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EL HORROR DE BERKOFF: LA LLEGADA

JUEVES

1

“DISCULPE, estamos a doce minutos de la estación”, habló el rostro de una mujer alta y delgada, de dientes amarillos y chuecos, que surgió frente a mis ojos apenas sacudí la mañana. Salté, no porque fuera fea, ni mucho menos, sino por lo inesperado de su aparición. Cero ortodoncia y mucho cigarrillo, pensé mientras sentía su aliento húmedo, a fumadora obsesiva y pésimo trabajo. Me sonrió y volvió a excusarse, esta vez por no haberme ofrecido desayuno.
–Preferí dejarlo dormir un ratito más, se veía muy cansado –se explicó. De inmediato mordió sus labios y torció una mueca a medio camino entre simpatía y timidez–: ¿Usted es Martin Martinic, cierto?
–El mismo– le contesté, mirándola a los ojos.
Se sonrojo.
–Podría darme su autógrafo, claro si no le molesta.
–Encantado, ¿tiene un papel, un lápiz… un algo donde escribir?
Me acercó una pequeña libreta de Hello Kitty y un gastado bolígrafo Bic color rojo, que sacó del bolsillo interior de su chaqueta institucional. Vestía como mala imitación de aeromoza. Le pregunte como se llamaba. “Magaly, con igriega final”, pronunció ella. Me dio risa lo de la “igriega final”, pero supe fingir, siempre he sido bueno haciéndolo. Me he ganado la vida en ello. Tomé el lápiz y escribí: “para Magaly, con cariño”, sellando el garabato con mi firma artística; hacía tiempo que no la usaba, pero hay cosas que nunca se olvidan, como andar en bicicleta o dar un beso. La auxiliar revisó su autógrafo y luego volvió a clavar sus ojos en mi cara.
–No se enoje –insistió– pero podría darme otro para mi hija, si no fuera mucha molestia.
–No, no me enojo y no es ninguna molestia, ¿cómo se llama su hija?
–Igual que yo, Magaly.
–¿Con igriega final?
–Si, con igriega final.
–Entonces para Magaly, hija de Magaly, la del tren– escribí en voz alta.
Ella tomó su libreta y antes de dirigirse hacia la puerta del carro me preguntó si traía maletas. Le mostré mi mochila y el traje, doblados ambos en el portaequipajes encima de mi cabeza.
–Se los bajo.
–No se preocupe, yo puedo.
El sujeto del asiento de enfrente, un tipo grueso, pálido y con la cara poblada de ronchas coloradas, me miró con la misma expresión con la que me han visto casi todas las personas en los últimos diez años de mi vida. “Estoy seguro que lo he visto en alguna parte”, ha de preguntarse. “Dos teleseries, una serie, un documental junto a un escritor famoso, una película, varios comerciales, dos discos y con suerte tres videoclíps, aunque sólo fui protagónico en el primero”, podría responderle, pero sólo podría. Levanté los hombros y le sonreí, él no hizo nada. Así es con los hombres, siempre me he llevado mejor con las mujeres, desde chico: antes y después de la fama incluso.
La noche, el frío y la humedad habían empañado por dentro las ventanas del vagón, así que tuve que usar la manga de mi chaqueta para limpiar el vidrio. El asalto de una mañana invernal, corriendo a noventa kilómetros por hora junto a los rieles, fue fulminante. Cargado de estímulos: robles secos, sembrados mojados por el rocío, agujas de hielo colgando de las alambradas, nubes bajas y oscuras, pozas de agua congeladas, una bandada de queltehues encumbrándose en la helada. Me fijé en la forma en que el viento mecía los árboles, golpeándolos despacio desde el sur. No iba a llover, al menos no durante las próximas horas. En la tarde quizás, ojala Perci tuviera un paraguas de sobra.
Dos vagones delante del carro, la locomotora piteó largo, estirando su silbato en el frío mañanero, avisando a los tripulantes que la estación estaba cerca. Un pequeño tirón y el monstruo de seis ejes y doce ruedas de acero, que gracias a una doble turbina diesel-eléctrica empujaba un convoy de tres carros de carga y seis de pasajeros: dos de primera y cuatro de turista, comenzó a bajar la velocidad. El tata Héctor trabajó toda su vida en la estación de Salibury, de la cual llegó a ser incluso jefe. Cada domingo iba a buscarme y me llevaba a ver los trenes. Me enseñó todo lo que un niño de diez años debe saber acerca de las locomotoras. Hasta el día de hoy puede diferenciar una Aziende italiana, de una General Electric gringa o una ALCO, también americana, como la que precisamente nos estaba propulsando. El viejo les decía las 18 mil (por su número de serie) y las apodaba “los cajones”, por su trompa roma (como un cachalote) y la cabina doble, ubicada a ambos lados del motor. Por él supe que eran las más grandes y poderosas que había en los ferrocarriles nacionales, incluso más que las Montaña a vapor, que no alcancé a conocer y que el mismo condujo varios años entre Santiago y Puerto Montt. Al final los trenes lo cobraron la cuenta, yo tenía 16 años (y él 71) cuando le diagnosticaron cáncer al pulmón, jamás había fumado un cigarrillo pero los años tras el fogón de una locomotora a carbón le cobraron revancha. Una semana después del diagnóstico se jubiló y esa misma noche murió de pena. Al final no fue el cáncer quien se lo llevó, sino la sensación de estar alejándose de los trenes. La muerte de mi abuelo fue la primera puñalada que me dio Salisbury.
El pueblo apareció exactamente a las seis con cincuenta y siete minutos de la mañana, justo cuando el tren empezó a reducir su impulso para tomar la curva que ascendía hacia el valle del río Traiguén, prólogo geográfico a la meseta donde se levanta Salisbury. Apegué mi cabeza contra la ventana y miré hacia delante. La hondonada emergió cubierta de neblina, el papá de Pércival Guidotti, profesor de castellano e ilustre poeta local, escribió varias veces acerca de esa imagen, tanto en sus versos como en el himno de Salisbury, que apuesto mis deudas ya no lo enseñan en los colegios. Sus versos decían que el nublado mañanero era el aliento de los fantasmas de la frontera, espectros ancestrales que daban la bienvenida al sur profundo. Algo de razón debía de tener: el profesor Guidotti me enseñó a leer, sumar, restar y que había otros ocho planeta girando alredor del Sol junto a la Tierra.
Entre la neblina descubrí destellos de faroles y sombras de casas, cercos y postes de alumbrado. El Pueblo Bajo, un par de manzanas prácticamente abandonadas, estiradas bajo las lomas junto al río. Alguna vez hubo una escuela en ese sector, se quemó en 1984 y nunca se supo qué, cómo o quién había originado el fuego, tampoco hicieron mucho por averiguarlo o reconstruir las instalaciones. Murieron tres niños, nunca encontraron los cadáveres. Afiné la vista y busqué restos del edificio entre la niebla, pero sólo había sombras. Algunas se movían veloces, otras un poco más lento.
Los fierros del puente ferroviario rechinaron bajo las ruedas del Rápido de la Frontera. Antes hubiese venido en avión, tenía dinero suficiente como para pagar el pasaje y cancelar el taxi que me acercara los 60 kilómetros entre el aeropuerto de Temuco y la plaza de armas de Salisbury. Ahora era preferible viajar por tierra, perder una noche a cambio de gastar menos. ¿Bus o tren? Soy malo para los olores y me gusta el frío, los buses son hediondos y calurosos, además mi abuelo conducía locomotoras y administraba estaciones, más que una opción, el ferrocarril era una decisión moral.
Los pilares del viaducto viejo corrían al lado derecho de la vía, vestigio último del que alguna vez fuera el puente ferroviario más largo del sur. Obra maestra de Gustave Verniory, el ingeniero belga que extendió el tren desde el Malleco hasta el río Toltén, cincuenta kilómetros más al norte de Salisbury y doscientos hacia al sur, levantando viaductos de acero, vigas y pernos. De todas sus obras, el Traiguén fue el más extenso, casi setecientos metros entre el brazo norte, enclavado al inicio del valle, y el sur, apuntado en la parte más baja de la meseta salisburience. Pero el puente tuvo una vida corta: demasiado largo y demasiado débil; tal vez lograba aguantar el peso de los primeros trenes, pero tras el reinado del carbón, el diesel y la electricidad permitieron construir locomotoras más grandes, capaces de arrastrar una mayor cantidad de vagones. Y el Traiguén no aguantó, así que el gobierno ordenó que se construyera un nuevo viaducto. Mi abuelo me contó que el puente nuevo empezó a levantarse a mediados de 1970 y cinco años después el largo espolón de Verniory quedó convertido en una abandonada espina dorsal, que poco a poco fue desmoronándose. Cazadores de fierros y el óxido acabaron matando a la vieja estructura. Finalmente sólo quedaron los pilares, similares a estructuras megalíticas de una prehistoria no tan lejana.
Una nueva bocina y el tren ingresó al corazón de Salisbury, atravesando la ciudad a través de una arteria clavada de norte a sur y en diagonal: sobre, bajo y junto a calles y pasajes. Cada casa, cada esquina, me era tan familiar como la voz de mi padre. La cárcel con sus atalayas gemelas, los dos pisos de la vivienda de la señora Ruiz, una anciana de pelo blanco que alguna vez le hizo costuras a mi madre y nos regaló un gato.
La intersección de Ramírez con Calama, asomada bajo el paso nivel. La torre oxidada de la estación de radio, el techo amarillo de un supermercado de apellido judío. La casa del profesor Oliveros, el mismo que se volvió loco y mató a su mujer antes de colgarse del roble seco del patio, tronco que aún seguía en el mismo sitio donde sus dueños lo habían plantado. La casa de los Tocornal, padres de Pablito Tocornal, que fue compañero mío en kinder, además del primer niño de Salisbury que desapareció y del cual tengo recuerdos. Claro, antes ya había sucedido y después también, pero a nosotros nos mantuvieron al margen. Pércival decía que Salisbury no era un buen lugar para los niños, que acá en verdad vivía el viejo del saco. Y todos sabíamos que tenía razón, aunque no fuera precisamente un viejo ni usara un saco. 

Los campanarios de la única iglesia parroquial, las agujas de los templos evangélicos y la masa fría del Instituto Bautista, mi colegio, donde pasé el primer tercio de mi vida, años que pudieron ser los mejores, pero que a la distancia son sólo buenos recuerdos, ni tan lindos, ni tan inocentes. Chimeneas por todos lados, vapor y humo de leña húmeda, techos mojados, algunos perros persiguiendo al tren y al fondo la sombra azulada del cerro Adencul, intentando quebrar la mañana. Y al cierre, justo antes del punto final del párrafo, tras la barrera oscura de los ciprés de la parte más elevaba del pueblo, el obelisco de la Casa Berkoff. Tenía que estar, era imposible que no apareciera.
Mi pueblo sin la esquina Berkoff era como una fotografía mal revelada.
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JOE HILL FELICITA A GABRIEL RODRIGUEZ

No sooner did we find out about Locke & Key: Welcome to Lovecraft scoring a British Fantasy Award then we heard some even more remarkable news. The Chilean-North American Cultural Institute has honored artist Gabriel Rodriguez with their annual literary prize, the Walt Whitman Award, for his work in the field of graphic novels. It’s the first time they’ve ever bestowed the Whitman on an artist.
I’m so fucking happy for Gabe I could split; he works his balls off on Locke & Key, and the story lives on the page because of the imagination, energy, and heart he puts into it. He’s a kind and generous guy – I’m proud to call him my friend – and he’s made working on the story of the Locke family a real joy.
I’m happy for the comic, too, of course, but more than that, I’m happy for comics as a whole. It pleases me any time comic book artists are recognized and honored as storytellers practicing a unique literary form. (For me the high point of Locke & Key remains the final pages of the very first issue from Welcome To Lovecraft, when Bode discovers the ghost door. Take a look and see if you can spot what’s missing. Yeah, right: no word balloons.)
Gabe hangs around here quite a bit, so if you have a moment, pass on your congrats in the comments thread. Thanks guys… and thanks, Gabe.

EL HORROR DE BERKOFF: SEGUNDO CAPITULO

2
LAS TRES DE LA mañana le escribí a Emilia. Pude hacerlo antes pero no me atreví. Tuve susto del primer “hola”, de lo que iba a sentir al digitar esa palabra. Finalmente opté por no saludar y empezar como si nunca hubiésemos dejado de hablar. Y a pesar de la ausencia del “hola”, los nervios, el miedo, estuvieron presentes en cada una de las ciento cincuenta palabras que le escribí a la viuda de mi mejor amigo.
Aunque hacía tiempo que no era precisamente mi mejor amigo.
Tenía dos direcciones con su nombre, así que lo mandé con copia a ambas. En la primera línea le expliqué con torpeza que lo había hecho para asegurarme de que el mensaje le llegara. Como asunto escribí “lo siento”, era lo correcto, también lo más directo y simple. Luego le conté que Perci me había llamado, que estaba en blanco con la noticia, que me sentía como si me hubiesen disparado un tiro entre lo ojos. Exageré, obvio, puro melodrama, pero ella lo iba a entender, siempre lo había hecho. Subrayé que tal vez no podría viajar a Salisbury, que me era complicado salir de Santiago (no era cierto), pero que si ella me necesitaba no dudara en pedírmelo. Repetí una, dos, tres, cuatro veces que se cuidara, que en verdad estaba preocupado por ella. Cerré el párrafo con un abrazo y un beso, que ella eligiera dónde, aunque borré lo último antes de poner el punto final. Añadí un post data: “lo siento, aunque estoy seguro que son las dos palabras que más has escuchado en estos días”. Di una lectura final, rápida y lo envié. El correo despegó de mi bandeja de salida exactamente a las tres con cinco minutos de la mañana. Después me quedé callado, con la luz apagada, sentado en la noche tratando de volver a quedarme dormido.

3
NO VOY A MENTIRME, muchas veces me pregunté como sería el mundo sin Juan José Birchmeyer. Y no era así, al menos no como esta noche.

MIERCOLES

1
EMILIA GEEREGAT me respondió un cuarto para las ocho de la mañana. El asunto del mensaje era una respuesta a mi “lo siento” y su correo era considerablemente más corto que el mío. Tres líneas, menos de cien palabras. En la primera frase me indicaba que era mejor que le escribiera a su dirección de hotmail, que la otra prácticamente no la usaba, excepto para asuntos del trabajo. Me preguntaba cómo creía yo que ella se sentía, que cómo estaba y después se respondía que debiera imaginármelo, que acababa de morir su marido. Entre dos puntos seguidos reflexionaba en lo fea que era la palabra marido. Luego me indicaba que estaba segura de que yo me preocupaba por ella, que siempre lo había sabido. Tras una coma y antes del final, acentuó que le gustaría que fuera a Salisbury, decía sin decirlo que quería verme. O eso quise leer yo. No sumó ni un beso ni un abrazo, pero también agregó un post data: que ella también lo sentía, más que nadie, y que se lo habían dicho tantas veces que ya estaba como anestesiada.

2
FUE EN UN PROGRAMA que ya no existe, cuando De verbo masculino, mi primera teleserie, reventaba las cifras de audiencia del canal católico. Invitaron a los actores jóvenes que debutaban en la comedia, se suponía que yo era uno de los galanes: el chico sensible, el estudiante de provincia, el guitarrista romántico, el que sin querer se convirtió en el favorito de las espectadoras menores de 20. El animador, un cantante famoso a finales de los 60, quería saber de mi vida. “Martín Martinic”, me dijo, “todo el público femenino, en el estudio y en sus casas, se preguntan cuales son los secretos de este muchacho misterioso, nuevo y exitoso actor de nuestro canal. Me soplaron que no eres de Santiago, que naciste y te criaste en el sur de Chile. ¿Qué puedes decirnos del sur”.
–Que todos piensan y dicen que es el mejor lugar del mundo, excepto los que nacimos y vivimos allá.

–Ja, ja, que divertido, seguro eres la persona más famosa y querida de tu zona, ¿cómo se llama el pueblo de donde vienes. No me contestes, Martín, hice mis tareas y lo tengo anotado en una de estas tarjetas. Veamos… aquí esta. Salisbury o Estacióm Salisbury. ¿Salisbury? ¿Hablanos de tu pueblo natal Martín Martinic?

EL TALISMAN: LA NOVELA GRAFICA

NEW YORK, NY – June 16, 2009 – Del Rey, an imprint of Ballantine Books at the Random House Publishing Group, announced today the cover artist and colorist of The Talisman comics series by Stephen King and Peter Straub.

Cover art will be created by Italian artist Massimo Carnevale, best known in the U.S. for his cover art for Y: The Last Man under DC Comics’ Vertigo imprint, and for his covers of the series Northlander. Born in Rome in 1967, Carnevale has done cover art for numerous Italian comics as well as created his own complete stories. He has received numerous awards for his work in both painting and cover design.

Coloring will be done by Nei Ruffino, who is currently working on Supergirl and Green Lantern for DC Comics, and Escape from Wonderland from Zenescope. She has worked on Return to Wonderland and Final Destination from Zenescope, Dragonlance Chronicles from Devil’s Due, and Gunplay from Platinum Comics. Ruffino has also designed toy boxes and worked on online games for Hasbro’s My Little Pony and Littlest Pet Shop properties.

The epic saga of The Talisman debuts with Issue 0, a never-before-told prequel to the story, to be published by Del Rey Comics this Fall. The Talisman novel, originally published in 1984, is the story of a young teen named Jack Sawyer, who can save his dying mother only by retrieving a magical talisman. To find it he must cross back and forth between our world and the frightening and dangerous landscape of its “twinner” counterpart. Issue 0 explores the separate lives of Jack’s father—in our world, and the mysterious realm known as the Territories—and how evil scheming will forever change Jack’s peaceful life. The series is being adapted by Robin Furth and illustrated by Tony Shasteen. The Talisman Issue 0 will be available in comic book stores everywhere on October 21, 2009.

A limited, black-and-white convention edition of Issue 0 will be available for free exclusively at this year’s Comic-Con International in San Diego, taking place July 22-26. The special issue will be distributed by Del Rey at Booth #1129.

Both The Talisman and its sequel, Black House, are in print with Ballantine Books. Television rights to The Talisman are under development by Steven Spielberg and Kathleen Kennedy.

ABOUT THE AUTHORS:
Stephen King is the author of more than fifty books, all of them worldwide bestsellers. He is the recipient of the 2003 National Book Foundation Medal for Distinguished Contribution to American Letters.

Peter Straub is the author of 17 novels which have been translated into more than 20 languages. He has won numerous awards for his work, including the World Fantasy Award for Best Novel, for Koko.

ABOUT DEL REY:
Del Rey Books (http://www.delreybooks.com/) was founded in 1977 as an imprint of Ballantine Books, a division of the Random House Publishing Group, under the guidance of the renowned Judy-Lynn del Rey and her husband, Lester del Rey. Del Rey publishes the best of modern fantasy, science fiction, and alternate history. No stranger to comics, Del Rey launched Del Rey Manga in 2004 in conjunction with Japanese publisher Kodansha, and quickly began to acquire original graphic novel projects as well. Current and upcoming projects include a four-color graphic novel developed with pop singer Avril Lavigne, Make 5 Wishes; the graphic novel In Odd We Trust, by Dean Koontz and Queenie Chan; the first-ever graphic novel set in the world of Terry Brooks’ Shannara universe, Dark Wraith of Shannara; original manga starring Marvel characters in X-Men: Misfits and Wolverine: Prodigal Son; and a four-color original graphic novel set in the Outlander universe, scripted by author Diana Gabaldon herself.

17 PUNTOS SOBRE EL DR MORTIS

  1. Había algo dentro de la casa, estaba vacía pero el aire pesaba, se sentía denso, triste incluso, con un helado que no podía ser natural. “Alooo”, saludó la muchacha mientras abría con cuidado la puerta e ingresaba tímida al salón principal. No tuvo respuesta, no había nadie en casa…
  2. No había nadie en casa… No mires por la ventana… Cierra las cortinas cuando baje el sol… Hay algo bajo la cama… No te levantes, mantente a salvo bajo las sábanas…. ¿Y si tengo ganas de hacer, mamá?… Aguántate, es mejor a que te agarren en el pasillo oscuro. Al final el mejor de los horrores es el cotidiano, lo sobrenatural del noche a noche, lo que sucede y te hace saltar el corazón y te arruga la garganta cuando tienes que apagar la luz y te das cuenta que no hay nadie en casa.
  3. Una verdad biográfica. Tenía ocho años, me acababa de acostar y juro, hasta el día de hoy juro, que había alguien dentro de mi habitación. Lo sentí sentarse, pesar sobre mis pies. “Mamá” llame. Pero no fue mi madre quien contestó.
  4. Otra verdad biográfica. Caras. Si hay algo que me aterraba de chico era ver caras. Me explico: rostros que se escapaban al orden establecido, que miraban con ojos negros y sonrisas abiertas de cuajo, con dientes amenazantes tras los labios y una expresión indudable de que eso, lo que estaba mirándome era malo. No podía ser de otra forma.
  5. Caras. Ranking de caras que me dejaron pegados, con noches en vela, muerto de miedo. Barlow, el vampiro azul, mutante nosferático de Salems Lot (o la Noche o la Hora del Vampiro), esa cara demoniaca ligeramente simiesca que se aparece en El Exorcista (en la original una sola vez, en la reestrenada mira desde una pared) y la tercera… Eso fue casual. Estaba hojeando en casa de mis abuelos un ejemplar viejo de revista Ercilla de la editorial Zigzag, cando doy vuelta la página y me encuentro con un ser calvo, de rostro triangular, verdoso, colmillos afilados que mirada desde las nubes, como un carruaje se enfrentaba a una noche de tormenta. Y abajo, la chica escotada, bella y en peligro, como debía ser. Enmarcando el cuadro, el mensaje: EL SINIESTRO DOCTOR MORTIS. En tu kiosco…
  6. El Dr. Mortis. Y entonces la teja me corrió. Por eso un tío me metía miedo con Mortis. Cómete la sopa que viene Mortis, cuidado con el doctor Mortis. Es que tu eres muy chico, tu no alcanzaste a escuchar al Dr. Mortis, me hablaban como si se refirieran a una persona real. Durante un tiempo yo pensé que se trataba de una persona real, ¿acaso no lo era?
  7. El Dr. Mortis fue una persona real. Lo es, porque no ha muerto, porque no puede morir. Está más allá del bien y el mal. Más allá de las fronteras físicas y síquicas. Es parte de nuestra historia, nuestro legado cultural.
  8. ¿Qué es Mortis? Mortis es todo.
  9. Tys Morgan gritan desde una esquina perdida, aullando como lobos en medio de la nada. Mortis es una herencia, nuestro legado al genero fantástico, al horror sobrenatural. Mortis es nuestro Drácula, nuestro Frankenstein han dicho algunos, nuestro hombre lobo, nuestra Universal y nuestra Hammer… Todo eso es verdadero.
  10. Pero también falso. Mortis es Mortis, porque funciona como todos ellos juntos. Un maelstrom, un piélago donde todos los monstruos funcionan como un todo por acumulación. Mortis es el monstruo definitivo, elk engendro del fin del mundo desde el fin del mundo.
  11. Bienvenidos a Chile un país maravilloso, un país oscuro, formado por serpientes primordiales, donde penaduras y culebrones llenan titulares de los diarios. Donde un militar es raptado por marcianos en plena dictadura. Donde sus mayores héroes se contactaban con el otro mundo o planeaban secretos dentro de logias iluminadas. Un país donde la magia es tan habitual que no nos damos cuenta, donde habitamos con horrores primordiales, donde Mortis tenía que hincar sus dientes, era necesario. ¿De dónde viene Mortis? Del corazón de los Andes, de la caverna más oscura de Chiloé. de La Ciudad de los Césares, de una ceremonia mapuche, del hueco al centro de la Tierra… del volcán Melimoyú.
  12. Monstruos patrios, patas de perro, alsino, el mudito de Donoso, por qué no meter a Mortis en la lista. ¿Es Juan Marino menos escritor que José Donoso, no lo creo?
  13. Cuentos de terror, cómic de terror, historias de espanto escritas, orales o dibujadas son parte de nuestra vida. Mortis es el mal, el que vigila desde el tiempo, el que nos aterra con su materialidad tan inmaterial.
  14. Mortis. Esta antología, este libro rojo, debería estar ya en los planes de lectura obligatoria, demostrando que en Chile alguna vez se hizo horror con botas pesadas, con pesadillas que no tenían nada que envidiarle a lo que venía de afuera. Poe-Lovecrat-Marino/Usher-Cthulhu-Mortis, satanicas trinidades, amen. A las escuelas se ha dicho. Si los argentinos metieron a El Eternauta porque nosotros no meter muertos vivos.
  15. La cara de Mortis, el rostro del mal, todavía hoy lo tengo presente como parte fundamental de los grandes terrores de mi vida. El mayor de todos, no lo sé, pero si uno que me dejó marcando ocupado. 1997, casi veinte años después de ver esa cara tuve un cómic de la gran M por fin en mis manos, los círculos siempre se completan.
  16. Y si. Nunca supe lo que sentó a los pies de mi cama esa noche. Pesaba y helaba, después descubrí, y no es chiste, que no era a la única persona que le había pasado. La población Quilapán de mi Victoria natal estaba construida sobre un cementerio mapuche. Hace poco le conté a mi mamá lo de la cama, ella me respondió: “no es nada comparado con lo que he sentido yo, como del doctor Mortis”. Sincronía, la casualidades no existen.
  17. Entonces la niña siguió recorriendo la casa, mirando las paredes y los rincones, buscando algo, algún indicio que le revelara desde cuando la casa estaba vacía. No lo estaba, pero por supuesto, cuando notó que alguien la espiaba tras su espalda, ya era demasiado tarde, las garras ya estaban alrededor de su garganta, de las gargantas de todos. Larga vida al rey, salve Mortis.