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EL PRECIO

Publicado hoy en El Dinamo

No me vengan con que solo me arriendo, acá la cosa es simple, sin grises: o te vendes o vives en un iglú en Groenlandia cazando focas y narvales.  El problema no es hacerlo, sino saber cuánto y cómo cobrar (o eres caro o eres barato) y asumirlo sin llorar como los grandes.

Entre el 2004 y el 2005 trabajé con Alberto Fuguet en el guión de su película “Se Arrienda”; la película y la historia eran suyas, yo metí mano, redacté diálogos y lo ayudé a ordenar la historia, sería cara de raja si me apuntara como autor de la misma. Sin embargo hay dos aportes que hice al filme y de los que doy fe, Fuguet ha sabido reconocer públicamente. El primero es la idea del arriendo moral, algo así como la opción de venderse sin compromiso al sistema, sabiendo que no hay firma contractual de por medio y que nada es para toda la vida. El segundo es el personaje de Elisa (Francisca Lewin) que no estaba en el tratamiento original y que es una copia bastante descarada a la eterna Marty (Natalie Portman) de esa maravilla llamada “Chicas Lindas”, dirigida por Ted Demme a inicios de los 90.

De Elisa me siento muy orgulloso, es casi un primer gran amor. Más allá del lugar común del treintañero que encuentra la redención en una chica joven, creo que los momentos con ella en pantalla (sobre todo en el museo y en el cerro San Cristóbal), gracias más al ángel de Francisca que a las líneas de guión, son de lo que mejor ha envejecido de la película. De lo otro; lo de arrendarse, no tanto. Vale, puede funcionar en la ética de la ficción, pero finalmente es una gran careta, un antifaz bastante simplón.
Me confieso (el final de la columna haciendo clic aquí)

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MIL SEMANAS DE ABSOLUTA PERFECCIÓN

 

Advertencia, esta es una columna hiperventilada, escrita con cero objetividad, sólo con la seguridad y la certeza que da el fanatismo más acérrimo.

Hay pocas cosas que me atrevo a calificar de perfectas: el primer párrafo de Moby Dick o Ursula Andress “brotando” del mar en Dr. No con ese bikini-blanco-que-jamás-he-podido quitar-de-mi-cabeza, se le acercan bastante. Esa idea de absoluto, de que no hay más; ni un antes ni un después. Un punto nodal en el espacio y el tiempo: hecho o evento que no permite discusión. Finalmente solo Dark Side of The Moon.

¿Si te perdieras en una isla, que cosa llevarías, elige una sola?, me preguntaron en una ocasión. Contesté sin titubear: una copia de Dark Side of the Moon. Más que un libro o un DVD, o compañía incluso, solo ese disco, para qué más. En serio, soy capaz de escucharlo todos los días, nunca me ha aburrido y nunca me va a aburrir. El latido, las risas, el arte de la cubierta; la idea de algo circular que no termina, que no tiene por qué terminar. ¿Alguien puede imaginar a Radiohead sin el legado de On the Run, Time o Breathe (Reprise)?

Tenía 14 años cuando lo escuché por primera vez, en un casete pirata primero; en uno original argentino de mi amigo Pollo Carvacho después. Y la vida nunca más fue lo mismo, no podía serlo. Postales de “nosotros y ellos”: lo he pasado increíble en muchos recitales (¿grandes “gigs”?), lo de McCartney fue una misa, pero si tengo que escoger un momento que me aprieta la guata y me revuelve completo, con cuchara y todo; que “me habla” directo y sin rodeos, de una me transporto a marzo del 2002, Roger Waters por primera vez en Chile, cerrando todo con And everything under the sun is in tune, But the sun is eclipsed by the moon… ¿Queda algo más después de eso? No, imposible.

“Dinero”, “Del color que tú quieras”…  En esta cancha no admito peros, si a alguien no le gusta el disco vale, pero que no diga que es malo o débil o simple o sobrevalorado; no puede, con qué…

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