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BERKOFF SEGUN VILLALOBOS

Esto dijo ayer Daniel Villalobos, durante la presetación de mi libro

  • El horror de Berkoff es una novela sobre el sur de Chile. Es decir, es una novela llena de humo, gente fea, mucha lluvia y baldosas mojadas.
  • El horror de Berkoff es el horror del sur. El horror de crecer en el sur, huir de él y terminar volviendo.
  • La novela de Francisco tiene seres sobrenaturales, casas encantadas y niños muertos, pero sus momentos de mayor terror están reservados para situaciones mucho más mundanas: el reencuentro con un amor de juventud, el funeral de alguien a quien apenas recuerdas o la confirmación de que el lugar donde creciste no sólo es horrible, sino además infernal.
  • Escribiendo una historia de miedo ambientada en un pueblo llamado Salisbury a unos cuantos kilómetros de Temuco, Francisco Ortega terminó escribiendo sobre los motivos que llevan a una persona a dejar el terruño para instalarse en otra ciudad.
  • El acto de irte de tu lugar de nacimiento puede verse como evolución o fuga. En El horror de Berkoff,  Ortega plantea un tercer concepto: el miedo a nosotros mismos. La posibilidad de fracasar –y el fracaso es uno de los grandes temas de este libro- y de hacerlo frente a los ojos de quienes te vieron crecer y volverte una promesa puede ser bastante duro.
  • Entonces mejor huir, reinventarte en una ciudad más grande y decir que has madurado cuando simplemente has puesto una máscara sobre el provinciano que nunca dejaste de ser.
  • Esa situación está planteada con dureza y sin piedad en El horror de Berkoff. Las criaturas que dominan el pueblo de noche y que acechan a los niños aun cuando están conectadas con secretos de los adultos, pueden ser menos inquietantes para un lector que la pobreza material o mental que campea en Berkoff.
  • La memoria y el ojo para el detalle de Francisco Ortega hacen que una enumeración de los títulos de libros viejos en un anaquel o la descripción de un desayuno se vuelvan una declaración de principios y una postal de otra época. El sur vive en otro Chile. El sur no es Chile.
  • El sur es un lugar del que tienes que huir porque está lleno de monstruos. Y esos monstruos tienen que ver con la religión, con la familia y con los sueños de juventud que tu vida adulta no cumplió y que ahora se han vuelto dolorosos de enfrentar.
  • Martin Martinic, el protagonista de El horror de Berkoff, es un actor de breve fama que vuelve a un pueblo tan mezquino que incluso el propio Martin es considerado un orgullo local.
  • Esta novela, tal vez previsiblemente, está llena de rabia. No es amable, no tiene héroes nobles o grandes propósitos. Como los relatos de Lovecraft y Stephen King que Francisco conoce y homenajea, Berkoff es un mundo donde el misterio de lo sobrenatural se contrapone a la miseria de los humanos.
  • Lo que más me gustó de El horror de Berkoff es que es la clase de historia que suele inventar un niño aburrido en un pueblucho del sur. Un niño que necesita creer que esas casas de color verde agua y esas iglesias evangélicas de madera barata y ventanas de una hoja encierran alguna clase de secreto o aventura extraordinaria.
  • Mejor aún, tengo la certeza de que ese fue el origen de esta novela. Conozco a Francisco Ortega desde que teníamos dieciocho años de edad y puedo decir, con escaso margen de error, que este es el libro que Francisco estuvo pensando escribir desde hace veinte años.
  • El horror de Berkoff por fin ha salido a la luz y –sorpresa- si bien a esta novela le sobran criaturas de la noche, monstruos y mutaciones, el miedo que yace agazapado en el centro de su historia es mucho más cercano: es el miedo a volver al hogar y descubrir que ya no es tu hogar, que nunca lo fue y que tu lugar en el mundo sigue siendo un misterio.

 

 

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EL HORROR DE BERKOFF… GRACIAS NECESARIAS

Esto es lo que leí ayer en la presentación del libro. Gracias a Alvaro Bisama, Daniel Villalobos y Ramón Llao por sus palabras.

El Horror de Berkoff  partió originalmente como un guión de cine llamado Victoria. La historia era la misma, algunos elementos distintos. Era, por decirlo de alguna manera, más normal. Parte así la gratitud a todos los que leyeron la historia en ese primer formato, creyeron (o dijeron que creyeron) en ella y aportaron ideas que la convirtieron en lo que es hoy: Alex Bowen, Ernesto Ayala, Alberto Fuguet, Nicolás López, Miguel Asensio y por supuesto el gran Luigi Araneda que en diciembre pasado nos jugó la mayor de las bromas, hasta siempre Luigi. Victoria se escribió, se filmó como trailer y ahí quedó; buscando inversionistas. En la espera conoció monstruos y se transformó en novela.
A los verdaderos protagonistas, aunque ellos no lo saben. O quizás si, siempre lo han sabido… Manuel Contreras, Carlos Cristián Carvacho, Alejandro Inostroza. En estas páginas hay mucho de  esas tardes de sábado en Victoria/Salisbury. Punto extra al gran Daniel Villalobos, amigo insoportable y compañero de ruta, quien confió en esta historia desde que la hablamos una vez caminando por Seminario, entre Rancagua y Providencia. Daniel aportó ideas, sugirió lecturas, me hizo entender que Salem´s Lot era en el fondo sobre los alrededores de Temuco y tras leer una primera versión se mandó un análisis que me sacó lágrimas. De las buenas. Gracias monstruo, sabes que acá hay demasiada deuda contigo. Desde el pasado común, como canutos cagados de la cabeza (“Firmes y adelante, huestes de la fe…”), hasta esa rabia perpetua de inmigrante de provincia. El sur nunca fue como en las postales
A los camaradas de ruta: Mike Wilson, Alvaro Bisama y Jorge Baradit. Desde el fin del mundo para el fin del mundo. Un abrazo, a modo de archivo adjunto, a Edmundo Paz Soldán que aceptó leer el manuscrito, la pasó bien y se asustó; que es el mejor piropo que este libro podría recibir. Gracias también a Patricio Jara, Antonio Leiva y Francisco Díaz Klaassen por meter correcciones, editar, sugerir, proponer, subrayar, etc,etc… y no esperar nada a cambio (supongo), excepto aparecer en esto que estoy leyendo.
A los de siempre y los recientes. Sergio Cancino, Claudio Núñez, Alexis Ibarra, Coco Silva, Federico Willoughby, Pancho Aravena, Chato Díaz, Alejandro Alaluf… la lista es larga. Bonus para Angela Poblete, Ramón Llao, Elisa Zulueta y Esteban Cabezas que un día me preguntaron qué estaba escribiendo, exigieron leerlo (o que se los contara) y jamás dejaron de preguntar hacia donde iba este barco.
A los que me soportan día a día. El escuadrón Alfaguara: Andrea, Susan, Ricardo, Silvana, Cristián, Marcela, todos.  Los compañeros de Vive!/VTR: Tere, Pedro, Carola, Raúl, Ancao, Gabriel. A los cafeteros de la tarde de Cooperativa y especialmente a Alejandro Lecaros por esos dos años resucitando misterios y fantasmas de todo tipo en Muy Interesante.
A Nelson Daniel y Gonzalo Martínez, por 1899 y Mocha Dick, y lo que venga por delante: socios, compañeros, un par de titanes. A la NGI, Kote, XFlint, que ya no es XFlint, por ponerle carbón a calderas como esta. Gabriel, Miguel Angel por sus propias casas embrujadas. Carlitos Eulefi el mejor portadista del planeta y Oscar Salas por www.fortegaverso.cl. Un bro, Ignacio Olivares, por el apoyo, la música, el talento, la confianza, nuestro Hans Zimmer local. A  Sonico por las invasiones virtuales  y a Nico “Niñito” Lorca, por estar arriba de la nave desde siempre.
A Maria Eugenia y a Editorial Forja por decir sí de una y aceptar mis obsesiones y fijaciones. Se pasaron, muy buen trabajo.
A Victoria que en su reverso realmente es Salisbury y tiene casas embrujadas y ratones gigantes en las alcantarillas. También fantasmas; de esos que se pueden tocar. A otra Victoria, que estuvo desde el inicio y a quien le debo más de la mitad de esta historia. Gracias por siempre.
A la familia: mamá, papá, hermana, cuñado, sobrinos; por todo lo que hemos venido redactando desde el 11 de julio de 1974.  A Moneypenny, la gata, que se llama de otra forma, pero existe y en verdad tiene cara.
Finalmente, por que así lo dice una firma en un contrato y es de caballero educado reconocerlo y todo eso. Gracias al Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, que a través del Fondo del Libro financió la escritura de El Horror de Berkoff con una beca de creación literaria en 2009.

A  los que fueron, son y serán.  Y descansa América, donde quiera que estés.

F.O.

Santiago, noviembre 2011

EL HORROR DE BERKOFF: PRIMER CAPITULO

Este es el primer capítulo “casi” definitivo de EL HORROR DE BERKOFF (working title) novela que estoy terminando y que fue favorecida con una beca de creación literaria 2009. Es la historia de dos amigos, una chica, un muerto, un pueblo maldito y una casa embrujada, también de duendes, monstruos y de un sur chileno que no tiene nada de postal, un sur repleto de bosques y ojos que miran desde la negrura de los árbole: a veces la naturaleza es mala, a veces los fantasmas, incluso los morales se pueden tocar, a veces los amigos imaginarios nos acompañan hasta el final de nuestros días. Esta novela nació a partir de VICTORIA, guión de una película que nunca se filmó, algunas cosas cambiaron, el pueblo entre ellas, la muy real Victoria se hizo la casi imaginaria Estación Salisbury o simplemente Salisbury. Este es el primer capítulo:

1ª parte
LOS NIÑOSMARTES
1

OTRA VEZ LA esquina Berkoff. Lo supe apenas sentí vibrar el teléfono, igual que en la noche anterior, aunque ahora no eran llantos ni gritos los que explotaron desde el otro lado de la señal, sino palabras tartamudas. Supongo que fue una advertencia, un presentimiento o simplemente el modo en que todo debía de comenzar, con una muerte que es el más definitivo de los finales y el más significativo de los inicios. Martes para miércoles, dos de la madrugada, buena hora para enfrentarse al fallecimiento de un amigo. También para tomar decisiones apresuradas y volver a pesar en casas embrujadas.
–Aló, ¿Mar… Martín?… –tropezó un hombre a través del celular.
–Si… ¿quién es? –respondí mientras veía el reflejo de mi cara desfigurarse sobre la cubierta traslúcida del iPhone.
–Perci… –continuó el tartamudo.
–Perci… –fingí dudar –Pércival Guidotti –completé enseguida. No porque hubiese reconocido su voz, sino porque era la única persona con nombre de caballero del rey Arturo que he conocido en mi vida.
–El mismo. Hola, tanto tiempo.
–Si, tanto tiempo.
Me estiré hacia la mesa de noche y prendí la lámpara, la luz me pegó un puñetazo directo a los ojos. Los cerré por un instante y cuando volví a abrirlos me reencontré con mi reflejo, devolviéndome la mirada desde la tapa del celular. Deforme y submarino, como alguna extraña clase de engendro abisal.
–Disculpa, estabas durmiendo –se excusó Perci, ya sin tartamudear.
–Estaba… son las dos… –revisé la hora en el teléfono –las dos y media –precisé.
–Lo siento, no quise.
–Está bien –traté de sonar amable.
–…
–…
–…
–¿Qué pasa?
Había sido la esquina, otra vez la esquina.
–Martín –se detuvo Guidotti, luego presionó el detonador–. Juan José… Juanjo murió
anoche…
–…
–Un accidente automovilístico.
–…
–Aló, sigues ahí
Claro que seguía ahí, desparramado sobre las sábanas, con las piernas cruzadas, temblando de nervios impulsados por el pasado, sumando pieza tras pieza en un Lego mental de color negro y diseño propio. Recordé los llantos telefónicos de la noche previa, vi los rostros de Juanjo, de Perci, de Emilia, el mío propio… y enmarcándonos, la esquina, la maldita esquina Berkoff. Todo tenía que ver, todo era parte del mismo mecano, igual que hacía más de veinte años, igual que siempre.
–Martín, ¿aún estas ahí? –insistió Guidotti.
–Si, me dejaste blanco, ¿qué paso, cómo fue? –me atraganté.
–Aún no hay nada claro.
–…
–…
–¿Cómo está Emilia?
–Mal.
–…
–¿Cómo me ubicaste?
–Por facebook, hice una lista de ex compañeros de colegio, tu te inscribiste, te acuerdas.
–Me acuerdo.
–Todos querían ser amigos tuyos, por lo de la tele… pero no aceptaste a nadie, excepto a mi. Hartos te odiaron.
––También me acuerdo.
–Los funerales son pasado mañana. Te quería avisar, claro, no es necesario que vengas, imagino que es complicado para alguien como…
–Si, no sé, me golpeaste, tal vez pueda, tal vez no, déjame…
–Tranquilo, ve tu. Yo cumplí con darte la noticia.
–Si, gracias –respiré rápido, entrecortado, recordando una clase de yoga de hace tiempo.
–…
–…
–Aló, Martín…
–Disculpa, como que estoy sin habla, pensando como lo hago, qué hago. Escucha, Perci, si es que al final voy, ya sabes que no tengo a nadie en el pueblo, me preguntaba si podía… –no alcancé a terminar.
–Por supuesto, mi casa es tu casa. Llámame cuando salgas de Santiago y también al llegar a Salisbury, mi teléfono debe de haber quedado en la memoria del tuyo, guárdalo.
–Lo haré.
–…
–¿Dijiste que me ubicaste por facebook?
–Si.
–Pero cómo –arrugué el ceño como si tuviera a alguien enfrente– no tengo mis datos privados publicados allí.
–Pero algunos amigos tuyos si. Por eso te llamé tan tarde, fue largo el proceso de escribir o llamar a tus contactos…
–¿Llamaste a mis contactos de facebook?
–Si, como a treinta personas, no eran tantos tampoco. Yo tengo más de quinientos, claro, no los conozco a todos, pero es un buen ejercicio de relaciones personales…
–…
–…
–…
– ¿Y al final quién te dio mi teléfono?
–Una mujer, Visnia algo.
–Me imaginé.
–Por qué.
–Por nada.
–…
–…
–…
–…
–¿Martín?
–Dime
–Fue la esquina cierto, otra vez la esquina Berkoff.
Y aunque ya lo sabía, preferí no decirle nada.

EL HORROR DE BERKOFF: AMIGOS IMAGINARIOS

DIEZ CON UN MINUTO de la noche y las calles de Salisbury estaban vacías. La lluvia ya no era tan fuerte pero seguía tan intensa como durante la tarde, gotas finas pero mojadoras, como decía mi padre y los padres de todos los niños del pueblo. De vez en cuando un auto, el sonido de un camión rompiendo el viento sobre la Panamericana, el silbato de un tren de carga, ecos de sonidos lejanos retumbando contra las nubes.
–Camina rápido.
–Cállate.
–No mires atrás.
–No lo hago.
–Tampoco al frente, baja la mirada, que no te vean.
–¡Cállate, dejame tranquilo!
–No puedo.
–¿Cómo que no puedes?
–Me preocupas.
–Entonces ven conmigo, pero no me hables.
–Es un trato.
–Y siempre cumples con tus tratos.
Podía sentirlos, corriendo sobre los techos, el golpeteo continuo de sus pies huesudos con tres dedos. Como niños brincadores, como ratones gigantes y bípedos. Murmuraban, hablaban con sonidos monótonos, sin vocales, una sucesión enferma de consonante contra consorte, “eses” chocando con “pes” y todas arremolinadas alrededor de “erres” en una cadencia inmoral, infame, enferma. Bajé la mirada y seguí avanzando. Mientras no pudieran mirarme a los ojos todo iba a estar bien. Por el entrecejo los observaba colgar de las paredes, esconderse en los rincones, saludarme con sus brazos largos, invitarme a ir con ellos. Pero hoy no, ya no era el niño de hace veinte años que si los hizo entrar. Que aún pudiera ver a mis amigos imaginarios era una cosa, que estuviera dispuesto a volver a jugar con ellos otra muy distinta. La cancha ahora era diferente, había cosas que me importaban más que protegerme de sus bocas y sus dientes afilados. Y mucho más que pactar con ellos, tranzando juegos por protección. Saqué mi teléfono y busqué alguna señal disponible. Nada. La noche había caído con su cono de silencio espantando almas vivas y muertes, devorando con la magia de lo desconocido a la tecnología de los hombres.
Apuré el paso siguiendo a una fila de ratas que parecían desesperadas por esconderse en alguna cuneta. Chillaban espantadas, horrorizadas de las sombras que volaban sobre ellos, atrapándolos para reemplazar con su sangre la de aquellos que no los dejaban entrar. Lo venían haciendo desde siempre, desde que se asomaron de las profundidades de la tierra Así sobrevivían, despedazando animales para suplir con ellos lo que los hombres ya no les daban. Ganado y ratones en lugar de niños, nadie les iba a entregar a sus pequeños, por mucho que rascaran los vidrios y dijeran que era la última vez. Los papás de Pablo Tocornal fueron los últimos que confiaron en sus mentiras y todos vimos lo que le pasó a la familia, como la locura terminó infectándolos. La maldición y el legado de Berkoff nos decía Perci inventando uno más de sus relatos de espanto.
–Perci nunca ha inventado nada.
–Pero él no lo sabe,
–Camina más rápido y no pienses en los monstruos, si los visualizas en tu cabeza bajaran a buscarte.