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SESENTA DIAS (EXTRACTO DE NOVELA)

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Si el inicio es el tiempo más importante, esto debiera comenzar con la discusión que tuve con mi mujer minutos antes del apagón y de la primera nevada.

No había sido un buen día, así que regresé temprano. Aproveché que no había nadie en casa para echarme sobre la cama, mirar tele y beber un par de cervezas sin dar mayores explicaciones. Verano en Santiago de Chile, treinta y cinco grados a la sombra y recortes de presupuesto no era una buena combinación, tampoco olvidar un encargo de mi mujer… (Continua en el enlace de abajo, se agradece feedback)

DESCARGA PRIMER CAPITULO DE “SESENTA DIAS”

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1959: PRIMERAS PAGINAS DE GUION

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1959
ORTEGA/DANIEL

PAG 1
Yo levanté la cabeza. El mar estaba cubierto por una densa faja de nubes negras, y la tranquila corriente que llevaba a los últimos confines de la tierra fluía sobria bajo el cielo cubierto… Parecía conducir directamente al corazón de las inmensa tinieblas
Joseph Conrad

 Estás peleando por la nada más grande de la Historia.
Apocalypse Now

PAG 3-4-5
VIÑETA 1 (APAISADA)
Fondo gris, líneas “cinéticas” de velocidad, una pelota de béisbol en primer plano. Vuela a toda velocidad contra el punto de vista del lector.

CARTUCHO
GOLPEA ESTA BOLA, ARGENTINO (*)

CARTUCHO 2
(*) TRADUCIDO DEL INGLÉS
VIÑETA
Partido de BEISBOL. ERNESTO “CHE” GUEVARA (13), esta listo para golpear la pelota con el bate. Es flaco, delgado, viste camiseta con tirantes, pantalones cortos y usa su típica boina. La va a usar toda la vida. Es su marca, su firma visual. Hay más niños, pero sólo lo vemos a él. El bate parece un arma, la idea es que es un guerrero y este implemento deportivo es su primera espada, la que llevaba en mano el día que cambió su vida. Hoy.

VIÑETA CHICA
Primer plano del rostro del rostro del CHE. Mira al cielo, está asustado. Ha visto algo inesperado. Algo que NO ES DE ESTE mundo.

VIÑETA CHICA
La pelota pasa de largo… El bate sigue en la mano del CHE, como congelado.CARTUCHO

ARGENTINO ARROGANTE, SABÍA QUE NO PODRÍAS CON ESA BOLA

VIÑETA
Cenital. CHE GUEVARA al centro de la cancha de béisbol. Alrededor observamos más niños. Todos miran al cielo. Están asustados. Una sombra extraña los cubre. Es como una círculo pero con tentáculos. La sombra de algo que NO ES DE ESTE mundo. Los niños miran, no hay esperanza en el cielo. CHE tiene el bate en su mano, caído, colgando.

NIÑO
¿QUÉ ES ESO, ARGENTINO…?

CHE GUEVARA
NO TENGO IDEA QUE PUEDA SER ESO… Y NO ME LLAMES ARGENTINO…


PAGS 6-7
VIÑETA APAISADA
Vista panorámica de una base aeronaval. Todo retrofuturista. Edificios en forma de Domo. En el agua naves que simulan peces, sin mástiles ni formas reconocibles. Anclados en el cielo naves voladoras en forma de triángulo. Todo muy simple y aerodinámico, líneas limpias, muy distintas de lo barroco de 1899. Hay vehículos que parecen cohetes de Flash Gordon. Esas naves de los años 30 llamadas ROCKETSHIP, como los cruceros de la reina Amidala en las precuelas de Star Wars. Esa estética se replica a lo terrestres, acuático y aéreo. El triángulo y el cono es la forma maquinal que más se observa. Es un futuro que no fue

CARTUCHO
7 DE DICIEMBRE DE 1941. 07:45 AM

CARTUCHO 2
BASE AERONAVAL DEL COMANDO CONJUNTO DEL PACIFICO. PEARL HARBOR, HAWAII

VIÑETA
Un edifico muy moderno. Un domo con una entrada/vestíbulo barroca. Columnas tipo partenón grecoromano. Sobre el arco de entrada la escultura de una mujer alada elevándose al a cielo, con una espada flamígera en su mano derecha. Sobre los pechos de la escultura, un símbolo masónico. Escrito con grandes letras grabadas en la piedra, sobre las columnas, se lee A.M.E.N. Del edificio surgen dos globos de texto.

CARTUCHO
Laboratorio de investigaciones del proyecto AMEN (ACCION METAHULLANA ENCUBIERTA)

GLOBO I (DR. GUEVARA FUERA DE CUADRO)
AUMENTE LA DOSIS EN 15 %, DOCTOR ALLENDE…  Y NO DEMORE, LLEVAMOS TODA LA NOCHE EN ESTO.

GLOBO 2 (ALLENDE FUERA DE CUADRO)
ES PELIGROSO IR MÁS RÁPIDO, SEÑOR.

VIÑETA
Laboratorio de investigaciones. Muy mundo del “Capitán Sky”. Torres con rayos, proyectores de energía de Tesla (busca referencias en Google por TESLA TOWER) pero en formato mini. Exoesqueletos de androides y amarrado a una camilla un muchacho joven, musculoso, como en el Capitán America. Alrededor de él. Dos hombres. El DOCTOR ERNESTO GUEVARA (40 AÑOS), muy parecido a la imagen que tenemos del CHE GUEVARA pero sin la boina y el DR. SALVADOR ALLENDE (33), que debe ser idéntico, pero en joven a la versión que todos tenemos en la cabeza de ALLENDE. ALLENDE inyecta una solución en el brazo del soldado, mientras GUEVARA revisa un monitor redondo.

CARTUCHO
MI NOMBRE ES SALVADOR ALLENDE, MÉDICO DE PROFESIÓN, CREADOR DE SUPERHUMANOS DE ACTIVIDAD.

CARTUCHO 2
O AL MENOS ESO INTENTÁBAMOS EN “A.M.E.N.”, EL PROYECTO SUPERSECRETO AL CUAL FUI RECLUTADO EN 1938 POR EL DR. GUEVARA, MI MENTOR.

1899 UNIVERSO METAHULLANO: MISTERIO REVELADO, ¿POR QUÉ NÚMEROS?

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  • GÉNESIS: Prototipo de cerebro artificial (una unidad). Activado en 1865
  • ÉXODO: Prototipo de endoesqueleto (una unidad). Activado en 1865
  • LEVÍTICO: Primeros prototipos de androides (12 unidades). Activados en 1871.
  • NÚMEROS: Desarrollo en serie, también codificados como NUMERO HUMANO AUTOMATICO (NHAM). Activados en 1879. Producción a partir de 1883.
  • DEUTERENOMIO (Cancelado en 1910)
  • JOSUÉ (Cancelado en 1925)
  • JUECES: Evolución militar de los NÚMEROS. Superinfantes de Marina.Activados en 1938. Producción a partir de 1947.

LA VERDAD DEL ASESINATO DE JAIME GUZMAN

 

EL 1 de abril de 1991 un comando extremista perteneciente a la facción Nación Chile del FPMA, Frente Patriótico Mestizo Alejo, se dirigió al Campus Oriente de la Universidad Católica con un sólo propósito, asesinar a uno de los dirigentes políticos de derecha más carismáticos del último cuarto del siglo veinte. A las seis con treinta de la tarde, un taxi robado se estacionó frente a la casa de estudios y de él bajaron “El Negro” y “El Emilio”, el primero llevaba una automática PP de fabricación húngara de nueve milímetros con un cargador de diez y balas y el segundo un revólver Astra NC6 de calibre treinta y ocho con tambor de seis tiros. Los dos personajes cruzaron el patio central de la casa de estudios y se ubicaron frente a la entrada de la escuela de Periodismo de dónde sabían; más temprano que tarde, saldría su blanco, el diputado y escritor Máximo Mendoza, conocido por la amplia mayoría con su seudónimo de Máximo Metrópolis, el último y definitivo superhombre santiaguino.

Pero Martínez no apareció sólo, venía acompañado de su amigo y mentor, el senador Jaime Guzmán Errázuriz, quien de inmediato notó que algo extraño ocurría en el pequeño hall que separaba las escuelas de Periodismo y Teatro. Dos hombres extraños, dos miradas que no eran normales, algo que ocultaban bajo sus casacas negras, movimientos sospechosos. Guzmán vio a su compañero y de inmediato entendió lo que ocurría. Las armas apuntaron, los gatillos fueron presionados y dos balazos retumbaron a lo largo y ancho del viejo edificio ubicado en el cruce de las comunas de Providencia y Ñuñoa, luego los gritos, el horror de profesores y alumnos y el cuerpo ensangrentado de Jaime Guzman cayendo sobre los brazos de su amigo y compañero.

Al ver que las balas apuntaban a Máximo Metrópolis, el senador del partido Unión Democrática Independiente no dudó en interponerse en su camino, sabía que lo que representaba Metrópolis era más grande, no podía ser interrumpido. El resto fue historia, Máximo Metrópolis haciendo uso de su reconocida agilidad saltó sobre los terroristas, logrando reducir a “El Negro” para luego con el arma de éste acabar con la vida de “El Emilio”, justo a la entrada de la Capilla del Campus Oriente. Mal herido, “El Negro” confesó, antes de morir, que la idea de la acción era terminar con el hombre que mejor representaba la herencia heroica del régimen de Pinochet.

Asesinar a Máximo Metrópolis era acabar con un símbolo. Jaime Guzmán estuvo en lo correcto al tomar la decisión que le costó la  vida.

El 1 de abril de 1991 con el intento de asesinato de Máximo Metrópolis terminan definitivamente cuarenta años de historia. Desde la primera aparición de El Sereno a los balazos que retumbaron aquella tarde, la historia chilena del siglo veinte se había escrito con antifaces y capaz de colores.

LA EDAD SUPERHEROICA CHILENA (PRONTO NOVEDADES)

Solo anoten esta fecha. noviembre 2012. Y no es un cómic:
Por mientras, un adelanto.

ANTES DE LA EDAD DE ORO

  1. Manco Galvarino
  2. Mestizo Alejo
  3. Hermandad Femenina Lisperguer.
  4. Jesuitas Meteóricos
  5. Húsares de la Muerte
  6. Liga Lautaro
  7. Club Portales
  8. 7º de Línea.

EDAD DE ORO (1941-1950)

  1. El Sereno  y Lucero
  2. Alsino
  3. El Llorón
  4. Patas de Perro
  5. La Viuda
  6. Caupolicán
  7. Ordenipatria I

EDAD DE PLATA (1962-1970)

  1. Ordenipatria II
  2. Selección Tricolor/Los Mundialistas
    -Capitán Tricolor
    -Portero Tricolor
    -Defensor Tricolor
    -Juez Tricolor
    -Señorita Tricolor
  3. Red Juniors
  4. Ídolo
  5. Romántico Viajero y Buho Azul
  6. Cacique Blanco
  7. Familia Cruzada
  8. Astro Chileno

EDAD DIFUSA (1970-1973)

  1. El Manque
  2. Roto Chileno
  3. Ordenipatria III
  4. Canto Nuevo
    -Zampoña
    -Guitarra
  5. Frente Universitario/Frente
    -Medicina
    -Ingeniería
    -Leyes
    -Pedagogía
  6. Palomita Blanca
  7. Capitán UP/Poeta
  8. Equipo Synco
  9. Hermanos Originarios
    – Trauco
    -Cacique
    -Inca
    -Rapa Nui
    -Princesa Ona
  10. GAE 13

ULTIMA EDAD (1975-1991)

  1. JLJ: Junta Libertad y Justicia
    -Ordenipatria IV
    -General  Patria
    -Capitán Océano
    -Fuerza Aérea
    -Miss Chile
  2. LJ: Libertad Juvenil
    -Cadete Patria
    -Patrullero Juvenil
    -Pequeño Halcón
    -Grumete Maravilla
  3. Máximo Metrópolis
  4. Cometa Halley
  5. AMEN

A 20 AÑOS DE LA MUERTE DE PKDICK, UNO DE MIS FAVORITOS: “LA FE DE NUESTROS PADRES”

LA FE DE NUESTROS PADRES
Philip K. Dick
En las calles de Hanoi se encontró frente a un vendedor ambulante sin piernas que ibasobre un carrito de madera y llamaba con gritos chillones a todos los transeúntes. Chiendisminuyó la marcha escuchó, pero no se detuvo. Los asuntos del Ministerio de ArtefactosCulturales ocupaban su mente y distraían su atención: era como si estuviera solo, y no lorodearan los que iban en bicicletas y ciclomotores y motos a reacción. Y, asimismo, eracomo si el vendedor sin piernas no existiera.
—Camarada —lo llamó sin embargo, y persiguió hábilmente a Chien con su carrito,propulsado por una batería a helio—. Tengo una amplia variedad de remedios vegetales ytestimonios de miles de clientes satisfechos. Descríbeme tu enfermedad y podré ayudarte.
—Está bien —dijo Chien, deteniéndose—, pero no estoy enfermo.«Excepto —pensó— de la enfermedad crónica de los empleados del Comité Central: eloportunismo profesional poniendo a prueba en forma constante las puertas de todaposición oficial, incluyendo la mía.»
—Por ejemplo puedo curar las afecciones radiactivas —canturreó el vendedorambulante, persiguiéndolo aún—. O aumentar, si es necesario, la potencia sexual. Puedohacer retroceder los procesos cancerígenos, incluso los temibles melanomas, lo quepodríamos llamar cánceres negros. —Alzando una bandeja de botellas, pequeñosrecipientes de aluminio y distintas clases de polvos en recipientes de plástico, el vendedorcanturreó—: Si un rival insiste en tratar de usurpar tu ventajosa posición burocrática,puedo darte un ungüento que bajo su apariencia de bálsamo cutáneo es una toxinaincreíblemente efectiva. Y mis precios son bajos, camarada. Y como atención especial aalguien de aspecto tan distinguido como el tuyo, te aceptaré en pago los dólaresinflacionarios de posguerra en billetes, que tienen fama de moneda internacional pero enrealidad no valen mucho más que el papel higiénico. —Vete al infierno —dijo Chien, y le hizo señas a un taxi sobre colchón de aire quepasaba en ese momento.Ya se había atrasado tres minutos y medio para su primera cita del día, y en elMinisterio sus diversos superiores de opulento trasero estarían haciendo rápidasanotaciones mentales, al igual que sus subordinados, que las harían en proporción aúnmayor.El vendedor dijo con calma:
—Pero, camarada, debes comprarme.
—¿Por qué? —preguntó Chien. Sentía indignación.
—Porque soy un veterano de guerra, camarada. Luché en la Colosal Guerra Final deLiberación Nacional con el Frente Democrático Unido del Pueblo contra los Imperialistas.Perdí mis extremidades inferiores en la batalla de San Francisco.
—Ahora su tono eratriunfante y socarrón—. Es la ley. Si te niegas a comprar las mercancías ofrecidas por unveterano, te arriesgas a que te multen o que te envíen a la cárcel…, además de ladeshonra.Con gesto cansado, Chien indicó al taxi que siguiera.
—Concedido —dijo—. Está bien, debo comprarte.
—Dio un rápido vistazo a la pobreexhibición de remedios vegetales, buscando uno al azar—. Éste —decidió, señalando unpaquetito de la última hilera y envuelto en papel.
El vendedor ambulante se rió.
—Eso es un espermaticida, camarada. Lo compran las mujeres que no pueden aspirara La Píldora por razones políticas. Te sería poco útil. En realidad no te sería nada útil,porque eres un caballero.
 —La ley no exige que te compre algo útil —dijo Chien en tono cortante—. Sólo quedebo comprarte algo. Me llevaré ése.Metió la mano en su chaqueta acolchada, buscando la billetera, henchida por losbilletes inflacionarios de posguerra con los que le pagaban cuatro veces a la semana, ensu calidad de servidor del gobierno.
—Cuéntame tus problemas —dijo el vendedor.Chien lo miró asombrado. Atónito ante la invasión de su vida privada… por alguien queno era del gobierno.
 —Está bien, camarada —dijo el vendedor, al ver su expresión—. No te sondearé.Perdona. Pero como doctor, como curador naturista, lo indicado es que sepa todo loposible.
—Lo examinó, con sus delgados rasgos sombríos—. ¿Miras la televisión muchomás de lo normal? —preguntó de pronto.Tomado por sorpresa, Chien dijo:
—Todas las noches. Menos los viernes, cuando voy al club a practicar el enlace denovillos, ese arte esotérico importado del Oeste.Era su única gratificación. Aparte de eso, se dedicaba por completo a las actividadesdel Partido.El vendedor se estiró y eligió un paquetito de papel gris.
—Sesenta dólares de intercambio —declaró—. Con garantía total. Si no cumple con losefectos prometidos, devuelves la porción sobrante y se te reintegra todo el dinero, sinrencor. —¿Y cuáles son los efectos prometidos? —dijo Chien, sarcástico.
—Descansa los ojos fatigados por soportar los absurdos monólogos oficiales —dijo elvendedor—. Es un preparado tranquilizante. Tómalo cuando te encuentres expuesto a lossecos y extensos sermones de costumbre que…Chien le dio el dinero, aceptó el paquete, y siguió su camino. «La ordenanza que haestablecido a los veteranos de guerra como clase privilegiada es una mafia —pensó—.
Hacen presa en nosotros, los más jóvenes, como aves de rapiña.»El paquetito gris quedó olvidado en el bolsillo de su chaqueta mientras entraba alimponente edificio de posguerra del Ministerio de Artefactos Culturales, y a su propiaoficina, bastante majestuosa, para comenzar su día de trabajo.En la oficina lo esperaba un caucásico adulto, corpulento, vestido con un traje de sedaHong Kong marrón, cruzado, con chaleco. Junto al desconocido caucásico estaba supropio superior inmediato, Ssu-Ma Tso-pin. Tso-pin hizo las presentaciones en cantonés,un dialecto que dominaba bastante mal. —Señor Tung Chien, le presento al señor Darius Pethel. El señor Pethel será el directorde un nuevo establecimiento ideológico y cultural que se va a inaugurar en San Francisco,California. El señor Pethel ha dedicado una vida rica y plena al apoyo de la lucha delpueblo por destronar a los países del bloque imperialista mediante la utilización deinstrumentos pedagógicos. De ahí su alta posición.Se estrecharon la mano. —¿Té? —le preguntó Chien.Apretó el botón del hibachi infrarrojo y en un instante el agua comenzó a burbujear enel adornado recipiente de carámica de origen japonés. Cuando se sentó ante su escritorio,vio que la fiel señorita Hsi había preparado la hoja de información (confidencial) sobre elcamarada Pethel. Le dio un vistazo mientras simulaba efectuar un trabajo de rutina.
—El Benefactor Absoluto del Pueblo se ha entrevistado personalmente con el señorPethel, y confía en él —dijo Tso-pin—. Eso es algo fuera de lo común. La escuela de SanFrancisco aparentará enseñar las filosofías taoístas comunes pero, desde luego, enrealidad mantendrá abierto para nosotros un canal de comunicación con el sector jovenintelectual y liberal de los Estados Unidos occidentales. Aún hay muchos vivos, desde
 San Diego a Sacramento; calculamos que unos diez mil. La escuela aceptará dos mil. Elenrolamiento será obligatorio para los que seleccionemos. Usted estará relacionado enforma importante con los programas del señor Pethel. Ejem, el agua del té está hirviendo.
—Gracias —murmuró Chien, dejando caer la bolsita de té Lipton en el agua.

SHERLOCK HOLMES ESTUVO EN CHILE EN 1910… A PROPÓSITO DEL ESTRENO DE HOY

Este breve ensayo fue incluido a modo de prólogo en la reedición que Ediciones B realizó de “Las aventuras de Roman Calvo, el Sherlock Holmes chileno” de Alberto Edwards en 2004 con el nombre de “La Secretísima” No aparece la autoría del mismo, pero tengo mis sospechas, querido Watson.


Sherlock Holmes en Chile

Según cuenta el historiador chileno Alberto Edwards (1873-1932), en una fecha no muy precisa  del año 1910, posiblemente durante la tibia primavera meridional, Sherlock Holmes,  acompañado de su fiel Watson, descendió del tren en la recién estrenada Estación Mapocho  (estructura de hierro, con planos encargados a Eiffel) de Santiago de Chile.  Los ingleses venían  desde Estados Unidos tras pasar por el Gran Ducado de Baden Baden, donde Holmes había trabajado de incógnito en un complicado caso, por encargo de una poderosa familia criolla.  El desembarco lo habían hecho horas antes en el puerto de Valparaíso, desde donde se habían  desplazado a la capital.

Refiere el cronista e historiador que el agotado Holmes no pudo descansar en absoluto en ese momento, ni tampoco después: lo esperaba una multitud de periodistas que lo agobiaron de preguntas estúpidas, amén de funcionarios que le endilgaron pomposos discursos de bienvenida. La hospitalidad chilena hizo catar al sabueso londinense dudosos manjares autóctonos, se le exigieron conferencias en Sociedades de Historia y Clubes de Señoras, se lo arrastró a polvorientas excursiones campestres, aburridas misas en latín y despistados homenajes.

Entre la multitud que asediaba la estación ferroviaria se escondía, anónimo, un tal Román  Calvo, émulo local de Holmes dotado de una modesta reputación como detective privado.  Resentido y destilando encono, Calvo confesaba a un amigo, su discreto equivalente de Watson  (el propio Alberto Edwards con su seudónimo de Fuenzalida): “Para recibirle echan la casa por la ventana, y a mí no me reconocen ni los perros”. La bronca del criollo era explicable. Calvo recién se enteraba que Holmes había estado trabajando en Chile y, en cierta forma, lo había desplazado en asumir el caso. Posiblemente por su ausencia de la capital. Román Calvo le explica con rabia al narrador que ha permanecido fuera de Santiago dedicado a la entomología. No por azar es autoridad reconocida en la vida y obra del   Amapollodes Scabrosus,   un cucaracho particularmente nocivo.

El caso en cuestión es la desaparición de Godofredo Valverde, un empleado reconocido como  un modelo en la Dirección de Obras Públicas y marido ejemplar… salvo cuando se sale del  cauce y parte tras cantantes de ópera, garitos clandestinos o botellas de aguardiente. Empero, no era un mal hombre y siempre volvía al redil. Se le consideraba un ejemplo de marido pródigo; o casi siempre, mejor dicho, porque un día lo atrapa la fiebre del oro y parte a Copiapó, en el norte  de Chile, en busca del derrotero de un filón que un tío suyo, sacerdote, ha recibido en confesión de un viejo cateador moribundo. Para sorpresa de todos, en particular de su señora que con lágrimas en los ojos había intentado persuadirlo de abandonar tal quimera, don Godofredo no  había caído en una trampa cazabobos, sino que efectivamente había hallado la dichosa mina y estaba a las puertas de volverse rico.

Partió pues el señor Valverde a Minneapolis con un cuñado suyo, compañero en la aventura áurea, para conseguirse unos socios yanquis que aportaran capital. Los encuentra, por cierto, y le pagan un adelanto de dos millones de dólares en efectivo (dólares de hace casi un siglo). Pero su cuñado fallece misteriosamente en New Orleans antes de llegar a destino, y a él aparentemente lo asesinan para robarle, en algún lugar a orillas del río Mississipi.

La esposa acongojada decide que tal suma merece el mejor investigador disponible en el mercado, y recurre a Sherlock Holmes, ofreciéndole cinco mil libras esterlinas de adelanto para gastos; cosa que remece de envidia a Román Calvo al saberlo, ya que él lo habría hecho por unos pocos pesos y pagados en moneda local. Holmes acepta el encargo.  El gran sabueso investiga en Estados Unidos y encuentra algo demasiado misterioso y sucio, aunque asegura que el señor Valverde está vivo. Prefiere abstenerse de seguir investigando. Recomienda abandonar el caso tras su retorno a Europa, pero la señora Valverde lo persuade de continuar, con patéticos ruegos y crecientes ofertas en metálico. Holmes acepta entonces profundizar en la investigación y se embarca para Chile, donde sufre a su llegada, sin saberlo, de los celos del detective nacional. Pero sobre el inglés ha caído también una leve sombra de descrédito…

Sombra leve, aunque suficiente para que la bella viuda decida buscar apoyo en otra parte. Recurre entonces a Román Calvo para que le enmiende la plana a “ese señor Sherlock Holmes”  y a ese “otro gringo sonso”, por Watson. El peso de la noche, en otras palabras, la fuerza de las corrientes subterráneas, de los poderes fácticos en la sociedad chilena, se ha impuesto.  La presencia del extranjero es sólo un pretexto, cuando no un error. La señora Valverde prefiere a su marido muerto antes que sujeto de maledicencia, y Holmes, que no entiende a la sociedad chilena, la ha colmado de angustia y ridículo en lugar de ayudarla.

Calvo idea una trampa para Holmes. Decide abordarlo de improviso durante la visita que  Holmes y Watson hacen a la hacienda de un amigo de Fuenzalida, el narrador de la historia. Pero Holmes descubre por pura observación que el recién llegado es detective y además entomólogo. Antes, por pura deducción, ha anunciado a Watson de la aparición de su rival. El duelo está lanzado. Los sabuesos compiten en dialéctica, apoyados por sus amanuenses, Watson  y Edwards alias Fuenzalida. Estos se alternan en la narración de los hechos. Al final, los sabuesos deciden colaborar y la pesquisa se transforma en una competencia que los lleva al Perú, a Baden Baden, a Mónaco.

Las tesis del chileno se imponen, Holmes deportivamente reconoce que se ha equivocado. La frase final explica por qué: “Que bien se está Sherlock Holmes en Londres y Román Calvo en Santiago”. Allá Holmes en Inglaterra con su democracia y acá Calvo en Chile con el autoritarismo de Portales, el régimen conservador que el historiador Edwards auspiciaba, y cuya doctrina harían suya, medio siglo después, Pinochet y sus generales de derecha.

¿SER JERRY LEWIS O SER DEAN MARTIN?

Pedimos dos cervezas y una porción de papas fritas.
–Con ají ­–agregó Perci, luego me miró fijo–. Me siento como Jerry Lewis.
–¿Qué tiene que ver Jerry Lewis con esto?
–Estoy leyendo su autobiografía, Dean and Me –prenunció “din-anmi”­–, trescientas cincuenta páginas, en tapas duras, impresionante, un objeto de arte; lo compré en Amazon –respiró–. Voy en el capítulo donde conoce a Dean Martin. En los años cuarenta, Lewis ya era un comediante exitoso, un intelectual judío y divertido que marcaba pautas en la industria de la entretención norteamericana. Como Woody Allen, pero más lúcido y con mejor gusto.
–Woody Allen es un genio.
–Ese es el gran misterio del cine de los últimos treinta años. Woody Allen no tiene nada de genio, es un oportunista que supo robar el talento a otros, aunque le concedo que sabe poner la cámara y componer un cuadro bonito, pero eso es artesanía, no talento.
–Soy fan de Allen.
–Como todos los actores y directores de este país. En verdad no sé qué le ven, es un pedante de mierda, aguantable sólo con un porro de marihuana.
–Me gusta como filma Nueva York…
–Nueva York se ve con más clase en King Kong y es de 1933 y sale un mono gigante, incluso en Spider-Man 2, y es con superhéroes.
–Bueno –fui cortando–, ¿y qué pasaba con Jerry Lewis?
–Que en esa época, los cuarenta –subrayó–, Jerry tenía mucho éxito con las mujeres porque las hacía reír, les daba regalos caros, sabía conversar, era divertido. Por supuesto entendía que esa era su ventaja, no su aspecto físico. Y se vanagloriaba de ello, decía que no se necesitaba tener buen cuerpo y una cara bonita para conquistar a la más bella de las rubias californianas. Que con una buena plática bastaba. Pero erró. En una ocasión estaba en un club de Nueva York, donde efectivamente era el rey de la noche…
El rey de la comedia.
–Qué gran película.
–La mejor de Scorsese.
–Absolutamente. Bueno, en ese club de Nueva York, Jerry Lewis tenía toda la atención de las féminas, las que se desvivían por sus chistes y comentarios. Entonces, de pronto, todas voltearon hacia la puerta –Perci miró hacia la entrada del Rapa Nui, como si actuara su relato–, y cambiaron su foco por un tipo que acababa de ingresar, un sujeto que con sólo aparecer le robó años de trabajo: Dean Martin –subrayó las dos palabras, el nombre y el apellido–. ¿Y sabes lo que dijo Jerry?
–Ni idea.
–Si no puedo ser como él, voy a lograr que trabaje para mí. Será mi payaso privado, me ganaré la vida burlándome de él.
–Cruel.
–No, sólo la naturaleza masculina desatada. Si no tienes buena pinta puedes ganar la pelea con poder, con trabajo, con esto –se tocó la cabeza­–. La metáfora es clara, casi perfecta, el mundo se divide en dos tipos de hombres: o eres un Jerry Lewis o eres un Dean Martin. Yo tengo claro que soy un Jerry Lewis.
–¿Y yo un Dean Martin, entonces?
Pedimos dos cervezas y una porción de papas fritas.
–Con ají ­–agregó Perci, luego me miró fijo–. Me siento como Jerry Lewis.
–¿Qué tiene que ver Jerry Lewis con esto?
–Estoy leyendo su autobiografía, Dean and Me –prenunció “din-anmi”­–, trescientas cincuenta páginas, en tapas duras, impresionante, un objeto de arte; lo compré en Amazon –respiró–. Voy en el capítulo donde conoce a Dean Martin. En los años cuarenta, Lewis ya era un comediante exitoso, un intelectual judío y divertido que marcaba pautas en la industria de la entretención norteamericana. Como Woody Allen, pero más lúcido y con mejor gusto.
–Woody Allen es un genio.
–Ese es el gran misterio del cine de los últimos treinta años. Woody Allen no tiene nada de genio, es un oportunista que supo robar el talento a otros, aunque le concedo que sabe poner la cámara y componer un cuadro bonito, pero eso es artesanía, no talento.
–Soy fan de Allen.
–Como todos los actores y directores de este país. En verdad no sé qué le ven, es un pedante de mierda, aguantable sólo con un porro de marihuana.
–Me gusta como filma Nueva York…
–Nueva York se ve con más clase en King Kong y es de 1933 y sale un mono gigante, incluso en Spider-Man 2, y es con superhéroes.
–Bueno –fui cortando–, ¿y qué pasaba con Jerry Lewis?
–Que en esa época, los cuarenta –subrayó–, Jerry tenía mucho éxito con las mujeres porque las hacía reír, les daba regalos caros, sabía conversar, era divertido. Por supuesto entendía que esa era su ventaja, no su aspecto físico. Y se vanagloriaba de ello, decía que no se necesitaba tener buen cuerpo y una cara bonita para conquistar a la más bella de las rubias californianas. Que con una buena plática bastaba. Pero erró. En una ocasión estaba en un club de Nueva York, donde efectivamente era el rey de la noche…
El rey de la comedia.
–Qué gran película.
–La mejor de Scorsese.
–Absolutamente. Bueno, en ese club de Nueva York, Jerry Lewis tenía toda la atención de las féminas, las que se desvivían por sus chistes y comentarios. Entonces, de pronto, todas voltearon hacia la puerta –Perci miró hacia la entrada del Rapa Nui, como si actuara su relato–, y cambiaron su foco por un tipo que acababa de ingresar, un sujeto que con sólo aparecer le robó años de trabajo: Dean Martin –subrayó las dos palabras, el nombre y el apellido–. ¿Y sabes lo que dijo Jerry?
–Ni idea.
–Si no puedo ser como él, voy a lograr que trabaje para mí. Será mi payaso privado, me ganaré la vida burlándome de él.
–Cruel.
–No, sólo la naturaleza masculina desatada. Si no tienes buena pinta puedes ganar la pelea con poder, con trabajo, con esto –se tocó la cabeza­–. La metáfora es clara, casi perfecta, el mundo se divide en dos tipos de hombres: o eres un Jerry Lewis o eres un Dean Martin. Yo tengo claro que soy un Jerry Lewis.
–¿Y yo un Dean Martin, entonces?
–No lo sé, ¿qué crees tú?
–Prefiero el término medio.
–No hay término medio.
–Entonces –miré alrededor–, aquí y ahora soy un Dean Martin. Podríamos armar una dupla –hice el gesto de tú y yo–; tal vez tienes un potencial oculto como actor, comediante inteligente ­–recalqué.
–Con perdón, pero ni aunque me pagaran millones sería actor.
–No pagan millones.
–No seas mentiroso, sé exactamente cuánto te pagaron por Román Calvo.
–Internet miente.
–El Servicio de Impuestos Internos no.
–¿Te metiste al Servicio de Impuestos Internos?
–Hay mucho tiempo libre en Salisbury.
–Entonces no quieres ser como yo.
–No, lo siento –respiró–. Si acabo de recordar y contarte esa historia es porque a mí jamás una mujer me ha mirado como te han mirado a ti durante todo el día. ¡Hasta en el cementerio algunas querían llevarte a la cama!
–No lo sé, ¿qué crees tú?
–Prefiero el término medio.
–No hay término medio.
–Entonces –miré alrededor–, aquí y ahora soy un Dean Martin. Podríamos armar una dupla –hice el gesto de tú y yo–; tal vez tienes un potencial oculto como actor, comediante inteligente ­–recalqué.
–Con perdón, pero ni aunque me pagaran millones sería actor.
–No pagan millones.
–No seas mentiroso, sé exactamente cuánto te pagaron por Román Calvo.
–Internet miente.
–El Servicio de Impuestos Internos no.
–¿Te metiste al Servicio de Impuestos Internos?
–Hay mucho tiempo libre en Salisbury.
–Entonces no quieres ser como yo.
–No, lo siento –respiró–. Si acabo de recordar y contarte esa historia es porque a mí jamás una mujer me ha mirado como te han mirado a ti durante todo el día. ¡Hasta en el cementerio algunas querían llevarte a la cama!

El resto en esta novela que pueden comprar aquí

LA CURIOSA HISTORIA DE “EL HOBITO”… “EL HOBBIT” ARGENTINO

Si usted ha leído El Hobbit en castellano, hay un alto índice de probabilidades de que lo haya hecho en la traducción castellana de Manuel Figueroa (Minotauro, 1984). Es la versión que contienen todas las ediciones que normalmente se encuentran en la librerías, desde las rústicas hasta las más lujosas e ilustradas. Es la que comienza con las inolvidables palabras “En un agujero en el suelo vivía un hobbit”.

Hubo, sin embargo, una versión anterior por dos décadas, de Teresa Sánchez Cuevas (Fabril Editora, Los libros del mirasol, 1964). Se titula El Hobito; la imagen que presentamos está tomada de la portada. Vemos allí a Gandalf hablando con Bilbo, según la ilustración de Luis Videla. Más allá del estilo (propio de las portadas de la colección), son de notar algunas proporciones que contradicen la información expresa del libro: la nariz de Gandalf es menor aun que la de Bilbo; la pipa de éste es bastante humilde y en modo alguno le llega casi hasta los pies; Gandalf, por si no fuera suficientemente alto, usa tacos, y ha recortado la punta de su sombrero.

Muy pocos son quienes han leído esta versión, porque es prácticamente imposible conseguir un ejemplar, y quienes lo poseen difícilmente quieran deshacerse de él. Es un valioso objeto de colección. Se distingue fácilmente por su aspecto antiguo: amarillento, y probablemente ajado. Quizás un remiendo en el lomo, tal vez un ex libris, el nombre de un poseedor (generalmente un ex-poseedor), el sello de alguna tienda de libros usados.

Antes de entrar en el texto en sí, es interesante la contratapa: leemos allí que “las páginas de este libro tienen la magia y el particular sabor de las antiguas sagas escandinavas. Hermanado con las obras de Swift, Bunyan y Lewis Caroll…”. Sorprende la afirmación de que “El hobito señala la plenitud creadora de J.R.R. Tolkien”. En 1964 El Silmarillion no estaba publicado todavía (aunque se sabía de su existencia), pero El Señor de los Anillos llevaba diez años en las librerías. Lo de “plenitud creadora” puede querer decir tres cosas: que quien escribe no ha leído El Señor, que lo ha leído pero lo considera inferior a El Hobbit, o que quiere promocionar este libro con una afirmación contundente. Hay sin embargo buena información: salteando el hecho de que Tolkien no nació en Inglaterra sino en Sudáfrica, su carrera académica está bien aunque sucintamente cubierta. Como obras suyas se mencionan Sir Gawain and the Green Knight (no se dice que sea una traducción del inglés medio), Chaucer as a Philologist, Fairy Stories y El señor de los anillos. No es adecuado el comentario final: “cuyos tres volúmenes, La confraternidad del anillo, Las dos torres y El regreso del rey, Fabril Editora ha incluido en Los libros del mirasol”. No hay tal. Es posible que en el momento de publicar El Hobito Fabril haya esperado tener oportunidad de sacar a la luz el opus magnum, pero no llegó a hacerlo.

Para evaluar la tarea de la traductora (TSC), hay que tener en cuenta ante todo que su trabajo es anterior a la labor unificadora de criterios del Minotauro (por no hablar de este bisoño Departamento). Teniendo en cuenta el único elemento fundamental, el texto original, su versión es en general correcta. A continuación mencionaremos algunas peculiaridades, dedicadas especialmente al lector habituado a la traducción canónica.

A lo largo del libro, la elección de algunos términos resulta confusa para quien está habituado a la versión de Figueroa. Un cuadro comparativo servirá para mostrar algunas equivalencias en sustantivos más o menos importantes:

EL RESTO DE LA HISTORIA (ES LARGA) HACIENDO CLICK AQUÍ

MONSTRUOS MARINOS (NOVELA EN TRABAJO)

Desde luego no era su extraordinario tamaño ni su notable color,
como tampoco su deformada mandíbula inferior,
lo que hacía que Moby Dick inspirara tan terror.
Era la inteligente malignidad que había
Demostrado en muchas luchas.
Eso era lo que causaba mayor confusión y pánico…

Herman Melville

 En efecto, desde hacía algún tiempo los navíos
habían venido topándose en el mar,
con “una cosa enorme”, un objeto largo y fusiforme,
en algunas ocasiones fosforescente
e infinitamente más voluminoso y veloz que una ballena…

Julio Verne

A principios del verano de 1933 empezaron a correr
rumores extraordinarios: una extraña criatura acuática
de gran tamaño había sido vista ocasionalmente en Loch Ness:
a veces emergía a la superficie, o nadaba justamente
por debajo de ella y dejaba una estela tan ancha como
la de una lancha de carreras. Nadie sabía que era,
pero había tal cantidad de testigos que los periódicos
locales empezaron a interesarse…
Tim Dinsdale

Mas Jehová había prevenido un gran pez que tragase á Jonás:
y estuvo Jonás en el vientre del pez tres días y tres noches.
Y oró Jonás desde el vientre del pez á Jehová su Dios.

Jonás

 

UNO

 En un mundo, o novela, perfecta, esto debería comenzar en medio del Atlántico, al Este de las Azores un caluroso día de fines verano. Yo debería estar con la mitad de mi barco, el Pequod (¿se puede llamar de otra forma?) destruido y toda mi tripulación muerta. Obviamente Colin Campbell habría sido de los primeros en caer. Sólo quedo yo, de pie en lo que queda de proa, con el único arpón apretado en mis puños, esperando a que la bestia emerja de las profundidades. Sé que su ojos enormes; redondos y desproporcionados, como mancha joviana, me ven, me desean, adivinan que mi carne es fresca e intuyen lo frágil que soy. Uno de sus tentáculos y su enorme pico corneo bastarían para hacerme trizas. Calamar gigante, así se llama mi monstruo marino favorito, un aborto de la naturaleza segun un viejo artículo leído en el Reader´s Digest. Veinte metros de largo, una máquina de matar pintada del más femenino de los rosados; armada con ocho tentáculos y dos brazos capaces de desmembrar a una ballena. ¡Sí, las ballenas pueden ser desmembradas! El kraken de las leyendas, el leviatán de mis pesadillas, ni Jonás habría logrado sobrevivir a sus fauces. Colin me enseñó que cada hombre debía tener su monstruo, un terror ancestral al que hay que enfrentar para lograr ser alguien. Él tuvo el suyo y se perdió buscándolo, yo nunca he visto el mío, supongo que algún día me voy a perder en el mar para aguardar con un arpón que el gran cefalópodo venga por mi, me abrace y me rompa en pedazos, sería una buena forma de morir, lo más cercano a héroe de guerra, pero sin público y sin titulares en las noticias. En un mundo, o novela perfecto, esto debería comenzar conmigo, de pie en lo que queda de mi barco, viendo como la bestia emerje, levantando columnas de agua y espuma y disparando sus brazos contra mi… Dios, si hasta puedo imaginar el dolor de sus ventosas lacerando mi carne, pero claro, eso es en mi guión, no en la vida real. En esta, en lo concreto, en lo que se puede tocar, el inicio es más normal, o algo más normal. Sucede en una calle de Aberdeen, Escocia, conmigo chocando contra mi ex mujer. Hacía diez años que no la veía, desde que salí de Chile, y si existía un lugar improbable para volverla a encontrarla era este, pero no, la vida a veces (la mayoría de las veces) es la mayor de las bromas. Y los monstruos marinos a menudo no nadan, son delgados, tienen pecas alrededor de la nariz, miden poco más de un metro setenta y a lo más pesan sesenta kilos.

Dos años después de su muerte, Colin Campbell se me aparece con frecuencia. A veces como un mensaje de texto en la pantalla de mi teléfono, otras como un correo en alguna bandeja de entrada y las menos a través de avatares en alguna red social. Siempre me pregunta lo mismo: ¿si ha parecido algún nuevo monstruo marino?
Mi respuesta es idéntica todas las veces.
–No, ya todos han sido identificados y clasificados científicamente.
-¿Incluso Nessie?
–Ese fue el primero de todos.
Corte
Luego vuelvo a mirar el lago.
Y desde bajo la superficie, el lago me devuelve la mirada.
Y el lago me sonríe
Yo también le sonrío.
Todos los monstruos marino tienen aletas en forma de rombo, pienso.
Es cierto.
Rombos.