Tag Archive | Extracto

SESENTA DIAS (EXTRACTO DE NOVELA)

Imagen

Si el inicio es el tiempo más importante, esto debiera comenzar con la discusión que tuve con mi mujer minutos antes del apagón y de la primera nevada.

No había sido un buen día, así que regresé temprano. Aproveché que no había nadie en casa para echarme sobre la cama, mirar tele y beber un par de cervezas sin dar mayores explicaciones. Verano en Santiago de Chile, treinta y cinco grados a la sombra y recortes de presupuesto no era una buena combinación, tampoco olvidar un encargo de mi mujer… (Continua en el enlace de abajo, se agradece feedback)

DESCARGA PRIMER CAPITULO DE “SESENTA DIAS”

EL HORROR DE BERKOFF: LA LLEGADA

JUEVES

1

“DISCULPE, estamos a doce minutos de la estación”, habló el rostro de una mujer alta y delgada, de dientes amarillos y chuecos, que surgió frente a mis ojos apenas sacudí la mañana. Salté, no porque fuera fea, ni mucho menos, sino por lo inesperado de su aparición. Cero ortodoncia y mucho cigarrillo, pensé mientras sentía su aliento húmedo, a fumadora obsesiva y pésimo trabajo. Me sonrió y volvió a excusarse, esta vez por no haberme ofrecido desayuno.
–Preferí dejarlo dormir un ratito más, se veía muy cansado –se explicó. De inmediato mordió sus labios y torció una mueca a medio camino entre simpatía y timidez–: ¿Usted es Martin Martinic, cierto?
–El mismo– le contesté, mirándola a los ojos.
Se sonrojo.
–Podría darme su autógrafo, claro si no le molesta.
–Encantado, ¿tiene un papel, un lápiz… un algo donde escribir?
Me acercó una pequeña libreta de Hello Kitty y un gastado bolígrafo Bic color rojo, que sacó del bolsillo interior de su chaqueta institucional. Vestía como mala imitación de aeromoza. Le pregunte como se llamaba. “Magaly, con igriega final”, pronunció ella. Me dio risa lo de la “igriega final”, pero supe fingir, siempre he sido bueno haciéndolo. Me he ganado la vida en ello. Tomé el lápiz y escribí: “para Magaly, con cariño”, sellando el garabato con mi firma artística; hacía tiempo que no la usaba, pero hay cosas que nunca se olvidan, como andar en bicicleta o dar un beso. La auxiliar revisó su autógrafo y luego volvió a clavar sus ojos en mi cara.
–No se enoje –insistió– pero podría darme otro para mi hija, si no fuera mucha molestia.
–No, no me enojo y no es ninguna molestia, ¿cómo se llama su hija?
–Igual que yo, Magaly.
–¿Con igriega final?
–Si, con igriega final.
–Entonces para Magaly, hija de Magaly, la del tren– escribí en voz alta.
Ella tomó su libreta y antes de dirigirse hacia la puerta del carro me preguntó si traía maletas. Le mostré mi mochila y el traje, doblados ambos en el portaequipajes encima de mi cabeza.
–Se los bajo.
–No se preocupe, yo puedo.
El sujeto del asiento de enfrente, un tipo grueso, pálido y con la cara poblada de ronchas coloradas, me miró con la misma expresión con la que me han visto casi todas las personas en los últimos diez años de mi vida. “Estoy seguro que lo he visto en alguna parte”, ha de preguntarse. “Dos teleseries, una serie, un documental junto a un escritor famoso, una película, varios comerciales, dos discos y con suerte tres videoclíps, aunque sólo fui protagónico en el primero”, podría responderle, pero sólo podría. Levanté los hombros y le sonreí, él no hizo nada. Así es con los hombres, siempre me he llevado mejor con las mujeres, desde chico: antes y después de la fama incluso.
La noche, el frío y la humedad habían empañado por dentro las ventanas del vagón, así que tuve que usar la manga de mi chaqueta para limpiar el vidrio. El asalto de una mañana invernal, corriendo a noventa kilómetros por hora junto a los rieles, fue fulminante. Cargado de estímulos: robles secos, sembrados mojados por el rocío, agujas de hielo colgando de las alambradas, nubes bajas y oscuras, pozas de agua congeladas, una bandada de queltehues encumbrándose en la helada. Me fijé en la forma en que el viento mecía los árboles, golpeándolos despacio desde el sur. No iba a llover, al menos no durante las próximas horas. En la tarde quizás, ojala Perci tuviera un paraguas de sobra.
Dos vagones delante del carro, la locomotora piteó largo, estirando su silbato en el frío mañanero, avisando a los tripulantes que la estación estaba cerca. Un pequeño tirón y el monstruo de seis ejes y doce ruedas de acero, que gracias a una doble turbina diesel-eléctrica empujaba un convoy de tres carros de carga y seis de pasajeros: dos de primera y cuatro de turista, comenzó a bajar la velocidad. El tata Héctor trabajó toda su vida en la estación de Salibury, de la cual llegó a ser incluso jefe. Cada domingo iba a buscarme y me llevaba a ver los trenes. Me enseñó todo lo que un niño de diez años debe saber acerca de las locomotoras. Hasta el día de hoy puede diferenciar una Aziende italiana, de una General Electric gringa o una ALCO, también americana, como la que precisamente nos estaba propulsando. El viejo les decía las 18 mil (por su número de serie) y las apodaba “los cajones”, por su trompa roma (como un cachalote) y la cabina doble, ubicada a ambos lados del motor. Por él supe que eran las más grandes y poderosas que había en los ferrocarriles nacionales, incluso más que las Montaña a vapor, que no alcancé a conocer y que el mismo condujo varios años entre Santiago y Puerto Montt. Al final los trenes lo cobraron la cuenta, yo tenía 16 años (y él 71) cuando le diagnosticaron cáncer al pulmón, jamás había fumado un cigarrillo pero los años tras el fogón de una locomotora a carbón le cobraron revancha. Una semana después del diagnóstico se jubiló y esa misma noche murió de pena. Al final no fue el cáncer quien se lo llevó, sino la sensación de estar alejándose de los trenes. La muerte de mi abuelo fue la primera puñalada que me dio Salisbury.
El pueblo apareció exactamente a las seis con cincuenta y siete minutos de la mañana, justo cuando el tren empezó a reducir su impulso para tomar la curva que ascendía hacia el valle del río Traiguén, prólogo geográfico a la meseta donde se levanta Salisbury. Apegué mi cabeza contra la ventana y miré hacia delante. La hondonada emergió cubierta de neblina, el papá de Pércival Guidotti, profesor de castellano e ilustre poeta local, escribió varias veces acerca de esa imagen, tanto en sus versos como en el himno de Salisbury, que apuesto mis deudas ya no lo enseñan en los colegios. Sus versos decían que el nublado mañanero era el aliento de los fantasmas de la frontera, espectros ancestrales que daban la bienvenida al sur profundo. Algo de razón debía de tener: el profesor Guidotti me enseñó a leer, sumar, restar y que había otros ocho planeta girando alredor del Sol junto a la Tierra.
Entre la neblina descubrí destellos de faroles y sombras de casas, cercos y postes de alumbrado. El Pueblo Bajo, un par de manzanas prácticamente abandonadas, estiradas bajo las lomas junto al río. Alguna vez hubo una escuela en ese sector, se quemó en 1984 y nunca se supo qué, cómo o quién había originado el fuego, tampoco hicieron mucho por averiguarlo o reconstruir las instalaciones. Murieron tres niños, nunca encontraron los cadáveres. Afiné la vista y busqué restos del edificio entre la niebla, pero sólo había sombras. Algunas se movían veloces, otras un poco más lento.
Los fierros del puente ferroviario rechinaron bajo las ruedas del Rápido de la Frontera. Antes hubiese venido en avión, tenía dinero suficiente como para pagar el pasaje y cancelar el taxi que me acercara los 60 kilómetros entre el aeropuerto de Temuco y la plaza de armas de Salisbury. Ahora era preferible viajar por tierra, perder una noche a cambio de gastar menos. ¿Bus o tren? Soy malo para los olores y me gusta el frío, los buses son hediondos y calurosos, además mi abuelo conducía locomotoras y administraba estaciones, más que una opción, el ferrocarril era una decisión moral.
Los pilares del viaducto viejo corrían al lado derecho de la vía, vestigio último del que alguna vez fuera el puente ferroviario más largo del sur. Obra maestra de Gustave Verniory, el ingeniero belga que extendió el tren desde el Malleco hasta el río Toltén, cincuenta kilómetros más al norte de Salisbury y doscientos hacia al sur, levantando viaductos de acero, vigas y pernos. De todas sus obras, el Traiguén fue el más extenso, casi setecientos metros entre el brazo norte, enclavado al inicio del valle, y el sur, apuntado en la parte más baja de la meseta salisburience. Pero el puente tuvo una vida corta: demasiado largo y demasiado débil; tal vez lograba aguantar el peso de los primeros trenes, pero tras el reinado del carbón, el diesel y la electricidad permitieron construir locomotoras más grandes, capaces de arrastrar una mayor cantidad de vagones. Y el Traiguén no aguantó, así que el gobierno ordenó que se construyera un nuevo viaducto. Mi abuelo me contó que el puente nuevo empezó a levantarse a mediados de 1970 y cinco años después el largo espolón de Verniory quedó convertido en una abandonada espina dorsal, que poco a poco fue desmoronándose. Cazadores de fierros y el óxido acabaron matando a la vieja estructura. Finalmente sólo quedaron los pilares, similares a estructuras megalíticas de una prehistoria no tan lejana.
Una nueva bocina y el tren ingresó al corazón de Salisbury, atravesando la ciudad a través de una arteria clavada de norte a sur y en diagonal: sobre, bajo y junto a calles y pasajes. Cada casa, cada esquina, me era tan familiar como la voz de mi padre. La cárcel con sus atalayas gemelas, los dos pisos de la vivienda de la señora Ruiz, una anciana de pelo blanco que alguna vez le hizo costuras a mi madre y nos regaló un gato.
La intersección de Ramírez con Calama, asomada bajo el paso nivel. La torre oxidada de la estación de radio, el techo amarillo de un supermercado de apellido judío. La casa del profesor Oliveros, el mismo que se volvió loco y mató a su mujer antes de colgarse del roble seco del patio, tronco que aún seguía en el mismo sitio donde sus dueños lo habían plantado. La casa de los Tocornal, padres de Pablito Tocornal, que fue compañero mío en kinder, además del primer niño de Salisbury que desapareció y del cual tengo recuerdos. Claro, antes ya había sucedido y después también, pero a nosotros nos mantuvieron al margen. Pércival decía que Salisbury no era un buen lugar para los niños, que acá en verdad vivía el viejo del saco. Y todos sabíamos que tenía razón, aunque no fuera precisamente un viejo ni usara un saco. 

Los campanarios de la única iglesia parroquial, las agujas de los templos evangélicos y la masa fría del Instituto Bautista, mi colegio, donde pasé el primer tercio de mi vida, años que pudieron ser los mejores, pero que a la distancia son sólo buenos recuerdos, ni tan lindos, ni tan inocentes. Chimeneas por todos lados, vapor y humo de leña húmeda, techos mojados, algunos perros persiguiendo al tren y al fondo la sombra azulada del cerro Adencul, intentando quebrar la mañana. Y al cierre, justo antes del punto final del párrafo, tras la barrera oscura de los ciprés de la parte más elevaba del pueblo, el obelisco de la Casa Berkoff. Tenía que estar, era imposible que no apareciera.
Mi pueblo sin la esquina Berkoff era como una fotografía mal revelada.

LAS CUATRO CARABELAS DE COLON

–O del inicio de este –concluí, antes de despedirme, mientras la figura rotaba y el triángulo apuntaba hacia arriba, convirtiendo al símbolo y a América del Sur en una punta de flecha–: muchas gracias por venir.
Y los aplausos fueron largos. Suficientes como para tomar un largo trago de agua y pensar en que necesitaba pasar el resto de la tarde sin hacer nada, sentado frente al mar, mirando las gaviotas o bajando pornografía rusa de internet.
–Muchas gracias –repetí–. Si alguien tiene una pregunta, este es el momento.
Al principio nadie reaccionó.
–Señor Jackard.
Era la chica pelirroja, la de las pecas, anteojos y acento británico. La que respondió América, cuando pregunté por Avalón, mi nueva alumna predilecta.
–Dime –me esforcé por no coquetearle.
–Nada, sólo que me extraña que en todo este panorama que nos construyo, no haya hecho una sola mención al mito de la cuarta carabela de Cristóbal Colón.
Fue como si el alma Javier Salvo-Otazo hubiese venido a penarme, un gol de media cancha.
–El supuesto primer viaje de Colón a América en 1485, el llamado “protodescubrimiento” siete años antes del oficial, –dije, exageradamente calmo, recordando lo que había leído en los apuntes de Javier– hasta hace un par de años sólo un mito, ahora un “posible” –acentué –que cada vez tiene más partidarios.
Miré hacia la audiencia, la mayoría, sobre todo los hombres, se habían vuelto hacia mi improvisada interlocutora.
–Eso ya lo sé –respondió la muchacha–. Y podría apostar que el resto de los presentes también. Mi pregunta iba por donde debíamos meter esta historia dentro de la mitoconspiranoia latinoamericana que usted tanto pontifica.
Me gustó eso de mitoconspiranoia latinoamericana.
–Obvié a propósito lo de la cuarta carabela –improvisé en el acto– porque me parece que es una historia que sólo roza lo que he estado exponiendo, ubicándose mejor dentro de lo que he bautizado como ciclo de la conquista mágica española –mentí –relacionada de forma más directa con Europa que con mi continente –subrayé aquello de “mi continente”–. Es un tema que me interesa explorar en próximas exposiciones o tal vez en uno o dos libros, tiene que ver –fui armando –con algo que vimos al principio, no sé si lo recuerda –ataqué, ella hizo caso a mi ofensiva bajando la mirada –la idea de un Hernán Cortez confundido con una serpiente voladora, un dragón europeo. También con la línea de ciudades perdidas que van desde Florida y Cuba hasta la Tierra del Fuego: desde la Cíbola de la fuente de la juventud en el Caribe, a El Dorado y la Ciudad de los Césares en la Patagonia. Mi problema, y esto es personal, tiene que ver con el hecho de que aún visualizo eso que llaman la cuarta carabela desde la esfera anecdótica. O como usted lo enunció en su pregunta, un mito–. Bebí un sordo de agua, tosí dos veces y me sequé la frente con una toalla de papel, todo parte de una cuidada ecuación. Luego dije–: O si lo prefiere, como un detalle curioso dentro del amplio marco del descubrimiento. Por lo mismo, la hipótesis que más comparto acerca de este misterio no es la del protoviaje, sino aquella que hace referencia a que en el viaje oficial del descubridor, el del 12 de octubre de 1492, no sólo hubo una cuarta, sino también una quinta, una sexta y tal vez hasta una décima carabela.
Hice un alto premeditado.
–Veamos –fingí dudar–. Colón salió de Puerto de Palos con rango de almirante, la idea de tres carabelas es una obvia analogía a la trinidad cristiana, a los tres reyes magos, a una construcción mítica y Romana de esta búsqueda, pero no a lo titánico de la misión de hallar una ruta hacia las Indias, esfuerzo que al menos requería de una docena de naves similares. No es casual la cantidad de documentos quemados en la época, todos para ocultar la verdad de que Colón cruzó el Atlántico con una flota completa, tampoco que se pase por alto el hecho de que la nave insignia: la Santa María, no era una carabela sino un nao, por lo tanto siempre ha habido una cuarta carabela o un cuarto barco si así lo prefiere, desde niño que inconcientemente lo hemos sabido aunque no nos hayamos dado cuenta.
–Desde su lectura –respondió en voz baja.
–Que es una de muchas. Y usted, señorita, ¿cual de estas lecturas –repetí su propia palabra –prefiere?
Me quedó mirando, luego al resto de los presentes, sabía que tenía a todos los presentes encima. Yo simplemente le había pasado la pelota. Quería ser la mala de la cita, pero la bala había rebotado.
–Creo que la cuarta carabela –comenzó con timidez, luego fue ganando confianza –es el símbolo de algo más. De cómo usted acaba de decir, el hecho de que en el viaje de 1492 participaron más de tres barcos y también de que Colón pudo realmente venir a América antes de las fechas aceptadas por todos.
–Entonces no es una sino dos cuartas carabelas.
–En sus palabras, señor Jackard, tal vez sean diez o quince carabelas…
Y lo que siguió fue puro silencio.
–Aplausos, para la dama –improvisé rápido –creo que tras su intervención queda claro que no estoy solo en mis locuras.
Provoqué risas, no muchas, pero si las suficientes como para cortar la situación.
–Aplausos –repetí –si nos permite su nombre –la miré.
–Valiant –pronunció ella –Victoria Valiant.
Miré a Dwight Sánchez, desde que trabaja conmigo sabe que nunca he creído en las casualidades. ¿Qué hacía la asistente personal y ghost writer de Dan Darrow aguándome la fiesta?

EL HORROR DE BERKOFF: SEGUNDO CAPITULO

2
LAS TRES DE LA mañana le escribí a Emilia. Pude hacerlo antes pero no me atreví. Tuve susto del primer “hola”, de lo que iba a sentir al digitar esa palabra. Finalmente opté por no saludar y empezar como si nunca hubiésemos dejado de hablar. Y a pesar de la ausencia del “hola”, los nervios, el miedo, estuvieron presentes en cada una de las ciento cincuenta palabras que le escribí a la viuda de mi mejor amigo.
Aunque hacía tiempo que no era precisamente mi mejor amigo.
Tenía dos direcciones con su nombre, así que lo mandé con copia a ambas. En la primera línea le expliqué con torpeza que lo había hecho para asegurarme de que el mensaje le llegara. Como asunto escribí “lo siento”, era lo correcto, también lo más directo y simple. Luego le conté que Perci me había llamado, que estaba en blanco con la noticia, que me sentía como si me hubiesen disparado un tiro entre lo ojos. Exageré, obvio, puro melodrama, pero ella lo iba a entender, siempre lo había hecho. Subrayé que tal vez no podría viajar a Salisbury, que me era complicado salir de Santiago (no era cierto), pero que si ella me necesitaba no dudara en pedírmelo. Repetí una, dos, tres, cuatro veces que se cuidara, que en verdad estaba preocupado por ella. Cerré el párrafo con un abrazo y un beso, que ella eligiera dónde, aunque borré lo último antes de poner el punto final. Añadí un post data: “lo siento, aunque estoy seguro que son las dos palabras que más has escuchado en estos días”. Di una lectura final, rápida y lo envié. El correo despegó de mi bandeja de salida exactamente a las tres con cinco minutos de la mañana. Después me quedé callado, con la luz apagada, sentado en la noche tratando de volver a quedarme dormido.

3
NO VOY A MENTIRME, muchas veces me pregunté como sería el mundo sin Juan José Birchmeyer. Y no era así, al menos no como esta noche.

MIERCOLES

1
EMILIA GEEREGAT me respondió un cuarto para las ocho de la mañana. El asunto del mensaje era una respuesta a mi “lo siento” y su correo era considerablemente más corto que el mío. Tres líneas, menos de cien palabras. En la primera frase me indicaba que era mejor que le escribiera a su dirección de hotmail, que la otra prácticamente no la usaba, excepto para asuntos del trabajo. Me preguntaba cómo creía yo que ella se sentía, que cómo estaba y después se respondía que debiera imaginármelo, que acababa de morir su marido. Entre dos puntos seguidos reflexionaba en lo fea que era la palabra marido. Luego me indicaba que estaba segura de que yo me preocupaba por ella, que siempre lo había sabido. Tras una coma y antes del final, acentuó que le gustaría que fuera a Salisbury, decía sin decirlo que quería verme. O eso quise leer yo. No sumó ni un beso ni un abrazo, pero también agregó un post data: que ella también lo sentía, más que nadie, y que se lo habían dicho tantas veces que ya estaba como anestesiada.

2
FUE EN UN PROGRAMA que ya no existe, cuando De verbo masculino, mi primera teleserie, reventaba las cifras de audiencia del canal católico. Invitaron a los actores jóvenes que debutaban en la comedia, se suponía que yo era uno de los galanes: el chico sensible, el estudiante de provincia, el guitarrista romántico, el que sin querer se convirtió en el favorito de las espectadoras menores de 20. El animador, un cantante famoso a finales de los 60, quería saber de mi vida. “Martín Martinic”, me dijo, “todo el público femenino, en el estudio y en sus casas, se preguntan cuales son los secretos de este muchacho misterioso, nuevo y exitoso actor de nuestro canal. Me soplaron que no eres de Santiago, que naciste y te criaste en el sur de Chile. ¿Qué puedes decirnos del sur”.
–Que todos piensan y dicen que es el mejor lugar del mundo, excepto los que nacimos y vivimos allá.

–Ja, ja, que divertido, seguro eres la persona más famosa y querida de tu zona, ¿cómo se llama el pueblo de donde vienes. No me contestes, Martín, hice mis tareas y lo tengo anotado en una de estas tarjetas. Veamos… aquí esta. Salisbury o Estacióm Salisbury. ¿Salisbury? ¿Hablanos de tu pueblo natal Martín Martinic?