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SESENTA DIAS (EXTRACTO DE NOVELA)

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Si el inicio es el tiempo más importante, esto debiera comenzar con la discusión que tuve con mi mujer minutos antes del apagón y de la primera nevada.

No había sido un buen día, así que regresé temprano. Aproveché que no había nadie en casa para echarme sobre la cama, mirar tele y beber un par de cervezas sin dar mayores explicaciones. Verano en Santiago de Chile, treinta y cinco grados a la sombra y recortes de presupuesto no era una buena combinación, tampoco olvidar un encargo de mi mujer… (Continua en el enlace de abajo, se agradece feedback)

DESCARGA PRIMER CAPITULO DE “SESENTA DIAS”

MONSTRUOS MARINOS (NOVELA EN TRABAJO)

Desde luego no era su extraordinario tamaño ni su notable color,
como tampoco su deformada mandíbula inferior,
lo que hacía que Moby Dick inspirara tan terror.
Era la inteligente malignidad que había
Demostrado en muchas luchas.
Eso era lo que causaba mayor confusión y pánico…

Herman Melville

 En efecto, desde hacía algún tiempo los navíos
habían venido topándose en el mar,
con “una cosa enorme”, un objeto largo y fusiforme,
en algunas ocasiones fosforescente
e infinitamente más voluminoso y veloz que una ballena…

Julio Verne

A principios del verano de 1933 empezaron a correr
rumores extraordinarios: una extraña criatura acuática
de gran tamaño había sido vista ocasionalmente en Loch Ness:
a veces emergía a la superficie, o nadaba justamente
por debajo de ella y dejaba una estela tan ancha como
la de una lancha de carreras. Nadie sabía que era,
pero había tal cantidad de testigos que los periódicos
locales empezaron a interesarse…
Tim Dinsdale

Mas Jehová había prevenido un gran pez que tragase á Jonás:
y estuvo Jonás en el vientre del pez tres días y tres noches.
Y oró Jonás desde el vientre del pez á Jehová su Dios.

Jonás

 

UNO

 En un mundo, o novela, perfecta, esto debería comenzar en medio del Atlántico, al Este de las Azores un caluroso día de fines verano. Yo debería estar con la mitad de mi barco, el Pequod (¿se puede llamar de otra forma?) destruido y toda mi tripulación muerta. Obviamente Colin Campbell habría sido de los primeros en caer. Sólo quedo yo, de pie en lo que queda de proa, con el único arpón apretado en mis puños, esperando a que la bestia emerja de las profundidades. Sé que su ojos enormes; redondos y desproporcionados, como mancha joviana, me ven, me desean, adivinan que mi carne es fresca e intuyen lo frágil que soy. Uno de sus tentáculos y su enorme pico corneo bastarían para hacerme trizas. Calamar gigante, así se llama mi monstruo marino favorito, un aborto de la naturaleza segun un viejo artículo leído en el Reader´s Digest. Veinte metros de largo, una máquina de matar pintada del más femenino de los rosados; armada con ocho tentáculos y dos brazos capaces de desmembrar a una ballena. ¡Sí, las ballenas pueden ser desmembradas! El kraken de las leyendas, el leviatán de mis pesadillas, ni Jonás habría logrado sobrevivir a sus fauces. Colin me enseñó que cada hombre debía tener su monstruo, un terror ancestral al que hay que enfrentar para lograr ser alguien. Él tuvo el suyo y se perdió buscándolo, yo nunca he visto el mío, supongo que algún día me voy a perder en el mar para aguardar con un arpón que el gran cefalópodo venga por mi, me abrace y me rompa en pedazos, sería una buena forma de morir, lo más cercano a héroe de guerra, pero sin público y sin titulares en las noticias. En un mundo, o novela perfecto, esto debería comenzar conmigo, de pie en lo que queda de mi barco, viendo como la bestia emerje, levantando columnas de agua y espuma y disparando sus brazos contra mi… Dios, si hasta puedo imaginar el dolor de sus ventosas lacerando mi carne, pero claro, eso es en mi guión, no en la vida real. En esta, en lo concreto, en lo que se puede tocar, el inicio es más normal, o algo más normal. Sucede en una calle de Aberdeen, Escocia, conmigo chocando contra mi ex mujer. Hacía diez años que no la veía, desde que salí de Chile, y si existía un lugar improbable para volverla a encontrarla era este, pero no, la vida a veces (la mayoría de las veces) es la mayor de las bromas. Y los monstruos marinos a menudo no nadan, son delgados, tienen pecas alrededor de la nariz, miden poco más de un metro setenta y a lo más pesan sesenta kilos.

Dos años después de su muerte, Colin Campbell se me aparece con frecuencia. A veces como un mensaje de texto en la pantalla de mi teléfono, otras como un correo en alguna bandeja de entrada y las menos a través de avatares en alguna red social. Siempre me pregunta lo mismo: ¿si ha parecido algún nuevo monstruo marino?
Mi respuesta es idéntica todas las veces.
–No, ya todos han sido identificados y clasificados científicamente.
-¿Incluso Nessie?
–Ese fue el primero de todos.
Corte
Luego vuelvo a mirar el lago.
Y desde bajo la superficie, el lago me devuelve la mirada.
Y el lago me sonríe
Yo también le sonrío.
Todos los monstruos marino tienen aletas en forma de rombo, pienso.
Es cierto.
Rombos.

¿CHILEAN 24…?

Un thriller bicentenario, con alta tecnología, secretos amcestrales, protagonista atractiva y escrito con prtetención comercial, puros cojones. Felicitaciones al misterioso autor. Aquí hay una apuesta de nueva forma de novela, tanto en tema como en formato o soporte. Un e-book, o un prototipo para cazar editores y agentes, ambos resultan. A mi me cazó. Felicidades al autor.
Acá todo lo que necesitan saber de LA SEMANA EN QUE SE JUNTAN LOS SIGLOS

Desaparece el cadáver de O´Higgins y secuestran el submarino Carrera. 18 de septiembre de 2010, mientras Chile se prepara a celebrar el bicentenario un siniestro complot se deja caer sobre nuestro país.

Me lo compre todo, congrat.

EL HORROR DE BERKOFF: LA LLEGADA

JUEVES

1

“DISCULPE, estamos a doce minutos de la estación”, habló el rostro de una mujer alta y delgada, de dientes amarillos y chuecos, que surgió frente a mis ojos apenas sacudí la mañana. Salté, no porque fuera fea, ni mucho menos, sino por lo inesperado de su aparición. Cero ortodoncia y mucho cigarrillo, pensé mientras sentía su aliento húmedo, a fumadora obsesiva y pésimo trabajo. Me sonrió y volvió a excusarse, esta vez por no haberme ofrecido desayuno.
–Preferí dejarlo dormir un ratito más, se veía muy cansado –se explicó. De inmediato mordió sus labios y torció una mueca a medio camino entre simpatía y timidez–: ¿Usted es Martin Martinic, cierto?
–El mismo– le contesté, mirándola a los ojos.
Se sonrojo.
–Podría darme su autógrafo, claro si no le molesta.
–Encantado, ¿tiene un papel, un lápiz… un algo donde escribir?
Me acercó una pequeña libreta de Hello Kitty y un gastado bolígrafo Bic color rojo, que sacó del bolsillo interior de su chaqueta institucional. Vestía como mala imitación de aeromoza. Le pregunte como se llamaba. “Magaly, con igriega final”, pronunció ella. Me dio risa lo de la “igriega final”, pero supe fingir, siempre he sido bueno haciéndolo. Me he ganado la vida en ello. Tomé el lápiz y escribí: “para Magaly, con cariño”, sellando el garabato con mi firma artística; hacía tiempo que no la usaba, pero hay cosas que nunca se olvidan, como andar en bicicleta o dar un beso. La auxiliar revisó su autógrafo y luego volvió a clavar sus ojos en mi cara.
–No se enoje –insistió– pero podría darme otro para mi hija, si no fuera mucha molestia.
–No, no me enojo y no es ninguna molestia, ¿cómo se llama su hija?
–Igual que yo, Magaly.
–¿Con igriega final?
–Si, con igriega final.
–Entonces para Magaly, hija de Magaly, la del tren– escribí en voz alta.
Ella tomó su libreta y antes de dirigirse hacia la puerta del carro me preguntó si traía maletas. Le mostré mi mochila y el traje, doblados ambos en el portaequipajes encima de mi cabeza.
–Se los bajo.
–No se preocupe, yo puedo.
El sujeto del asiento de enfrente, un tipo grueso, pálido y con la cara poblada de ronchas coloradas, me miró con la misma expresión con la que me han visto casi todas las personas en los últimos diez años de mi vida. “Estoy seguro que lo he visto en alguna parte”, ha de preguntarse. “Dos teleseries, una serie, un documental junto a un escritor famoso, una película, varios comerciales, dos discos y con suerte tres videoclíps, aunque sólo fui protagónico en el primero”, podría responderle, pero sólo podría. Levanté los hombros y le sonreí, él no hizo nada. Así es con los hombres, siempre me he llevado mejor con las mujeres, desde chico: antes y después de la fama incluso.
La noche, el frío y la humedad habían empañado por dentro las ventanas del vagón, así que tuve que usar la manga de mi chaqueta para limpiar el vidrio. El asalto de una mañana invernal, corriendo a noventa kilómetros por hora junto a los rieles, fue fulminante. Cargado de estímulos: robles secos, sembrados mojados por el rocío, agujas de hielo colgando de las alambradas, nubes bajas y oscuras, pozas de agua congeladas, una bandada de queltehues encumbrándose en la helada. Me fijé en la forma en que el viento mecía los árboles, golpeándolos despacio desde el sur. No iba a llover, al menos no durante las próximas horas. En la tarde quizás, ojala Perci tuviera un paraguas de sobra.
Dos vagones delante del carro, la locomotora piteó largo, estirando su silbato en el frío mañanero, avisando a los tripulantes que la estación estaba cerca. Un pequeño tirón y el monstruo de seis ejes y doce ruedas de acero, que gracias a una doble turbina diesel-eléctrica empujaba un convoy de tres carros de carga y seis de pasajeros: dos de primera y cuatro de turista, comenzó a bajar la velocidad. El tata Héctor trabajó toda su vida en la estación de Salibury, de la cual llegó a ser incluso jefe. Cada domingo iba a buscarme y me llevaba a ver los trenes. Me enseñó todo lo que un niño de diez años debe saber acerca de las locomotoras. Hasta el día de hoy puede diferenciar una Aziende italiana, de una General Electric gringa o una ALCO, también americana, como la que precisamente nos estaba propulsando. El viejo les decía las 18 mil (por su número de serie) y las apodaba “los cajones”, por su trompa roma (como un cachalote) y la cabina doble, ubicada a ambos lados del motor. Por él supe que eran las más grandes y poderosas que había en los ferrocarriles nacionales, incluso más que las Montaña a vapor, que no alcancé a conocer y que el mismo condujo varios años entre Santiago y Puerto Montt. Al final los trenes lo cobraron la cuenta, yo tenía 16 años (y él 71) cuando le diagnosticaron cáncer al pulmón, jamás había fumado un cigarrillo pero los años tras el fogón de una locomotora a carbón le cobraron revancha. Una semana después del diagnóstico se jubiló y esa misma noche murió de pena. Al final no fue el cáncer quien se lo llevó, sino la sensación de estar alejándose de los trenes. La muerte de mi abuelo fue la primera puñalada que me dio Salisbury.
El pueblo apareció exactamente a las seis con cincuenta y siete minutos de la mañana, justo cuando el tren empezó a reducir su impulso para tomar la curva que ascendía hacia el valle del río Traiguén, prólogo geográfico a la meseta donde se levanta Salisbury. Apegué mi cabeza contra la ventana y miré hacia delante. La hondonada emergió cubierta de neblina, el papá de Pércival Guidotti, profesor de castellano e ilustre poeta local, escribió varias veces acerca de esa imagen, tanto en sus versos como en el himno de Salisbury, que apuesto mis deudas ya no lo enseñan en los colegios. Sus versos decían que el nublado mañanero era el aliento de los fantasmas de la frontera, espectros ancestrales que daban la bienvenida al sur profundo. Algo de razón debía de tener: el profesor Guidotti me enseñó a leer, sumar, restar y que había otros ocho planeta girando alredor del Sol junto a la Tierra.
Entre la neblina descubrí destellos de faroles y sombras de casas, cercos y postes de alumbrado. El Pueblo Bajo, un par de manzanas prácticamente abandonadas, estiradas bajo las lomas junto al río. Alguna vez hubo una escuela en ese sector, se quemó en 1984 y nunca se supo qué, cómo o quién había originado el fuego, tampoco hicieron mucho por averiguarlo o reconstruir las instalaciones. Murieron tres niños, nunca encontraron los cadáveres. Afiné la vista y busqué restos del edificio entre la niebla, pero sólo había sombras. Algunas se movían veloces, otras un poco más lento.
Los fierros del puente ferroviario rechinaron bajo las ruedas del Rápido de la Frontera. Antes hubiese venido en avión, tenía dinero suficiente como para pagar el pasaje y cancelar el taxi que me acercara los 60 kilómetros entre el aeropuerto de Temuco y la plaza de armas de Salisbury. Ahora era preferible viajar por tierra, perder una noche a cambio de gastar menos. ¿Bus o tren? Soy malo para los olores y me gusta el frío, los buses son hediondos y calurosos, además mi abuelo conducía locomotoras y administraba estaciones, más que una opción, el ferrocarril era una decisión moral.
Los pilares del viaducto viejo corrían al lado derecho de la vía, vestigio último del que alguna vez fuera el puente ferroviario más largo del sur. Obra maestra de Gustave Verniory, el ingeniero belga que extendió el tren desde el Malleco hasta el río Toltén, cincuenta kilómetros más al norte de Salisbury y doscientos hacia al sur, levantando viaductos de acero, vigas y pernos. De todas sus obras, el Traiguén fue el más extenso, casi setecientos metros entre el brazo norte, enclavado al inicio del valle, y el sur, apuntado en la parte más baja de la meseta salisburience. Pero el puente tuvo una vida corta: demasiado largo y demasiado débil; tal vez lograba aguantar el peso de los primeros trenes, pero tras el reinado del carbón, el diesel y la electricidad permitieron construir locomotoras más grandes, capaces de arrastrar una mayor cantidad de vagones. Y el Traiguén no aguantó, así que el gobierno ordenó que se construyera un nuevo viaducto. Mi abuelo me contó que el puente nuevo empezó a levantarse a mediados de 1970 y cinco años después el largo espolón de Verniory quedó convertido en una abandonada espina dorsal, que poco a poco fue desmoronándose. Cazadores de fierros y el óxido acabaron matando a la vieja estructura. Finalmente sólo quedaron los pilares, similares a estructuras megalíticas de una prehistoria no tan lejana.
Una nueva bocina y el tren ingresó al corazón de Salisbury, atravesando la ciudad a través de una arteria clavada de norte a sur y en diagonal: sobre, bajo y junto a calles y pasajes. Cada casa, cada esquina, me era tan familiar como la voz de mi padre. La cárcel con sus atalayas gemelas, los dos pisos de la vivienda de la señora Ruiz, una anciana de pelo blanco que alguna vez le hizo costuras a mi madre y nos regaló un gato.
La intersección de Ramírez con Calama, asomada bajo el paso nivel. La torre oxidada de la estación de radio, el techo amarillo de un supermercado de apellido judío. La casa del profesor Oliveros, el mismo que se volvió loco y mató a su mujer antes de colgarse del roble seco del patio, tronco que aún seguía en el mismo sitio donde sus dueños lo habían plantado. La casa de los Tocornal, padres de Pablito Tocornal, que fue compañero mío en kinder, además del primer niño de Salisbury que desapareció y del cual tengo recuerdos. Claro, antes ya había sucedido y después también, pero a nosotros nos mantuvieron al margen. Pércival decía que Salisbury no era un buen lugar para los niños, que acá en verdad vivía el viejo del saco. Y todos sabíamos que tenía razón, aunque no fuera precisamente un viejo ni usara un saco. 

Los campanarios de la única iglesia parroquial, las agujas de los templos evangélicos y la masa fría del Instituto Bautista, mi colegio, donde pasé el primer tercio de mi vida, años que pudieron ser los mejores, pero que a la distancia son sólo buenos recuerdos, ni tan lindos, ni tan inocentes. Chimeneas por todos lados, vapor y humo de leña húmeda, techos mojados, algunos perros persiguiendo al tren y al fondo la sombra azulada del cerro Adencul, intentando quebrar la mañana. Y al cierre, justo antes del punto final del párrafo, tras la barrera oscura de los ciprés de la parte más elevaba del pueblo, el obelisco de la Casa Berkoff. Tenía que estar, era imposible que no apareciera.
Mi pueblo sin la esquina Berkoff era como una fotografía mal revelada.

PROSPECTORES DE DUNE

Por fin. Después de mucho tiempo, exactamente desde que en el año 1985 se publicara el sexto título de la saga, Casa Capitular, el universo de Dune (sobrenombre con el que se conoce al planeta Arrakis) llega a su fin. Aún recuerdo cómo me sentí cuando, después de haber leído los cinco libros anteriores y haber acompañado a la familia Atreides en sus aventuras, pasé la última página de aquel sexto episodio. Frank Herbert, el autor británico de una de las grandes sagas de culto del universo de la ciencia ficción, dejó un final totalmente abierto que desquició a muchos lectores. Recuerdo haber sentido una especie de incredulidad, la ansiedad de quien llega al último párrafo, al último punto y aparte, sin encontrar respuestas a todos los enigmas acumulados a lo largo de seis volúmenes.

Además, nuevos enigmas, nuevas preguntas que, sin siquiera cerrar el libro, asaltaban mi mente. ¿Quiénes eran los dos viejecitos que saludan a Duncan Idaho? ¿Quién era el último Kiswatch Haderách? Y, por encima de todo eso, prevalecía un sentimiento de orfandad irremediable, de que ya no habría más Dune, ni más melange, ni más gusanos de arena.

Sin embargo, 23 años después y gracias a la labor de Brian Herbert, hijo del autor original de la obra, en colaboración con el escritor Kevin Anderson, los huérfanos de Dune pueden celebrar que la saga ha vuelto. Y esta vez lo ha hecho para intentar responder todas aquellas preguntas que quedaron en el aire, algunas incluso sin pronunciarse, y para cerrar, con dos libros más (Cazadores de Dune y Gusanos de arena de Dune), una serie que ocupa un lugar destacado en el mundo de la literatura.

El final de la saga

Pero vayamos por partes. Frank Herbert no dejó, en un arranque de misterio o de pereza, incompleta su obra de manera voluntaria, sino que falleció antes de poder concluirla con un séptimo volumen, el tan nombrado durante muchos años, por lo deseado que siempre fue para sus seguidores, Dune 7. Brian Herbert, su hijo, y Kevin Anderson continuaron escribiendo sobre el universo de Dune como quien exprime la gallina de los huevos de oro, esperando aumentar la cuota de beneficios. En este caso, el ave gallinácea era la marca Dune, y los huevos en forma de libros fueron en total seis volúmenes, organizados en dos trilogías: Preludios a Dune, que trata los años anteriores a la saga original, y Leyendas de Dune, que se retrotrae 10.000 años hasta la Yihad Butleriana, cuando los últimos restos libres de la humanidad vencieron a las máquinas pensantes, dando como fruto la prohibición de fabricar máquinas más potentes que el cerebro humano y la Biblia Católica Naranja.

De esta manera, gracias al legado que dejó Herbert padre, los dos escritores fueron expandiendo los límites de la historia, pero nunca hacia delante, donde los fans de la obra original seguían como marineros a la deriva avistando el horizonte para ver si algún amanecer se encontraban con el tan esperado final.

En esos momentos, tal y como dijo el propio Herbert hijo, y no hay motivo para no creerle, no se veía capacitado para afrontar el reto de darle un cierre a tamaño proyecto. Y la verdad es que dar ese paso no resultaba nada fácil, para Brian o para cualquier otro escritor. Los ingredientes estaban ahí, pero qué hacer con ellos sin tirar a tierra el listón que había dejado tan alto el padre parecía una tarea de difícil resolución. Sin embargo, muchos no le perdonaron que hiciera fortuna explotando una herencia que parecía haberle caído del cielo. En cuanto a la calidad de los libros, variedad de opiniones. Mientras algunos decían que estaban a años luz de la escritura de su padre, otros opinaban que mantenía en general el nivel de la saga y, unos terceros, la mayoría, al menos estaban agradecidos porque Dune seguía exisiento y Brian les aliviaba de esa sensación de orfandad.

¿Qué pasó para que Herbert hijo y su amigo se decidieran a escribir el ya mítico Dune 7? ¿Acaso la gallina de los huevos de oro se estaba agotando? Tal y como el propio Brian explicó, un día, mientras revisaba las pertenencias de su padre, encontró en una pequeña caja fuerte unas notas que, a modo de esquema, constituían lo que debía ser la continuación de Dune. Esas notas que dejó Frank Herbert de por dónde debían ir los tiros hicieron que su hijo pensara que ya no tenía ninguna excusa para no darle al gran público el final que tanto había esperado. Se lo debía, de alguna manera, y desde luego le iba a sentar bien al negocio.

La noticia fue todo un boom y, como es lógico, generó una gran expectación. Al cabo de poco tiempo, sin embargo, el propio Brian Herbert anunció que el esperado final vería la luz en dos volúmenes en vez de uno, bajo los títulos de Cazadores de Dune y Gusanos de arena de Dune. Pues bien, el segundo de ellos se acaba de publicar en nuestro país y, con él, por fin, la saga llega a su clímax.

Los origenes de Dune

Dune fue publicada en 1966, aproximadamente una década después de la aparición de algunas de las piedras fundacionales de la ciencia ficción moderna: 1984 de Orwell (1949), Crónicas Marcianas (1950) y Fahrenheit 451 (1953) de Bradbury o la saga Fundación de Isaac Asimov (1951-1953). Influyó decididamente en la renovación del género, hasta el punto de que puede considerarse un precedente de los más recientes retratos de sociedades oscuras y desesperanzadas, como son las propias del cyberpunk. Casi para desafiar a todos los que habían escrito alguna vez ciencia ficción, Herbert se atrevió a crear un futuro en el que la tecnología inteligente (computadoras, robots, androides…) está destruida y prohibida por rigurosa ley interplanetaria. Herbert convirtió esta aparente limitación en punto de partida para una epopeya en la que el personaje principal va evolucionando tanto física como, sobre todo, mentalmente desde su condición inicial de niño hasta convertirse en dios, con la religión y la inmortalidad como ejes temáticos.

Cabe decir, a modo de curiosidad, que la novela original fue rechazada en múltiples ocasiones por varias editoriales y que su autor llegó a dudar de que algún día fuera a ser publicada.

Sin caer en el amplio resumen ni en el fastidioso spoiler, Dune se ambienta en un imperio galáctico en decadencia, donde la corrupción, los excesos y la división conducen a una crisis. La melange, una droga tan poderosa como adictiva, permite viajar por el espacio y ver el futuro, y por ello es la moneda de la economía imperial. Mientras tanto, la manipulación religiosa por parte de la Bene Gesserit prepara el camino para un mesías que, creado por un programa genético de mejora de la raza humana, pueda liderar el imperio en un proceso de regeneración.

La aparición no planeada de ese mesías, o Kiswatch Haderách, arrastra a una Yihad que hace huir a la raza humana del Imperio Antiguo. En Gusanos de arena de Dune, la humanidad vuelve de esa Dispersión habiendo encontrado poderosos oponentes, que a su vez huyen de un enemigo aun más fuerte. Ese rival busca al último mesías para, con él en su bando, decantar la balanza del Kralizec, el fin del Universo que anuncian todas las profecías y que se acerca a pasos agigantados. Unos cuantos tripulantes de una no-nave, viejos conocidos por los lectores de la saga, serán los encargados de impedir el exterminio de la raza humana y del universo entero.

Comparaciones odiosas

Las dos obras finales de Herbert hijo dejan un sabor de boca agridulce. En esta segunda podemos encontrar todo lo que es Dune: el universo, los personajes, las razas… El conjunto del imaginario de Herbert padre está aquí, pero en forma de residuo, no en su esencia. Cuando a Brian le llega el turno de crear algo con todo eso, como si fuera barro, los elementos que hicieron de Dune una de las obras más importante de la ciencia ficción están ahí, pero no lo suficientemente desarrollados ni explotados. En el final de la saga encontramos restos de la ecología, del misticismo, de la religión, de la llegada mesiánica del Kiswatch Haderách o de la Bene Gesserit, pero no hay nada nuevo y lo viejo, lo heredado, no acaba de funcionar. Aleja el epicentro de la saga de Dune y lleva la obra al campo de la ciencia ficción más típica y tópica, la de la lucha del hombre contra la máquina, al tan trillado estilo Matrix, sin la densidad habitual.

Definitivamente, el talento literario no se transmite con los genes, pero tampoco cabe hacer sangre en el terreno de la crítica, ya que el listón estaba demasiado alto y, si no estuviéramos hablando del final de Dune, y por lo tanto comparando esta obra con las seis anteriores, quizás hablaríamos de un gran libro de ciencia ficción al uso.

Nunca se sabe. Muchos lectores se sentirán defraudados pero no podrán dejar de leer para hacerse una idea de cómo finaliza, después de tanto tiempo, esta saga. Y, para los nostálgicos y demás románticos de la serie, aquellos que experimentarán la misma ansia que pena al llegar a la última página de este volumen, que estén tranquilos, pues parece que hay Dune para rato. Brian Herbert y Anderson trabajan ya en el primer volumen de una nueva andanada de libros, Paul of Dune, que tendrá lugar cronológicamente entre Dune y Mesías de Dune, en el período durante el cual Paul Atreides se convierte en el emperador del universo.

Fuente Que Leer

LAS CUATRO CARABELAS DE COLON

–O del inicio de este –concluí, antes de despedirme, mientras la figura rotaba y el triángulo apuntaba hacia arriba, convirtiendo al símbolo y a América del Sur en una punta de flecha–: muchas gracias por venir.
Y los aplausos fueron largos. Suficientes como para tomar un largo trago de agua y pensar en que necesitaba pasar el resto de la tarde sin hacer nada, sentado frente al mar, mirando las gaviotas o bajando pornografía rusa de internet.
–Muchas gracias –repetí–. Si alguien tiene una pregunta, este es el momento.
Al principio nadie reaccionó.
–Señor Jackard.
Era la chica pelirroja, la de las pecas, anteojos y acento británico. La que respondió América, cuando pregunté por Avalón, mi nueva alumna predilecta.
–Dime –me esforcé por no coquetearle.
–Nada, sólo que me extraña que en todo este panorama que nos construyo, no haya hecho una sola mención al mito de la cuarta carabela de Cristóbal Colón.
Fue como si el alma Javier Salvo-Otazo hubiese venido a penarme, un gol de media cancha.
–El supuesto primer viaje de Colón a América en 1485, el llamado “protodescubrimiento” siete años antes del oficial, –dije, exageradamente calmo, recordando lo que había leído en los apuntes de Javier– hasta hace un par de años sólo un mito, ahora un “posible” –acentué –que cada vez tiene más partidarios.
Miré hacia la audiencia, la mayoría, sobre todo los hombres, se habían vuelto hacia mi improvisada interlocutora.
–Eso ya lo sé –respondió la muchacha–. Y podría apostar que el resto de los presentes también. Mi pregunta iba por donde debíamos meter esta historia dentro de la mitoconspiranoia latinoamericana que usted tanto pontifica.
Me gustó eso de mitoconspiranoia latinoamericana.
–Obvié a propósito lo de la cuarta carabela –improvisé en el acto– porque me parece que es una historia que sólo roza lo que he estado exponiendo, ubicándose mejor dentro de lo que he bautizado como ciclo de la conquista mágica española –mentí –relacionada de forma más directa con Europa que con mi continente –subrayé aquello de “mi continente”–. Es un tema que me interesa explorar en próximas exposiciones o tal vez en uno o dos libros, tiene que ver –fui armando –con algo que vimos al principio, no sé si lo recuerda –ataqué, ella hizo caso a mi ofensiva bajando la mirada –la idea de un Hernán Cortez confundido con una serpiente voladora, un dragón europeo. También con la línea de ciudades perdidas que van desde Florida y Cuba hasta la Tierra del Fuego: desde la Cíbola de la fuente de la juventud en el Caribe, a El Dorado y la Ciudad de los Césares en la Patagonia. Mi problema, y esto es personal, tiene que ver con el hecho de que aún visualizo eso que llaman la cuarta carabela desde la esfera anecdótica. O como usted lo enunció en su pregunta, un mito–. Bebí un sordo de agua, tosí dos veces y me sequé la frente con una toalla de papel, todo parte de una cuidada ecuación. Luego dije–: O si lo prefiere, como un detalle curioso dentro del amplio marco del descubrimiento. Por lo mismo, la hipótesis que más comparto acerca de este misterio no es la del protoviaje, sino aquella que hace referencia a que en el viaje oficial del descubridor, el del 12 de octubre de 1492, no sólo hubo una cuarta, sino también una quinta, una sexta y tal vez hasta una décima carabela.
Hice un alto premeditado.
–Veamos –fingí dudar–. Colón salió de Puerto de Palos con rango de almirante, la idea de tres carabelas es una obvia analogía a la trinidad cristiana, a los tres reyes magos, a una construcción mítica y Romana de esta búsqueda, pero no a lo titánico de la misión de hallar una ruta hacia las Indias, esfuerzo que al menos requería de una docena de naves similares. No es casual la cantidad de documentos quemados en la época, todos para ocultar la verdad de que Colón cruzó el Atlántico con una flota completa, tampoco que se pase por alto el hecho de que la nave insignia: la Santa María, no era una carabela sino un nao, por lo tanto siempre ha habido una cuarta carabela o un cuarto barco si así lo prefiere, desde niño que inconcientemente lo hemos sabido aunque no nos hayamos dado cuenta.
–Desde su lectura –respondió en voz baja.
–Que es una de muchas. Y usted, señorita, ¿cual de estas lecturas –repetí su propia palabra –prefiere?
Me quedó mirando, luego al resto de los presentes, sabía que tenía a todos los presentes encima. Yo simplemente le había pasado la pelota. Quería ser la mala de la cita, pero la bala había rebotado.
–Creo que la cuarta carabela –comenzó con timidez, luego fue ganando confianza –es el símbolo de algo más. De cómo usted acaba de decir, el hecho de que en el viaje de 1492 participaron más de tres barcos y también de que Colón pudo realmente venir a América antes de las fechas aceptadas por todos.
–Entonces no es una sino dos cuartas carabelas.
–En sus palabras, señor Jackard, tal vez sean diez o quince carabelas…
Y lo que siguió fue puro silencio.
–Aplausos, para la dama –improvisé rápido –creo que tras su intervención queda claro que no estoy solo en mis locuras.
Provoqué risas, no muchas, pero si las suficientes como para cortar la situación.
–Aplausos –repetí –si nos permite su nombre –la miré.
–Valiant –pronunció ella –Victoria Valiant.
Miré a Dwight Sánchez, desde que trabaja conmigo sabe que nunca he creído en las casualidades. ¿Qué hacía la asistente personal y ghost writer de Dan Darrow aguándome la fiesta?

EL HORROR DE BERKOFF: SEGUNDO CAPITULO

2
LAS TRES DE LA mañana le escribí a Emilia. Pude hacerlo antes pero no me atreví. Tuve susto del primer “hola”, de lo que iba a sentir al digitar esa palabra. Finalmente opté por no saludar y empezar como si nunca hubiésemos dejado de hablar. Y a pesar de la ausencia del “hola”, los nervios, el miedo, estuvieron presentes en cada una de las ciento cincuenta palabras que le escribí a la viuda de mi mejor amigo.
Aunque hacía tiempo que no era precisamente mi mejor amigo.
Tenía dos direcciones con su nombre, así que lo mandé con copia a ambas. En la primera línea le expliqué con torpeza que lo había hecho para asegurarme de que el mensaje le llegara. Como asunto escribí “lo siento”, era lo correcto, también lo más directo y simple. Luego le conté que Perci me había llamado, que estaba en blanco con la noticia, que me sentía como si me hubiesen disparado un tiro entre lo ojos. Exageré, obvio, puro melodrama, pero ella lo iba a entender, siempre lo había hecho. Subrayé que tal vez no podría viajar a Salisbury, que me era complicado salir de Santiago (no era cierto), pero que si ella me necesitaba no dudara en pedírmelo. Repetí una, dos, tres, cuatro veces que se cuidara, que en verdad estaba preocupado por ella. Cerré el párrafo con un abrazo y un beso, que ella eligiera dónde, aunque borré lo último antes de poner el punto final. Añadí un post data: “lo siento, aunque estoy seguro que son las dos palabras que más has escuchado en estos días”. Di una lectura final, rápida y lo envié. El correo despegó de mi bandeja de salida exactamente a las tres con cinco minutos de la mañana. Después me quedé callado, con la luz apagada, sentado en la noche tratando de volver a quedarme dormido.

3
NO VOY A MENTIRME, muchas veces me pregunté como sería el mundo sin Juan José Birchmeyer. Y no era así, al menos no como esta noche.

MIERCOLES

1
EMILIA GEEREGAT me respondió un cuarto para las ocho de la mañana. El asunto del mensaje era una respuesta a mi “lo siento” y su correo era considerablemente más corto que el mío. Tres líneas, menos de cien palabras. En la primera frase me indicaba que era mejor que le escribiera a su dirección de hotmail, que la otra prácticamente no la usaba, excepto para asuntos del trabajo. Me preguntaba cómo creía yo que ella se sentía, que cómo estaba y después se respondía que debiera imaginármelo, que acababa de morir su marido. Entre dos puntos seguidos reflexionaba en lo fea que era la palabra marido. Luego me indicaba que estaba segura de que yo me preocupaba por ella, que siempre lo había sabido. Tras una coma y antes del final, acentuó que le gustaría que fuera a Salisbury, decía sin decirlo que quería verme. O eso quise leer yo. No sumó ni un beso ni un abrazo, pero también agregó un post data: que ella también lo sentía, más que nadie, y que se lo habían dicho tantas veces que ya estaba como anestesiada.

2
FUE EN UN PROGRAMA que ya no existe, cuando De verbo masculino, mi primera teleserie, reventaba las cifras de audiencia del canal católico. Invitaron a los actores jóvenes que debutaban en la comedia, se suponía que yo era uno de los galanes: el chico sensible, el estudiante de provincia, el guitarrista romántico, el que sin querer se convirtió en el favorito de las espectadoras menores de 20. El animador, un cantante famoso a finales de los 60, quería saber de mi vida. “Martín Martinic”, me dijo, “todo el público femenino, en el estudio y en sus casas, se preguntan cuales son los secretos de este muchacho misterioso, nuevo y exitoso actor de nuestro canal. Me soplaron que no eres de Santiago, que naciste y te criaste en el sur de Chile. ¿Qué puedes decirnos del sur”.
–Que todos piensan y dicen que es el mejor lugar del mundo, excepto los que nacimos y vivimos allá.

–Ja, ja, que divertido, seguro eres la persona más famosa y querida de tu zona, ¿cómo se llama el pueblo de donde vienes. No me contestes, Martín, hice mis tareas y lo tengo anotado en una de estas tarjetas. Veamos… aquí esta. Salisbury o Estacióm Salisbury. ¿Salisbury? ¿Hablanos de tu pueblo natal Martín Martinic?

EL HORROR DE BERKOFF: PRIMER CAPITULO

Este es el primer capítulo “casi” definitivo de EL HORROR DE BERKOFF (working title) novela que estoy terminando y que fue favorecida con una beca de creación literaria 2009. Es la historia de dos amigos, una chica, un muerto, un pueblo maldito y una casa embrujada, también de duendes, monstruos y de un sur chileno que no tiene nada de postal, un sur repleto de bosques y ojos que miran desde la negrura de los árbole: a veces la naturaleza es mala, a veces los fantasmas, incluso los morales se pueden tocar, a veces los amigos imaginarios nos acompañan hasta el final de nuestros días. Esta novela nació a partir de VICTORIA, guión de una película que nunca se filmó, algunas cosas cambiaron, el pueblo entre ellas, la muy real Victoria se hizo la casi imaginaria Estación Salisbury o simplemente Salisbury. Este es el primer capítulo:

1ª parte
LOS NIÑOSMARTES
1

OTRA VEZ LA esquina Berkoff. Lo supe apenas sentí vibrar el teléfono, igual que en la noche anterior, aunque ahora no eran llantos ni gritos los que explotaron desde el otro lado de la señal, sino palabras tartamudas. Supongo que fue una advertencia, un presentimiento o simplemente el modo en que todo debía de comenzar, con una muerte que es el más definitivo de los finales y el más significativo de los inicios. Martes para miércoles, dos de la madrugada, buena hora para enfrentarse al fallecimiento de un amigo. También para tomar decisiones apresuradas y volver a pesar en casas embrujadas.
–Aló, ¿Mar… Martín?… –tropezó un hombre a través del celular.
–Si… ¿quién es? –respondí mientras veía el reflejo de mi cara desfigurarse sobre la cubierta traslúcida del iPhone.
–Perci… –continuó el tartamudo.
–Perci… –fingí dudar –Pércival Guidotti –completé enseguida. No porque hubiese reconocido su voz, sino porque era la única persona con nombre de caballero del rey Arturo que he conocido en mi vida.
–El mismo. Hola, tanto tiempo.
–Si, tanto tiempo.
Me estiré hacia la mesa de noche y prendí la lámpara, la luz me pegó un puñetazo directo a los ojos. Los cerré por un instante y cuando volví a abrirlos me reencontré con mi reflejo, devolviéndome la mirada desde la tapa del celular. Deforme y submarino, como alguna extraña clase de engendro abisal.
–Disculpa, estabas durmiendo –se excusó Perci, ya sin tartamudear.
–Estaba… son las dos… –revisé la hora en el teléfono –las dos y media –precisé.
–Lo siento, no quise.
–Está bien –traté de sonar amable.
–…
–…
–…
–¿Qué pasa?
Había sido la esquina, otra vez la esquina.
–Martín –se detuvo Guidotti, luego presionó el detonador–. Juan José… Juanjo murió
anoche…
–…
–Un accidente automovilístico.
–…
–Aló, sigues ahí
Claro que seguía ahí, desparramado sobre las sábanas, con las piernas cruzadas, temblando de nervios impulsados por el pasado, sumando pieza tras pieza en un Lego mental de color negro y diseño propio. Recordé los llantos telefónicos de la noche previa, vi los rostros de Juanjo, de Perci, de Emilia, el mío propio… y enmarcándonos, la esquina, la maldita esquina Berkoff. Todo tenía que ver, todo era parte del mismo mecano, igual que hacía más de veinte años, igual que siempre.
–Martín, ¿aún estas ahí? –insistió Guidotti.
–Si, me dejaste blanco, ¿qué paso, cómo fue? –me atraganté.
–Aún no hay nada claro.
–…
–…
–¿Cómo está Emilia?
–Mal.
–…
–¿Cómo me ubicaste?
–Por facebook, hice una lista de ex compañeros de colegio, tu te inscribiste, te acuerdas.
–Me acuerdo.
–Todos querían ser amigos tuyos, por lo de la tele… pero no aceptaste a nadie, excepto a mi. Hartos te odiaron.
––También me acuerdo.
–Los funerales son pasado mañana. Te quería avisar, claro, no es necesario que vengas, imagino que es complicado para alguien como…
–Si, no sé, me golpeaste, tal vez pueda, tal vez no, déjame…
–Tranquilo, ve tu. Yo cumplí con darte la noticia.
–Si, gracias –respiré rápido, entrecortado, recordando una clase de yoga de hace tiempo.
–…
–…
–Aló, Martín…
–Disculpa, como que estoy sin habla, pensando como lo hago, qué hago. Escucha, Perci, si es que al final voy, ya sabes que no tengo a nadie en el pueblo, me preguntaba si podía… –no alcancé a terminar.
–Por supuesto, mi casa es tu casa. Llámame cuando salgas de Santiago y también al llegar a Salisbury, mi teléfono debe de haber quedado en la memoria del tuyo, guárdalo.
–Lo haré.
–…
–¿Dijiste que me ubicaste por facebook?
–Si.
–Pero cómo –arrugué el ceño como si tuviera a alguien enfrente– no tengo mis datos privados publicados allí.
–Pero algunos amigos tuyos si. Por eso te llamé tan tarde, fue largo el proceso de escribir o llamar a tus contactos…
–¿Llamaste a mis contactos de facebook?
–Si, como a treinta personas, no eran tantos tampoco. Yo tengo más de quinientos, claro, no los conozco a todos, pero es un buen ejercicio de relaciones personales…
–…
–…
–…
– ¿Y al final quién te dio mi teléfono?
–Una mujer, Visnia algo.
–Me imaginé.
–Por qué.
–Por nada.
–…
–…
–…
–…
–¿Martín?
–Dime
–Fue la esquina cierto, otra vez la esquina Berkoff.
Y aunque ya lo sabía, preferí no decirle nada.

EL HORROR DE BERKOFF: AMIGOS IMAGINARIOS

DIEZ CON UN MINUTO de la noche y las calles de Salisbury estaban vacías. La lluvia ya no era tan fuerte pero seguía tan intensa como durante la tarde, gotas finas pero mojadoras, como decía mi padre y los padres de todos los niños del pueblo. De vez en cuando un auto, el sonido de un camión rompiendo el viento sobre la Panamericana, el silbato de un tren de carga, ecos de sonidos lejanos retumbando contra las nubes.
–Camina rápido.
–Cállate.
–No mires atrás.
–No lo hago.
–Tampoco al frente, baja la mirada, que no te vean.
–¡Cállate, dejame tranquilo!
–No puedo.
–¿Cómo que no puedes?
–Me preocupas.
–Entonces ven conmigo, pero no me hables.
–Es un trato.
–Y siempre cumples con tus tratos.
Podía sentirlos, corriendo sobre los techos, el golpeteo continuo de sus pies huesudos con tres dedos. Como niños brincadores, como ratones gigantes y bípedos. Murmuraban, hablaban con sonidos monótonos, sin vocales, una sucesión enferma de consonante contra consorte, “eses” chocando con “pes” y todas arremolinadas alrededor de “erres” en una cadencia inmoral, infame, enferma. Bajé la mirada y seguí avanzando. Mientras no pudieran mirarme a los ojos todo iba a estar bien. Por el entrecejo los observaba colgar de las paredes, esconderse en los rincones, saludarme con sus brazos largos, invitarme a ir con ellos. Pero hoy no, ya no era el niño de hace veinte años que si los hizo entrar. Que aún pudiera ver a mis amigos imaginarios era una cosa, que estuviera dispuesto a volver a jugar con ellos otra muy distinta. La cancha ahora era diferente, había cosas que me importaban más que protegerme de sus bocas y sus dientes afilados. Y mucho más que pactar con ellos, tranzando juegos por protección. Saqué mi teléfono y busqué alguna señal disponible. Nada. La noche había caído con su cono de silencio espantando almas vivas y muertes, devorando con la magia de lo desconocido a la tecnología de los hombres.
Apuré el paso siguiendo a una fila de ratas que parecían desesperadas por esconderse en alguna cuneta. Chillaban espantadas, horrorizadas de las sombras que volaban sobre ellos, atrapándolos para reemplazar con su sangre la de aquellos que no los dejaban entrar. Lo venían haciendo desde siempre, desde que se asomaron de las profundidades de la tierra Así sobrevivían, despedazando animales para suplir con ellos lo que los hombres ya no les daban. Ganado y ratones en lugar de niños, nadie les iba a entregar a sus pequeños, por mucho que rascaran los vidrios y dijeran que era la última vez. Los papás de Pablo Tocornal fueron los últimos que confiaron en sus mentiras y todos vimos lo que le pasó a la familia, como la locura terminó infectándolos. La maldición y el legado de Berkoff nos decía Perci inventando uno más de sus relatos de espanto.
–Perci nunca ha inventado nada.
–Pero él no lo sabe,
–Camina más rápido y no pienses en los monstruos, si los visualizas en tu cabeza bajaran a buscarte.