A 20 AÑOS DE LA MUERTE DE PKDICK, UNO DE MIS FAVORITOS: “LA FE DE NUESTROS PADRES”

LA FE DE NUESTROS PADRES
Philip K. Dick
En las calles de Hanoi se encontró frente a un vendedor ambulante sin piernas que ibasobre un carrito de madera y llamaba con gritos chillones a todos los transeúntes. Chiendisminuyó la marcha escuchó, pero no se detuvo. Los asuntos del Ministerio de ArtefactosCulturales ocupaban su mente y distraían su atención: era como si estuviera solo, y no lorodearan los que iban en bicicletas y ciclomotores y motos a reacción. Y, asimismo, eracomo si el vendedor sin piernas no existiera.
—Camarada —lo llamó sin embargo, y persiguió hábilmente a Chien con su carrito,propulsado por una batería a helio—. Tengo una amplia variedad de remedios vegetales ytestimonios de miles de clientes satisfechos. Descríbeme tu enfermedad y podré ayudarte.
—Está bien —dijo Chien, deteniéndose—, pero no estoy enfermo.«Excepto —pensó— de la enfermedad crónica de los empleados del Comité Central: eloportunismo profesional poniendo a prueba en forma constante las puertas de todaposición oficial, incluyendo la mía.»
—Por ejemplo puedo curar las afecciones radiactivas —canturreó el vendedorambulante, persiguiéndolo aún—. O aumentar, si es necesario, la potencia sexual. Puedohacer retroceder los procesos cancerígenos, incluso los temibles melanomas, lo quepodríamos llamar cánceres negros. —Alzando una bandeja de botellas, pequeñosrecipientes de aluminio y distintas clases de polvos en recipientes de plástico, el vendedorcanturreó—: Si un rival insiste en tratar de usurpar tu ventajosa posición burocrática,puedo darte un ungüento que bajo su apariencia de bálsamo cutáneo es una toxinaincreíblemente efectiva. Y mis precios son bajos, camarada. Y como atención especial aalguien de aspecto tan distinguido como el tuyo, te aceptaré en pago los dólaresinflacionarios de posguerra en billetes, que tienen fama de moneda internacional pero enrealidad no valen mucho más que el papel higiénico. —Vete al infierno —dijo Chien, y le hizo señas a un taxi sobre colchón de aire quepasaba en ese momento.Ya se había atrasado tres minutos y medio para su primera cita del día, y en elMinisterio sus diversos superiores de opulento trasero estarían haciendo rápidasanotaciones mentales, al igual que sus subordinados, que las harían en proporción aúnmayor.El vendedor dijo con calma:
—Pero, camarada, debes comprarme.
—¿Por qué? —preguntó Chien. Sentía indignación.
—Porque soy un veterano de guerra, camarada. Luché en la Colosal Guerra Final deLiberación Nacional con el Frente Democrático Unido del Pueblo contra los Imperialistas.Perdí mis extremidades inferiores en la batalla de San Francisco.
—Ahora su tono eratriunfante y socarrón—. Es la ley. Si te niegas a comprar las mercancías ofrecidas por unveterano, te arriesgas a que te multen o que te envíen a la cárcel…, además de ladeshonra.Con gesto cansado, Chien indicó al taxi que siguiera.
—Concedido —dijo—. Está bien, debo comprarte.
—Dio un rápido vistazo a la pobreexhibición de remedios vegetales, buscando uno al azar—. Éste —decidió, señalando unpaquetito de la última hilera y envuelto en papel.
El vendedor ambulante se rió.
—Eso es un espermaticida, camarada. Lo compran las mujeres que no pueden aspirara La Píldora por razones políticas. Te sería poco útil. En realidad no te sería nada útil,porque eres un caballero.
 —La ley no exige que te compre algo útil —dijo Chien en tono cortante—. Sólo quedebo comprarte algo. Me llevaré ése.Metió la mano en su chaqueta acolchada, buscando la billetera, henchida por losbilletes inflacionarios de posguerra con los que le pagaban cuatro veces a la semana, ensu calidad de servidor del gobierno.
—Cuéntame tus problemas —dijo el vendedor.Chien lo miró asombrado. Atónito ante la invasión de su vida privada… por alguien queno era del gobierno.
 —Está bien, camarada —dijo el vendedor, al ver su expresión—. No te sondearé.Perdona. Pero como doctor, como curador naturista, lo indicado es que sepa todo loposible.
—Lo examinó, con sus delgados rasgos sombríos—. ¿Miras la televisión muchomás de lo normal? —preguntó de pronto.Tomado por sorpresa, Chien dijo:
—Todas las noches. Menos los viernes, cuando voy al club a practicar el enlace denovillos, ese arte esotérico importado del Oeste.Era su única gratificación. Aparte de eso, se dedicaba por completo a las actividadesdel Partido.El vendedor se estiró y eligió un paquetito de papel gris.
—Sesenta dólares de intercambio —declaró—. Con garantía total. Si no cumple con losefectos prometidos, devuelves la porción sobrante y se te reintegra todo el dinero, sinrencor. —¿Y cuáles son los efectos prometidos? —dijo Chien, sarcástico.
—Descansa los ojos fatigados por soportar los absurdos monólogos oficiales —dijo elvendedor—. Es un preparado tranquilizante. Tómalo cuando te encuentres expuesto a lossecos y extensos sermones de costumbre que…Chien le dio el dinero, aceptó el paquete, y siguió su camino. «La ordenanza que haestablecido a los veteranos de guerra como clase privilegiada es una mafia —pensó—.
Hacen presa en nosotros, los más jóvenes, como aves de rapiña.»El paquetito gris quedó olvidado en el bolsillo de su chaqueta mientras entraba alimponente edificio de posguerra del Ministerio de Artefactos Culturales, y a su propiaoficina, bastante majestuosa, para comenzar su día de trabajo.En la oficina lo esperaba un caucásico adulto, corpulento, vestido con un traje de sedaHong Kong marrón, cruzado, con chaleco. Junto al desconocido caucásico estaba supropio superior inmediato, Ssu-Ma Tso-pin. Tso-pin hizo las presentaciones en cantonés,un dialecto que dominaba bastante mal. —Señor Tung Chien, le presento al señor Darius Pethel. El señor Pethel será el directorde un nuevo establecimiento ideológico y cultural que se va a inaugurar en San Francisco,California. El señor Pethel ha dedicado una vida rica y plena al apoyo de la lucha delpueblo por destronar a los países del bloque imperialista mediante la utilización deinstrumentos pedagógicos. De ahí su alta posición.Se estrecharon la mano. —¿Té? —le preguntó Chien.Apretó el botón del hibachi infrarrojo y en un instante el agua comenzó a burbujear enel adornado recipiente de carámica de origen japonés. Cuando se sentó ante su escritorio,vio que la fiel señorita Hsi había preparado la hoja de información (confidencial) sobre elcamarada Pethel. Le dio un vistazo mientras simulaba efectuar un trabajo de rutina.
—El Benefactor Absoluto del Pueblo se ha entrevistado personalmente con el señorPethel, y confía en él —dijo Tso-pin—. Eso es algo fuera de lo común. La escuela de SanFrancisco aparentará enseñar las filosofías taoístas comunes pero, desde luego, enrealidad mantendrá abierto para nosotros un canal de comunicación con el sector jovenintelectual y liberal de los Estados Unidos occidentales. Aún hay muchos vivos, desde
 San Diego a Sacramento; calculamos que unos diez mil. La escuela aceptará dos mil. Elenrolamiento será obligatorio para los que seleccionemos. Usted estará relacionado enforma importante con los programas del señor Pethel. Ejem, el agua del té está hirviendo.
—Gracias —murmuró Chien, dejando caer la bolsita de té Lipton en el agua.
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About fortegaverso

Periodista, escritor, editor, guionista. Autor de un par de novelas, un par de guiones, varios cuentos y mucho magterial inédito. Blogger y twitter. Hace algún tiempo, no importa cuanto, decidí recorrer el mundo por los caminos del mar... pero me arrepentí, la web es más segura

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