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MARK FISHER, “STARCHITECT”

Versión “extendida” del posteo publicado hoy en Que Pasa.


MARK FISHER, “THE WALL”

 Si en el mundo hay un arquitecto al que le queda la chapa de starchitect ese es Mark Fisher. De partida es quien más veces ha expuesto sus obras alrededor del mundo, incluido Chile. Y el que más ha sido visto y disfrutado por hijos de vecino sin necesidad de acudir a una bienal o evento similar. ¿Le interesó? Excelente, la próxima semana estará por estos lados exponiendo  la que el mismo ha sostenido es su obra maestra: The Wall. Una pieza de “arquitectura móvil” que atravesará el Estadio Nacional y que será montada y derrumbada en poco más de dos horas, periodo en el cual cobrará vida con proyecciones de efectos 3D, juegos de luces, filmes animados, pirotecnia, aviones a escala, muñecos gigantes y hasta la réplica de una habitación de hotel.

Vale, The Wall es de Roger Waters y por añadidura de Pink Floyd, pero si somos concretos el legítimo responsable de darle forma al concepto es y siempre ha sido Mark Fisher, un arquitecto inglés de 65 años que a mediados de los setenta cambió los rascacielos por la música. Quería ser estrella de rock y a su manera lo logró. Creador de la idea y término de “arquitectura móvil”, los croquis y las obsesiones de Fisher han dado por casi cuarenta años forma, color y luces al rock y al pop, razón por la cual muchos de sus contrarios lo han apuntado como responsable de haber asesinado lo simple, instantáneo e improvisado de la música en vivo.

Tras la llegada de Fisher todo fue sincronización, sonidos pregrabados y tiempos perfectos para que el espectáculo sonoro funcionara a la par con todo lo que lo envolvía. Dejar lo espontáneo en servicio del show, hacer de un concierto un gran equipo estéreo, como ocurre precisamente en The Wall, complejo y carísimo montaje que diseñó para Roger Waters y compañía en 1979, volvió a dar vida en Berlín en 1990 para veinte años después conseguir modernizar, actualizar y transportar a través del mundo en la rendición que el ex Pink Floyd viene haciendo a su obra maestra desde 2010, un reto donde la música es secundaria y que, según el propio bajista, habría sido imposible de lograr sin el toque Fisher. La crítica especializada ha dicho que el show de The Wall es una experiencia a los sentidos y que el mérito no es precisamente de los músicos en escena, sino de la escena en sí. Tal vez debiera llamarse Mark Fisher: The Wall, hasta justo sería.

Decir que Fisher piensa a lo grande es quedarse chico, si “obras arquitectónicas” como la “garra” de U2, el “ultrasecreto” juego de luces de Genesis, el “muro “de Waters/Pink Floyd sorprenden, más lo hace el haber convertido los centros completos (downtown) de Houston (1986), París (1995)  y Moscú (1997) en mega escenarios para Jean Michel Jarre, batiendo en la capital rusa el record absoluto de asistencia a un evento, congregando alrededor de su “arquitectura móvil”  a 3 millones y medio de moscovitas arrodillados alrededor de luces, laser, marionetas, pantallas móviles y sincronías orquestadas donde la música pulsaba el ritmo de una ciudad entera, incluidos astronautas hablando desde la Estación Espacial y un “cuerpo de baile” compuesto de seis aviones Mig-29. Su límite, ha dicho, no es el presupuesto, sino lo que la tecnología le permite.

Después de su debut en el negocio, en el verano de 1974, precisamente con Pink Floyd; el nombre de Fisher comenzó a repetirse junto a “marcas” como Queen, Led Zeppelin, ELO, Genesis, David Bowie, Peter Gabriel, Elton John, Rolling Stones y una lista tan larga como variopinta que ha sabido estirarse  en el tiempo hasta U2, Depeche Mode, Metallica, Iron Maiden, AC/DC, Pink, Madonna, Cher, Kylie Minogue, Muse, Radiohead, etc; todas las premiaciones de MTV y  VH1, los últimos dos Mundiales de Fútbol, las recientes tres Olimpiadas e incluso la actual gira de Juanes y “me veras volver” el tour de reunión de Soda Stereo del 2005. Rodeado de colaboradores de la talla del fotógrafo y cineasta Anton Corbjin, y el iluminador teatral Jonathan Park, el toque midas de Fisher ha sido plagiado  (los últimos escenarios del Festival de Viña han sido un “copy-paste” de los bocetos disponibles en su sitio www.stufish.com) pero jamás igualado, porque hay algo que lo diferencia de otros escenógrafos, es arquitecto y desde esta mirada ve a cada banda y a cada solista, no como un show, sino como un edificio: una catedral o un rascacielos que puede y debe moverse, también bailar.

 

 

 

“PUNK FLOYD, EL MURO”: ESTO LO ESCRIBI EL 2009…

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… para los 30 años del disco, noviembre del 2009, hoy amerita volver a publicarse

Y TODOS ERAMOS LADRILLOS EN UNA TONTA PARED

El sábado pasado vi con mi mujer The Wall, la película de Alan Parker y esta semana he escuchado el disco, la versión en vivo (Is there Anybody Out There: The Wall Live) y el “remake” que Roger Waters y compañía levantaron en Berlín en 1990. Una vez tras otra, como un ritual, una celebración de cumpleaños generacional, una devoción personal a un disco devocional.

Las canciones son las mismas, las versiones difieren, el reactor permanece. Hacía años que no escuchaba la pared de esquina a esquina, hace rato que no está entre mis discos favoritos. Incluso, dentro de la discografía de Pink Floyd, no es de mis predilectos. Demasiado Roger Waters, demasiado maqueteado, demasiado estudiado, demasiado anclado en la tierra, demasiado alejado de los paisajes intergalácticos que la banda supo tejer entre 1965 y 1978.

Por decirlo en fácil, Dark Side of the Moon es el disco de una banda, The Wall una biografia recitada. Además fue el primer disco de Pink Floyd dirigido por un productor que no tenía relación con el grupo (Bob Ezrín). Y como tal aparece sobreproblado de sesionistas y saturado de canciones donde lo único floydiano era la voz de Waters; abusado de líneas de batería en las que no aparece por ningún lado esa violencia artesanal de Mason, sin contar el exilió absoluto de Rick Wright y sus colchones de teclados.

The Wall no sólo es un corte estilístico, sino también moral y político de la banda, casi una respuesta al odio que el punk manifestó por el cuarteto londinense, achacándolos de símbolo de todo lo odiable en la música popular. No más space rock, no más prog rock, The Wall era callejero bailable incluso (“Another Brick in the Wall (Part II)” y “Run Like Hell” son canciones disco), construido en horrores y rabias, una patada de gritos y metáforas violenta; Punk Floyd ironizó hace tiempo el argentino Rodrigo Fresan al escribir de esta placa, haciendo una analogía con La Naranja Mecánica de Kubrick, mucha razón.

Pero The Wall con todo lo que uno puede criticarle está de cumpleaños, suma tres décadas y en los aniversarios todo se ve más nítido. Mejor, con más claros que sombras. Y The Wall tiene a “Comfortably Numb”, la luz Gilmouriana dentro de la dictadura Wateriana, la última canción hecha de a dos, la última obra maestra del grupo, con ventaja la mejor canción –con formato canción- de la historia de la banda.
El 30 de noviembre de 1979, The Wall debutó en las estanterías. El disco que todo el mundo dijo que no iba a comprar se alzó al top 1 en ambos lados del Atlántico. Y ahí permaneció, año tras año, hasta encaramarse al 2 absoluto de todos los tiempos, sólo superado en cifras por Thriller del difunto Jackson. Record absoluto, pero eso al final es puro número, lo que importa, lo que vale esta por otro lado.

¿Hay alguién allá afuera?

Insisto, The Wall está hoy lejos de ser uno de mis discos preferidos, pero ello no quita que pelee el cetro de uno de los más importantes de mi vida.

Recuerdo perfectamente cuando lo escuché por primera vez. 1987, yo estaba en 1º medio y en la casa de mis abuelos empecé a escarbar unos cajones con casetes grabados que tenía mi tío Víctor Hugo. Pink Floyd: El Muro (1º Parte) estaba garabateado con lápiz rojo en un Sony de 60 minutos. Fue la única cinta que me interesó. El nombre me sonaba y los otros de la caja: Gentle Giant, Yes, Vander Graff Generador, The Mahavishnu Orchestra, Jean Luc Ponty recuerdo, no los había escuchado ni en pintura. No me culpen, era Victoria, un pueblo 60 kilómetros al norte de Temuco, donde lo más “moderno” que se oía eran los hits de Día y Noche FM y lo poco que llegaba a la disquería Tops (que era del papá de mi amigo Pato Paredes), la única de la ciudad, se resumía en el top 10 de Sábado taquilla y Más música.
Me fui con el casete a casa y lo puse en el “Tres en Uno” IRT que teníamos en el living. Primero el chirrido del ruido blanco, luego el fraseo de una canción antigua (que años mas tarde identifique como una balaba navideña de Vera Lynn) y luego un violento puñetazo de guitarra y batería. El casete no tenía identificado los nombres de las canciones así que me resulto complicado seguirlo, especialmente porque era el primer disco que oía donde todo estaba pegado, las canciones no se difuminaban, ni siquiera se cortaban. 45 minutos, “Good Bye Cruel World” se despedía la última canción y todo se acababa.
En una época donde lo más “fuerte” que había escuchado era Iron Maiden y Europ y lo más “artistico”, Queen, lo que acaba de oír me voló el rostro. Necesitaba la segunda parte. Me demoré un par de años en conseguirla, cuando encontré en Temuco –en disquería Koncierto- la edición CBS del casete, que metía ambas partes en una sola cinta de 90 minutos: uno de los primeros completamente blancos (sin papel) y con carátula con lengüeta, con los nombres escritos en inglés, sin traducción made in Chile ($850 si no me equivoco, si menos de luca), en una época pre CD, una joya entre joyas.
A esas alturas ya muchos de mis amigos de colegio: Manuel Contreras, Pollo Carvacho, Alejandro Inostroza compartían esa devoción por The Wall (y por Pink Floyd). Habíamos conseguido otros discos y visto el VHS del Delicado sonido de Trueno, que alguien trajo pirateado de la capital (si, de la Capital) y que era lo más futurista del mundo. “Mira el video de “Signos de Vida”, la cámara se mete por debajo del bote, y ese huevon que enciende un cigarrillo con un rayo láser al inicio de “Shine On”, o la cama que sale volando…” . Por supuesto entonces no teníamos ideas de disputas legales, ni de Waters, ni Gilmour, la música era simplemente Pink Floyd, la banda más grande de nuestra adolescencia, un ritual obligado de cada sábado por la tarde, buceando entre sonidos que jurábamos era lo más existencialista del mundo. Me acuerdo que cuando al fin logramos escuchar The Wall completo, en la casa de Manuel; y su primo Blas, que ya estaba en la universidad se nos unió y nos dijo algo que nunca he podido olvidar. Era 1988, era el sur de Chile, la universidad era la UFRO.
“En la UFRO, Pink Floyd es lo único que se escucha, es el sonido de las clases, van a conocer a todo el mundo gracias a Pink Floyd. ¿Ya vieron la película de The Wall?”
Había una película. Si, claro, había una película.
Y vimos la película y con Manuel la analizamos en una clase de literatura, con un profe de Filosofía que nos puso 7 por el sólo hecho de llevar a Pink Floyd a la sala de clases. Y nos hicimos amigos del profe gracias a The Wall y nos contó que cuando había estudiado en la Universidad Austral todo era Pink Floyd, que o escuchabas Pink Floyd o no eras nadie. Y sentíamos que estábamos en lo correcto, que era lo que había que oír, lo realmente importante en la música, todo el resto era popular y comercial. Y aunque claro, en privado habíamos empezado a variar los gustos: REM, Depeche Mode, The Cure, encima de la pirámide siempre aparecía Pink Floyd. Habíamos crecido ladrillo a ladrillo y eso al final es más potente que cualquier calidad artística.
Un verano llegó alguien de Santiago (primo de un vecino, primo de un primo, da lo mismo) y nos presentó a The Smith. Nos armó todo el discurso de que era lo que se estaba escuchando en la capital, que era el nuevo punk, la nueva voz de la juventud de clase media inglesa, que Pink Floyd era puro engrupimiento, que era musica pa´viejos, que Sex Pistols los había mandado a buen lugar el 77. Por supuesto nos dio lo mismo. Al año siguiente entramos a la universidad y Pink Floyd iba con nosotros. Y comprobamos que estábamos en lo correcto, que el santiaguino se equivocada, era un snob, un popero. La música de los Smith estaba bien pero no tenía un ápice de la profundidad que encontrábamos en Pink Floyd.
El 92 entré a Periodismo en la UFRO. Nuevos amigos, nueva gente, primeros amores y Pink Floyd siempre presente. Veo perfecto el gran carrete de la semana mechona, fiesta con proyección de The Wall en una pantalla gigante. Catarsis total, éramos universitarios, Pink Floyd era la universidad. Mi amigo Roberto recitando la letra de “Hey You” entre cajas de vino tinto en una húmeda pensión al poniente de Temuco, mi amiga Paola canturreando “The Great Gig in the Sky”, como podía y le salia bien… Primeros pitos, primeros viajes, cantando a todo pulmón cada canción del disco, sintiendo que el disco, la película, las canciones eran la primera misa. Mi buen amigo Daniel Villalobos sentado en el piso del gimnasio Bernardo O´Higgins de Temuco en una rara sesión doble en pantalla gigante de Floyd, Queen y el 101 de Depeche Mode, creo…
El primer libro de rock que me compre fue una biografia/cancionero de Pink Floyd…
Un paro en junio, una toma en julio, carretes tóxicos cada noche, “Is there anybody out there?” cantaban todos mientras escribían carteles gigantes pidiendo justicia social en la otorgamiento del crédito universitario… “Bring the boys back home” lloraban otros, mientras trababan con cadenas la entrada a la universidad para el festejo del año nuevo mapuche. Estoy seguro, la banda sonora del movimiento mapuche que hoy sacude a la Araucanía tiene mucho de The Wall, estan todos, a ambos lado de la carretera/cultura, esperando por los gusanos.
Más fotografías, una estudiante de literatura, tres años mayor, bailando en medio de una fiesta tóxica, gritando que sin Silvio Rodríguez y sin Pink Floyd no existía universidad. Y claro, uno podía bailar con Pet Shop Boys, cantar con Soda Stereo, pero sonaba Pink Floyd, sonaba The Wall y todo el mundo se quedaba en silencio.
1992, acabábamos de recuperar la democracia, de salir de la oscuridad, pero aun quedaban tantas deudas pendientes… ¿acaso las pagamos? The Wall era un faro que supo dar buena luz en esa época sombría. Eran los años felices de nuestras vidas, después empezamos a crecer y los sueños, algunos sueños se fueron por el caño, como en “Comfortably Numb”. ¿Por qué Pink Floyd era tan importante en esos años? Ni idea, supongo que porque estábamos en el sur, encerrados en nuestro propio mundo, mientras en Santiago y más al norte los milicos martillaban en verdad al pueblo. Allá, cruzando el río Bio Bio los ladrillos nos apartaban del mundo, encantándonos con un disco que a la distancia y con los años suena engrupido, añejo incluso, pero ante el cual no puedo (y supongo que no podemos, porque estoy seguro escribo por muchos) negar su importancia clave como vitamina del crecer, de mi crecer al menos.
Huevón, me dijo un amigo hace años, corta con escuchar a Pink Floyd, si quieres oír verdades de la vida cantadas, oye a Bob Dylan, es menos artificioso. Puede ser, de hecho así es, pero uno creció con Pink Floyd y contra eso no hay nada que pueda hacerse. Soy de los que creen que los martillos marchan, los cerdos vuelan y las flores se convierten en bestias carnívoras cuando hacen el amor. Los ladrillos se levantaron hace 30 años, algunos muros calleron, otros no.

ROGER WATERS: ¿HAY ALGUIEN ALLÁ AFUERA? (EXTRACTO DE ARTICULO PARA iPOP)

Publicado en la edición febrero de 2012, de revista iPop

En la mente de Roger Waters
THE WALL: ¿HAY ALGUIEN ALLÁ AFUERA?

El gigantesco montaje que acarrea el bajista y cerebro de Pink Floyd y que recalará por estas costas en marzo , no es precisamente algo nuevo. Sabemos a lo que vamos, lo hemos sabido desde hace 31 años: el orden de las canciones, la nula improvisación, incluso la idea de estar viendo una película repetida. The Wall no tiene nada de espontáneo y esa es precisamente  su gran virtud, lo que ha hecho de esta gira tal vez la más espectacular de todos los tiempos.

“¿Fuiste a ver U2 360º?”, me preguntó hace unos meses, una amiga que vive en España. Cuando le contesté que sí, contraatacó con un “¿y te pareció espectacular?” a lo que volví a responder afirmativamente. “Pues es un chiste al lado de The Wall de Roger Waters”, agregó, sumando de inmediato: “tú sabes que yo con Pink Floyd cero onda, no creo haber escuchado un disco entero de ellos, pero si estoy segura, muy segura, de que The Wall es el mejor concierto que he ido en mi vida. No es solo música, es información, estímulos por todas partes, uno no sabe para donde mirar”. Y al parecer mi amiga no es la única que opina parecido; el  “autoremake” de Roger Waters se ha llevado algunas de las críticas más halagadoras de la industria: “Supera todo lo visto antes”, “El concierto de rock más espectacular de la historia”, incluso el estricto The NewYorker lo calificó como un hito obligatorio, casi una responsabilidad cultural el asistir a una de sus puestas en escena.

Nominaciones varias a mejor gira del año y a puesta en escena más innovadora son más ladrillos en la pared de una historia que se ha venido tejiendo desde hace más de tres décadas, una con leyenda propia y que bien supo sintetizar el escritor argentino Rodrigo Fresán hace unas semanas en Página 12.  “No es Pink Floyd lo que está en gira, ni siquiera es Roger Waters, es The Wall, el disco, la obra es la protagonista, no el artista”.  Y ahí está la gran diferencia entre este tour del señor de los cerdos voladores y los dos previos que también lo trajeron por este lado del mundo. El 2002 fue el reencuentro del músico con su público y el 2007 una declaración de principios: si la marca Pink Floyd estaba en  coma, él la tomaba prestada. O si se prefiere, hacía uso de la cuarta parte que le tocaba.

Con The Wall la marea es otra, no es Waters quien está bajo las luces, es la obra, la pared la que canta y grita. Claro uno puede arrugar la frente al oír las versiones del bajista de piezas de la era Dark Side of The Moon y Wish You Were Here, pero con “el muro” es distinto, los ladrillos son suyos, las letras, la biografía en escena le pertenece, por eso no es inusual que ocurran fenómenos como los “9 River” en Buenos Aires, lo que no tiene que ver con que si Waters o Pink Floyd son más populares en Argentina que los Stones o Charly García, como se ha apresurado a sentenciar la prensa. Esos “9” obedecen a un rito, uno que se explica ante el hecho que The Wall, la película, lleva en cines porteños casi tres décadas. Es probable que la obra guste incluso más que la banda y ahí está la misa, ir a ver algo que ya hemos visto, o creemos haber visto, muchas veces. Esto, insisto, no es Pink Floyd ni Roger Waters solista, es The Wall.

En primera persona…

La teleserie Pink Floyd es una de las más extrañas de la historia del rock, por un lado aparece llena de secretos y mitos (¿A Saucerful of Secrets?) y por otra de frases grandilocuentes lanzadas a todo pulmón para que escuchen todos los vecinos de la cuadra. No es apresurado decir que la banda como tal se acaba en Wish You Were Here (1975), pasando de ahí a la llamada dictadura Waters. El paréntesis Animal (1977) es curioso, pero se trata de una placa hecha a base de demos tocados en vivo durante el tour del 74, canciones viejas rescatadas, un puente, un compromiso con el sello si se prefiere, hacia lo que venía: The Wall.

A pesar del gran aporte de David Gilmour en la dirección musical y en la mejor canción del álbum (“Comfortably Numb”), “el muro”  es por donde se le mire, un disco solista de Roger Waters, no sólo están sus obsesiones y sus miedos, también su propia vida, lo que es harto  decir. Discos conceptuales y óperas rock hay varias previas a “la pared”, una autobiografía/autoterapia cantada solo esta. Y de patio, que es lo más significativo.

The Wall aparece en noviembre de 1979 como un disco doble, pensado para ser presentado en vivo en recintos cerrados, con un gran aparataje teatral. Y es en este proceso donde aparece el gran socio del bajista en la aventura: Mark Fisher. Arquitecto y viejo compañero universitario del músico, Fisher llevaba algunos años especializándose en lo que el definió como arquitectura móvil para conciertos. Pionero en su negocio, es gracias a The Wall con que el “estudio Fisher” se convierte en marca registrada, transformándose en el mayor referente mundial en materia de escenarios y estructuras móviles, estando desde 1980 tras las giras de Madonna, Rolling Stone, Jean Michel Jarre, Muse  y U2, entre una larga lista de gigantes del negocio.

Durante la primera mitad de The Wall, una banda de músicos disfrazados de Pink Floyd abrían el show para luego unirse como respaldo al grupo en el resto del espectáculo. Por cuarenta minutos la música se iba conjugando con marionetas gigantes, la réplica de un avión Stuka alemán estrellándose contra una esquina del escenario y películas proyectadas en Mr. Screen, la pantalla circular rodeada de focos ideada por Fisher y que ha sido marca registrada del grupo en sus presentaciones en directo desde 1974, todo mientras un muro iba tapando a los músicos hasta cubrirlos por completo, lo que ocurría al final de “Goodbye Cruel World”. Tras un intermedio de veinte minutos, la segunda parte del espectáculo sucedía con el público mirando la pared (y los músicos ocultos tras esta) sobre la que se proyectaban animaciones del caricaturista Gerald Scarfe, mensajes y toda clase de referencias conceptuales, como la marcha de los martillos en “Waiting for the Worms” o el cerdo inflable durante “Run Like Hell”. En los acordes finales de “The Trial” la pared se venía al suelo y la banda, entre las ruinas del muro aparecía cantando “Outside the Wall”.

No más, sin bises ni encores, sin una sola cita a la discografía previa de la banda (lo más cercano eran los dibujos animados de “The Trial”, usados previamente en “Shine on You Crazy Diamond” durante las giras del 75/77). La banda salía de escena, se prendían las luces y listo. Todos para la casa, no había más, cero improvisación, ni un regalo extra para… (LEE EL REPORTAJE COMPLETO EN REVISTA IPOP DE FEBRERO)

¿QUIEN ES PINK?… RICK WRIGHT

El jueves se cumplen 3 años de la muerte del tecladista de Pink Floyd. Sincronía dentro de sincronías, esta es la columna que escribí en el número de septiembre de la revista iPop… La versión preeditada de la misma, el corte en bruto. Shine on…

¿QUIÉN ES PINK FLOYD?

Intentar definir el musicalmente a  Pink Floyd es tan complicado como tratar de explicar el final de 2001 a quien por primera vez ve la película. La frase no es mía (ojalá lo fuera), la escribió el escritor argentino Rodrigo Fresán a propósito del lanzamiento del recopilatorio Echoes: The Best of Pink Floyd a fines del… 2001, cósmica sincronía. Y aunque Fresán es con frecuente encantadoramente hiperventilado, en este caso vaya que resume bien la idea tras “la forma” de esta banda. Más que cultores de un estilo, Pink Floyd es un estilo en sí mismo, un tipo de música que alguien alguna vez definió arbitrariamente como “pink floyd sound” y en cuyo paraguas suelen caer de cuando en vez bandas que suenan ligeramente “distintas” al resto de sus contemporáneos. Los nombres de Radiohead o Porcupine Tree son los primeros que se me aparecen sin necesidad de googlear. No porque se escuchen parecidos (aunque los últimos a ratos son clones) sino por la idea de construir la música como una sensación, un todo, un estado, un concepto, algo redondo pero que expele energía (alta y baja) hacia todos lados. Set the control for the heart of the sun…algo así como “ajusta los controles del corazón del sol”,  cantó Roger Waters en uno de los mejores temas de la primera etapa del combo, lúcida línea cuando buscamos alumbrar qué hay bajo la máquina Pink Floyd, armatoste que a lo largo de 45 años ha alimentado una mitología (y una fidelidad religiosa) que en la historia del rock solo es comparable con The Beatles y Elvis Presley, con perdón de los Stones, Zeppelin y Dylan.
Y entonces aparece la gran pregunta, la misma que hizo un ejecutivo de Capitol Records en 1974 y que es citada en la letra de Have a Cigar: ¿Quién demonios es Pink Floyd? Interrogante válida ante una banda que nunca tuvo un líder claro, un frontman o al menos un rostro reconocible. Los puristas apuntan a Barrett, el diamante fundador; los “gilmourianos” a (obvio) Gilmour, el guitarrista blusero que hizo reconocible el sonido del grupo y los “waterianos” a (obvio)  Waters: bajista menor, iluminado letrista e indiscutible titán a la hora de imaginar el rock como un concepto;  por mucho que moleste a algunos, más director de “algo” que músico propiamente tal. Y Mason, ¿habrá “masonianos” como hay “ringorstarianos”?  Bueno él en su esquina, con su colección  de autos y la buena sonrisa, haciendo lo imposible por que sus jefes y amigos hagan las pase y salgan de gira.
¿Quién es o fue Pink Floyd? ¿Quién diseñó y construyó el “pink floyd sound”? Si me preguntan: Rick Wright.
Me confieso “wrightiano”. Considero que su tercer disco solista, Broken China (1996), es el mejor trabajo de un floydmen fuera de la estricta geografía de los cerdos voladores y que vocalmente fue el mejor de sus compañeros: denle play a Remenber a Day o a Astronomy Domino y luego hablamos del  “vocalista de Pink Floyd”. A ultranza defiendo que por sobre la guitarra de Gilmour fue la manera de tocar teclados de Wright la arquitectura que armó definitivamente el concepto floydiano. Barrett fue el motor de la primera etapa, pero ese motor se sostuvo en los arrebatos en órgano y piano, deudores de jazz ácido y música concreta con los que Rick Wright fue pegando el desorden mental de su compañero. Si The Piper and the Gates of Down brilla como obra cumbre de la sicodelia es básicamente porque los teclados de Wright amarraron todos los elementos de la placa, incluida la personalidad de Syd.
Rick Wright dibujó y pintó un colchón atmosférico para Pink Floyd y al hacerlo inventó de rebote una forma de tocar teclados radicalmente distinta a sus compañeros de generación. Evitó a propósito las acrobacias de un Rick Wakeman o un Keith Emerson en favor de usar el sonido como espacio, elegancia y totalidad; no como un solista metido a la fuerza en una banda sino como burbuja hiperespacial para la acción del bajo, la guitarra, la batería y las voces. Es cierto,  la banda Pink Floyd es impensable sin la guitarra de Gilmour y los conceptos de Waters, pero sin Wright lo que no vive es el “sonido” Pink Floyd, que en las restas es lo que marca realmente la diferencia. El órgano al final de A Saucerful of Secrets, el “todo” de Atom Heart Mother, la elegancia de Stay o Burning Bridges (de esa gema ignorada que es Obscured by Clouds) el piano de Echoes y Great Gig in the Sky, el viaje introductorio de Shine on you Crazy Diamond y la marcha fúnebre al cierre de la misma pieza. No es necesario seguir enumerando, el toque Wright es Pink Floyd entre 1965 y 1977, Animals incluido, porque Dogs y Sheep sin teclados sólo son temas menores, innecesariamente largos.
Y claro, el resto de la historia no es desconocida. Las diferencias creativas con Roger Waters alejaron al pianista en The Wall y lo sacaron definitivamente en The Final Cut. No es casual que ambos sean los discos menos floydianos en la discografía de la banda, tampoco que Comfortably Numb, la última canción interpretada en un disco por Pink Floyd como cuarteto, con Gilmour y Wright (y Mason)  de iguales frente a Waters sea la gran canción de esta etapa. Curiosa sincronía para una mito lleno de sincronías, Comfortably Numb fue también la última canción interpretada en vivo por el tecladista, pocos meses antes de su muerte.
¿Quién es Pink Floyd? Insisto, para mí la respuesta es clara y sólo me basta escuchar Summer of 68, esa piedra preciosa compuesta y cantada por Rick Wright, inmersa al interior de Atom Heart Mother, para corroborarla. O Wearing inside out, su cameo en solitario dentro de The Division Bell, por harto lo mejor de esa placa. ¿Tienen dudas? Busquen Breakthrough, tema que interpretó junto a Sinead O´Connor, sino lloran  no tienen alma. Rick Wright es y fue la firma sónica de la banda llamada Pink Floyd, sin él prefiero que la banda no vuelva a reunirse. Cierto, tal vez existan buenos reemplazantes (su aprendiz Jon Carin es increíble), pero no es lo mismo, no podría ser lo mismo. Pink Floyd se acabó el 15 de septiembre del 2008 cuando el cáncer le ganó la pelea al piano,  quedaron los discos y la idea…
Y Gilmour y Waters girando de vez en cuando escudados bajo el promocional de la voz y guitarra de Floyd uno y el genio de Floyd el otro. Parecido, pero repito, no lo mismo.

MIL SEMANAS DE ABSOLUTA PERFECCIÓN

 

Advertencia, esta es una columna hiperventilada, escrita con cero objetividad, sólo con la seguridad y la certeza que da el fanatismo más acérrimo.

Hay pocas cosas que me atrevo a calificar de perfectas: el primer párrafo de Moby Dick o Ursula Andress “brotando” del mar en Dr. No con ese bikini-blanco-que-jamás-he-podido quitar-de-mi-cabeza, se le acercan bastante. Esa idea de absoluto, de que no hay más; ni un antes ni un después. Un punto nodal en el espacio y el tiempo: hecho o evento que no permite discusión. Finalmente solo Dark Side of The Moon.

¿Si te perdieras en una isla, que cosa llevarías, elige una sola?, me preguntaron en una ocasión. Contesté sin titubear: una copia de Dark Side of the Moon. Más que un libro o un DVD, o compañía incluso, solo ese disco, para qué más. En serio, soy capaz de escucharlo todos los días, nunca me ha aburrido y nunca me va a aburrir. El latido, las risas, el arte de la cubierta; la idea de algo circular que no termina, que no tiene por qué terminar. ¿Alguien puede imaginar a Radiohead sin el legado de On the Run, Time o Breathe (Reprise)?

Tenía 14 años cuando lo escuché por primera vez, en un casete pirata primero; en uno original argentino de mi amigo Pollo Carvacho después. Y la vida nunca más fue lo mismo, no podía serlo. Postales de “nosotros y ellos”: lo he pasado increíble en muchos recitales (¿grandes “gigs”?), lo de McCartney fue una misa, pero si tengo que escoger un momento que me aprieta la guata y me revuelve completo, con cuchara y todo; que “me habla” directo y sin rodeos, de una me transporto a marzo del 2002, Roger Waters por primera vez en Chile, cerrando todo con And everything under the sun is in tune, But the sun is eclipsed by the moon… ¿Queda algo más después de eso? No, imposible.

“Dinero”, “Del color que tú quieras”…  En esta cancha no admito peros, si a alguien no le gusta el disco vale, pero que no diga que es malo o débil o simple o sobrevalorado; no puede, con qué…

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