno al azar—. Éste —decidió, señalando unpaquetito de la última hilera y envuelto en papel.
El vendedor ambulante se rió.
—Eso es un espermaticida, camarada. Lo compran las mujeres que no pueden aspirara La Píldora por razones políticas. Te sería poco útil. En realidad no te sería nada útil,porque eres un caballero.
 —La ley no exige que te compre algo útil —dijo Chien en tono cortante—. Sólo quedebo comprarte algo. Me llevaré ése.Metió la mano en su chaqueta acolchada, buscando la billetera, henchida por losbilletes inflacionarios de posguerra con los que le pagaban cuatro veces a la semana, ensu calidad de servidor del gobierno.
—Cuéntame tus problemas —dijo el vendedor.Chien lo miró asombrado. Atónito ante la invasión de su vida privada… por alguien queno era del gobierno.
 —Está bien, camarada —dijo el vendedor, al ver su expresión—. No te sondearé.Perdona. Pero como doctor, como curador naturista, lo indicado es que sepa todo loposible.
—Lo examinó, con sus delgados rasgos sombríos—. ¿Miras la televisión muchomás de lo normal? —preguntó de pronto.Tomado por sorpresa, Chien dijo:
—Todas las noches. Menos los viernes, cuando voy al club a practicar el enlace denovillos, ese arte esotérico importado del Oeste.Era su única gratificación. Aparte de eso, se dedicaba por completo a las actividadesdel Partido.El vendedor se estiró y eligió un paquetito de papel gris.
—Sesenta dólares de intercambio —declaró—. Con garantía total. Si no cumple con losefectos prometidos, devuelves la porción sobrante y se te reintegra todo el dinero, sinrencor. —¿Y cuáles son los efectos prometidos? —dijo Chien, sarcástico.
—Descansa los ojos fatigados por soportar los absurdos monólogos oficiales —dijo elvendedor—. Es un preparado tranquilizante. Tómalo cuando te encuentres expuesto a lossecos y extensos sermones de costumbre que…Chien le dio el dinero, aceptó el paquete, y siguió su camino. «La ordenanza que haestablecido a los veteranos de guerra como clase privilegiada es una mafia —pensó—.
Hacen presa en nosotros, los más jóvenes, como aves de rapiña.»El paquetito gris quedó olvidado en el bolsillo de su chaqueta mientras entraba alimponente edificio de posguerra del Ministerio de Artefactos Culturales, y a su propiaoficina, bastante majestuosa, para comenzar su día de trabajo.En la oficina lo esperaba un caucásico adulto, corpulento, vestido con un traje de sedaHong Kong marrón, cruzado, con chaleco. Junto al desconocido caucásico estaba supropio superior inmediato, Ssu-Ma Tso-pin. Tso-pin hizo las presentaciones en cantonés,un dialecto que dominaba bastante mal. —Señor Tung Chien, le presento al señor Darius Pethel. El señor Pethel será el directorde un nuevo establecimiento ideológico y cultural que se va a inaugurar en San Francisco,California. El señor Pethel ha dedicado una vida rica y plena al apoyo de la lucha delpueblo por destronar a los países del bloque imperialista mediante la utilización deinstrumentos pedagógicos. De ahí su alta posición.Se estrecharon la mano. —¿Té? —le preguntó Chien.Apretó el botón del hibachi infrarrojo y en un instante el agua comenzó a burbujear enel adornado recipiente de carámica de origen japonés. Cuando se sentó ante su escritorio,vio que la fiel señorita Hsi había preparado la hoja de información (confidencial) sobre elcamarada Pethel. Le dio un vistazo mientras simulaba efectuar un trabajo de rutina.
—El Benefactor Absoluto del Pueblo se ha entrevistado personalmente con el señorPethel, y confía en él —dijo Tso-pin—. Eso es algo fuera de lo común. La escuela de SanFrancisco aparentará enseñar las filosofías taoístas comunes pero, desde luego, enrealidad mantendrá abierto para nosotros un canal de comunicación con el sector jovenintelectual y liberal de los Estados Unidos occidentales. Aún hay muchos vivos, desde
 San Diego a Sacramento; calculamos que unos diez mil. La escuela aceptará dos mil. Elenrolamiento será obligatorio para los que seleccionemos. Usted estará relacionado enforma importante con los programas del señor Pethel. Ejem, el agua del té está hirviendo.
—Gracias —murmuró Chien, dejando caer la bolsita de té Lipton en el agua.

“PUNK FLOYD, EL MURO”: ESTO LO ESCRIBI EL 2009…

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… para los 30 años del disco, noviembre del 2009, hoy amerita volver a publicarse

Y TODOS ERAMOS LADRILLOS EN UNA TONTA PARED

El sábado pasado vi con mi mujer The Wall, la película de Alan Parker y esta semana he escuchado el disco, la versión en vivo (Is there Anybody Out There: The Wall Live) y el “remake” que Roger Waters y compañía levantaron en Berlín en 1990. Una vez tras otra, como un ritual, una celebración de cumpleaños generacional, una devoción personal a un disco devocional.

Las canciones son las mismas, las versiones difieren, el reactor permanece. Hacía años que no escuchaba la pared de esquina a esquina, hace rato que no está entre mis discos favoritos. Incluso, dentro de la discografía de Pink Floyd, no es de mis predilectos. Demasiado Roger Waters, demasiado maqueteado, demasiado estudiado, demasiado anclado en la tierra, demasiado alejado de los paisajes intergalácticos que la banda supo tejer entre 1965 y 1978.

Por decirlo en fácil, Dark Side of the Moon es el disco de una banda, The Wall una biografia recitada. Además fue el primer disco de Pink Floyd dirigido por un productor que no tenía relación con el grupo (Bob Ezrín). Y como tal aparece sobreproblado de sesionistas y saturado de canciones donde lo único floydiano era la voz de Waters; abusado de líneas de batería en las que no aparece por ningún lado esa violencia artesanal de Mason, sin contar el exilió absoluto de Rick Wright y sus colchones de teclados.

The Wall no sólo es un corte estilístico, sino también moral y político de la banda, casi una respuesta al odio que el punk manifestó por el cuarteto londinense, achacándolos de símbolo de todo lo odiable en la música popular. No más space rock, no más prog rock, The Wall era callejero bailable incluso (“Another Brick in the Wall (Part II)” y “Run Like Hell” son canciones disco), construido en horrores y rabias, una patada de gritos y metáforas violenta; Punk Floyd ironizó hace tiempo el argentino Rodrigo Fresan al escribir de esta placa, haciendo una analogía con La Naranja Mecánica de Kubrick, mucha razón.

Pero The Wall con todo lo que uno puede criticarle está de cumpleaños, suma tres décadas y en los aniversarios todo se ve más nítido. Mejor, con más claros que sombras. Y The Wall tiene a “Comfortably Numb”, la luz Gilmouriana dentro de la dictadura Wateriana, la última canción hecha de a dos, la última obra maestra del grupo, con ventaja la mejor canción –con formato canción- de la historia de la banda.
El 30 de noviembre de 1979, The Wall debutó en las estanterías. El disco que todo el mundo dijo que no iba a comprar se alzó al top 1 en ambos lados del Atlántico. Y ahí permaneció, año tras año, hasta encaramarse al 2 absoluto de todos los tiempos, sólo superado en cifras por Thriller del difunto Jackson. Record absoluto, pero eso al final es puro número, lo que importa, lo que vale esta por otro lado.

¿Hay alguién allá afuera?

Insisto, The Wall está hoy lejos de ser uno de mis discos preferidos, pero ello no quita que pelee el cetro de uno de los más importantes de mi vida.

Recuerdo perfectamente cuando lo escuché por primera vez. 1987, yo estaba en 1º medio y en la casa de mis abuelos empecé a escarbar unos cajones con casetes grabados que tenía mi tío Víctor Hugo. Pink Floyd: El Muro (1º Parte) estaba garabateado con lápiz rojo en un Sony de 60 minutos. Fue la única cinta que me interesó. El nombre me sonaba y los otros de la caja: Gentle Giant, Yes, Vander Graff Generador, The Mahavishnu Orchestra, Jean Luc Ponty recuerdo, no los había escuchado ni en pintura. No me culpen, era Victoria, un pueblo 60 kilómetros al norte de Temuco, donde lo más “moderno” que se oía eran los hits de Día y Noche FM y lo poco que llegaba a la disquería Tops (que era del papá de mi amigo Pato Paredes), la única de la ciudad, se resumía en el top 10 de Sábado taquilla y Más música.
Me fui con el casete a casa y lo puse en el “Tres en Uno” IRT que teníamos en el living. Primero el chirrido del ruido blanco, luego el fraseo de una canción antigua (que años mas tarde identifique como una balaba navideña de Vera Lynn) y luego un violento puñetazo de guitarra y batería. El casete no tenía identificado los nombres de las canciones así que me resulto complicado seguirlo, especialmente porque era el primer disco que oía donde todo estaba pegado, las canciones no se difuminaban, ni siquiera se cortaban. 45 minutos, “Good Bye Cruel World” se despedía la última canción y todo se acababa.
En una época donde lo más “fuerte” que había escuchado era Iron Maiden y Europ y lo más “artistico”, Queen, lo que acaba de oír me voló el rostro. Necesitaba la segunda parte. Me demoré un par de años en conseguirla, cuando encontré en Temuco –en disquería Koncierto- la edición CBS del casete, que metía ambas partes en una sola cinta de 90 minutos: uno de los primeros completamente blancos (sin papel) y con carátula con lengüeta, con los nombres escritos en inglés, sin traducción made in Chile ($850 si no me equivoco, si menos de luca), en una época pre CD, una joya entre joyas.
A esas alturas ya muchos de mis amigos de colegio: Manuel Contreras, Pollo Carvacho, Alejandro Inostroza compartían esa devoción por The Wall (y por Pink Floyd). Habíamos conseguido otros discos y visto el VHS del Delicado sonido de Trueno, que alguien trajo pirateado de la capital (si, de la Capital) y que era lo más futurista del mundo. “Mira el video de “Signos de Vida”, la cámara se mete por debajo del bote, y ese huevon que enciende un cigarrillo con un rayo láser al inicio de “Shine On”, o la cama que sale volando…” . Por supuesto entonces no teníamos ideas de disputas legales, ni de Waters, ni Gilmour, la música era simplemente Pink Floyd, la banda más grande de nuestra adolescencia, un ritual obligado de cada sábado por la tarde, buceando entre sonidos que jurábamos era lo más existencialista del mundo. Me acuerdo que cuando al fin logramos escuchar The Wall completo, en la casa de Manuel; y su primo Blas, que ya estaba en la universidad se nos unió y nos dijo algo que nunca he podido olvidar. Era 1988, era el sur de Chile, la universidad era la UFRO.
“En la UFRO, Pink Floyd es lo único que se escucha, es el sonido de las clases, van a conocer a todo el mundo gracias a Pink Floyd. ¿Ya vieron la película de The Wall?”
Había una película. Si, claro, había una película.
Y vimos la película y con Manuel la analizamos en una clase de literatura, con un profe de Filosofía que nos puso 7 por el sólo hecho de llevar a Pink Floyd a la sala de clases. Y nos hicimos amigos del profe gracias a The Wall y nos contó que cuando había estudiado en la Universidad Austral todo era Pink Floyd, que o escuchabas Pink Floyd o no eras nadie. Y sentíamos que estábamos en lo correcto, que era lo que había que oír, lo realmente importante en la música, todo el resto era popular y comercial. Y aunque claro, en privado habíamos empezado a variar los gustos: REM, Depeche Mode, The Cure, encima de la pirámide siempre aparecía Pink Floyd. Habíamos crecido ladrillo a ladrillo y eso al final es más potente que cualquier calidad artística.
Un verano llegó alguien de Santiago (primo de un vecino, primo de un primo, da lo mismo) y nos presentó a The Smith. Nos armó todo el discurso de que era lo que se estaba escuchando en la capital, que era el nuevo punk, la nueva voz de la juventud de clase media inglesa, que Pink Floyd era puro engrupimiento, que era musica pa´viejos, que Sex Pistols los había mandado a buen lugar el 77. Por supuesto nos dio lo mismo. Al año siguiente entramos a la universidad y Pink Floyd iba con nosotros. Y comprobamos que estábamos en lo correcto, que el santiaguino se equivocada, era un snob, un popero. La música de los Smith estaba bien pero no tenía un ápice de la profundidad que encontrábamos en Pink Floyd.
El 92 entré a Periodismo en la UFRO. Nuevos amigos, nueva gente, primeros amores y Pink Floyd siempre presente. Veo perfecto el gran carrete de la semana mechona, fiesta con proyección de The Wall en una pantalla gigante. Catarsis total, éramos universitarios, Pink Floyd era la universidad. Mi amigo Roberto recitando la letra de “Hey You” entre cajas de vino tinto en una húmeda pensión al poniente de Temuco, mi amiga Paola canturreando “The Great Gig in the Sky”, como podía y le salia bien… Primeros pitos, primeros viajes, cantando a todo pulmón cada canción del disco, sintiendo que el disco, la película, las canciones eran la primera misa. Mi buen amigo Daniel Villalobos sentado en el piso del gimnasio Bernardo O´Higgins de Temuco en una rara sesión doble en pantalla gigante de Floyd, Queen y el 101 de Depeche Mode, creo…
El primer libro de rock que me compre fue una biografia/cancionero de Pink Floyd…
Un paro en junio, una toma en julio, carretes tóxicos cada noche, “Is there anybody out there?” cantaban todos mientras escribían carteles gigantes pidiendo justicia social en la otorgamiento del crédito universitario… “Bring the boys back home” lloraban otros, mientras trababan con cadenas la entrada a la universidad para el festejo del año nuevo mapuche. Estoy seguro, la banda sonora del movimiento mapuche que hoy sacude a la Araucanía tiene mucho de The Wall, estan todos, a ambos lado de la carretera/cultura, esperando por los gusanos.
Más fotografías, una estudiante de literatura, tres años mayor, bailando en medio de una fiesta tóxica, gritando que sin Silvio Rodríguez y sin Pink Floyd no existía universidad. Y claro, uno podía bailar con Pet Shop Boys, cantar con Soda Stereo, pero sonaba Pink Floyd, sonaba The Wall y todo el mundo se quedaba en silencio.
1992, acabábamos de recuperar la democracia, de salir de la oscuridad, pero aun quedaban tantas deudas pendientes… ¿acaso las pagamos? The Wall era un faro que supo dar buena luz en esa época sombría. Eran los años felices de nuestras vidas, después empezamos a crecer y los sueños, algunos sueños se fueron por el caño, como en “Comfortably Numb”. ¿Por qué Pink Floyd era tan importante en esos años? Ni idea, supongo que porque estábamos en el sur, encerrados en nuestro propio mundo, mientras en Santiago y más al norte los milicos martillaban en verdad al pueblo. Allá, cruzando el río Bio Bio los ladrillos nos apartaban del mundo, encantándonos con un disco que a la distancia y con los años suena engrupido, añejo incluso, pero ante el cual no puedo (y supongo que no podemos, porque estoy seguro escribo por muchos) negar su importancia clave como vitamina del crecer, de mi crecer al menos.
Huevón, me dijo un amigo hace años, corta con escuchar a Pink Floyd, si quieres oír verdades de la vida cantadas, oye a Bob Dylan, es menos artificioso. Puede ser, de hecho así es, pero uno creció con Pink Floyd y contra eso no hay nada que pueda hacerse. Soy de los que creen que los martillos marchan, los cerdos vuelan y las flores se convierten en bestias carnívoras cuando hacen el amor. Los ladrillos se levantaron hace 30 años, algunos muros calleron, otros no.