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CHILEAN DRACULA


Versión publicada en la última Capital

Version inédita, un poco más larga

CHILEAN NOSFERATU: DRACULA.CL

Una imagen: Pinochet en su ataúd el día después de su muerte. La fotografía dió la vuelta al mundo. Vestido de uniforme, de guerrero, con el rostro hinchado y las venas marcadas, idéntico (o muy parecido) a Jack Palance en la versión televisiva de Drácula que dirigió Dan Curtis y fue estrenada en la CBS en septiembre de 1973, las sincronías a veces asustan. No parece muerto, dijeron partidarios y detractores de aquella imagen del General. No Muerto/Nosferatu, no confundir con Muerto en Vida/Zombie, hacerlo es faltar al respeto al vampiro. No Muerto es traspasar la barrera, convertirse en algo más, en una idea, en una fuerza tan viva como muerta, las dos cosas al mismo tiempo, ¿se entiende? ¿No? Es la magia del vampiro, vivir en el borde, en la indecisión, en el si y el no… Drácula y Pinochet se parecen. Militares ambos, míticos en vida, aun más poderosos tras fallecer, dictadores, genocidas, hombres que creyeron (¿en verdad lo creyeron?) hacer lo correcto aunque en su idea de corrección arrastraran a miles de compatriotas. Finalmente tan admirados como temidos, porque Drácula es la encarnación de la esquizofrenia, produce horror pero también fascinación. John Badham lo resumió muy bien en el tagline de la versión del vampiro que rodó en 1979 con Frank Langella como el encapotado de los colmillos: “El regreso de la criatura de la noche que por siglo ha causado espanto en el corazón de los hombres y deseo carnal en el de las mujeres”.
Más que cualquier otro monstruo, Drácula es sexo reprimido, casto de día, desatado de noche y sobre cualquier otra criatura siniestra representa la amenaza al extranjero, el bárbaro atractivo que invade la moral y la paz de la civilización desatando sus sueños más prohibidos. La doble identidad, el invunchismo, Latinoamérica entera y encima de la lista nuestro Chile querido, más que un territorio de vampiros, un vampiro territorio. La gran diferencia es que mientras el nacido Vlad Tepes no se refleja en el espejo, nosotros lo hacemos demasiado, y nos gusta, y nos pegamos en defensa propia, nos masturbamos contemplándonos a nosotros mismos. Drácula es autocomplaciente, egocéntrico e idealista, algo que queda gráficamente descrito cuando Bram Stoker, el autor de la novela en que se origina el mito, nos dice de que el viejo Conde tenía las palmas de la mano cubiertas de pelos, tal cual reza el dicho popular respecto de quienes practican la autosatisfacción y vaya que no hay nadie que lo haga mejor al arte de Onán que el legendario habitante de Transilvania, preocupado de si mismo, egoísta, ambiguo, amante de raptar niños y de entrar a habitaciones donde duermen doncellas de generosos escotes a las posee sin penetración, sino a mordidas. Un gran coitus interruptus, como la historia de Chile entera, pensemos en el fútbol no más… siempre estamos a punto, pero nos quedamos en el cuello, nos gustan los cuellos.
Drácula en Chile. Bram Stoker, el escritor, un irlandés tan obsesionado como ambiguo en su sexualidad, miembro de la orden del Amanecer Dorado, el Golden Dawn, grupo esotérico de organización paramasónica, amantes dela magia y de la búsqueda de sabidurías antiguas. Stoker tenia compañeros y maestros en esta orden, uno de ellos Lord Salisbury, primer ministro de la Reina Victoria, al que algunos apuntan responsable de Jack el Destripador y otros (peruanos sobre todo) albacea de Chile durante la Guerra del Pacifico. Salisbury, acaso una inspiración para el rey de los vampiros, buscó garantizar los intereses británicos en Tarapacá y personalmente se encargó de que a Chile no le faltaran armas, buques y preparación militar. ¿Socio, gobierno entre las sombras?, un Drácula invisible guiando a nuestros ejércitos de 1879, cuyos vampiros invadieron Lima, la ciudad de los reyes, con más terror y violencia que los chupasangres de verdad, esos que Drácula desencadenaría en Londres, otra ciudad de reyes, en 1897. Pero mientras los vampiros transilvanos violaron a las mujeres con elegancia, los del fin del mundo lo hicieron con barbarie.
Drácula es el gótico por excelencia, Chile es un país gótico. Almagro y Valdivia lo eran con sus brujos y chamanes, Caupolicán fue empalado según las artes de Vlad Drácula Tepes. Santiago colonial con sus fantasmas de la Chimba, las figuras del Corregidor Zañartu y la Quintrala, nombre con un sonido extraño, intrínsecamente maligno, fascinante, extranjero, producto de la conjunción de consonante fuerte con “erre”, el TRA de la Quintrala con el DRA de Drácula, entonación identida, vinculacion con el diablo, el dragón, las fuerzas de la oscuridad. Hasta 1897 Drácula era un rumor, una leyenda de Europa del Este, Bram Stoker lo hizo famoso. Hasta 1877 la Quintrala era un mito, cuento de espanto para los niños, se dudaba incluso de su existencia, hasta que Benjamin Vicuña Mackena “probo” su existencia, o como Stoker la reinventó desde el rumor.
Drácula.cl. No me cabe duda si el Demeter (la goleta rusa que lleva al vampiro de Rumania a Inglaterra) volviera a perderse en la mar, esta vez encallaría en Chile. Este es un buen país para vampiros, un buen lugar para el rey de todos. Acá los No Muertos andan a la orden del día, y como el buen Drácula no le temen a la luz del sol ni necesitan ataúdes para esconderse, sólo cuellos para morder.
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“ONCES” EN SEPTIEMBRE

El 11 de Septiembre de 1973 yo no había nacido. Mi papá era un pendejo de 23 años, recién salido de Técnico Agrícola de la U de Chile, sede Temuco, hoy UFRO. Tenía su primera pega en el SAG y llevaba poco más de un año casado con mi madre. Mi vieja estaba embarazada de un hermano mayor que nunca nació. El 11 de Septiembre de 1973, mi viejo trabajaba para el SAG de Collipulli, bajo el mando de un sujeto flojo como el hueso de la frente, puesto por el gobierno de la UP, para mandar y trapear el piso con los jovencitos universitarios a su servicio. Apenas supo de la noticia acaecía en Santiago, el mutante apretó cachete, era que no. Mi papá agarró la camioneta del SAG y volvió a Victoria, llevando en la pick up uniformes de trabajo que eran verdes. Dos días después, el 13 de Septiembre, cuando regresó a Collipulli fue detenido por milicos en la carretera. Los conscriptos, eso eran, vieron que trabajaba para el SAG (empresa del gobierno de Allende) y concluyeron que los uniformes agrícolas eran “trajes de combate”, así que para dentro, derecho al regimiento de Lautaro. Estuvo medio día horas encerrado, hasta que un amigo militar lo reconoció (habían hecho el servicio juntos, tenían gente en común, de hecho mi viejo al haber estado en el ejército como un universitario tenía rango de suboficial de reserva) y lo sacó minutos antes de que fuera ordenado ser subido a un camión con rumbo a Concepción. Conocer a la gente correcta en el momento correcto, sólo eso, también que Dios a veces existe, que en el sur todo el mundo conoce (o conocía) a todo el mundo y que mi abuelo era funcionario de Carabineros. Mi viejo se salvó, nunca ha contado si le pegaron o no, la camioneta del SAG y los uniformes quedaron requisados, del resto de la gente del SAG 70-73 nunca más se supo. Y en virtud de esto, de todo lo que vio, siempre me he preguntado como es que mi padre siempre ha sido de derecha, pero es un buen hombre y es mi viejo y eso al final es más importante, al menos a mi es lo único que me importa.
Para el otro 11 de Septiembre, el del 2001, yo estaba trabajando en Virtualia, cuando de pronto alguien cuenta que una avioneta se estrelló contra una de las torres de WTC. Como lector del Readers Digest me acordé de inmediato de “Pesadilla en el piso 72” y recordé ñoñamente que no era primera vez que eso ocurría, que en los 30 o 40, un bombardero B-25 Mitchell se había estrellado contra el Empire States Building pero el Empire States era una mole bien armada, bien diseñada, no como los cubos de cristal de las torres gemelas, versión hipertrofiada de nuestra funesta Torre Santa María. Al final no fue un avioneta, sino un 757, pero cuando lo supimos ya era tarde, una segunda nave se incrustaba en la otra torre. Y de ahí a correr por un televisor a la casa de un compañero de pega que vivía cerca. Y la gente sin ganas de trabajar, pendiente del minuto a minuto, un día perdido, o ganado, como se le quiera ver. Las torres se vinieron abajo y luego otro avión en el Pentágono, la teoría loca de que ahora iban con bombas atómicas, que EE UU estaba lleno de aviones suicidas. Ese día Boeing dejó de construir aviones comerciales y manufacturó misiles crucero tripulados. Todo el planeta estaba cagado de miedo, también de imbéciles que decían que Bush debía de disparar ya sus misiles contra Corea y el Medio Oriente, en mi oficina había uno (y era uno de los jefes de sección). Cada minuto, cada hora, era como estar dentro de un capítulo de 24 privado. La historia del planea había cambiado, también nos habían quitado nuestro 11 de Septiembre, la fecha ahora no era de Chile, era del mundo, las futuras generaciones sólo iban a recordar las torres cayendo, no a Allende y su caída.

¿POR QUÉ ESCRIBIR FANTASTICO EN CHILE?

Primera versión de la columna que inaugura la sección Chile Mythico en el sitio de Mythica Ediciones.

COPIA FELIZ DEL EDEN

“¿Por qué escribir ciencia ficción en un país sin ciencia y con tan poca ficción?”, preguntaron en una charla en el Chileno Norteamericano, hace exactamente un año. Estaban presentes el director de cine Jorge Olguín, el crítico Daniel Olave y quien escribe. El escritor Darío Osses, quien moderaba el evento, prosiguió: “¿Uno entiende que en Europa, Japón y Estados Unidos, con sus elevados índices de crecimiento industrial, se escriba acerca de futuros imposibles, pero en Chile es casi ridículo?”.
Y claro, el ánimo de la pregunta tenía harto de provocador, pero también (sin quererlo) daba las claves para entender el desarrollo de la literatura de género (y cine, cómic y todas las artes narrativas que se quieran) en nuestro país, sobre todo en los últimos años. Un paréntesis antes de continuar, prefiero hablar de género en lugar de ciencia-ficción a secas, ya que si hay algo que caracteriza el culto de esta temática en nuestro país es la melcocha, lo charquicán de su receta. Ygdrasil, por ejemplo, no es sólo una novela cyberpunk, sino una obra fantástica que roba, samplea y vampiriza de todos lados: chamánica, ancestral, mitológica, en las restas acaba más cerca de García Márquez que de Bruce Sterling, de ahí su originalidad y su impacto a nivel mundial. Jorge Baradit, su autor, lo definió desde un principio, es realismo mágico 2.0. Personalmente me gusta más lo de hiperrealismo mágico, sin números, con más palabras, más adjetivos tremendistas.
Pero volvamos al reactor principal de la pregunta. ¿Por qué escribir ciencia ficción en Chile? Simple. Primero que nada porque así lo dice nuestro himno nacional: somos la copia feliz del edén, del paraíso prometido (el Dorado, Xanadú, la Ciudad de los Cesares, etc) y eso es una tremenda responsabilidad. Chile es un punto mágico anclado al fin (o al inicio del mundo), donde siempre hemos cohabitado con la fantasía. Literalmente estamos “en el fin del mundo y en el fin del mundo”, geográfica y espacio-temporalmente marcados.
Y con lo de estar acostumbrados a la fantasía no me quedo en eso de que todos más de alguna vez hemos escuchado de fantasmas, de ovnis en el Cajón del Maipo, del niño llorón, las lloronas, el chupacabras, la rubia de Kennedy, del Caleuche o el gran Guarén de las alcantarilladas santiaguinas, nuestro equivalente a los cocodrilos de Manhattan, sino de lo que hay mucho más allá, en el corazón de nuestra identidad como país. La geografía del mito y la conspiración local da para escribir cientos de obras del género, cada vez mejores y más entretenidas (algo no menor). Tal vez en un futuro cercano la mejor ciencia ficción y fantasía de habla hispana en verdad se este pariendo en estas tierras. El boliviano Edmundo Paz Soldán lo enunció hace un par de años, si me preguntan tengo confianza en que vamos derecho hacia allá, por mucho que cierto sector de la crítica nos acuse (y aquí me incluyo) de ser un grupito menor, que cree que todo lo raro es bueno y que se ha formado con lecturas tan dudosas como Harry Potter, cientos de cómic y lecturas tardías de Miguel Serrano. Eso es mirar sin alturas y quedarse anclado no sólo en el pasado, sino en prejuicios menores. La generación de creadores chilenos que se empinan entre los 20 y 40 años, viene criada por historietas baratas, animé japonés, Spielberg y Lucas, hard metal, Transformers y G.I.Joe, todo estrujado en un cóctel de traucos, pincoyas y “cai cais”, lo que viene de esa receta lo quiero leer aquí y ahora.
Chile es un país fantástico, un planeta con sus reglas propias, una nueva Atlántida o si se prefiere Chilena. Un país donde sus fundadores vinieron a buscar ciudades perdidas llenas de oro y se encontraron con gigantes en la Patagonia, donde los terremotos dependen de la escultura de un Cristo crucificado repudiado por una bruja, donde la Independencia fue planeada por una sociedad secreta que no tiene nada que envidiar a los Iluminati. Donde la libertad se ganó tras la ceremonia iniciática de cruzar los Andes, que no fue una maniobra militar y estratégica, sino un rito en honor a las diosa del fin del mundo, ¿la virgen del Carmen?
Chile en un país donde aparecen monstruos voladores, buques embrujados y donde la gente acepta como la más trivial de las realidades bolas de fuego, maldiciones y entierros. Un país donde en la más “steampunk” de las realidades, la religión más popular del siglo XIX fue el espiritismo del cual Arturo Prat, otro de nuestros héroes, era prácticamente un sumo sacerdote. Donde en 1946 el diario más importante publicó en primera página que un almirante norteamericano había descendido a la Tierra Hueca a combatir contra las astronaves de Hitler y nadie lo puso en dudad. Donde todos nuestros presidentes han terminados convertidos en fantasmas vagando en eterna pena por los pasillos de un Palacio de la Moneda, construido en el centro de un valle, cuyos antiguos habitantes advirtieron a los conquistadores, estaba habitado por las luces de la Tierra.
Tampoco hay que viajar tan lejos para abrir los ojos ante esta realidad extraordinaria, sólo pensemos en la figura más gatillante de nuestra historia: Augusto Pinochet, un dictador vinculado a la masonería, que dedicó plata y recursos estatales a rastrear todos los “objetos de poder” de la Logia Lautarina, que se asesoraba de dos brujas y que personalmente se encargó de todo lo que tuviera que ver con el caso del Cabo Valdés, el abducido más famoso del mundo.
Al final hay más respuestas que preguntas ante el debate de por qué escribir fantasía en Chile. Lo anterior es curiosamente lo más obvio, bajo la superficie, en lo que se refiere a lo concreto, la respuesta estoy seguro, generará todavía más discusión. Porque además la identidad narrativa y poética de Chile la ha dado lo fantástico, mientras la prosa realista, esa sólo se queda en nuestras fronteras, mirándose al ombligo, cómoda en un pasado lleno de callosidades. Pensemos: ¿cuáles son nuestros autores más reconocidos? Mistral, Neruda, Donoso, Isabel Allende, Bolaño, ¿qué tenían en común? Todos, absolutamente todos, aventuraron un Chile poderoso, mito poético, telúrico. En serio, sólo revisemos la mejor poesía de la Mistral, anclada bajo los cielos de Elqui, despertando a los muertos, a los miedos y a esas estrellas que como ella dijo (en una frase muy Lovecraftiana) nos parpadeaban desde el límite de los tiempos.
Ya lo dijo el argentino Rodrigo Fresán, un país sin ciencia ficción es un país sin futuro. Me queda la esperanza que hoy no somos pocos los que estamos construyendo el porvenir de estas tierras, soñando con futuros, manipulando el pasado, destruyendo para construir.
Desde ya los dejo invitados para este espacio, semanal o quincenal, donde hablaremos de ese Chile extraño, bizarro y creativo. Ese Chile “mythico” que tanto nos acomoda habitar. Para la próxima una adelanto: 1899, cuál es su historia, su origen y su propuesta.
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