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SOLEDAD Y NARCISISMO ELECTRONICO

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Versión original y uncut de articulo publicado en Revista Capital con el nombre de La Soledad en tiempos de Twitter

Soledad y narcisismo electrónico
TWITTER, FACEBOOK: ¿HAY ALGUIEN ACÁ DENTRO?

Contrasentido, propiedad aritmética a la inversa. Se suponía que las redes sociales nos iban a acercar pero ha pasado todo lo contrario. Twitter y Facebook nos han convertido en planetas solitarios, en crisoles para nuestro ego y alimento de nuestras fantasías. Si pasamos más de 6 horas diarias tuiteando es que enel fondo estamos más solos que un leproso.

Por Francisco Ortega

  1. Todas las historias tienen algo de imaginarias y esta no es la excepción, así diremos que está basada en la vida real. Javier tiene 37 años y vive en Osorno, donde trabaja de abogado; se separó hace dos años y desde hace un tiempo similar es uno de los twitteros más activos de chile. Con un avatar de Robert Downey Jr. como Tony Stark y el nick de @elironxavier ha logrado hacerse de un lugar en la red nacional de los 140 caracteres. Sigue y es seguido por gente que le interesa: políticos, deportistas, periodistas, escritores, músicos y cineastas. Más de alguna vez algún líder de opinión le ha hecho RT, lo ha favoriteado o marcado como #FF. En una perfecta matemática @elironxavier ha subido sus seguidores de 100 a 7.674 en cosa de meses. Incluso una marca lo invitó a twittear a cambio de cerveza gratis (que le envían al sur) y si no acudió a 140SCL fue porque ese día le tocaba cuidar a su hijo. Eso sin embargo no quitó que no se apartara de su notebook para estar atento a ese evento tuitero que se celebraba en la capital. Javier era feliz en twitter, hasta que cometió el típico error de treinteañero soltero (o separado), convertirse en galán de DM y todo se fue a las pailas. 7.674 contactos en twitter, fama virtual que en el fondo no es nada y @elironxavier se dio cuenta que estaba tan solo como un calcetín guacho; que su realidad no había cambiado un ápice y que en dos años de soltería forzada, no había nadie que lo esperar en casa en las tardes… O lo que es aun más triste, no tenía a nadie a quien esperar.
  2. Uno de los instantes más inolvidables del reciente concierto de Roger Waters, realizado en el Estadio Nacional en marzo recién pasado fue durante la canción “Is there anydoby out there?”. Para los familiarizados con The Wall, el segundo corte del segundo disco. El muro estaba terminado, los músicos y la estrella tapados por el escenario de 16 metros de alto y sobre éste, que funcionaba como una gran pantalla, aparecen dos ojos mirando fijo. La canción es simple, una sola frase, una sola pregunta: ¿Hay alguien allá afuera? Y el sentido era perfecto, más si cambiamos el allá por acá y el afuera por dentro: ¿Hay alguien acá dentro? Frente a la puesta en escena, más de 50 mil espectadores, todos sacando fotos con sus celulares, subiendo imágenes en Instagram, comentado cada canción en Twitter, cambiando sus estados de Facebook cada dos minutos. El propio Waters comentó luego acaso si alguien en verdad disfrutaba de sus conciertos o estaba más preocupado de manipular sus smartphones. ¿Cuántos en verdad vieron el show completo? ¿Cuántos en verdad ven hoy una película  o una serie entera? ¿Cuál es la necesidad que nos lleva a contarle a todo el mundo –y al mismo tiempo a nadie- lo bien que lo estamos pasando? ¿Lo estamos pasando bien? Por supuesto, lo de Waters fue solo un ejemplo. Lo mismo ocurre en fiestas, estrenos, avant premieres e incluso en matrimonios, con los propios novios contando en 140 caracteres lo que están viviendo. ¿Con quien te casas, con el amor de tu vida o con un blackberry?
  3. La mejor escena de Social Network, la película de David Fincher que recrea la historia de Facebook es la última, cuando Mark Zuckerberg está solo frente a su laptop y decide buscar a su ex novia, la misma que le parte el corazón al inicio de la historia. Le pide ser su amigo virtual. Insiste, insiste, insiste; no hay respuesta, no hay respuesta, no hay respuesta. A negro, termina la película. Pregunta: ¿Cuántos de ustedes, estimados lectores, con sus vidas más o menos armadas, han usado Facebook para buscar a sus ex novias o ex novios? Si se ruborizó leyendo lo anterior, no se preocupe, es parte de una inmensa mayoría. La democracia en las redes sociales es la creación de una nueva soledad. Estamos más juntos que nunca, con nuestro pasado y presente al alcance de un clíc y por lo mismo absolutamente solos. Cambió nuestra forma de relacionarnos, volvimos a la adolescencia sin darnos cuenta. Según Moira Burke, una recién graduada del Instituto de Relaciones Humanas-Computador  de  Carnegie Mellon (sí, existe tal institución), quien el año pasado hizo un estudio a 1200 usuarios de Facebook, basado exclusivamente en el uso del botón de “me gusta”; un 80% de este total eran  solteros o separados, habiendo la mayoría de ellos terminado una relación tras hacerse usuarios de alguna red social, reemplazando el contacto natural con una persona por la supuesta masa virtual y la valorización del grupo en “formato electrónico”. Los usuarios de Facebook han tendido a aceptar amigos como un acto natural, sin preocuparse del real vinculo con esa persona. De la búsqueda de conocidos o familiares perdidos a la colección de gente en cosa de meses. En una aritmética inversa, estamos más solos mientras más amigos electrónicos tengamos. El mismo estudio señaló que en 8 de cada 10 parejas divorciadas en Estados Unidos en los últimos dos años, uno de los conyugues apuntó como causa la dependencia del otro a las redes sociales. La amante se convirtió en control remoto, ahora en smartphone. Un dato casi humorístico, Google+, que fue lanzado el 2011 como competencia a Facebook, pretendía garantizar el resguardo de la verdadera amistad creando círculos en los cuales añadías personas de acuerdo a su grado de cercanía, la idea era evitar lo promiscuo de Facebook. Resultado, Google+ fue un fracaso y Facebook crece día a día.
  4. John Cacioppo, director del Centro de Neurociencia Social y Cognitiva de la Universidad de Chicago, publicó el 2010 el libro Loneliness, un análisis teórico acerca de la soledad en los tiempos de las redes sociales, texto donde ya adelantaba mucha de lo observado por Burke en su estudio a los 1200 usuarios de Facebook. El libro, un best seller en el primer mundo, convirtió a su autor en una suerte de “gurú de la soledad”, a pesar de que el autor no menciona ese termino en una sola parte de su libro (salvo en el título). Cacioppo sostiene que las redes sociales han creado una  nueva forma de narcisismo electrónico, o un e-narcisismo si se prefiere, donde hemos confundido las relaciones con el acto de comunicarnos en formato inmediato. “Hola Twitter, no sé por qué entre pero querían ver como están” es el mensaje tipo que más se repite en el mundo, y su objeto es  demostrar que seguimos ahí, ver cuanto nos quieren. Twitter y Facebook son una fiesta masiva, sin el stress de las fiestas subraya el profesor de Chicago. No tenemos que arriesgarnos a conquistar a alguien, ni siquiera pasar por la presión de arreglarnos adecuadamente, no lo necesitamos; ni siquiera que nos inviten, nos invitamos nosotros mismos. El dilema es que el narcisismo es un tipo de depresión y una que nace desde el sentirnos y sabernos solos. Es un grito para ser tomados en cuenta, tras la certeza de que no tenemos a nadie y no hacemos el mínimo esfuerzo para tenerlo. Pura suma y resta, Cacioppo hace el ejercicio de enlistar a los 100 tuitteros más influyentes de Estados Unidos, a 80 no se les conoce pareja, y de esos un buen porcentaje vive solo y trabaja conectado a una red social más de 8 horas seguidas. El mismo análisis realizado en Chile daría resultados muy parecidos. Hace poco un tuittero preguntaba por otro, que andaba desaparecido, un tercero le contestó, “o esta muerto o encontró novia”. Bajo la superficie hay mucha verdad en ese chiste.
  5. Javier, o @elironxavier, conoció a una chica por tuiter. No una muchacha cualquiera, sino una bastante famosa, actriz de teleserie, simpática, bonita y una celebridad en los 140 caracteres. Y se hicieron amigos. Tuiteaban todo el día y del TL pasaron a los DM donde se empezaron a contarse intimidades y a pedir consejo. Obviamente Javier se empezó a enganchar de su anónima desconocida/conocida y un día sus DM subieron de tono. Ni pornografía ni softcore, simplemente le confesó que pensaba demasiado en ella, se fue en la del buen romántico. Ella le dijo que tenía novio, que no era su idea que se confundieran las cosas, que le parecía desubicado lo que había hecho. Y no sólo lo cortó, también advirtió a sus amigas que se cuidaran de @elironxavier, que era simpático pero un jote medio sicópata. Y claro Javier aprendió de golpe que las amigas de twitter no existen, que el galanteo por DM solo funciona cuando la chica (o el chico) en cuestión te conocen y que esa fantasía tan difundida de que en una red social un anónimo separado de provincia puede convertirse en cercano de la chica más linda del baile es solo eso, una fantasía. Y que hoy estamos tan o más solos que cuando teníamos trece años, nos invitaban a una fiesta y nadie quería bailar con nosotros. La salvedad es que a ves en Twitter o Facebook te aceptan un baile, pero que quieran terminarlo, ese es otro cuento.
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ES EL CINE DE SUPERHEROES EL NUEVO WESTERN

Columna publicada originalmente en Septiembre del 2008 en la secccion Fuera de Foco de Wiken de El Mercurio y que hoy, con el estreno de Avengers se vuelve muy actual.

EL NUEVO WESTERN

El estreno de Hellboy 2: El ejército dorado, además de cerrar la temporada de blockbusters, consolida el año en que las películas basadas en cómics dejaron de ser el hermano freak del cine fantástico para convertirse en un género con sustantivo propio.

El “cine cómic” es básicamente el nuevo western y así debe ser visto y analizado: culturalmente norteamericano, pegado con un simplista ideal de justicia, de moral fascista, extremadamente macho y catalizador del lado más infantil del hombre adulto. Y tal como sucedió cuando el western se independizó del cine de aventuras, de la mano de autores como John Ford, es probable que directores como Zack Snyder o el multifacético Frank Miller sean estudiados a futuro como las cabezas pensantes del género, los Howard Hawks de las capas y antifaces. Y que piezas como Batman: El Caballero de la noche (por mucho que algunos se horroricen) sean equivalentes a El Tesoro de la sierra madre o a Río bravo.

No nos miremos la suerte entre gitanos (o pisemos la capa entre superhéroes), en la época de oro del far west estos filmes también eran vistos por el sector más duro de la crítica como escapismo barato y desechable. Después de todo, así como hoy la taquilla se dicta adaptando un formato tan desechable como una historieta, en los 40 y 50, los vaqueros eran tomados del pulp, en esos tiempos lo más rasca de la “literatura barata y popular”, en una escala aún más baja que las historietas.

Ahora si el cómic es el nuevo western y el western tuvo una carrera más bien corta en la cresta de la taquilla, ¿cuanta vida le quedan a las versiones filmicas de Batman y Superman? En 1985 la dupla formada por el escritor Alan Moore y el dibujante Dave Gibbons publicaron a traves de DC Comics la piedra angular del género narrativo de los superhéroes, Watchmen, miniserie luego editada como novela gráfica, considerada por unanimidad como el mejor cómic de la historia e incluida en el canon de las 100 mejores obras literarias del siglo XX. Pero Watchmen no naci,ó como algunos creen, como una forma de llevar a los superhéroes a una categoría más alta, sino para matarlos. La idea de Alan Moore era darle la estocada final a esta mitología pop, algo tan rotundo que fuera inimaginable seguir haciendo historias de este tipo tras el número 12 de la colección. Pasó todo lo contrario, tras este relato las historietas se poblaron de vigilantes con taras psicológicas, ultraviolentos, con más dilemas existenciales que superpoderes.

En lugar de matar a los superhéroes, Moore los relanzó, catapultando de rebote, a partir de Batman de Tim Burton en 1989 (los filmes previos de Superman fueron una excepción) el saltó definitivo de estos personajes al cine, iniciando una espiral en ascenso cuyo último eslabón es precisamente Watchmen, la adaptación a la pantalla grande anunciada para el 2009 y cuyo trailer colapsó Internet hace un par de semanas, llevando a la novela gráfica al número 2 de los libros más vendidos de Amazon y causando que una librería especializada de Santiago (Shazam Comics) tuviera que  encargar a España, 50 copias de la carísima edición de lujo de la obra de Moore y Gibbons. De pronto, todo el mundo quería leer Watchmen. Lo que desde una mirada cultural es equivalente a que de un momento a otro, sugiera un inusitado interés por conseguir (y comprar) Ulises, Moby Dick o El Quijote de la Mancha…

MUNDO TWITTER: EL GALAN DE DM

Publicada originalmente en Molecula en Enero del 2012

GALAN DE DM: UNA HISTORIA CASI REAL

Pablo tiene 34 años, vive en Osorno y –como muchos varones chilenos de su edad y condición socioeconómica– pasa casi el 80% de su día en Twitter, donde existe con el nombre de @pabmard1976 y avatares diversos con la cara de Gene Hackman, su actor favorito de niño. Es divertido, tiene un humor negro y la mayoría de las veces es muy cruel, sobre todo con gente que no conoce: famosos, políticos y artistas. En su breve biografía, se define como cultor del “odio creativo”, que equivale a ser “choro”.

Pablo es abogado y, en su vida secreta (o real), lleva las cuentas de varios ricos agricultores de la zona. Pero, claro, jamás lo contará. Tampoco que tiene un buen auto, una bonita casa con vista a los volcanes y una desastrosa vida amorosa (se separó al año de casado y, desde entonces, ha dado bastante pena). Y Pablo se ha hecho popular en Twitter, lo retuitea gente que respeta (músicos, periodistas, escritores, sujetos y sujetas inteligentes y también insoportables) e incluso una vez apareció en la página editorial de la Tercera y dos veces en LUN, ambas por algo relacionado con Piñera y encuestas. Claro, no lo invitaron a 140scl y eso le duele, aunque jamás lo confesará.

@pabmard1976 tiene más de 6 mil seguidores –lo que es bastante para ser un don nadie–, pero no lo suficiente como para ser pagado por una marca de cerveza, de esas que te tratan de “friend” o de las que hacen fiestas en playas falsas sobre estacionamientos feos. Le juega en contra no ser de Santiago, frustración que él camufla muy bien del más fácil de los modos: odiando a los santiaguinos.

Pero sobre todo, Pablo es un galán del DM. Él mismo se define así con sus amigos. Y es verdad. Si uno sigue su TL, descubre que lo retuitean harto algunas de las chicas más lindas de esta pista. Da envidia, lo reconozco. Y no sólo eso; a ratos, desaparece de pantalla y se esconde en largas cadenas de DM con algunas de las tuiteras más apetecidas por la comunidad de los 140 caracteres. Lo sé porque me manda DM contándome…  Le funciona. El tipo es un encanto y es bueno escribiendo. Me consta. Siempre me ha constado. Lo conozco del colegio; iba dos cursos abajo del mío y, entonces, ya manejaba bien el arte del “bla bla”. Un gordo rucio y feo que nadie se explicaba por qué siempre tenía pololas tan lindas. Pero, claro, una niña bonita del sur no es lo mismo que jóvenes actrices nacionales que –como sostiene– son su especialidad.

– Buscan sorprenderse, y yo las sorprendo –me dijo hace tres semanas, cuando me llamó para saber de mi vida y otras yerbas.
– No siempre –le contesté, con el conocimiento de que más de una de sus conquistas tuiteras se convirtió en aventura muy rara, con la “DMada” (o sea deamada) en cuestión arrancando y acusándolo de stalker. Si cierta guapa conductora radial local hiciera públicos los mensajes directos de @pabmard1976, la popularidad de mi amigo se iría bastante a la cresta. Y él lo sabe. Pero como éste es un mundo de Bilz y Pap, le da lo mismo.
– Yo con actrices, chao –le contesté–. Pololeé dos años con una, y paso. Lo mío son otras ciencias sociales…
– Galán de DM –me devuelve.
– Estoy aprendiendo del mejor.

Luego, me preguntó si podía alojarlo el fin de semana. Una de sus “twitpololas por DM” lo había invitado a una fiesta bien taquilla, y el friky se calentó con la idea. Es decir, no sólo con la idea.

– Mi casa es su casa, compañero. ¿No eres alérgico a los gatos? Tengo una.
– Lo sé, y no soy alérgico a nada. Gracias por recibirme. Podrías acompañarme a la fiesta.
– Paso.

Y el galán de DM fue a la fiesta, con ropa nueva y zapatillas retro (de la marca que auspiciaba el evento, de hecho). Su estreno en sociedad en el mundo real. Y eso pasó: mundo real. A las dos horas, tenía un mensaje en mi celular: estaba en la barra del Liguria, tomando cerveza, solo. Partí a buscarlo y a tomar cerveza. Ocurrió lo que tenía que ocurrir: propiedad conmutativa, el orden de los factores no altera el producto. Llegó y no conocía a nadie. Según él, había pura gente famosa –de la tele y las teleserie, de la música y los musicales– y, claro, se puso nervioso, transpiró mucho, se rascó el cuello hasta dejárselo rojo y, aunque habló harto con la chica de los DM, ella andaba rodeada de amigas y nunca los dejaron solos.

– Igual hubo onda.
– Siempre la hay, pero de la onda a lo real hay una órbita bastante amplia…
– ¿Por qué hablas redactado?
– Es mi columna; tengo derecho a hacerlo. Bueno, ¿qué pasó?
– Fui a buscarle una copa de champaña, brindamos, pero no fue lo mismo.
– Claro que no fue lo mismo. Es como esa gente que se saluda por Twitter como si fueran los mejores amigos del mundo, y ni se conocen. Esto es una fantasía ­–le enseñé TweetDeck abierto en mi celular–, una gran y entretenida mentira.
– Muy patético.
– Nooooo, esto no tiene nada que ver con ser patético. De hecho, todo lo contrario. Es volver a tener 15 años, regresar a tercero medio, ilusionarse como pendejo. ¿Por qué crees que los pegados con Twitter somos hombres, mayoritariamente heterosexuales, tenemos más de 30 y en su mayoría estamos separados o cagados de la cabeza? Porque es como una segunda oportunidad. Puedes ser listo, el mejor para la pelota y coquetear con la chica más linda del baile. Y coquetear en serio, onda que te salte el corazón y todo. ¡Mírate! Tú viniste de Osorno y todo, y te puede haber ido mal, pero fuiste un pequeño rey por media hora… y eso es mejor que ser tonto una vida entera, tal como decía el gran Rupert Pupkin. Filo, fue, terminó. Hace un año, con cueva te conocía y admiraba tu ex; ahora, para un montón de anónimas ricas, eres una fantasía. Mantente así. El galán de DM no debe salir de esa columna.
– El único galán real de DM es David Gahan.
– Eso fue fome.
– …
– Muy fome.
– Demasiado. Salud por eso.
– Salud.

Esta historia es casi imaginaria. Pero eso da lo mismo; todas las historias lo son.

MARK FISHER, “STARCHITECT”

Versión “extendida” del posteo publicado hoy en Que Pasa.


MARK FISHER, “THE WALL”

 Si en el mundo hay un arquitecto al que le queda la chapa de starchitect ese es Mark Fisher. De partida es quien más veces ha expuesto sus obras alrededor del mundo, incluido Chile. Y el que más ha sido visto y disfrutado por hijos de vecino sin necesidad de acudir a una bienal o evento similar. ¿Le interesó? Excelente, la próxima semana estará por estos lados exponiendo  la que el mismo ha sostenido es su obra maestra: The Wall. Una pieza de “arquitectura móvil” que atravesará el Estadio Nacional y que será montada y derrumbada en poco más de dos horas, periodo en el cual cobrará vida con proyecciones de efectos 3D, juegos de luces, filmes animados, pirotecnia, aviones a escala, muñecos gigantes y hasta la réplica de una habitación de hotel.

Vale, The Wall es de Roger Waters y por añadidura de Pink Floyd, pero si somos concretos el legítimo responsable de darle forma al concepto es y siempre ha sido Mark Fisher, un arquitecto inglés de 65 años que a mediados de los setenta cambió los rascacielos por la música. Quería ser estrella de rock y a su manera lo logró. Creador de la idea y término de “arquitectura móvil”, los croquis y las obsesiones de Fisher han dado por casi cuarenta años forma, color y luces al rock y al pop, razón por la cual muchos de sus contrarios lo han apuntado como responsable de haber asesinado lo simple, instantáneo e improvisado de la música en vivo.

Tras la llegada de Fisher todo fue sincronización, sonidos pregrabados y tiempos perfectos para que el espectáculo sonoro funcionara a la par con todo lo que lo envolvía. Dejar lo espontáneo en servicio del show, hacer de un concierto un gran equipo estéreo, como ocurre precisamente en The Wall, complejo y carísimo montaje que diseñó para Roger Waters y compañía en 1979, volvió a dar vida en Berlín en 1990 para veinte años después conseguir modernizar, actualizar y transportar a través del mundo en la rendición que el ex Pink Floyd viene haciendo a su obra maestra desde 2010, un reto donde la música es secundaria y que, según el propio bajista, habría sido imposible de lograr sin el toque Fisher. La crítica especializada ha dicho que el show de The Wall es una experiencia a los sentidos y que el mérito no es precisamente de los músicos en escena, sino de la escena en sí. Tal vez debiera llamarse Mark Fisher: The Wall, hasta justo sería.

Decir que Fisher piensa a lo grande es quedarse chico, si “obras arquitectónicas” como la “garra” de U2, el “ultrasecreto” juego de luces de Genesis, el “muro “de Waters/Pink Floyd sorprenden, más lo hace el haber convertido los centros completos (downtown) de Houston (1986), París (1995)  y Moscú (1997) en mega escenarios para Jean Michel Jarre, batiendo en la capital rusa el record absoluto de asistencia a un evento, congregando alrededor de su “arquitectura móvil”  a 3 millones y medio de moscovitas arrodillados alrededor de luces, laser, marionetas, pantallas móviles y sincronías orquestadas donde la música pulsaba el ritmo de una ciudad entera, incluidos astronautas hablando desde la Estación Espacial y un “cuerpo de baile” compuesto de seis aviones Mig-29. Su límite, ha dicho, no es el presupuesto, sino lo que la tecnología le permite.

Después de su debut en el negocio, en el verano de 1974, precisamente con Pink Floyd; el nombre de Fisher comenzó a repetirse junto a “marcas” como Queen, Led Zeppelin, ELO, Genesis, David Bowie, Peter Gabriel, Elton John, Rolling Stones y una lista tan larga como variopinta que ha sabido estirarse  en el tiempo hasta U2, Depeche Mode, Metallica, Iron Maiden, AC/DC, Pink, Madonna, Cher, Kylie Minogue, Muse, Radiohead, etc; todas las premiaciones de MTV y  VH1, los últimos dos Mundiales de Fútbol, las recientes tres Olimpiadas e incluso la actual gira de Juanes y “me veras volver” el tour de reunión de Soda Stereo del 2005. Rodeado de colaboradores de la talla del fotógrafo y cineasta Anton Corbjin, y el iluminador teatral Jonathan Park, el toque midas de Fisher ha sido plagiado  (los últimos escenarios del Festival de Viña han sido un “copy-paste” de los bocetos disponibles en su sitio www.stufish.com) pero jamás igualado, porque hay algo que lo diferencia de otros escenógrafos, es arquitecto y desde esta mirada ve a cada banda y a cada solista, no como un show, sino como un edificio: una catedral o un rascacielos que puede y debe moverse, también bailar.

 

 

 

“PUNK FLOYD, EL MURO”: ESTO LO ESCRIBI EL 2009…

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… para los 30 años del disco, noviembre del 2009, hoy amerita volver a publicarse

Y TODOS ERAMOS LADRILLOS EN UNA TONTA PARED

El sábado pasado vi con mi mujer The Wall, la película de Alan Parker y esta semana he escuchado el disco, la versión en vivo (Is there Anybody Out There: The Wall Live) y el “remake” que Roger Waters y compañía levantaron en Berlín en 1990. Una vez tras otra, como un ritual, una celebración de cumpleaños generacional, una devoción personal a un disco devocional.

Las canciones son las mismas, las versiones difieren, el reactor permanece. Hacía años que no escuchaba la pared de esquina a esquina, hace rato que no está entre mis discos favoritos. Incluso, dentro de la discografía de Pink Floyd, no es de mis predilectos. Demasiado Roger Waters, demasiado maqueteado, demasiado estudiado, demasiado anclado en la tierra, demasiado alejado de los paisajes intergalácticos que la banda supo tejer entre 1965 y 1978.

Por decirlo en fácil, Dark Side of the Moon es el disco de una banda, The Wall una biografia recitada. Además fue el primer disco de Pink Floyd dirigido por un productor que no tenía relación con el grupo (Bob Ezrín). Y como tal aparece sobreproblado de sesionistas y saturado de canciones donde lo único floydiano era la voz de Waters; abusado de líneas de batería en las que no aparece por ningún lado esa violencia artesanal de Mason, sin contar el exilió absoluto de Rick Wright y sus colchones de teclados.

The Wall no sólo es un corte estilístico, sino también moral y político de la banda, casi una respuesta al odio que el punk manifestó por el cuarteto londinense, achacándolos de símbolo de todo lo odiable en la música popular. No más space rock, no más prog rock, The Wall era callejero bailable incluso (“Another Brick in the Wall (Part II)” y “Run Like Hell” son canciones disco), construido en horrores y rabias, una patada de gritos y metáforas violenta; Punk Floyd ironizó hace tiempo el argentino Rodrigo Fresan al escribir de esta placa, haciendo una analogía con La Naranja Mecánica de Kubrick, mucha razón.

Pero The Wall con todo lo que uno puede criticarle está de cumpleaños, suma tres décadas y en los aniversarios todo se ve más nítido. Mejor, con más claros que sombras. Y The Wall tiene a “Comfortably Numb”, la luz Gilmouriana dentro de la dictadura Wateriana, la última canción hecha de a dos, la última obra maestra del grupo, con ventaja la mejor canción –con formato canción- de la historia de la banda.
El 30 de noviembre de 1979, The Wall debutó en las estanterías. El disco que todo el mundo dijo que no iba a comprar se alzó al top 1 en ambos lados del Atlántico. Y ahí permaneció, año tras año, hasta encaramarse al 2 absoluto de todos los tiempos, sólo superado en cifras por Thriller del difunto Jackson. Record absoluto, pero eso al final es puro número, lo que importa, lo que vale esta por otro lado.

¿Hay alguién allá afuera?

Insisto, The Wall está hoy lejos de ser uno de mis discos preferidos, pero ello no quita que pelee el cetro de uno de los más importantes de mi vida.

Recuerdo perfectamente cuando lo escuché por primera vez. 1987, yo estaba en 1º medio y en la casa de mis abuelos empecé a escarbar unos cajones con casetes grabados que tenía mi tío Víctor Hugo. Pink Floyd: El Muro (1º Parte) estaba garabateado con lápiz rojo en un Sony de 60 minutos. Fue la única cinta que me interesó. El nombre me sonaba y los otros de la caja: Gentle Giant, Yes, Vander Graff Generador, The Mahavishnu Orchestra, Jean Luc Ponty recuerdo, no los había escuchado ni en pintura. No me culpen, era Victoria, un pueblo 60 kilómetros al norte de Temuco, donde lo más “moderno” que se oía eran los hits de Día y Noche FM y lo poco que llegaba a la disquería Tops (que era del papá de mi amigo Pato Paredes), la única de la ciudad, se resumía en el top 10 de Sábado taquilla y Más música.
Me fui con el casete a casa y lo puse en el “Tres en Uno” IRT que teníamos en el living. Primero el chirrido del ruido blanco, luego el fraseo de una canción antigua (que años mas tarde identifique como una balaba navideña de Vera Lynn) y luego un violento puñetazo de guitarra y batería. El casete no tenía identificado los nombres de las canciones así que me resulto complicado seguirlo, especialmente porque era el primer disco que oía donde todo estaba pegado, las canciones no se difuminaban, ni siquiera se cortaban. 45 minutos, “Good Bye Cruel World” se despedía la última canción y todo se acababa.
En una época donde lo más “fuerte” que había escuchado era Iron Maiden y Europ y lo más “artistico”, Queen, lo que acaba de oír me voló el rostro. Necesitaba la segunda parte. Me demoré un par de años en conseguirla, cuando encontré en Temuco –en disquería Koncierto- la edición CBS del casete, que metía ambas partes en una sola cinta de 90 minutos: uno de los primeros completamente blancos (sin papel) y con carátula con lengüeta, con los nombres escritos en inglés, sin traducción made in Chile ($850 si no me equivoco, si menos de luca), en una época pre CD, una joya entre joyas.
A esas alturas ya muchos de mis amigos de colegio: Manuel Contreras, Pollo Carvacho, Alejandro Inostroza compartían esa devoción por The Wall (y por Pink Floyd). Habíamos conseguido otros discos y visto el VHS del Delicado sonido de Trueno, que alguien trajo pirateado de la capital (si, de la Capital) y que era lo más futurista del mundo. “Mira el video de “Signos de Vida”, la cámara se mete por debajo del bote, y ese huevon que enciende un cigarrillo con un rayo láser al inicio de “Shine On”, o la cama que sale volando…” . Por supuesto entonces no teníamos ideas de disputas legales, ni de Waters, ni Gilmour, la música era simplemente Pink Floyd, la banda más grande de nuestra adolescencia, un ritual obligado de cada sábado por la tarde, buceando entre sonidos que jurábamos era lo más existencialista del mundo. Me acuerdo que cuando al fin logramos escuchar The Wall completo, en la casa de Manuel; y su primo Blas, que ya estaba en la universidad se nos unió y nos dijo algo que nunca he podido olvidar. Era 1988, era el sur de Chile, la universidad era la UFRO.
“En la UFRO, Pink Floyd es lo único que se escucha, es el sonido de las clases, van a conocer a todo el mundo gracias a Pink Floyd. ¿Ya vieron la película de The Wall?”
Había una película. Si, claro, había una película.
Y vimos la película y con Manuel la analizamos en una clase de literatura, con un profe de Filosofía que nos puso 7 por el sólo hecho de llevar a Pink Floyd a la sala de clases. Y nos hicimos amigos del profe gracias a The Wall y nos contó que cuando había estudiado en la Universidad Austral todo era Pink Floyd, que o escuchabas Pink Floyd o no eras nadie. Y sentíamos que estábamos en lo correcto, que era lo que había que oír, lo realmente importante en la música, todo el resto era popular y comercial. Y aunque claro, en privado habíamos empezado a variar los gustos: REM, Depeche Mode, The Cure, encima de la pirámide siempre aparecía Pink Floyd. Habíamos crecido ladrillo a ladrillo y eso al final es más potente que cualquier calidad artística.
Un verano llegó alguien de Santiago (primo de un vecino, primo de un primo, da lo mismo) y nos presentó a The Smith. Nos armó todo el discurso de que era lo que se estaba escuchando en la capital, que era el nuevo punk, la nueva voz de la juventud de clase media inglesa, que Pink Floyd era puro engrupimiento, que era musica pa´viejos, que Sex Pistols los había mandado a buen lugar el 77. Por supuesto nos dio lo mismo. Al año siguiente entramos a la universidad y Pink Floyd iba con nosotros. Y comprobamos que estábamos en lo correcto, que el santiaguino se equivocada, era un snob, un popero. La música de los Smith estaba bien pero no tenía un ápice de la profundidad que encontrábamos en Pink Floyd.
El 92 entré a Periodismo en la UFRO. Nuevos amigos, nueva gente, primeros amores y Pink Floyd siempre presente. Veo perfecto el gran carrete de la semana mechona, fiesta con proyección de The Wall en una pantalla gigante. Catarsis total, éramos universitarios, Pink Floyd era la universidad. Mi amigo Roberto recitando la letra de “Hey You” entre cajas de vino tinto en una húmeda pensión al poniente de Temuco, mi amiga Paola canturreando “The Great Gig in the Sky”, como podía y le salia bien… Primeros pitos, primeros viajes, cantando a todo pulmón cada canción del disco, sintiendo que el disco, la película, las canciones eran la primera misa. Mi buen amigo Daniel Villalobos sentado en el piso del gimnasio Bernardo O´Higgins de Temuco en una rara sesión doble en pantalla gigante de Floyd, Queen y el 101 de Depeche Mode, creo…
El primer libro de rock que me compre fue una biografia/cancionero de Pink Floyd…
Un paro en junio, una toma en julio, carretes tóxicos cada noche, “Is there anybody out there?” cantaban todos mientras escribían carteles gigantes pidiendo justicia social en la otorgamiento del crédito universitario… “Bring the boys back home” lloraban otros, mientras trababan con cadenas la entrada a la universidad para el festejo del año nuevo mapuche. Estoy seguro, la banda sonora del movimiento mapuche que hoy sacude a la Araucanía tiene mucho de The Wall, estan todos, a ambos lado de la carretera/cultura, esperando por los gusanos.
Más fotografías, una estudiante de literatura, tres años mayor, bailando en medio de una fiesta tóxica, gritando que sin Silvio Rodríguez y sin Pink Floyd no existía universidad. Y claro, uno podía bailar con Pet Shop Boys, cantar con Soda Stereo, pero sonaba Pink Floyd, sonaba The Wall y todo el mundo se quedaba en silencio.
1992, acabábamos de recuperar la democracia, de salir de la oscuridad, pero aun quedaban tantas deudas pendientes… ¿acaso las pagamos? The Wall era un faro que supo dar buena luz en esa época sombría. Eran los años felices de nuestras vidas, después empezamos a crecer y los sueños, algunos sueños se fueron por el caño, como en “Comfortably Numb”. ¿Por qué Pink Floyd era tan importante en esos años? Ni idea, supongo que porque estábamos en el sur, encerrados en nuestro propio mundo, mientras en Santiago y más al norte los milicos martillaban en verdad al pueblo. Allá, cruzando el río Bio Bio los ladrillos nos apartaban del mundo, encantándonos con un disco que a la distancia y con los años suena engrupido, añejo incluso, pero ante el cual no puedo (y supongo que no podemos, porque estoy seguro escribo por muchos) negar su importancia clave como vitamina del crecer, de mi crecer al menos.
Huevón, me dijo un amigo hace años, corta con escuchar a Pink Floyd, si quieres oír verdades de la vida cantadas, oye a Bob Dylan, es menos artificioso. Puede ser, de hecho así es, pero uno creció con Pink Floyd y contra eso no hay nada que pueda hacerse. Soy de los que creen que los martillos marchan, los cerdos vuelan y las flores se convierten en bestias carnívoras cuando hacen el amor. Los ladrillos se levantaron hace 30 años, algunos muros calleron, otros no.

ROGER WATERS: ¿HAY ALGUIEN ALLÁ AFUERA? (EXTRACTO DE ARTICULO PARA iPOP)

Publicado en la edición febrero de 2012, de revista iPop

En la mente de Roger Waters
THE WALL: ¿HAY ALGUIEN ALLÁ AFUERA?

El gigantesco montaje que acarrea el bajista y cerebro de Pink Floyd y que recalará por estas costas en marzo , no es precisamente algo nuevo. Sabemos a lo que vamos, lo hemos sabido desde hace 31 años: el orden de las canciones, la nula improvisación, incluso la idea de estar viendo una película repetida. The Wall no tiene nada de espontáneo y esa es precisamente  su gran virtud, lo que ha hecho de esta gira tal vez la más espectacular de todos los tiempos.

“¿Fuiste a ver U2 360º?”, me preguntó hace unos meses, una amiga que vive en España. Cuando le contesté que sí, contraatacó con un “¿y te pareció espectacular?” a lo que volví a responder afirmativamente. “Pues es un chiste al lado de The Wall de Roger Waters”, agregó, sumando de inmediato: “tú sabes que yo con Pink Floyd cero onda, no creo haber escuchado un disco entero de ellos, pero si estoy segura, muy segura, de que The Wall es el mejor concierto que he ido en mi vida. No es solo música, es información, estímulos por todas partes, uno no sabe para donde mirar”. Y al parecer mi amiga no es la única que opina parecido; el  “autoremake” de Roger Waters se ha llevado algunas de las críticas más halagadoras de la industria: “Supera todo lo visto antes”, “El concierto de rock más espectacular de la historia”, incluso el estricto The NewYorker lo calificó como un hito obligatorio, casi una responsabilidad cultural el asistir a una de sus puestas en escena.

Nominaciones varias a mejor gira del año y a puesta en escena más innovadora son más ladrillos en la pared de una historia que se ha venido tejiendo desde hace más de tres décadas, una con leyenda propia y que bien supo sintetizar el escritor argentino Rodrigo Fresán hace unas semanas en Página 12.  “No es Pink Floyd lo que está en gira, ni siquiera es Roger Waters, es The Wall, el disco, la obra es la protagonista, no el artista”.  Y ahí está la gran diferencia entre este tour del señor de los cerdos voladores y los dos previos que también lo trajeron por este lado del mundo. El 2002 fue el reencuentro del músico con su público y el 2007 una declaración de principios: si la marca Pink Floyd estaba en  coma, él la tomaba prestada. O si se prefiere, hacía uso de la cuarta parte que le tocaba.

Con The Wall la marea es otra, no es Waters quien está bajo las luces, es la obra, la pared la que canta y grita. Claro uno puede arrugar la frente al oír las versiones del bajista de piezas de la era Dark Side of The Moon y Wish You Were Here, pero con “el muro” es distinto, los ladrillos son suyos, las letras, la biografía en escena le pertenece, por eso no es inusual que ocurran fenómenos como los “9 River” en Buenos Aires, lo que no tiene que ver con que si Waters o Pink Floyd son más populares en Argentina que los Stones o Charly García, como se ha apresurado a sentenciar la prensa. Esos “9” obedecen a un rito, uno que se explica ante el hecho que The Wall, la película, lleva en cines porteños casi tres décadas. Es probable que la obra guste incluso más que la banda y ahí está la misa, ir a ver algo que ya hemos visto, o creemos haber visto, muchas veces. Esto, insisto, no es Pink Floyd ni Roger Waters solista, es The Wall.

En primera persona…

La teleserie Pink Floyd es una de las más extrañas de la historia del rock, por un lado aparece llena de secretos y mitos (¿A Saucerful of Secrets?) y por otra de frases grandilocuentes lanzadas a todo pulmón para que escuchen todos los vecinos de la cuadra. No es apresurado decir que la banda como tal se acaba en Wish You Were Here (1975), pasando de ahí a la llamada dictadura Waters. El paréntesis Animal (1977) es curioso, pero se trata de una placa hecha a base de demos tocados en vivo durante el tour del 74, canciones viejas rescatadas, un puente, un compromiso con el sello si se prefiere, hacia lo que venía: The Wall.

A pesar del gran aporte de David Gilmour en la dirección musical y en la mejor canción del álbum (“Comfortably Numb”), “el muro”  es por donde se le mire, un disco solista de Roger Waters, no sólo están sus obsesiones y sus miedos, también su propia vida, lo que es harto  decir. Discos conceptuales y óperas rock hay varias previas a “la pared”, una autobiografía/autoterapia cantada solo esta. Y de patio, que es lo más significativo.

The Wall aparece en noviembre de 1979 como un disco doble, pensado para ser presentado en vivo en recintos cerrados, con un gran aparataje teatral. Y es en este proceso donde aparece el gran socio del bajista en la aventura: Mark Fisher. Arquitecto y viejo compañero universitario del músico, Fisher llevaba algunos años especializándose en lo que el definió como arquitectura móvil para conciertos. Pionero en su negocio, es gracias a The Wall con que el “estudio Fisher” se convierte en marca registrada, transformándose en el mayor referente mundial en materia de escenarios y estructuras móviles, estando desde 1980 tras las giras de Madonna, Rolling Stone, Jean Michel Jarre, Muse  y U2, entre una larga lista de gigantes del negocio.

Durante la primera mitad de The Wall, una banda de músicos disfrazados de Pink Floyd abrían el show para luego unirse como respaldo al grupo en el resto del espectáculo. Por cuarenta minutos la música se iba conjugando con marionetas gigantes, la réplica de un avión Stuka alemán estrellándose contra una esquina del escenario y películas proyectadas en Mr. Screen, la pantalla circular rodeada de focos ideada por Fisher y que ha sido marca registrada del grupo en sus presentaciones en directo desde 1974, todo mientras un muro iba tapando a los músicos hasta cubrirlos por completo, lo que ocurría al final de “Goodbye Cruel World”. Tras un intermedio de veinte minutos, la segunda parte del espectáculo sucedía con el público mirando la pared (y los músicos ocultos tras esta) sobre la que se proyectaban animaciones del caricaturista Gerald Scarfe, mensajes y toda clase de referencias conceptuales, como la marcha de los martillos en “Waiting for the Worms” o el cerdo inflable durante “Run Like Hell”. En los acordes finales de “The Trial” la pared se venía al suelo y la banda, entre las ruinas del muro aparecía cantando “Outside the Wall”.

No más, sin bises ni encores, sin una sola cita a la discografía previa de la banda (lo más cercano eran los dibujos animados de “The Trial”, usados previamente en “Shine on You Crazy Diamond” durante las giras del 75/77). La banda salía de escena, se prendían las luces y listo. Todos para la casa, no había más, cero improvisación, ni un regalo extra para… (LEE EL REPORTAJE COMPLETO EN REVISTA IPOP DE FEBRERO)

EL PRECIO

Publicado hoy en El Dinamo

No me vengan con que solo me arriendo, acá la cosa es simple, sin grises: o te vendes o vives en un iglú en Groenlandia cazando focas y narvales.  El problema no es hacerlo, sino saber cuánto y cómo cobrar (o eres caro o eres barato) y asumirlo sin llorar como los grandes.

Entre el 2004 y el 2005 trabajé con Alberto Fuguet en el guión de su película “Se Arrienda”; la película y la historia eran suyas, yo metí mano, redacté diálogos y lo ayudé a ordenar la historia, sería cara de raja si me apuntara como autor de la misma. Sin embargo hay dos aportes que hice al filme y de los que doy fe, Fuguet ha sabido reconocer públicamente. El primero es la idea del arriendo moral, algo así como la opción de venderse sin compromiso al sistema, sabiendo que no hay firma contractual de por medio y que nada es para toda la vida. El segundo es el personaje de Elisa (Francisca Lewin) que no estaba en el tratamiento original y que es una copia bastante descarada a la eterna Marty (Natalie Portman) de esa maravilla llamada “Chicas Lindas”, dirigida por Ted Demme a inicios de los 90.

De Elisa me siento muy orgulloso, es casi un primer gran amor. Más allá del lugar común del treintañero que encuentra la redención en una chica joven, creo que los momentos con ella en pantalla (sobre todo en el museo y en el cerro San Cristóbal), gracias más al ángel de Francisca que a las líneas de guión, son de lo que mejor ha envejecido de la película. De lo otro; lo de arrendarse, no tanto. Vale, puede funcionar en la ética de la ficción, pero finalmente es una gran careta, un antifaz bastante simplón.
Me confieso (el final de la columna haciendo clic aquí)

NERDGASMO

Publicado en El Dinamo, el 23 de diciembre del 2011

El tráiler de “Batman: The Dark Knight Rises” el lunes, el de “El Hobbit” el martes, el de “Prometheus” el jueves, la edición local de “Locke&Key” hace un par de semanas, vaya que es una buena época para no tener vida.

−¡Es que la cagó, se acabó el mundo, nada superará esto…!
−Impresionante, estoy para dentro, ¡lo he visto como veinte veces en una hora!
−Bane…
−When Gotham is ashes, you have my Permission to die…
−Selina Kyle, hueón, que rica es Anne Hathaway…
−¿Y Marion Cotillard? Estoy seguro que ella es, en secreto,  Talia Al Ghul, la hija de Ras Al Ghul. Acá se cierra el arco iniciado en Batman Begins…
−Eso dijo Nolan… Nolan hazme un hijo o toma mi esposa.
−No tienes esposa…
−Da lo mismo, ¡Nolan es Dios!
−Es más que Dios.
−Si es la trilogía Dark Knight, Nolan debiera cambiarle el título a la primera película y ponerle The Dark Knight Begins.
−Te apuesto un palo verde a que eso va a pasar cuando salga la edición BluRay de la trilogía pico-la-zorra…
−Cachaste los guiños al cómic en el estadio. La “R” escrita como la “R” de Robin…
−Y ojo, el jugador de fútbol es de apellido Ward, como Burt Ward, el Robin de la serie de Batman de los 60.
−¡Nolan es Dios!
−¿Te fijaste en el número de la camiseta del futbolista?
−No.
−Hueon es 86… 86, al año del Dark Knight Return y de Year One, ¡Miller es Dios!
−Ya no, es un facho de la mierda, el Dios es Nolan…
−Me tinca que la elipsis de ocho años de la que habló Nolan va a ser en mitad de la película. Onda Bane le rompe la espalda a Batman, igual que en los cómic, de ahí pasan ocho  años de rehabilitación, ¡ojo con las escenas de Bruce Wayne con bastón!, y regresa por venganza… “Rises”, como el título en inglés, “el caballero oscuro se levanta, renace”, captas. Eso explica la tecnología avanzada que se ve, esa especie de arma láser y la nave…
−La nave es un hovercóptero, o sea un helicóptero con rotor carenado, interno, dentro del fuselaje, la zorra.
−Se va a acabar el mundo.
−¡Nolan es Dios!
−No puedo creerlo, es como volver a un lugar donde siempre estuvimos…
−¡Jackson es Dios!
−Escuché los acordes de The Shire de Howard Shore y cagué. Los Hobbits, Bilbo Baggins, Gandalf, los enanos.
−¡El canto de los enanos! Puta la huevada bonita.
−¡Jackson es Dios!
−¡Viva Tolkien!
−¡Jackson es Dios!
−Gandalf peleando con su báculo, la espada “Sting”, las Montañas Nubladas, Rivendell… Galadriel…
−Galadriel como que tiene onda con Gandalf en el trailer…
−¿Cómo va a tener onda con Gandalf?  Gandalf es como Jesús, asexuado, no entiendes nada. ¡No leíste los libros!  Y Galadriel es como la Virgen María.
−Me gusta esta Virgen María.
−¡Hueón, con Tolkien no se juega!
−¿Quería ver al dragón Smaug?
−No es necesario, Jackson es un genio, no necesitó a Smaug para dejarnos pegados.
−¡Jackson es Dios…!
−Bilbo es el de Sherlock, el que hace del Dr. Watson…
−Si, Martin Freeman, el de La Guía del Autopista Galáctico.
−Gran película.
−Rara, pero grande.
−Quiero que sea diciembre
−Es diciembre.
−Del 2012…
−¡Jackson es Dios!
−La cagoooooo… IM… PRE… SIO…NAN…TE…
−¡Scott es Dios!
−Ridley quiero ser tu hijo, si fuera mujer te pediría que me embarazaras…
−Chao Batman, chao Hobbit, la película definitiva del 2012 va a ser Prometheus.
−Flipé con el tráiler…
−¡Scott es Dios!
−¿Por qué la Fox insiste tanto en que no es precuela de Alien, si es puro Alien?
−Es que no lo es, sucede en el mismo universo que es parecido, pero va más atrás, apunta a la tercera raza extraterrestre de la serie, los gigantes esos…
−Space Jockeys
−Esos mismos. Yo creo que Scott está básicamente tomando propiedad de su legado. Alien es de él, no de James Cameron como creen todos…
−¡Scott es Dios!
−Y apuesto a que la película tendrá una sorpresa, que me atrevo a adelantar será el vínculo que unirá Alien con Blade Runner, a través del personaje del androide, interpretado por Michael Fassbender…
−¡Quiero ser Michael Fassbender!
−¡Fassbender es Magneto… o sea es Dios!
−Fassbender es un replicante avanzado, un Nexus 10, te apuesto.
−Si es así, me saco el sombrero por el viejo Ridley.
−¡Scott es Dios!
−Hueón está muy buena la edición, mejor que la gringa o la española.
−Mil patadas a los gringos y españoles, esta es la versión definitiva de Locke&Key y por lejos la gran “novela gráfica del año”. Chao Mortis, 1899 y PDK, esto es lo que vale, el mundo real.
−¡Gabriel Rodríguez es Dios!

NOTA: Esta columna está basada en hechos reales.

LOS 15 “CHILENOS” DE FICCIÓN MÁS RICOS… SEGÚN FORTEGAVERSO

¿Y si hacemos la versión chilena de lo de Forbes? Ya que ni Capital, ni Economía y Negocios, ni Que Pasa, ni El Pulso se motivan, para eso está Fortegaverso. Aunque claro, multimillonarios no hay muchos (o yo al menos no encontré ) en nuestra ficción. Hay harto rico en teleseries, pero magnate así a lo Piñera (nuestro Lex Luthor), como que ninguno. Juegue y mande su ranking.

PD: Perdonen la autoreferencia

  1. Dr Mortis (“Mortis”)
  2. Condorito magnate (“Condorito”)
  3. Máximo Tacaño (“Condorito”)
  4. Hugo Leonardo Lemus (“Semidios”)
  5. Eglantina Morrison (“El Jappening”)
  6. Señor Mandiola (“El Jappening”)
  7. Salvador Allende -ucrónico- (“Synco”)
  8. Arturo Prat –metahullano– (“1899”)
  9. Las Herederas de Lasislao Duval de Ferreira (“Las Herederas”)
  10. Esteban y Marcia (“La Madrastra”)
  11. Sr. Manguera (“31 Minutos”)
  12. Artemisa Mikonos (“Los Títeres”)
  13. Paul Kaifman (“El Número Kaifman”)
  14. Rodolfo Ruttenmeyer (“Amores de mercado”)
  15. Ezequiel Berkoff (“El Horror de Berkoff”)

SUPERMAN ES CHILENO (LA HISTORIA MÁS RARA QUE ALGUNA VEZ PUBLIQUE)

Este es uno de los artículos más extraños que he escrito y reporteado. Ya ni recuerdo como llegué al caso, pero bien merece un lugar destacado en la historia bizarra de Chile. Como la película UNBREAKABLE pero en Santiago de Chile, un Wolverine anciano que hoy vive en la Florida, un X-Men de Departamental con Vicuña Mackena, el Dr. Manhattan de Santiago City. Un superhéroe por accidente que nunca usó sus poderes. En el cine, Cristopher Reeves nos enseñó que el hombre podía volar. Acá en Santiago, Antonio Dueville que un chilenopodía hacerlo… Y de verdad.
Publicado el viernes 5 de Febrero de 1999, en Zona de Contacto, El Mercurio.

El increíble caso del chileno electrocargado:
SUPERHOMBRE POR ACCIDENTE

Hace mucho tiempo, un rayo de energía lo golpeó dotándolo de increíbles poderes. Hoy, con 90 años cumplidos y en pleno uso de sus facultades, Antonio Dueville recuerda el episodio que lo convirtió en el Supermán chileno.
Como 1999, el verano del 47 fue uno de los más calurosos en Santiago. Antonio Dueville tenía 35 años y trabajaba como contratista eléctrico. El 28 de enero lo llamaron del entonces Instituto Nacional del Radium, hoy Centro Oncológico Caupolicán Pardo, detrás del hospital José Joaquín Aguirre en Independencia.
“Tenían problemas con una máquina de rayos X. La cosa era grave, porque cada vez que la prendían temblaba. Salían chispas que incluso atravesaban las paredes de la sala. Me contrataron para recubrir la pieza con plomo. Al terminar me di cuenta que no había tomado las medidas. Le dije a Carlos, un niño que trabajaba conmigo, que fuera a echar una mirada para calcular los metros, pero como la máquina estaba encendida, le dio miedo. Le insistí pero no quiso, así que fui yo”.
“Carlos me pidió que por favor no se me ocurriera entrar, que mejor mirara por una ventanita de la puerta. Arriba de ésta se leía: Alta Tensión: Peligro de Muerte . Miré por el vidrio, pero como no se veía nada, me arriesgué y abrí la puerta. Apenas me asomé al interior, sentí que me chupaban para adentro y después vino el golpe de luz. De ahí no me acuerdo más”.
El golpe retumbó en todo el edificio, asustando a pacientes, médicos y auxiliares. Carlos, el asistente de Antonio Dueville, fue el primero en darse cuenta de lo ocurrido. Recuperándose del susto corrió a la sala y vio que la puerta estaba cerrada. Con temor fue hasta la ventanilla y miró al interior de la pieza. Lo que vió era mejor que cualquier historieta. A cinco metros del suelo, el cuerpo de su jefe flotaba despidiendo rayos de energía; su ropa ardía y daba la impresión de ser una especie de generador humano. Antonio Dueville volaba, suspendido inexplicablemente en el aire. Estuvo así un par de minutos, hasta que cortaron la electricidad. Cuando esto ocurrió, el cuerpo inconsciente de Dueville se desplomó, rebotando pesadamente al golpear el suelo.
Con mucho cuidado Carlos y un guardia abrieron la puerta. El olor a carne quemada hacía imposible creer que Antonio Dueville pudiera estar con vida, más aún cuando Manuel Mella y Pablo Raffo, dos doctores del instituto llegaron a ver el accidente y sólo atinaron a pedir que lo llevaran a la morgue. El doctor Mella intentó acercarse, pero apenas franqueó el umbral de la sala, fue repelido por una descarga emitida por el cuerpo de Dueville. El electricista había sido cargado con más de 200 mil voltios, más del doble que una silla eléctrica (cuyas cargas son de 50 mil voltios).
Con cuidado, tomaron el cuerpo de Antonio con guantes e implementos no conductores y lo sacaron de la pieza. Dicen que me salían chispas y destellos del cuerpo. Anudaron sus codos y rodillas con alambres de cobre y conectándolo a tierra, procedieron a descargarlo. Fue un espectáculo desconcertante que se prolongó por media hora. El cuerpo de Dueville destellaba rayos e incluso llamas. La piel estaba toda quemada, no tenía nada de pelo y lo poco que quedaba de su ropa eran un montón de harapos humeantes.
Después de descargarlo, cuando ya no había peligro, el doctor Raffo fue el primero en revisarlo. Examinó su respiración, su pulso y su corazón, y al no obtener respuesta lo dió por muerto. En una camilla lo mandaron a la morgue. Estuvo dos horas muerto hasta que, mientras una enfermera le limpiaba las quemaduras, Antonio Dueville abrió los ojos. Entre los gritos de horror de la mujer, él se sentó. Le pregunté que había pasado. Ella no paraba de gritar.
“Lo curioso es que los doctores y la gente del Instituto no me revisaron ni hicieron nada. Se limitaron a esperar que pudiera caminar y me mandaron a la casa. Todo quemado salí a la calle y paré un taxi. Después supe que lo habían hecho porque los del Radium no querían tener responsabilidad y como creyeron que me iba a morir en la calle, pensaron que así no tendrían que dar explicaciones. Pero igual llegué a casa. Mi mujer gritó de espanto al verme. Estaba humeando y todo cubierto de ceniza blanca. Me acostaron y llamaron a un doctor. El médico ordenó que me llevaran a un hospital, curiosamente al José Joaquín Aguirre que estaba al lado del Radium. También sugirió que iniciara una demanda porque lo que habían hecho conmigo era un crimen. No lo hice porque sabía que había entrado a la sala bajo mi responsabilidad y ellos no tenían nada que ver.”
Después de los primeros exámenes, no le dieron más de un par de días de vida. Tiempo que él aprovechó para repartir a sus seis hijos entre todos sus amigos y hermanos. Venían a verme y yo les encargaba un niño Al final Antonio Dueville estuvo tres meses hospitalizado. Lleno de quemaduras y todo lampiño.
Mientras estaba en cama su cuerpo comenzó a experimentar extrañas transformaciones. La más evidente fue que alrededor de las heridas, comenzó a brotarle piel. Le crecía carne, así que los doctores no tuvieron que extirparle piel para hacerle los injertos, pues era cuestión de estirar la carne nueva y coserla sobre las heridas. Del resto se encargaba un curioso factor de curación que también le apareció. Uno tan espectacular y extraño que hasta el día de hoy le cierra cualquier herida (por muy profunda que sea) en un par de horas.
Hace como dos semanas, estaba arreglando las jaulas de unas pájaros cuando se asustaron y me picaron. Me abrieron unos tremendos hoyos en las manos, pero no sangré. Las heridas se me cerraron en menos de un día.
Esa tarde del 28 de enero del 47, Antonio Dueville nació de nuevo. El golpe de corriente mató todas las bacterias de su cuerpo e incluso, inexplicablemente, le curó de una diabetes. Además me dejó el mejor corazón del mundo, con cero peligro de infarto. Cada vez que voy a un médico, ellos se asustan porque tengo el pulso de un niño de 15 años. Tengo 90 años y no estoy enfermo de nada. Yo creo que todo fue porque recibí tantos voltios, si hubieran sido menos, lo más probable es que hubiera muerto Una vez salió en la tele un joven que se murió con ‘apenas’ 16 mil voltios. Lo mío fueron 240 mil.
-En la prensa (1) decía que 200 mil…
-Si, eso dijeron, pero Carlos, mi asistente, me dijo que habían sido 240 y yo preferí creerle a él, porque estuvo presente cuando pasó. Además que yo volé y eso sólo sucede cuando uno es un hombre eléctrico.
-O Supermán
-Así me decían. Es que yo volé igual que él.

Dijeron un día
Antonio Dueville tiene 90 años y vive en la Florida. Ha sido bombero toda su vida y es un verdadero héroe para la Bomba Italia. Dice que ha sido un hombre feliz y confiesa que su único pecado han sido las mujeres, tuve tantas en mi vida que no puedo contarlas. A pesar de su insólita experiencia radioactiva, tuvo escasa cobertura en los medios de la época. Sus familiares dicen que fue así porque el Instituto del Radium tapó la noticia y la revista Vea, que se dedicaba al periodismo sensacionalista, se las arregló para reportear el hecho. Dos meses después, con fecha del 26 de abril de 1947 el suceso ocupó las páginas centrales del semanario. Bajo el título de Emulo del Superhombre vive en Santiago, la revista relata la odisea de Don Antonio, comparándolo con Superhombre, que era como se conocía entonces a Supermán. Se incluyen fotografías del personaje y del lugar de los hechos, así como un curioso apartado sobre las fuerzas eléctricas y la obra de Benjamin Franklin.

Imposible

El Dr. Jorge Mella es hijo de Manuel Mella, el médico que según la revista Vea de 1947 fue repelido por una descarga al intentar ayudar a Dueville. El doctor Mella Jr. es director de la Clínica Mella y recuerda lo ocurrido: Claro que no fue la única vez que pasó algo así. Un alemán también se electrocutó en la sala de rayos X así que no era un fenómeno aislado. Sostiene que si bien es lógico que la corriente haya chupado a Dueville, es imposible que hubiera volado: Perfectamente pudo ser invento de la prensa. Un cuerpo cargado de energía no puede suspenderse en el aire. Sobre los 200 mil voltios de la descarga, en comparación con los 50 mil de la silla eléctrica, también hay una explicación: La silla dispara golpes directos y mortales, pero lo que ocurrió en esa sala de rayos X el 47 fue un contacto indirecto, y es factible que un hombre soporte miles de voltios en ese tipo de descargas. Mella también se refiere a los efectos secundarios que sufrió Dueville después del accidente, asegurando que: El seguramente siempre tuvo buena cicatrización, pero nunca antes se había dado cuenta. El médico tambien desmiente las acusaciones de negligencia contra el entonces Radium, es falso, sólo sensacionalismo.

(1) Revista Vea. 26 Abril 1947

NOTA: El año pasado, la nieta de Antonio Dueville me envió un mail recordando este artículo y para contarme que Superman había muerto.