Archive | Uncategorized RSS for this section

“LA GUERRA DE LAS GALAXIAS”, MI ACTUACIÓN EN “CUENTOMETRAJES”

Este cuento alguna vez fue publicado en las antologías Cuentistas Chilenos para el Siglo XXI  y Plagio. El año pasado fue reescrito, editado y actualizado para el libro Cuentometrajes (Alfaguara, 2011), una selección de relatos de cine escritos por gente que a tenido cercanía con la pantalla grande:  críticos, guionistas o directores. El ideólogo y mente maestra de todo esto fue Daniel Olave, alias TODOCINE y @todo_cine

Compren el libro, hay gente bacán como Pablo Illanes, Alberto Fuguet, Antonio Skármeta y René Arcos, entre otros.  Este es un extracto del relato

La guerra de las galaxias

 Juego con la espuma formada por el agua y la pasta dental dentro de mi boca  exactamente por cuatro minutos.  Lo sé, estoy seguro, porque en la repisa de vidrio que hay bajo el espejo del baño puse mi reloj  y no le he despegado la vista desde que terminé de cepillarme.  Conté cada vuelta del  segundero, en voz baja para que quedara claro dentro de mi cabeza.  Golpeo la mezcla contra los dientes y remojo con fuerza las encías; echo la cabeza hacia atrás, hago un par de gárgaras y escupo sobre el lavamanos, un delgado hilo de sangre escapa de mis encías y hace espirales alrededor del desagüe. Dejo correr el agua, mojo mi cara y me arreglo el cabello, peinándome rápido, con energía. Jabón, espuma y uno que otro pelo gris se pierden por el ridículo remolino formado en el centro del lavabo. Y al hacerlo, la pequeña boca de metal silba grave hacia el interior del caño. Alguna vez, cuando mi hijo era pequeño y todas las noches lo acompañaba a lavarse los dientes, escuché de su voz enana contarme acerca del diminuto monstruo que habitaba en las cañerías. Decía que se alimentaba del jabón usado y que ese sonido grave no era otra cosa más que su garganta al tragar el agua y la espuma.
Previo a cerrar la llave de paso, limpio el cepillo y lo dejo junto a los otros, en el pequeño vaso amarillo y de plástico que usamos para guardarlos. Apretados contra al tubito del dentrífico, hay tres escobillas más: de los otros y del otro. Me calzo los anteojos y abrocho la pulsera del reloj a mi muñeca.  Salgo del baño.

En el dormitorio, encima de una silla, está mi chaqueta y sobre ella la Biblia. Aparto el libro y termino de vestirme. Frente a un espejo anudo la corbata. Regreso a la Biblia, la empuño como una espada de luz (tal como me enseñaron) y abandono la habitación. Es domingo, día del Señor y yo soy su fiel Pastor.

Mi hijo está en la sala, absolutamente concentrado en el televisor. Voy por detrás y pongo una mano sobre sus hombros, ni siquiera interrumpe un segundo para saludarme.
–¿Entonces no vienes? –le pregunto.
–No –contesta–. Dan la Guerra de las Galaxias –me explica  seguido.
En la pantalla C3PO y R2D2 acaban de aterrizar en Tatooine y parten a buscar a Obi Wan Kenobi, conozco a los personajes, he visto la película.
–¿Cuántas veces la has visto?
–Tres, cuatro, cinco, seis, da lo mismo, me gusta, es mi favorita –me mira levantando una ceja, sus ojos son tan hostiles que asustan. Nuevamente recuerdo al monstruo de las cañerías y a todos los monstruos que alguna vez inventó su infantil imaginación. Tenía un cuadernillo rojo donde los dibujaba, cada uno con un nombre diferente. Había uno que parecía una vaca con patas de araña y que usaba lentes y pasaba todo el día leyendo. Mi hijo lo bautizó con mi nombre.  Hace mucho tiempo y en una lejana galaxia que dejó de creer en monstruos, los cambió por extraterrestres.
Separado de C3PO, R2D2 es emboscado por unos seres diminutos y chillones llamados Jawas.
Abandono a la Biblia por un instante y me dirijo a la cocina. De un anaquel cojo un vaso y lo lleno con leche. Lo pongo sobre una bandeja y a su lado dejo dos platos, el primero con galletas y el otro con un sandwich de jamón y queso que preparo rápido con dos rebanadas de pan de molde. Muerdo una de las galletas y mientras mastico reviso detalladamente cada rincón de la cocina, visualizando demasiadas cosas. Demasiado,  nunca pensé que alguna vez esa palabra pudiera definir mi paso diario. Trago la galleta  y dejo de mirar, es mejor así.
–Toma –le digo, poniendo la bandeja en una mesita de arrimo que hay junto al sofá en el que está tirado, como si fuera un gato gordo y holgazán–. Después del culto cocino algo, ¿estás seguro que no vienes? –vuelvo a preguntarle.
–No papá, ya te dije que quiero ver la película –repite sin mirarme.
–Eso mismo le vas a decir al Señor cuando venga.
Se ríe y torciendo sus labios acota.
–Hoy no va a venir –y de alguna forma pienso que tiene razón.
Me pregunta cuando vuelve su madre.
Siento mi garganta secarse en un segundo, de nada sirvió tanto enjuague. Evitando tartamudear le miento: “Mañana, como a las diez”, total ya no importa.
–¿Y el Rubén? –añade, asomando de pronto su cabeza por el horizonte del sillón.
–No sé, el martes –continúo mintiendo, antes de escapar veloz del living. Miro la hora, todavía me quedan unos minutos. Regreso al dormitorio, abro el armario y busco un vestido de mi mujer, uno blanco y largo, de los que ella siempre usaba para las ceremonias especiales. Encuentro uno perfecto y lo estiro con cuidado sobre su lado de la cama. El vestido se queda quieto, mirándome.  Atento a su vigilia, voy hasta mi lugar y reviso el cajón del velador, el segundero del despertador suma dos pasos. Busco un pequeño portarretrato en el que hay una vieja fotografía de mi padre. Se ve tan diferente al del silencioso y lejano sujeto que murió hace cada vez más años. En la imagen papá tenía 19 años, acababa de ingresar a carabineros y lo habían destinado a una pequeña comunidad del sur. Sus cejas comenzaban a espesarse y la forma de su cara a adquirir la graciosa redondez de dibujo animado que luego sería su sello. En ese tiempo no tenía bigotes y tampoco usaba anteojos. La fotografía era en blanco y negro, ligeramente sepia y en lugar de un carabinero rural asemejaba un joven veterano de guerra durante el primer día de su regreso a casa.
Puse la imagen sobre la mesita de noche, afirmado contra la lámpara, detrás del despertador. Y pasó otro minuto. Es domingo,  día del Señor y yo soy su fiel Pastor, vuelvo a recordar.
En la sala, en la pantalla del televisor, Luke Skywalker le dice a su tío que hay que comprar nuevos robots, un astromecánico y un droide de protocolo. A lo lejos aparece el transporte arenero de los Jawas.
Cada vez que miro al templo, que se levanta a un costado de la casa pastoral, pienso en lo sencillo que es. Su nave, sin arcadas ni cripta; su fachada, sin torre ni imágenes, absolutamente limpio en sus piedras y maderas. A veces me pregunto si realmente celebramos al Señor con un lugar cuya arquitectura es tan poca muestra de su grandeza.
Ha llegado poca gente, en su mayoría hermanos nuevos que no conozco. Amablemente los saludo. Ellos me aprietan las manos, mirándome con cariño, con admiración y respeto. Me siento, debo sentirme bien, es domingo, día del Señor y yo soy su fiel Pastor, el instrumento de su verbo y figura, es lo único en que debo pensar. Sonrisa dibujada me adelanto a la primera fila, la más cercana al púlpito y tomo asiento. Guardo la Biblia a un lado e intento orar pero no puedo. Al cerrar los ojos veo  cosas que preferiría no contemplar, naves de guerra batiéndose sobre planetas desiertos, caballeros enmascarados vestidos de negro, estrellas mortales destruyendo planetas habitados por princesas angelicales, hijos perdidos y padres entregados a la sombra. El Señor nos advirtió acerca de las potestades atormentadoras que habitan en la oscuridad. Pienso en mi chiquito, en la leche, en la película que está viendo y me dan ganas de irme lejos, a una galaxia  muy lejana.
–Pastor… –me saluda una voz aguda que con facilidad reconozco.
–Hermana Solís, ¿cómo está? –finjo con una sonrisa.
–Con la gracia del Señor muy bien. Los achaques se van pasando y el doctor dice que ya puedo comer de todo, menos frituras, pero usted ya sabe, nunca he sido buena para las cosas fritas –no lo sabía–. Menos mal que no me prohibieron los dulces y chocolates –ríe– ahí si que me muero, pues. ¿Y su niño?
–Está un poco resfriado –miento– así que lo dejé en cama. –Se lleva las manos a la boca y bendice al aire pidiendo que mi hijo no se agrave. “Amén”, le respondo balbuceando, sin poder mirarla a los ojos.
–No se preocupe, hermana, usted sabe como son los chicos, pescan un resfrío jugando a la pelota, se quedan una tarde en cama y al otro día están como nuevos.
–Que la fuerza esté con usted –juro que me dice.
–Perdón… –la interrumpo.
–En la gracia del Señor, pastor –repite y luego me cuenta–: Una vez el Patito, mi cabro mayor, el que trabaja en el norte, que se casó con la hija de la hermana Oriale –le indico que sé de cual de sus niños me está hablando, yo lo casé– agarró una gripe pasajera y la cosa se complicó. Le dio como neumonía y tuvo que pasar una semana hospitalizado. Dígale a la hermanita Pastora que le prepare te caliente con harto limón y miel, eso no falla nunca –acentúa, luego se detiene un momento, mira detrás mío y lanza la pregunta que ya no puede esperar más en la punta de su lengua:
–¿Y la hermanita Pastora?–, escarba con sus ojos rojos, poseídos por lado oscuro.
“Vieja hipócrita, como si no lo supieras. Como si tus oídos fueran sordos al rumor que cual serpiente antigua se enrolla alrededor del templo. De mí templo, mí iglesia, mi nave estelar. Una víbora armada de sucias palabras que me han convertido en objeto de habladurías dentro de mi propia gente”.
–Fue a la misión campesina, regresa mañana, estoy solo.
Suspira, su aliento de anciana me asquea. Antes de desaparecer vuelve a interrogarme.
–¿Y el Pastor en práctica?
“Practicando con su Pastora, hermanita. Fornicando, adulterando, pecando, burlándose del Señor”.
–También fue a misiones.
–Dios lo bendiga –acota ella y no sé si sus bendiciones son para mi alumno en práctica o para mí. La quedo mirando, el aspecto de la hermana Solís es tan curioso, tiene uno de esos rostros que ya no se ven. Es raro, pero algunas caras pasan de moda. Como cuando se mira una fotografía antigua y todo el mundo es idéntico, como si formaran parte de una enorme familia  que ya no existe. Después se observa una foto más nueva y se descubre que comienzan a predominar un nuevo tipo de facciones y que las previas se desvanecen hasta desaparecer para siempre. La hermana Solís tiene una cara condenada a la extinción, como si fuera un dinosaurio. A mi hijo le gustan tanto los dinosaurios.
El resto en su librería más cercana.

AVATAR = ROGER DEAN + YES

AVATAR es un tremendo logro visual. La película es alucinante por donde se le vea, pero a Dios lo que es de Dios y al Diablo lo que es del Diablo. Los paisajes del planeta Pandora con árboles eternos, animales que suman dinosaurios con mamíferos, islas y montañas flotantes son preciosos, sobrecogedores pero… ESTAN LEJOS DE SER ORIGINALES Y VISIONARIOS… Hace más de 30 AÑOS QUE FUERON pintados y soñados por el gran Roger Dean en las cubiertas de los discos de Yes y de otras bandas de rock progresivo. Para los que vieron o veran la película, fijence en las montañas arco donde ocurre el tercio final y compárenlas con la últimas imágenes de esta lista, llamadas precisamente “Montañas Arco”

YA NO MAS…

Los años pasan, los gustos cambian o simplemente hay cosas que dejan de importarte. El otro día revisaba mis discos y anote 20 artistas que alguna vez me gustaron mucho, al punto de tener su discografia completa, buscar información en la red, comprar libros etc y que desde hace un tiempo no he vueto a escuchar. No es que nunca más, sólo que soy incapaz de aguantar un disco entero de ellos, co cueva una o dos canciones. Supongo que es la genética de los gustos, así como hay nombres que permanecen pra siempre, otros simplemente se alejan, nos abandonan… por un rato o para siempre.
  1. Tori Amos
  2. Iron Maiden
  3. Dead Can Dance
  4. Fish
  5. Emerson, Lake & Palmer
  6. Bauhaus
  7. Deep Purple
  8. Soda Stereo/Gustavo Cerati
  9. Moby
  10. Primal Scream
  11. Guns`n Roses
  12. Rick Wakeman
  13. Suede
  14. Supertramp
  15. Blur
  16. Oasis
  17. The Alan Parsons Project
  18. Chemical Brothers
  19. The Gathering
  20. U2

APOCALYPSE… TOMORROW

Y ocurrio el fin del mundo, pero no fue como todos pensaban, porque el fin del mundo ocurrió sólo en el fin del mundo…

Mañana. Jueves 1 de Nov. Feria del Libro de Santiago. Sala Acario Cotapos. 17:45

HACE 14 AÑOS…


KILÓMETRO 8

No somos nada, pensamos y existimos como si fueramos amos y señores del mundo. Ni siquiera lo somos de un camino. Dependemos de cuatro ruedas y un motor. La máquina es la que se mueve y con ella nosotros. Y yo tengo ganas de parar… La máquina se mueve, ¿hacia dónde?

KILÓMETRO 9

Sería descocertante, y a la vez entretenido, si el bus no llegara a su destino y quw cuando termináramos los sesenta kilómetros, mi ciudad, la de glorioso nombre, no estuviera allí y en el lugar sólo hubiera un cruce de caminos. Desde luego el conductor se extrañaría y la gente también. Todos reiríamos, aunque en realidad nos cagáramos de miedo. Entonces se tomaría democráticamente la decisión de volver a Temuco. En el camino no nos cruzaríamos con nadie, es decir tendríamos una carretera desierta y solitaria, sólo para nosotros. Miro el paisaje y lo que hace apenas una hora eran tierras fértiles y verdes, grandes bosques de pino, son ahora enormes planicies de roca y aterradoras mesetas humeantes. Y la gran ciudad. Esa tampoco está por ninguna parte.
Todos reiríamos y nos miraríamos. Las preguntas se multiplicarían en los labios, hasta que de pronto se levantaría un grito de desesperación y pavor. Pienso que a pesar de lo aterrador de la experiencia ésta será bastante originbal: cuarenta personas condenadas a vagar eternamente en un omnibús por territorios estériles: las zonas condenadas.
Buen guión, definitivamente excelente; sólo me falta un digno final. En una de esas se lo mando a Stephen King; él lo perfecciona, lo termina y nos vamos mitad y mitad con las ganancias del libro, que por supuesto sería best seller. Después lo vendemos a algún director de cine que me convierte en multimillonario.

LA FRASE DE LA SEMANA


Ayer en revista Ya de El Mercurio, entrevista a Javiera Acevedo, la rubia de Tres son multitud.

¿Congelaste tu carrera de Ingeniería para estar en ‘Tres son multitud, quieres retomarla?
Tengo ganas, pero no hay apuro. Tengo 22 y me quedan sólo dos años para terminar, pero quiero hacerlo. No sé si voy a ejercer como ingeniera, pero me da susto pensar que, de repente, puedo chocar o quedar fea y no hacer nada más… Además, encuentro que ser actriz es muy subjetivo, si uno no est� bien emocionalmente, es dif�cil poder actuar.

No coments

STEPHEN KING TOP 10

Tengo que escribir un reportaje sobre Stephen King, por los 30 años de El Resplandor (el libro) y l llegada del magnifico La Historia de Lindsey que estoy leyendo, y es una delicia. Y bueno, una de las ideas del reportaje es armar un top 10, pero quiero que sea bien democrático, así que invito a los Kingfans a postear su top 10 del maestro para ver si llegamos a un canon que nos deje contentos a todos. Acá va el mío, me costó más de lo esperado, pero salió.

  1. It
  2. Salem´s Lot (o La Hora del Vampiro)
  3. El Talisman (a medias con Peter Straub)
  4. Christine
  5. Carrie
  6. La Niebla (cuento)
  7. Misery
  8. El Cuerpo (cuento)
  9. The Stand: La Danza de la Muerte
  10. El Resplandor

DELETD SCENE: OZONO

Este era el capítulo más corto de El Número Kaifman. Fue quitado porque en rigor era bastante gratuito.
“¿EN QUE AÑO HICIMOS oficial lo de la capa de ozono? ”
-1985.
-Estaba segura que había sido el 87.
-Es fácil confundirse.
-El 85, siete después de la última bomba…
-Nueve.
-Es verdad, nueve, tiene razón. -…
-Marzo, 1976.
-13 de Marzo de 1976, para ser precisa.

DELETED SCENE: LAGO RANCO

POR ACA DEBERIAMOS comprar, pensó Teresa Ocampo al ver desde la camioneta de su marido, la forma en que la costa lacustre se doblaba en una pequeña bahía sobre la superficie del Ranco. Cerca de Futrono y Valdivia, mirando las islas del lago, siguió pensando y puso su mano sobre la de su joven esposo, que pasaba el motor del vehículo a segunda para aumentar la fuerza y así seguir trepando hasta la parte alta del camino.
-¿Falta mucho?-, le preguntó.
-Tu me quisiste acompañar-, le respondió su marido.
-No estoy reclamando, sólo te pregunté que cuanto faltaba.
-Está un poco más adelante, por esos cerros que se ven allá. Ahí volvemos a bajar al lago y listo. Te mueres cuando veas la casa.
Ignacio Ide sonrió pensando en la comisión que los gringos le iban a dar por el negocio. Hace dos años, cuando egresó de Agronomía en la Universidad de la Frontera de Temuco, jamás pensó que iba a dedicarse a detective de tractores viejos. Pero como decía su mejor amigo, así son las cosas, la vida tiene más vueltas que una oreja. Además le pegaban bien, mejor que en cualquiera de las empresas agroindustriales donde había dejado currículum. Y de regalo podía escoger la camioneta que le pareciera más útil para el trabajo, lo que era especialmente valioso para alguien que desde niño había gustado de los modelos americanos, grandes y gastadores. Daba lo mismo, total la bencina también era gentileza de los patrones. Sabía que Teresa soñaba con una casa por esta zona, junto al Ranco. Si las cosas seguían en su actual ritmo, tal vez podría dársela en menos de año y medio. Miró a su mujer y le sacudió el cabello. Era linda, incluso más que cuando la conoció, hacía cada vez más tiempo en una fiesta con gente de Servicio Social de su misma universidad.
La Ford F-150 de Ignacio Ide cruzó bajo una alameda joven y enfilo hacia la casa patronal del fundo Santa Silvana de Futrono, encaramada sobre una loma vigilante sobre el espejo de agua del Ranco. El lugar era como un castillo europeo, como una postal vieja pensó Teresa, mirando las apacibles formas del lugar.
-Te dije que te iba a gustar-, le comentó su esposo.
-¿Vamos a esa casa?
-No, donde don Germán, el administrador. El vive por el otro lado.
Una camioneta idéntica a la de Ignacio aparecía estacionada frente al caserón del fundo. El patrón vino por el fin de semana, pensó el joven agrónomo mientras manejaba hacia al otro lado del caserío.
La vivienda del administrador del fundo también miraba al lago. Teresa la reconoció como una de esas casas prefabricadas que una empresa canadiense traía armadas bajo el compromiso de levantarlas en menos de dos semanas. A Ignacio le gustaban, ella las encontraba un horror y desde que estaban juntos había luchado porque ese gusto abandonara la cabeza de su esposo. Viéndola resultaba evidente que la habían puesto sobre donde alguna vez hubo una construcción más vieja. También que parecía un injerto de modernidad clavado en un espacio pegado en tiempo pasado. Bodegones grises, un antejardín con plantas viejas, arbustos desteñidos y una gruta con una Virgen de Lourdes enmarcada en una corona de velas baratas no tenía nada que ver con ese chalet de dos pisos en estilo georgian, pintado de gris con marcos de madera blanca.
-Espérame en la camioneta-, le dijo Ignacio, mientras bajaba del vehículo y caminaba a la puerta de la casa.

EL PERRO se llamaba Kiper y era una heterogénea cruza entre pastor alemán y algún tipo de callejero. Vino apenas Ignacio Ide tocó la puerta de la casa de don Germán y corrió ladrando y lanzando dentelladas contra el joven agrónomo. “No hace nada, no le haga caso. Está viejo y le gusta hacer escándalo, lo tengo hace diez años conmigo”, le dijo el dueño de casa apareciendo desde el patio trasero, poco más atrás del perro. “¡Kiper, venga!”, lo llamó. “Ve, en el fondo es un cabro chico”, comentó mientras el animal volvía hacia él con la cabeza baja y la cola agitándose de un lado a otro.
-Pero sabe dar un buen susto-, comentó Ignacio.
-Ni que lo diga. Lo esperaba más temprano.
-Temuco no está tan cerca.
-Eso es cierto, ¿cómo estuvo el viaje?
-Sin novedad.
-Me alegro.
-¿Habló con su patrón?
-Como le dije por teléfono, Don Erwin me dio autorización para todo. Dijo que hiciera lo que quisiera con la maquinaria y hasta me regaló lo que usted ofrece por él. -Yo no, don Germán, los gringos…
-Mejor así, es bueno sacarle plata a los extranjeros.
-Eso dicen.
-Venga don Ignacio, por acá está, detrás de ese bodegón. Sígame. Kiper, sale… -, golpeó fuerte contra sus pantalones, el perro levantó la cola y escapó corriendo hacia el viejo deposito, junto al silo de cereales.
Teresa Ocampo imaginaba que el administrador del fundo era un hombre mayor, un viejo de confianza de unos sesenta o setenta años, como personaje de esos cuentos chilenos que la obligaban a leer en el colegio. Pero no, el tal Germán era bastante más joven, no tendría más de cincuenta años. Era alto, gordo y usaba un gran sombrero de ala, como de vaquero de filme de bajo presupuesto.
-Tere, ven-, la llamó su marido. –Trae mi carpeta y el computador-, le pidió. Ella se volteó hacia el asiento trasero, tomo los papeles de trabajo de su esposo, cubiertos por una tapa de cuero duro con el logo de la empresa y la laptop IBM. Quitó la llave del vehículo, bajó y activo la alarma. Las luces de la F-150 parpadearon dos veces.
-Don Germán, mi señora, María Teresa-, presentó el agrónomo.
-Hola-, saludó ella.
-Un gusto señora, Germán Landeros para servirle-, respondió el administrador, quitándose el sombrero.
-Toma-, le pasó los papeles y el computador a su esposo.
Caminaron hasta la vieja techumbre que era lo único que quedaba del antiguo bodegón grande del fundo. Una gata gorda y grande, manchada en la espalda maulló al verlos llegar y luego trepó hasta la parte más alta de la construcción. Teresa pensó que podrían tener un gatito en casa.
-¿Es suya?-, le preguntó a don Germán.
-La Clara es de todos, está embarazada.
Kiper reapareció junto al grupo y empezó a ladrar contra la gata, intentando en vano subirse a los sacos. Clara se estiró sobre una viga en la parte más alta del bodegón y no hizo mayor caso a los escándalos del viejo perro.
El tractor estaba tirado en el fondo del bodegón, tal cual Ignacio Ide lo había descubierto hacia ya un par de semanas. La única diferencia es que ahora estaba cubierto por una lona sucia y deshilachada.
-Lo cubrí para que no le cayera más polvo y los animales no siguieran usándolo de baño-, dijo don Germán.
Y porque ahora sabe que va a ganar buen dinero con él, pensó Ignacio Ide, mientras contestaba: “Veamos si todo está en orden, entonces”.
-Usted manda Don Ignacio.
Teresa siguió a su esposo hasta la vieja máquina, cruce entre chatarra mecánica y esqueleto de algún tipo de bestia prehistórica.
-Ábrame el motor, por favor-, pidió Ignacio. El viejo quitó la lona, soltó el seguro y abrió la puerta del interior del tractor, como si fuera el ala de una gaviota. Fierros ancianos y oxidados chirriaron agudos y asustaron a Kiper, quien escapó corriendo y no regresó a la escena. Ide le pasó a su mujer los papeles y sentándose en un cajón abrió el computador. Esperó a que el IBM Thinkpad cargara el sistema operativo e hizo doble clíc en el único archivo excel que flotaba sobre el escritorio.
-¿Qué modelo me dijo que era?-, le preguntó al administrador del fundo.
-Aquí dice Bulldog 1944-, leyó el viejo en el motor de la máquina.
-Bulldog L 1944-, leyó el agrónomo en la pantalla del notebook.
-Eso.
-¿Puede leerme el número de serie del motor?
Teresa Ocampo miraba todo sin entender nada, hasta donde sabía su esposo trabajaba con plantaciones y cosechas, no de mecánico.
-…
-¿La encontró?
-Espere, don Ignacio, es que está por debajo del motor.
Don Germán se encaramó sobre la máquina y se asomó a la parte más interna del jubilado corazón del tractor construido en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial.
-L-, empezó a decir con dificultad el viejo. –511 221-, luego repitió: -L 511 221. ¿Le sirve?
El marido de Teresa Ocampo abrió una segunda hoja de su planilla de cálculo y verificó que los datos coincidieran con lo apuntado.
-Sí don Germán, me sirve-, dijo.
-¿Entonces estamos?
-Usted lo dijo, estamos.
Era el tractor número doce que Ignacio Ide conseguía desde que empezó a trabajar para los gringos. No podía quejarse. No era una labor difícil. Al menos no después del dato inicial, que era lo que más demoraba. Pero a ellos los atrasos parecían no preocuparles, desde el inicio le dejaron claro que por ahora tenían todo el tiempo del mundo. Un proyecto excéntrico de museo de la agroindustria en Australia y la necesidad de rastrear todos los tractores de un determinado número de serie construidos en Alemania entre 1941 y 1946. Eran escasos, ahora costosos y estaban dispersos por los campos del sur chileno y argentino. El estado de las cosas en la Alemania tras la caída del 3º Reich bajó sus precios a un nivel ridículo y los convirtió en maquinaria económica, perfecta para el desarrollo agroindustrial de los dos países más australes de Latinoamérica. Los años los convirtieron en algo así como pequeñas joyas históricas, material de museo, curiosos objetos de deseo para millonarios con mucho tiempo libre. Y pagaban bien por esas chatarras. No tanto como a él por rastrearlos, pero si lo suficiente como para que el siempre ocupado administrador de un fundo cercano al lago Ranco le robara tiempo a su trabajo para dejar lo más presentablemente posible un tractor abandonado hacía más de tres décadas.
-¿Y ahora qué hago?-, le preguntó a Ide.
-Le voy a pasar unos papeles que tiene que firmarme y después esperar. A más tardar dentro de la próxima semana va a venir un camión a buscarlo, ellos lo van a llamar antes.
-Perfecto.
Ignacio Ide cerró el laptop y lo dejó en el suelo, junto al cajón que usaba para sentarse. Tomo la carpeta con documentos, la abrió y cogió un par de planas escritas por una cara, con el sello de la empresa marcado en la mitad superior de la hoja.
-Necesito que me firme aquí-, indicó, -ambas copias. Es una pura formalidad, usted entiende, es para entregarle el cheque sin problemas.
El viejo agarró las hojas y sin leerlas las firmó.
-Listo-, le dijo. Ide agarró los papeles y los depositó dentro de la carpeta, luego tomó un sobre blanco y alargado y se lo entregó al administrador del fundo Santa Silvana.
-Cuentas claras conservan la amistad-, le dijo.
Don Germán tomó su pago y lo revisó, todo estaba bien.
-Don Erwin tenía dos más de estos tractores, pero los vendió como fierro viejo, de haber sabido. Pero por acá cerca, en los fundos de la zona hay varios más, yo mismo los he visto. Si quiere le averiguo por ahí y le pego unos telefonazos.
-Se lo agradecería.
Ambos hombres se miraron, la esposa del más joven de ellos jugaba con la gata del lugar.
-Entonces estamos, vamos Tere-, dijo Ignacio. Ella le sonrió y siguió a su marido que se adelantaba con don Germán hacia la camioneta estacionada fuera de la casa.
-¿Don Germán?-, le preguntó ella al administrador del fundo. –Disculpe que sea tan curiosa, pero su casa es de esas prefabricadas canadienses.
-Si señora, la antigua estaba toda podrida y don Erwin pensó que era más rápido y barato comprar una de estas. No se demoraron nada en levantarla.
-¿Dos semanas?
-Menos, como ocho días, señora linda.