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“PUNK FLOYD, EL MURO”: ESTO LO ESCRIBI EL 2009…

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… para los 30 años del disco, noviembre del 2009, hoy amerita volver a publicarse

Y TODOS ERAMOS LADRILLOS EN UNA TONTA PARED

El sábado pasado vi con mi mujer The Wall, la película de Alan Parker y esta semana he escuchado el disco, la versión en vivo (Is there Anybody Out There: The Wall Live) y el “remake” que Roger Waters y compañía levantaron en Berlín en 1990. Una vez tras otra, como un ritual, una celebración de cumpleaños generacional, una devoción personal a un disco devocional.

Las canciones son las mismas, las versiones difieren, el reactor permanece. Hacía años que no escuchaba la pared de esquina a esquina, hace rato que no está entre mis discos favoritos. Incluso, dentro de la discografía de Pink Floyd, no es de mis predilectos. Demasiado Roger Waters, demasiado maqueteado, demasiado estudiado, demasiado anclado en la tierra, demasiado alejado de los paisajes intergalácticos que la banda supo tejer entre 1965 y 1978.

Por decirlo en fácil, Dark Side of the Moon es el disco de una banda, The Wall una biografia recitada. Además fue el primer disco de Pink Floyd dirigido por un productor que no tenía relación con el grupo (Bob Ezrín). Y como tal aparece sobreproblado de sesionistas y saturado de canciones donde lo único floydiano era la voz de Waters; abusado de líneas de batería en las que no aparece por ningún lado esa violencia artesanal de Mason, sin contar el exilió absoluto de Rick Wright y sus colchones de teclados.

The Wall no sólo es un corte estilístico, sino también moral y político de la banda, casi una respuesta al odio que el punk manifestó por el cuarteto londinense, achacándolos de símbolo de todo lo odiable en la música popular. No más space rock, no más prog rock, The Wall era callejero bailable incluso (“Another Brick in the Wall (Part II)” y “Run Like Hell” son canciones disco), construido en horrores y rabias, una patada de gritos y metáforas violenta; Punk Floyd ironizó hace tiempo el argentino Rodrigo Fresan al escribir de esta placa, haciendo una analogía con La Naranja Mecánica de Kubrick, mucha razón.

Pero The Wall con todo lo que uno puede criticarle está de cumpleaños, suma tres décadas y en los aniversarios todo se ve más nítido. Mejor, con más claros que sombras. Y The Wall tiene a “Comfortably Numb”, la luz Gilmouriana dentro de la dictadura Wateriana, la última canción hecha de a dos, la última obra maestra del grupo, con ventaja la mejor canción –con formato canción- de la historia de la banda.
El 30 de noviembre de 1979, The Wall debutó en las estanterías. El disco que todo el mundo dijo que no iba a comprar se alzó al top 1 en ambos lados del Atlántico. Y ahí permaneció, año tras año, hasta encaramarse al 2 absoluto de todos los tiempos, sólo superado en cifras por Thriller del difunto Jackson. Record absoluto, pero eso al final es puro número, lo que importa, lo que vale esta por otro lado.

¿Hay alguién allá afuera?

Insisto, The Wall está hoy lejos de ser uno de mis discos preferidos, pero ello no quita que pelee el cetro de uno de los más importantes de mi vida.

Recuerdo perfectamente cuando lo escuché por primera vez. 1987, yo estaba en 1º medio y en la casa de mis abuelos empecé a escarbar unos cajones con casetes grabados que tenía mi tío Víctor Hugo. Pink Floyd: El Muro (1º Parte) estaba garabateado con lápiz rojo en un Sony de 60 minutos. Fue la única cinta que me interesó. El nombre me sonaba y los otros de la caja: Gentle Giant, Yes, Vander Graff Generador, The Mahavishnu Orchestra, Jean Luc Ponty recuerdo, no los había escuchado ni en pintura. No me culpen, era Victoria, un pueblo 60 kilómetros al norte de Temuco, donde lo más “moderno” que se oía eran los hits de Día y Noche FM y lo poco que llegaba a la disquería Tops (que era del papá de mi amigo Pato Paredes), la única de la ciudad, se resumía en el top 10 de Sábado taquilla y Más música.
Me fui con el casete a casa y lo puse en el “Tres en Uno” IRT que teníamos en el living. Primero el chirrido del ruido blanco, luego el fraseo de una canción antigua (que años mas tarde identifique como una balaba navideña de Vera Lynn) y luego un violento puñetazo de guitarra y batería. El casete no tenía identificado los nombres de las canciones así que me resulto complicado seguirlo, especialmente porque era el primer disco que oía donde todo estaba pegado, las canciones no se difuminaban, ni siquiera se cortaban. 45 minutos, “Good Bye Cruel World” se despedía la última canción y todo se acababa.
En una época donde lo más “fuerte” que había escuchado era Iron Maiden y Europ y lo más “artistico”, Queen, lo que acaba de oír me voló el rostro. Necesitaba la segunda parte. Me demoré un par de años en conseguirla, cuando encontré en Temuco –en disquería Koncierto- la edición CBS del casete, que metía ambas partes en una sola cinta de 90 minutos: uno de los primeros completamente blancos (sin papel) y con carátula con lengüeta, con los nombres escritos en inglés, sin traducción made in Chile ($850 si no me equivoco, si menos de luca), en una época pre CD, una joya entre joyas.
A esas alturas ya muchos de mis amigos de colegio: Manuel Contreras, Pollo Carvacho, Alejandro Inostroza compartían esa devoción por The Wall (y por Pink Floyd). Habíamos conseguido otros discos y visto el VHS del Delicado sonido de Trueno, que alguien trajo pirateado de la capital (si, de la Capital) y que era lo más futurista del mundo. “Mira el video de “Signos de Vida”, la cámara se mete por debajo del bote, y ese huevon que enciende un cigarrillo con un rayo láser al inicio de “Shine On”, o la cama que sale volando…” . Por supuesto entonces no teníamos ideas de disputas legales, ni de Waters, ni Gilmour, la música era simplemente Pink Floyd, la banda más grande de nuestra adolescencia, un ritual obligado de cada sábado por la tarde, buceando entre sonidos que jurábamos era lo más existencialista del mundo. Me acuerdo que cuando al fin logramos escuchar The Wall completo, en la casa de Manuel; y su primo Blas, que ya estaba en la universidad se nos unió y nos dijo algo que nunca he podido olvidar. Era 1988, era el sur de Chile, la universidad era la UFRO.
“En la UFRO, Pink Floyd es lo único que se escucha, es el sonido de las clases, van a conocer a todo el mundo gracias a Pink Floyd. ¿Ya vieron la película de The Wall?”
Había una película. Si, claro, había una película.
Y vimos la película y con Manuel la analizamos en una clase de literatura, con un profe de Filosofía que nos puso 7 por el sólo hecho de llevar a Pink Floyd a la sala de clases. Y nos hicimos amigos del profe gracias a The Wall y nos contó que cuando había estudiado en la Universidad Austral todo era Pink Floyd, que o escuchabas Pink Floyd o no eras nadie. Y sentíamos que estábamos en lo correcto, que era lo que había que oír, lo realmente importante en la música, todo el resto era popular y comercial. Y aunque claro, en privado habíamos empezado a variar los gustos: REM, Depeche Mode, The Cure, encima de la pirámide siempre aparecía Pink Floyd. Habíamos crecido ladrillo a ladrillo y eso al final es más potente que cualquier calidad artística.
Un verano llegó alguien de Santiago (primo de un vecino, primo de un primo, da lo mismo) y nos presentó a The Smith. Nos armó todo el discurso de que era lo que se estaba escuchando en la capital, que era el nuevo punk, la nueva voz de la juventud de clase media inglesa, que Pink Floyd era puro engrupimiento, que era musica pa´viejos, que Sex Pistols los había mandado a buen lugar el 77. Por supuesto nos dio lo mismo. Al año siguiente entramos a la universidad y Pink Floyd iba con nosotros. Y comprobamos que estábamos en lo correcto, que el santiaguino se equivocada, era un snob, un popero. La música de los Smith estaba bien pero no tenía un ápice de la profundidad que encontrábamos en Pink Floyd.
El 92 entré a Periodismo en la UFRO. Nuevos amigos, nueva gente, primeros amores y Pink Floyd siempre presente. Veo perfecto el gran carrete de la semana mechona, fiesta con proyección de The Wall en una pantalla gigante. Catarsis total, éramos universitarios, Pink Floyd era la universidad. Mi amigo Roberto recitando la letra de “Hey You” entre cajas de vino tinto en una húmeda pensión al poniente de Temuco, mi amiga Paola canturreando “The Great Gig in the Sky”, como podía y le salia bien… Primeros pitos, primeros viajes, cantando a todo pulmón cada canción del disco, sintiendo que el disco, la película, las canciones eran la primera misa. Mi buen amigo Daniel Villalobos sentado en el piso del gimnasio Bernardo O´Higgins de Temuco en una rara sesión doble en pantalla gigante de Floyd, Queen y el 101 de Depeche Mode, creo…
El primer libro de rock que me compre fue una biografia/cancionero de Pink Floyd…
Un paro en junio, una toma en julio, carretes tóxicos cada noche, “Is there anybody out there?” cantaban todos mientras escribían carteles gigantes pidiendo justicia social en la otorgamiento del crédito universitario… “Bring the boys back home” lloraban otros, mientras trababan con cadenas la entrada a la universidad para el festejo del año nuevo mapuche. Estoy seguro, la banda sonora del movimiento mapuche que hoy sacude a la Araucanía tiene mucho de The Wall, estan todos, a ambos lado de la carretera/cultura, esperando por los gusanos.
Más fotografías, una estudiante de literatura, tres años mayor, bailando en medio de una fiesta tóxica, gritando que sin Silvio Rodríguez y sin Pink Floyd no existía universidad. Y claro, uno podía bailar con Pet Shop Boys, cantar con Soda Stereo, pero sonaba Pink Floyd, sonaba The Wall y todo el mundo se quedaba en silencio.
1992, acabábamos de recuperar la democracia, de salir de la oscuridad, pero aun quedaban tantas deudas pendientes… ¿acaso las pagamos? The Wall era un faro que supo dar buena luz en esa época sombría. Eran los años felices de nuestras vidas, después empezamos a crecer y los sueños, algunos sueños se fueron por el caño, como en “Comfortably Numb”. ¿Por qué Pink Floyd era tan importante en esos años? Ni idea, supongo que porque estábamos en el sur, encerrados en nuestro propio mundo, mientras en Santiago y más al norte los milicos martillaban en verdad al pueblo. Allá, cruzando el río Bio Bio los ladrillos nos apartaban del mundo, encantándonos con un disco que a la distancia y con los años suena engrupido, añejo incluso, pero ante el cual no puedo (y supongo que no podemos, porque estoy seguro escribo por muchos) negar su importancia clave como vitamina del crecer, de mi crecer al menos.
Huevón, me dijo un amigo hace años, corta con escuchar a Pink Floyd, si quieres oír verdades de la vida cantadas, oye a Bob Dylan, es menos artificioso. Puede ser, de hecho así es, pero uno creció con Pink Floyd y contra eso no hay nada que pueda hacerse. Soy de los que creen que los martillos marchan, los cerdos vuelan y las flores se convierten en bestias carnívoras cuando hacen el amor. Los ladrillos se levantaron hace 30 años, algunos muros calleron, otros no.

MIL SEMANAS DE ABSOLUTA PERFECCIÓN

 

Advertencia, esta es una columna hiperventilada, escrita con cero objetividad, sólo con la seguridad y la certeza que da el fanatismo más acérrimo.

Hay pocas cosas que me atrevo a calificar de perfectas: el primer párrafo de Moby Dick o Ursula Andress “brotando” del mar en Dr. No con ese bikini-blanco-que-jamás-he-podido quitar-de-mi-cabeza, se le acercan bastante. Esa idea de absoluto, de que no hay más; ni un antes ni un después. Un punto nodal en el espacio y el tiempo: hecho o evento que no permite discusión. Finalmente solo Dark Side of The Moon.

¿Si te perdieras en una isla, que cosa llevarías, elige una sola?, me preguntaron en una ocasión. Contesté sin titubear: una copia de Dark Side of the Moon. Más que un libro o un DVD, o compañía incluso, solo ese disco, para qué más. En serio, soy capaz de escucharlo todos los días, nunca me ha aburrido y nunca me va a aburrir. El latido, las risas, el arte de la cubierta; la idea de algo circular que no termina, que no tiene por qué terminar. ¿Alguien puede imaginar a Radiohead sin el legado de On the Run, Time o Breathe (Reprise)?

Tenía 14 años cuando lo escuché por primera vez, en un casete pirata primero; en uno original argentino de mi amigo Pollo Carvacho después. Y la vida nunca más fue lo mismo, no podía serlo. Postales de “nosotros y ellos”: lo he pasado increíble en muchos recitales (¿grandes “gigs”?), lo de McCartney fue una misa, pero si tengo que escoger un momento que me aprieta la guata y me revuelve completo, con cuchara y todo; que “me habla” directo y sin rodeos, de una me transporto a marzo del 2002, Roger Waters por primera vez en Chile, cerrando todo con And everything under the sun is in tune, But the sun is eclipsed by the moon… ¿Queda algo más después de eso? No, imposible.

“Dinero”, “Del color que tú quieras”…  En esta cancha no admito peros, si a alguien no le gusta el disco vale, pero que no diga que es malo o débil o simple o sobrevalorado; no puede, con qué…

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